LA LEY DEL EMBUDO.

Desde que _El Progreso_ vino al estadio de la prensa, no ha cesado de

hacer cuantos esfuerzos le ha permitido la pequeñez de sus medios para

difundir las ideas y los principios que forman el credo del partido

liberal reformista, creyendo, como cree firmemente que sólo la práctica

de esos principios y la realización de esas ideas pueden labrar la

felicidad de esta Isla, manteniendo en ella el orden y la paz, factores

indispensables del bienestar y la prosperidad de los pueblos, y

asegurando con vínculo fortísimo su unión estrecha y perdurable bajo el

glorioso pabellón de España, á las demás provincias de la Madre Patria.

Sin pecar de inmodestia, cree _El Progreso_ haber contribuído no poco,

en unión de sus colegas reformistas y de los ilustrados escritores que

se han dignado prestarle su valiosa colaboración, á la organización y la

fuerza que hoy tiene el partido radical de esta provincia, al que

pertenece la inmensa mayoría de sus habitantes, como lo ha demostrado

cuantas veces ha tenido posibilidad de hacerlo. Y sin embargo, por más

que le duela confesarlo, tiene que reconocer que, aun cuando más

hubiesen hecho en pró de la santa causa de las reformas, con tanta

solemnidad y repetición prometidas y con tanta justicia y necesidad

deseadas, ni _El Progreso_ ni sus demás compañeros de la prensa liberal

de esta Antilla habrán hecho nunca tanto en favor de dicha causa, como

los órganos reaccionarios de esa minoría refractaria á toda idea de

progreso y de justicia, que aquí se disfraza como el grajo de la fábula

con los variados y pomposos nombres de "los leales,, "los españoles sin

condiciones," y "el partido liberal conservador."

Sus exageraciones, sus intemperancias, sus amenazas, sus inconsecuencias

y sus contradicciones, han abierto los ojos á los hombres honrados y

sencillos que inconscientemente les seguían, más que todos los artículos

de la prensa reformista; y si aún hay algunos que por hábito, por temor

ó por la espesa venda que tres siglos y medio de régimen colonial han

puesto sobre su inteligencia, forman todavía á retaguardia de esa

agrupación, esos pocos rezagados no tardarán en desertar de su odiosa

bandera y venir á engrosar las filas del partido radical, dejando solos

á los que, según se deduce de sus mismas disolventes predicaciones, no

tienen otro principio que el de su conveniencia particular, á la que

están dispuestos á sacrificarlo todo.

Ni ¿cómo pudiera ser de otro modo? ¿qué hombre sensato y que de honrado

se precie puede hacer coro con ellos en el discordante concierto de

insultos y calumnias que uno y otro día arrojan á la faz de un país,

modelo de mansedumbre y de cordura, no sólo entre todos los pueblos de

la Nación sino entre todos los pueblos del mundo? ¿Qué hombre de juicio

y de conciencia querrá hacerse solidario de los energúmenos que, no

contentos con amenazar á sus adversarios con el cañón Krupp y el fusil

de aguja, y olvidando en su delirio la diversidad de tiempos y de

circunstancias, todavía nos recuerdan para aterrorizarnos el veneno de

Lucrecia Borgia y las matanzas de la noche de San Bartolomé? ¿Quién que

tenga un corazón noble y levantado puede hacer causa común con los que

no tienen otro principio ni otro lazo de unión que su interés mezquino y

egoísta?

Porque ésta es la verdad, y hay que decirla virilmente, sin ambages ni

rodeos. La fórmula de nuestros biliosos adversarios, "España somos

nosotros, y fuera de nosotros no hay más que separatistas," es sólo una

parodia ridícula de la de Luis XIV: "El Estado soy yo." En el fondo de

una y otra, sin embargo, hay el mismo pensamiento de negro y refinado

egoísmo. Todo para nosotros, para vosotros nada; para nosotros lo ancho,

la plenitud de los derechos, el privilegio de la explotación;--porque

"nosotros solos somos los buenos,

nosotros solos, ni más ni menos:"

para vosotros la pena de ser perseguidos y explotados hasta la

consumación de los siglos, porque no sois españoles, sino filibusteros,

mambises y separatistas.

Esa es la síntesis de todos los discursos y argumentaciones de los

flamantes liberales conservadores de esta Isla. Ese el pensamiento

profundo de sus modernos Maquiavellos, que al través de cuanto gritan

para ocultarlo, se descubre en todos sus escritos.

Vedlos si no, discurriendo sobre las omnímodas,[2] al sentirse heridos

por esa espada de Damócles, suspendida siempre sobre los habitantes de

esta Isla. Rugen de rabia más que de dolor; pero no piden que la espada

se rompa; no se unen á nosotros para pedir que cesen las omnímodas, que

en una provincia de la España democrática no tienen ya razón de ser; por

el contrario, aun sostienen la conveniencia de conservarlas, porque

según dicen tienen su lado bueno y su lado malo; son buenas cuando son

ellos los que las aplican en beneficio propio y daño de sus adversarios,

por más que éstos no dieran ni den pretexto alguno para su ejercicio;

son malas cuando recaen sobre ellos, por más que hayan hecho y hagan

todo lo posible para justificarlas ó excusarlas.

