La tarde está para caer en brazos de la noche. El labrador se dispone á
terminar su tarea. El surco está dispuesto á recibir la semilla que
devolverá con creces. La tierra es siempre agradecida á los afanes del
labrador.
Si la tempestad se lleva el fruto, si la inundación lo arrastra, si el
insecto lo aniquila, ¿es culpa de la tierra? Si ésta es pobre en las
heladas zonas, al fin da lo que puede y de buena voluntad. Culpa es del
Sol que no la mira cariñoso sino breve tiempo. En cambio en el Ecuador
es opulenta, y sus rendimientos grandes: siempre da en proporción de sus
posibles. No suele acontecer lo propio entre los hombres: los que más
tienen, no son siempre los que más dan. La tierra agradece el trabajo
que se le consagra, porque ella es bendición del cielo para el hombre;
el sudor que la riega es culto para el cielo que la bendice, porque
_trabajar es orar_.
¡Oh! no desmayes, trabajador. ¿Quién es ése que pasa junto á tí? Un
opulento ocioso. Tú le miras con envidia, él á tí con desdén. Él olvida
que vive por tí y que tu sudor engendra su opulencia. Pero no te
desanimes: mira como se detiene un momento y reflexiona. El hastío de
los placeres, el deseo insaciable, el vicio voraz, la dolencia que mina
su seno, la esperanza burlada, la adulación que no logra engañarle....
¡Ah! no, que no reflexione, porque acaso envidie tu cansada frente y tus
manos toscas y maltratadas. Á tí te espera el descanso tranquilo, el
amor del hogar y la familia, no envenenado por las exigencias y
pasiones vanas del gran mundo. Cuando tú piensas, gozas; él para no
sufrir, necesita no pensar. Sí, reflexiona, y verás como el trabajo es
bien para tu alma, porque _trabajar es orar_.
Acaso piensas que al someterte á la ley del destino humano, llevas la
peor parte y la más ruda tarea. ¡Ah! ¡cuánto mejor no es trabajar que
sufrir, cuánto mejor no es suspirar de cansancio que de pesadumbre,
cuánto mejor no es sentir el cansancio del cuerpo que el del alma!
Esa que ves pasar por tu lado en carroza brillante, que te insulta con
sus joyas y te mira con soberbia, ¿puede humillarte acaso? Pregunta á su
corazón, si ha sentido nunca los tranquilos goces que encierra el beso
de una esposa pura, ó la caricia de los hijos amados. Mira su rostro,
cuya vergüenza trata de encubrir con los afeites. Su trabajo es más
penoso que el tuyo, su tarea es el continuo descaro. ¡Cuántos afanes por
luchar con el mundo, que la corona de rosas para despreciarla! Si
reflexiona, sufre también: su pensamiento es su verdugo, si es que puede
pensar un alma muerta. En tanto tú, consolado por la reflexión, tornas á
tus labores con más afán; tú la compadeces, á élla tan alta, desde la
humilde tierra en que se abisman tus pies y que remueven tus manos
lastimadas. Entonces comprendes que el trabajo es gran consuelo, que
_trabajar es orar_.
Mira á César que pasa engreído y soberbio. Cree poner el pie sobre tu
cuello, y sin embargo tiembla ante tí sobradas veces, aunque logre
disimularlo. Sus días son brillantes, pero sus noches tristes, áun en
medio de la orgía que busca afanoso para enloquecerse. Su sueño es
pesadilla, la vigilia es noche para su alma. También huye del
pensamiento, y sin embargo piensa en tí. No te envidiará seguramente en
medio de sus pompas; pero cuando se despoja de la púrpura, quizás
envidie tu sueño y tu conciencia. Acaso huya de los brazos de su esposa,
temeroso de ser vendido, acaso huya de sus propios hijos, receloso de
que le hereden antes de tiempo. Ya ves que su vida es afán continuo;
pero esa tarea penosa y llena de ansiedades, no es tan productiva como
la tuya, porque no le produce consuelo, sino agonía; porque ignora que
_trabajar es orar_.
Pero ¿quién es el hombre modesto, casi andrajoso, que se acerca á tí? De
cuantos te miran, es el único que te contempla con ternura. Su frente no
suda cual la tuya, está seca y abrasada por el pensamiento que arde tras
ella. Es un poeta, un filósofo, un pensador, un hombre que vive del
pensamiento, cuando los demás huyen de pensar por aturdirse. También
trabaja como tú, sólo que su tarea es muy penosa.
Tu faena es origen de salud para tu cuerpo; la suya es fuente de
dolencias, pero que sobrelleva gustoso, porque la índole de su trabajo
es encanto para su ser. Tal vez está resignado como tú á los andrajos y
á la guardilla, porque rara vez la inteligencia que no se vende alcanza
la riqueza. Él es obrero del pensamiento, como tú lo eres de la tierra;
él trabaja con la mente, como tú con las manos; él con el alma, como tú
con el cuerpo; por eso los dolores de su alma son como los de tus
brazos: dolores que consuelan. Su trabajo es también una oración:
_trabajar es orar_.
Pero ya los pajarillos que posan su nido en el árbol plantado por tí, te
anuncian la noche; te festejan con sus cantos agradecidos. Ellos te
recuerdan la voz grata del hogar y de tus hijuelos. Deja, pues, el
azadón, enjuga tu frente, y mira al cielo.
Paréceme que escucho tu plegaria: "Señor, al trabajar, he cumplido la
más necesaria y fecunda ley que diste á mi existencia; me hiciste
superior al bruto, por la facultad del trabajo. Consuela con él mi alma,
reálzala y elévala por él. Haz que mi sudor no sea infecundo; y si te
cuadra que la escarcha ó el huracán destruya mi obra, dame fuerzas para
empezar de nuevo; ya que trabajar es hacerme digno de tus beneficios, ya
que trabajar es celebrarte, ya que _trabajar es orar_.