Cuando se tiene un _Mapa del mundo_ ante los ojos, la vista recorre
vagamente su extensión, salva los mares procelosos, se desliza con
indiferencia por entre los escollos de los archipiélagos, y se reposa de
momento en momento sobre los continentes.
En esta peregrinación contemplativa, la historia de la humanidad, esta
Judía errante de todos los tiempos, pasa confusamente por el espíritu y
deja en el ánimo impresiones duraderas. En el Campo de Marte, donde no
hay ni océanos ni fronteras, donde todos los climas se confunden en un
solo clima, donde todos los hombres se tocan y se tropiezan como los
habitantes de un mismo hormiguero, donde todas las categorías se codean,
se empujan sin disculparse, se hablan, se preguntan y se responden sin
ceremonias, el mapa del mundo se estrecha, se anima al rumor confuso de
mil dialectos, y refleja la vida y el pensamiento de la sociedad humana,
varia y distinta en la forma, idéntica en el fondo de su naturaleza.
Diríase que en este gran espectáculo, en este concierto universal de los
hombres, hay como una revelación espontánea, como una muestra inequívoca
de la confederación necesaria de todos los pueblos: diríase que en la
superficie del revuelto mar de las pasiones y de los intereses locales,
ocultos en el fango del fondo, sobrenada al fin el espíritu regenerador
de la igualdad, de la fraternidad humana. ¡Brillante alucinación del
tiempo presente, realidad quizás de un futuro relativamente próximo!
Entre tanto el _África_ inexplorada, se nos presenta hasta hoy, tal vez
sin razón bastante, como una región adversa, inhospitalaria,
incivilizable, á pesar de los vivos resplandores que el Egipto lanzó en
otros tiempos sobre el mundo de los Hebreos, de los Griegos y de los
Romanos. En nuestros días la república negra de _Liberia_, nacida bajo
el amparo de la verdadera libertad, y animada por el soplo vivificador
de la verdadera caridad cristiana, sin pensamiento ulterior de
explotación, exenta de esa funesta protección que la codicia ha cubierto
hasta ahora con el cínico emblema del gobierno paternal, marcha por sí
misma en pos de un brillante destino: vendrá un día en que su
civilización sea la civilización de todo un continente. El _Asia_ por su
parte, pletórica de gente, gastada en lo físico y moralmente degradada,
parece pertenecer completamente al pasado. La _Europa_, dominadora del
presente, pero malamente equilibrada por sus propias ambiciones, acotada
como una heredad por una reglamentación mutiladora de las facultades del
hombre, llena de teorías, sin criterio fijo y sin fe viva, dará todavía
por mucho tiempo torrentes de luz al mundo; mas no tiene campo extenso
para una gran multiplicación de la especie humana, ni en general,
libertad bastante para realizar sus nuevos destinos. La _América_,
grande como la mitad de los otros continentes, bien situada entre los
dos grandes Océanos, con infinitos veneros de fortuna, con todos los
climas en una cualquiera de sus zonas, sin gente apenas, sin dinastías
celosas y contradictorias, y con instituciones amplias y generosas, que
echarán con el tiempo fuertes raíces; la América, que no limita las
aptitudes, ni fuerza el espíritu de los hombres en ninguna dirección
exclusiva, es al parecer la tierra de promisión para la humanidad de los
tiempos venideros. La _Australia_, á pesar de su distancia relativa,
espera con seguridad los mismos destinos.
Ciertamente los resabios de la época de las conquistas subsisten en los
gobiernos europeos; pero los pueblos que tan caramente han pagado
siempre este cruento sistema, no son al presente muy favorables á este
_modo_ sangriento y costoso de _adquirir_: por otra parte las últimas
tentativas que, bajo nombres diferentes, hemos visto, y que pueden
repetirse todavía, prueban que la América de hoy no será fácil presa de
estas cacerías. Si el _contrato_, acto moral iniciado por Guillermo
Penn, y practicado en grande escala por la Francia, por la España y en
nuestros días por la Dinamarca y por la Rusia, no estuviera destinado á
reemplazar las violencias de la conquista; la emigración espontánea,
cuyas proporciones crecen de día en día con los progresos de la
navegación, dará tarde ó temprano este resultado.
Las corrientes pacíficas de la emigración europea están, digamos así,
normalizadas hacia la América: las familias del norte, irlandesas y
alemanas, se dirigen en gran número con preferencia á los Estados
Unidos: la emigración meridional, franceses, españoles é italianos,
menos abundante, se encamina con más frecuencia á las repúblicas
hispanoamericanas. ¿No es probable que una y otra corriente tomen
mayores proporciones con el tiempo? Los pueblos de oriente, que empiezan
á ponerse en movimiento, ¿no llegarán también á fijar su atención en el
hermoso porvenir que á todos brinda el nuevo mundo?
