Como no podía menos de suceder en la tierra clásica de los compadres,
tengo yo varios, y entre ellos uno que, con el necesario permiso,
presento á mis lectores. Llámase Don Cándido, y le cuadra perfectamente
el nombre: lo que no le cuadra es el apellido Delgado, porque pesa más
de doscientas libras.
Este mi compadre es un bonachón á carta cabal, servicial y consecuente
como pocos; pero fundido en el antiguo molde colonial. Para él el
Gobernador es todavía el Capitán General de otros tiempos, la Audiencia,
el ya olvidado Asesor de Gobierno, y los Alcaldes, los hace tiempo
difuntos Tenientes á Guerra (Q. D. G. G.). Siempre que se le habla de
gobierno, de administración de justicia ó de cualquier otro ramo,
siempre que oye la relación de un suceso que necesita correctivo,
siempre que alguien se queja de que le han hecho una injusticia,
contesta de un modo invariable. "¡Si yo fuera Capitán General!"
--¿Qué harías?--le he preguntado algunas veces. Entonces me ha
contestado sin vacilar, y según los casos: que separaría al Alcalde ó al
Juez, que pondría en el castillo del Morro al Intendente, que embarcaría
bajo partida de registro á toda la Audiencia, que desterraría al Obispo
y hasta fusilaría á la Diputación Provincial. El bueno de mi compadre no
se para en barras, y aunque incapaz de ver morir al pollo que han de
servirle en el almuerzo, sería--por supuesto, de palabras--una fiera
que acabaría con todos los empleados si, como él dice, fuera Capitán
General.
Hace pocos días y al siguiente de uno en que habíamos discutido muy
largo, no sobre la bondad de su sistema de gobierno, porque sobre este
punto mi compadre no admite discusión, sino sobre las dificultades que
habría que vencer al ponerlo en práctica, lo vi entrar en mi casa tan
alegre, que le pregunté si había sacado el premio grande de la lotería.
--No he sacado premio grande ni chico; pero he sido ya Capitán General,
y por cierto que no me ha gustado el oficio.
Quedéme parado al oir esto, porque se me ocurrió la idea de que el pobre
hombre se había vuelto loco.
--Vaya, me dijo al notar mi turbación. ¿No quiere vd. saber cómo ha
pasado cosa tan rara?
--Nada deseo tanto como saberlo.
--Pues allá va mi historia, me contestó, después de sentarse y de
encender un cigarro:
--Anoche me recogí á la hora de costumbre; media hora después mi mujer
me despertó, porque mis ronquidos no la dejaban dormir: me volví del
otro lado, y á poco empecé á soñar que ocupaba el palacio de la
Fortaleza como dueño de la casa. Mi ayudante de servicio estaba en su
puesto para anunciarme las personas que iban llegando, y yo, como si en
mi vida no hubiera hecho otra cosa, las recibía ó hacía esperar, según
su importancia ó la del asunto que había de tratar con ellas.
Yo estaba completamente transformado: mi natural encogimiento se había
convertido en soltura, mi timidez en arrogancia, y mi lenguaje torpe en
elegante facilidad. Me encontraba más instruído en todas las materias
que cuantos conmigo hablaban, y resolvía las cuestiones con un acierto
que jamás hubiera creído tener. Todo esto me admiraba; pero lo que menos
podía comprender era cómo había adquirido el don de leer en el interior
de cada uno lo que pensaba cuando me dirigía la palabra; de manera que
conmigo no había falsedad ni disimulo posibles.
El primero que se me presentó fué un señor, llegado de cierto pueblo de
la isla, vestido por un buen sastre, aunque llevaba la ropa como el que
á ella no está acostumbrado: lucía sobre el chaleco gruesa cadena y
pesados dijes de reloj, y en la camisa ricos botones de brillantes;
pisaba recio, hablaba alto, y en ciertos momentos ponía cara de traidor
de melodrama. Hablóme mucho de sus tierras, de sus cañas, de sus
ganados, y cuando hizo recaer la conversación sobre las personas más
notables de su pueblo, me aseguró que allí no había más hombres honrados
que él, dos amigos suyos y el Alcalde. Los demás, debían inspirarme muy
poca ó ninguna confianza, porque eran díscolos, intrigantes, y sobre
todo, enemigos del orden y del principio de autoridad. Por fortuna, y
gracias al don de penetrar en su pensamiento de que yo disfrutaba,
estaba oyendo que interiormente se decía:
"¡Si supiera este buen General que vendido todo lo que tengo, no
alcanzaría para pagar á mis acreedores, que algunos de ellos están en la
miseria, mientras yo nado en la abundancia, y que si recomiendo al
Alcalde y á los otros dos sujetos, es para que no vean el lazo que les
preparo, con el fin de acabar con ellos en la primera ocasión!..."
Tentaciones me dieron de echar aquel villano á puntapiés; pero me
contuve y le despedí, cuando entraba otro sujeto de buena figura, tan
cortés, tan elegante y de maneras y lenguaje tan respetuosos, que me
agradó sobremanera. Traía el encargo de presentarme una exposición de un
convecino suyo que, según me aseguró, era no sólo el más rico, sino
también el protector, el padre de todos los habitantes de su pueblo,
donde nada bueno se hacía sin su anuencia. Él socorría á los
necesitados, ponía en paz á los desavenidos, era, en una palabra, la
providencia que llevaba á todas partes la dicha y el contento.
También éste me engañaba, según leí en su interior. El padre, el
bienhechor, la providencia era el azote de aquel pobre pueblo: se había
hecho rico á fuerza de mil bajezas y crímenes, que habían quedado
impunes, y la pretensión que ahora tenía era la de que se le concediera
la explotación de un monopolio injusto y dañoso á sus convecinos.