[2] _Se les daba este nombre á las facultades ilimitadas que se

concedían á los Gobernadores de Cuba y Puerto Rico, en la época

colonial._

¿Se trata del principio de autoridad? Oidlos: "la Autoridad es sagrada:

la Autoridad es impecable," cuando son ellos los que la ejercen, aun

cuando abusen de sus facultades; la mera queja, por respetuosa que sea,

la censura más moderada y justa de sus actos son un crimen gravísimo é

imperdonable; pero si la Autoridad justa é imparcial no se presta á

servir sus intereses ni á ser ciego instrumento de sus planes, entonces

la escarnecen y arrastran por los suelos, por alta y respetable que sea,

y su audacia se llama valor cívico, y lo que es un crimen se convierte

en virtud.

¿Se trata de la prensa liberal? "No conviene, dicen, la libertad de

imprenta; ella es incompatible con el sostenimiento del orden público,"

por más que la templanza y la mesura con que esa prensa trata todas las

cuestiones de que le es lícito y permitido ocuparse, ofrezca ejemplos

dignos de imitar á sus injustos adversarios y detractores. Para el

periodismo liberal la previa censura, la recogida y los procesos; y

mientras tanto ellos usan y abusan de esa misma libertad, y aspiran á

gozar del privilegio de la impunidad aun cuando sus escritos

incendiarios lleven la alarma y el terror al seno de las familias, la

perturbación del orden á la sociedad, y la desconfianza y descrédito al

exterior.

¿Se trata del derecho de reunión? Pues ay de los liberales que lo

ejerciten en los períodos electorales en que únicamente es permitido

aquí: "si se reunen es para conspirar, aunque sus juntas se celebren á

la luz del día, con el permiso de la Autoridad y todos los requisitos

establecidos por la Ley, y aunque sus actos y sus acuerdos extrictamente

ajustados á ella tengan la mayor publicidad; ese derecho en manos de los

liberales es un arma peligrosísima que debe arrebatárseles"; pero entre

tanto ellos, los sedicentes conservadores, monopolizan ese derecho en

todas las épocas, abusando de él para todos los fines que su

conveniencia les sugiera, y que las más veces permanecen ocultos, y ese

monopolio, lo mismo que otros, es lo que aspiran á conservar

indefinidamente.

¿Se trata del Gobierno constituido, y de la sumisión y obediencia que

los pueblos le deben? Nadie más celoso defensor de ese principio que los

periódicos reaccionarios de esta isla, cuando son sus patrones los que

gobiernan, cuando son sus doctrinas las que privan, y sus aspiraciones

las atendidas en las altas regiones del poder. El mero hecho de no

pensar entonces de acuerdo con los que mandan es un crimen de alta

traición, y ¡ay de aquel contra quien recaiga la simple sospecha de

haber incurrido en ese desacuerdo, porque no se necesitan más pruebas

para condenarle sin apelación! Pero si el Gobierno no secunda sus planes

interesados y egoístas; si se opone con mano fuerte á sus abusos y

desafueros, entonces se rebelan contra el Gobierno, le hacen cruda

guerra por cuantos medios están á su alcance, sin reparar en ellos, y

esa conducta es santa y es patriótica, porque éllos se llaman los

leales, y su rebelión se apellida "La rebelión de la Lealtad."

Pero ¿á qué multiplicar los ejemplos, si en todos los artículos de la

prensa reaccionaria están de manifiesto? En todo y por todo quieren

siempre lo ancho para ellos, que son una insignificante minoría; lo

estrecho para los demás, que son la inmensa generalidad del país. Puerto

Rico los conoce ya y no puede seguirlos, porque quiere la igualdad para

todos sus moradores, porque tiene hambre y sed de justicia, que no puede

existir sin aquella igualdad; porque tiene ya la conciencia de su

dignidad y de sus derechos, y no puede consentir que se le arrebaten

por más tiempo en beneficio exclusivo de unos pocos privilegiados.

No: la ley del embudo, que es la única ley á que rinden culto nuestros

adversarios, no ejercerá más su imperio en esta Isla; y en vano se mecen

en la dulce ilusión de que volverán los días aciagos para ésta, en que

ellos la dominaban por completo. El tiempo pasado no vuelve, y el mundo

marcha adelante, como dice Pelletán. Las conquistas hechas para España

por la gloriosa revolución de Septiembre, no hay poder humano que pueda

destruirlas, y aquí participaremos de ellas indudablemente, pese á quien

pesare, porque somos España también.

Cuantos esfuerzos hagan para impedirlo nuestros adversarios son

inútiles; y si momentáneamente logran oscurecer el cielo de la Patria,

poco importaría. Los eclipses de la libertad son pasajeros, como ha

dicho Martos, mientras que las leyes inmutables y constantes del

progreso tienen que cumplirse fatalmente. El astro que con sus débiles y

temblorosos rayos animaba el moribundo régimen colonial, está ya en su

ocaso, y pronto se hundirá en los abismos del pasado para no volver á

levantarse jamás.

Antología portorriqueña: Prosa y verso · 第 71 / 146 题