Un fenómeno social digno de ser analizado nos presenta el vasto
continente en sus dos grandes secciones: el _poder de asimilación_, tan
fuerte en la una, tan débil en la otra, ¿qué causas reconoce? Al Norte
emigran las familias completas, al Sur no van de ordinario sino
individuos: las primeras descuajan los bosques, fundan la propiedad
agrícola, levantan ciudades, promueven la industria y fomentan la
instrucción pública: se radican, en fin, y al cabo de pocos años miran
esta patria adoptiva como la patria definitiva. Es un hecho que si
recuerdan el suelo natal es para invitar á sus deudos á seguir su
ejemplo, y con frecuencia, para proporcionarles los medios
indispensables para emigrar. Los segundos no aman en general el trabajo
de los campos: se diseminan por las ciudades y los pueblos, y sus
ocupaciones son por lo común la bodega, las novedades de París, la
lencería y algunas veces las artes y los oficios vulgares. La
agricultura, la industria, la inventiva, la enseñanza pública y el
aumento de la población estable les deben muy poco; es notable que, aun
cuando el matrimonio ó el curso de sus negocios los retengan en el país
hasta su muerte, su pensamiento fijo es, casi siempre, redondear una
fortuna, grande ó pequeña, para abandonarlo.
Atribuir á una virtud del clima este doble fenómeno, nos parece poco
acertado: ni los climas del Norte son más templados, ni sus terrenos son
más feraces que los del Sur: la estabilidad política pudiera explicarlo,
si ella no fuera parte del hecho mismo que se discute, y en cuanto á la
prosperidad económica, ella es evidentemente una consecuencia y no una
causa del fenómeno. Á nuestro juicio, la educación secular de una y otra
raza, este _clima moral_ mil veces más poderoso que los climas físicos,
encierra todo el secreto y la explicación completa de estos hechos. Hubo
un tiempo en que las razas del Norte, ignorantes, supersticiosas y
abandonadas, vivían tiranizadas por los vicios, y poco estimadas de sí
mismas y de los demás; las meridionales brillaban entonces por las
artes, por las ciencias y por las armas; ni el clima de éstos era en
aquellas épocas más frío, ni el de aquéllos más tibio que al presente.
Un gran concurso de circunstancias favorecía la educación de los unos y
los dotaba de perseverancia; mientras que para los otros todo era
adverso, y todo contribuía á mantenerlos en la oscuridad y el atraso.
Más tarde, cuando todos los pueblos del mediodía olvidaban sus
tradiciones y abdicaban en manos de la fuerza sus derechos, los pueblos
del Norte pugnaban por robustecer y afirmar sólidamente los suyos. Las
brillantes victorias que aquéllos alcanzaban, en los campos de batalla,
bajo el imperio de la _obediencia pasiva_, no eran más que las piras
siniestras que alumbran el principio de su decadencia, el oscurecimiento
de su razón, la caída de sus libertades; el trabajo sangriento de las
revoluciones del Norte, por el contrario, era la dolorosa gestación que
anuncia la fecundidad: era la elaboración del libre examen y de la libre
manifestación del pensamiento, con todas sus consecuencias. El trono y
el altar embargaban el cuerpo y el alma de los unos: "Dios y mi derecho"
era la convicción profunda y el resorte inquebrantable de los otros. Las
bellas artes y las buenas letras olvidaron al hombre y se lanzaron á las
regiones místicas, entre los primeros: la industria se despobló para
poblar los conventos: el comercio se redujo á compañías privilegiadas:
la navegación decaída plegó sus velas: la guerra misma perdió su vigor y
su brillo, y la prosperidad meridional, como la población, tocó en los
lindes de la bancarrota y de la miseria. Por el contrario, los hombres
del Norte, llenos de su personalidad, dueños de su pensamiento y de su
actividad, y responsables directamente de sus actos, fundaron su
gobierno dentro de una esfera limitada de acción, dieron más fuerza á la
ley que al funcionario, y se lanzaron con fe en la corriente de la
discusión y del trabajo. Mientras los unos pasaban la vida rezando en
las puertas de las iglesias y de los conventos, ó trabajando con la
lentitud propia de los reglamentos y de los gremios, los otros oraban en
espíritu y en verdad: exploraban atrevidamente, en el orden moral, el
mundo de las ideas, y en el orden material, el mundo de las riquezas.