Después de este agente de malos negocios se me presentó un maestro de
escuela, que venía á quejarse del Alcalde y del Ayuntamiento. Á este
infeliz cargado de familia le debían ocho meses de sueldo. Al principio
encontró quien le prestara dinero al tres por ciento de interés mensual;
pasado algún tiempo, otro sujeto se lo facilitó al de un real al mes por
cada peso, y últimamente á ningún precio se lo querían dar. Acosado por
el hambre fué á ver al Alcalde, y éste, que llevaba cobrados hasta el
día todos sus sueldos, le contestó, como otras veces: "No hay dinero:
veremos si se cobra algo."
--Lo que aquí no hay es justicia, y lo que se cobra es para pagar á
otros y no á mí; replicó desesperado el mísero profesor.
Por esta contestación le suspendieron de empleo y sueldo, y se le formó
causa por desacato á la Autoridad.
Esta vez, por más que escudriñaba en el interior de aquel hombre, nada
vi que no estuviera de acuerdo con sus palabras, y se quedaba corto al
hacer relación de las miserias y humillaciones que había sufrido. Debía
á la caridad de una buena alma la pequeña suma que necesitó para venir á
la Capital, y temía que, cuando me hablaba, estuviera espirando uno de
sus hijos pequeños, que había dejado enfermo. Desde que salió de mi
despacho el maestro no pude estar tranquilo, y no hacía más que
discurrir sobre el castigo que iba á aplicar al Alcalde.
Recibí después hombres importantes que todo lo enredaban: empresarios de
obras que pretendían hacer la felicidad del país enriqueciéndolo,
después de enriquecerse ellos: Abastecedores de carne que iban á
facilitar este artículo casi de balde á los pueblos, después de haber
comprado las reses á los criadores en un cincuenta por ciento menos de
su valor, y haber duplicado éste al vender la carne: Contratistas de
alumbrado que nunca alumbraba: defensores, sin peligro, de la Religión,
de la Justicia ó de la Caridad, con su correspondiente tanto por ciento
de ganancia: protectores de Alcaldes, de viudas honestas, de huérfanas
jóvenes y bonitas, de maestras completas é incompletas, de padres y
madres con hijos y sin ellos.
Tantos y tan variados tipos recibí, que no me es posible recordarlos, y
aburrido ya, iba á retirarme á descansar, cuando llegó la hora del
despacho.
--Gracias á Dios,--pensé. Ahora sí que voy á hacer algo provechoso.
El empleado que venía á la firma entró con una carga de mamotretos capaz
de asustar á cualquiera, y mucho más al que acababa de pasar una gran
parte del día de un modo tan poco divertido.
--Antes que otra cosa, le dije, deseo ver el expediente formado al
profesor de instrucción primaria del pueblo de.... F.
--Aquí está..
--¿Por qué se le encausa, y qué resulta?
--Ese maestro se presentó reclamando el importe de algunos sueldos que
le adeudan los fondos municipales. El Alcalde le contestó que no había
dinero en caja; que cuando se cobrara se repartiría, como otras veces,
entre unos cuantos (aludía á la Autoridad) la cantidad que ingresara en
los fondos, y amenazó al Alcalde con que se quejaría al Gobernador. Todo
esto pasó en presencia de testigos que son: el secretario, el
escribiente y el depositario de fondos municipales.
El informe del Alcalde presenta al sumariado como falto de respeto á la
Autoridad, díscolo y de mala conducta. Debo añadir también que el Señor
N. N., por cuyo conducto recibí esta mañana el expediente, confirma
cuanto dice el Alcalde.
--¡Basta! dije encolerizado, pegando fuertemente con la mano sobre la
mesa; basta de....
--Cándido: ¡por Dios! ¿te has vuelto loco?
Era mi pobre mujer, que gritaba asustada, porque había recibido en el
hombro el puñetazo que, soñando, creía yo haber dado en la mesa del
General. Con unos paños de árnica, y más aun con la risa que le produjo
la relación de mi sueño, se le pasó pronto el dolor; pero no las ganas
de reir, y rie á menudo y me pregunta si todavía deseo ser Capitán
General.
--Y vd. le dije, ¿qué responde á esa pregunta, y qué piensa de su sueño?
--Á la pregunta de mi mujer nada contesté. Nos reimos á duo, y pare vd.
de contar. En cuanto á lo demás, le confieso que me sucede lo mismo que
cuando sueño que se me ha muerto un hijo. Veo, cuando despierto, que
todo es falso, que mi hijo vive y está bueno; pero siento dolor al
recordar que le vi amortajado. Del mismo modo me aflige el recordar lo
que vi, por más que fuera soñando, y no me parece cosa tan fácil el
gobernar pueblos, mientras los gobernantes no tengan el don de leer en
el interior y saber de este modo lo que piensa cada uno.
--Tiene vd. razón, compadre: el gobernar debe de ser cosa muy difícil, é
imposible el hacerlo bien al que carece de ciertas condiciones. El don
de leer en el interior de los hombres se alcanza con el hábito de
manejar negocios, y sólo en sueños se adquiere de repente. La honradez,
la rectitud de miras, la ilustración suficiente, la firmeza, la
prudencia y la abnegación que libran del maléfico influjo de las
pasiones, son cualidades, naturales ó adquiridas, que necesita tener el
gobernante.
Eso es lo que yo pienso. No hay que envidiar al que manda, porque,
teniendo conciencia, debe sufrir mucho y á menudo. Es preferible á
gobernar y no hacerlo bien, ser el último de los gobernados.