Ambas razas poblaron la América, y ambas trajeron á ella los efectos de
su educación respectiva. La revolución moral de la primera estaba
consumada, y al trasplantarse al vasto campo de un nuevo mundo debía dar
todos sus frutos: seguridad personal completa; raíces profundas al
sentimiento religioso individual, y ancho campo á todas sus formas, es
decir, á todos los cultos: respeto ilimitado á la propiedad y por
consiguiente gobiernos electivos, contribuciones previstas y discutidas,
y gastos conocidos y eficaces para el bien de los gobernados: por
último, la libertad de reunirse, de pensar, de hablar y de escribir,
así como la libertad absoluta del trabajo en todas sus manifestaciones,
constituían la vida misma de estos hombres. Ellos la transmitieron
íntegra á las sociedades que fundaron en las comarcas de la América del
Norte, saliendo de ella todos los bienes, como en otro tiempo salieron
todos los males de la caja de Pandora, y dejando en el fondo el deseo
ardiente y la esperanza activa de un perfeccionamiento indefinido. ¿Qué
obstáculos serán bastante poderosos para torcer ó pervertir sus
brillantes destinos? Si la Madre Inglaterra, por una triste veleidad de
los tiempos, se empeña ciegamente en coartar sus libertades, sus hijos
engrandecidos por la virtud y por el talento, encontrarán aliados, le
harán una guerra digna y vigorosa, y victoriosos sabrán marchar con
entereza por la senda de las naciones. El parlamento libre de la
monarquía inglesa se convertirá fácilmente en la cámara republicana: el
gobierno supremo será más brillante y más puro en las manos de
Washington que en las manos de un Jorge. La libertad humana dará un paso
hacia adelante, sin vacilaciones y sin crímenes: el pueblo está educado,
y el triunfo de sus derechos no será un pretexto para abandonar el
trabajo, sino un grande estímulo para enaltecerlo y desarrollarlo.
Mas ¿cómo se había educado este pueblo? En las luchas dolorosas y
sangrientas de la revolución inglesa: en las persecuciones religiosas,
en las violencias de los partidos políticos, en los combates de la
libertad contra los poderes usurpadores: por el martirio en las plazas
públicas, por la abnegación en los campos de batalla, por la palabra en
las calles, y en las tribunas, por la virilidad y el sufrimiento en
todas partes y durante un siglo entero.
Cuando por estos medios llegaba él á la madurez del pensamiento
político, las razas meridionales, surmergidas en los abismos del
despotismo, ignorantes de sus derechos, supersticiosas, avezadas á las
violencias de la conquista, sin resorte en la conciencia y sin amor al
trabajo, comenzaban á despertar de su profundo letargo de tres siglos.
En el año de 1810 aspiraba Venezuela á la libertad en el nombre de la
Filosofía, Méjico en nombre de la religión, Chile á impulsos del
masonismo: Bolívar, Hidalgo y San Martin, eran, con sus escasos amigos,
el cerebro de toda la América de los meridionales: el pueblo seguía á
ciegas estos prestigios ó los combatía con furor sin comprenderlos. La
guerra civil debía devorar varias generaciones antes de que la antorcha
de la libertad alumbrara con sus resplandores los llanos y las pampas de
un mundo semisalvaje, y presenciamos en nuestros días los dolores de la
regeneración, con todas sus peripecias. Ellos no son, ni tantos, ni tan
grandes como los que sufrió esa misma raza del norte, antes de abandonar
la tierra de Europa, y cuyos progresos actuales, así en el uno como en
el otro continente, tanto nos admiran.
Cuando se estudian de cerca y sin pasión pueril los hechos, se reconoce
que no hay razón, que no hay justicia alguna en exigir de los Americanos
del Sur, lo que no han podido conseguir en igual tiempo sus propios
padres, en ninguno de los pueblos meridionales de la misma Europa. En
1789 comenzó la gran revolución francesa, y esta nación culta, fuerte y
populosa no ha llegado á constituirse todavía: ella ha amasado con su
propia sangre dos repúblicas efímeras, un imperio despótico y guerrero,
una restauración sin simpatías, una monarquía popular, y otro imperio
vacilante, sin gloria militar y sin libertad política.
¿Y ha llegado acaso para Francia el día de la seguridad, de la libertad
completa? ¿No está navegando en el proceloso mar de la revolución? Ciego
será el que confunda su estado político con la situación estable de la
raza inglesa: las costumbres públicas, esto es, la educación política de
ésta, está consumada; la de la otra está lejos aún de su término: la una
resuelve las cuestiones más graves por la ley, expresión fiel de la
opinión; la otra mantiene todavía el interés de los partidos por la
fuerza, la ley no tiene en ella otro apoyo. Aquel pueblo la acata y
marcha; ó la combate en las urnas, la reforma, y progresa: éste la
recibe, no la dicta: pugna contra ella, y la sufre ó la derrumba por la
violencia, no por la discusión y por el voto. El sufragio de la primera
es restringido, y sabe usar de él en su provecho: el sufragio de la
segunda, es universal, y no acierta á emplearlo como le conviene.
Los americanos del Sur no pueden haber adquirido en menos tiempo,
mejores costumbres que sus maestros. Ellos han resuelto en principio
todas las dificultades sociales y políticas de nuestro tiempo, y sus
gobiernos están basados en las máximas de la verdad y la justicia: les
falta práctica, y ésta se adquiere en el ejercicio de la libertad. Las
ambiciones turbulentas que agitan de tiempo en tiempo á estos hombres,
no son eternas: ellas pasarán en la América del Sur como pasarán en
Francia, como pasaron hace ya tiempo en Inglaterra. ¿Qué motivo racional
hay para que así no sea? Solamente los hombres que permanecen en la
servidumbre, son los que no llegarán jamás á ser libres.
Entre tanto no son sus trastornos, como suele pintarlos la pasión de los
extraños, ininterrumpidos: ha mucho tiempo que, fuera del campo de
batalla, no se derrama en esos pueblos sangre alguna por causas
políticas: depuestas las armas, los hombres contienen sus resentimientos
de partido, y se guardan entre sí las consideraciones de la amistad. El
trabajo, escaso antes de la revolución por las trabas sin cuento que lo
agobiaban, se ha desarrollado bajo el amparo de la libertad: lejos de
decaer las grandes ciudades, se mejoran y prosperan: los caminos de
hierro comienzan, y en algunas repúblicas, como en Chile, gozan ya de
cierta importancia.
Sus ríos caudalosos, de origen desconocido y de navegación peligrosa, se
exploran en todos sentidos: su suelo fecundo repone con prontitud los
males de sus guerrillas pasajeras, y su comercio, proporcional á su
población, aumenta con lentitud pero sin interrupción. Evidentemente,
todas sus rentas, bien ó mal distribuídas por los Estados, vuelven á la
circulación, y el trabajo se sostiene y aumenta.
La América del Sur posee escritores y poetas de primer orden, oradores
elocuentes y diplomáticos versados en el derecho de gentes, de una
habilidad y de una lucidez incontestables. La deuda de todas las
repúblicas juntas no es para imponer miedo á ningún hacendista, y todo
el mundo tiene la convicción, tanto en Europa como en América, de que
para enjugarla en pocos años, no tanto necesitan los sudamericanos de un
largo período de paz completa, como de costumbres morigeradas en todos
los ramos de la administración.
La ambición vulgar de mando, los compromisos de una política interior
bastarda, y el desorden consiguiente en el manejo y empleo de las
rentas, son las causas principales del descrédito, exagerado á veces por
el interés y por la pasión, que de vez en cuando se une al nombre de
algunas de estas repúblicas. Su escasa población relativamente á la
extensión de sus vastísimas comarcas, y la índole, los hábitos y la poca
instrucción en los ramos más útiles del trabajo, que caracterizan á la
gran mayoría de sus inmigrantes, agravan un tanto la situación. Mas,
todos estos inconvenientes carecen de raíces profundas. La gran crisis
de la libertad está consumada; las costumbres de la vida pública
penetran en el corazón del pueblo, los soldados indomables de la
independencia, abrumados por la edad, bajan al sepulcro ó abandonan con
las esperanzas de sus ambiciones las riendas del Gobierno. Las nuevas
generaciones, más ilustradas y menos avezadas á la vida de los
campamentos, buscarán nuevas soluciones á las dificultades de la
política, y asentarán el porvenir de la patria americana en la
instrucción de las masas, en la actividad del trabajo, en las luchas
viriles é inteligentes de la opinión, asegurando así la paz y la
prosperidad interior. Acaso á fines del presente siglo, los hechos
infecundos y dramáticos de sus guerras intestinas, pertenecerán á la
leyenda, como los hechos de su gran transformación se inscribirán
definitivamente en la historia. Á juzgar por la fuerza expansiva de la
democracia, y por la manera con que ya en nuestros días se entiende y se
practica la _Federación_ de los pueblos, no nos parece temeridad pensar
que para aquella época no haya en todo el vasto Continente más que una
sola, grande, libre y poderosa nación.