«Mi querida amiga--añadió el hombre chico esgrimiendo su mirada como

un ángel celeste esgrimiría su espada,--veréme obligado á hablar á

usted con una energía que no cuadra bien con la amistad suavísima,

¿qué digo amistad? con el respeto, con la veneración que ha sabido

inspirarme, pues últimamente la grandeza de sus perfecciones me ha

cautivado de tal modo, que no he podido mirar á usted como penitente,

ni aun como amiga espiritual, sino como una santa, como criatura

purísima y gloriosísima superior á mí por todos conceptos. ¡Y

ahora!...»

Nueva pausa. María Egipciaca, afectada por aquel lenguaje, cruzó las

blancas manos y con acento fervoroso exclamó:

«Señor, hermano mío, venid ambos en mi ayuda!

--Llámeles usted con el corazón limpio de afectos menudos, que son,

permítaseme decirlo, como el moho del sentimiento--dijo Paoletti,

sintiendo que la elocuencia venía en torrentes á su boca;--llámeles

usted así y vendrán. Un movimiento espiritual, íntimo, mi dulcísima

amiga--añadió llevándose la mano al corazón y apretándola sobre él

como una garra;--un impulso hondo, de aquí; un impulso que en una

sola energía comprenda dos deseos, el deseo de expulsar esa lepra y

el de volver arriba, á esas regiones serenas, iluminadas, radiantes,

de donde jamás debió descender... Animo, alma predilecta, en cuyas

alas se ven ya cambiantes y reflejos de la luz inextinguible del

Paraíso... ánimo y no abatir las alas... te falta muy poco, esto,

tanto así--fió á sus dedos la expresión material de la idea;--no

mires abajo, que te dará vértigo: mira hacia arriba, y verás las

magnificencias que te aguardan, hermosura y dicha superiores á

cuanto imagine tu fantasía en los deliquios más placenteros; oirás

regaladas músicas y te sentirás penetrada de ese bien infinito, que

te envolverá toda, te suspenderá manteniéndote en un vuelo de arrobo

infinito, de contemplación angélica. No vuelvas atrás, alma bendita,

te lo ruego, te lo pido por tí, por todos nosotros que esperamos

tu ejemplo, por el Dios que te creó tan hermosa como obra maestra

destinada á su propio recreo y grandeza; te lo pido de rodillas,

yo, humildísimo clérigo que nada valgo, que nada soy; pero que he

tenido la dicha de encaminarte á tu celestial destino, ¡oh, alma

preclarísima! conquistando así un mérito que muy poco vale al lado de

los tuyos.»

Pausa. Paoletti se puso de rodillas cruzando las manos.

«De rodillas... usted--murmuró María con voz balbuciente:--no, eso

no... Haré lo que usted me manda... pero ¿qué se hace para dejar de

sentir lo que se siente?

--Sentir otra cosa--dijo el italiano levantándose.--¡Oh! bien

lo sabe usted... que ha educado su corazón y su mente con arte

maravillosísimo igual al de los santos. ¿Siente usted, por ventura,

enflaquecimiento ó tibieza en su amor á Dios, en su piedad?»

Silencio. María respondió negativamente con un movimiento de su mano.

Después, acercando más su cabeza al Padre para que éste la oyera

mejor, habló así:

«¿Eso que usted quiere echar de mí impedirá mi salvación si no lo

echo?

--¡Oh! ángel de bondad, ni por un momento he puesto en duda su

salvación... Eso no. Pues qué, ¿un alma tan llena de merecimientos

podría perderse? Sin que usted me lo declare conozco que esos afectos

que han venido á conturbarla no van acompañados de rencor, ni

excluirán el perdón de los que hayan á usted ofendido. ¿Me equivoco?»

María volvió á negar con la cabeza.

«Entonces la salvación es segura. Si me empeño en arrancar esa

hierbecilla, es porque no me contento con que esta alma sea buena;

quiero que sea perfecta. No me satisface la victoria, y deseo un

triunfo gloriosísimo, para que además de la corona de la virtud lleve

usted la de la santidad. Quiero--añadió con énfasis,--que usted suba

al cielo bañada en luz esplendentísima, entre las aclamaciones de

los ángeles, y que desde el eterno umbral recamado con estrellas de

zafir no vuelva la mirada á la tierra ni aun para obsequiarla con su

desprecio. Quiero en usted la pureza absoluta, el amor en su esencia

divina.

--Todo eso tendré sin arrancarme el afán de la tierra. Si me puedo

salvar con él, que Dios me reciba en su seno tal cual soy.»

Paoletti meditaba. De pronto dijo:

«Mi querida amiga, ¿perdona usted de corazón á todos los que la han

ofendido?»

Pausa. «Sí--dijo María, cuando ya el Padre había perdido la esperanza

de recibir contestación.--Perdono á mi infiel marido, que me ha

matado.»

Al decir esto, dos lágrimas corrían por sus mejillas.

«Y á ella, á esa mujer que ha robado á usted el amor de su marido,

¿la perdona usted?» Paoletti esperaba con los ojos fijos en la

enferma. María bajó los párpados de los suyos y se sumergió en

abstracción profunda. El clérigo creyóla presa de un desmayo;

alarmado, acercó su rostro, observó, esperó. Al fin pudo oir un

sollozo que decía:

«También la perdono.

--Pues si mi nobilísima hija perdona, que es la manera de arrojar esa

levadura maléfica, entrará triunfante en la morada celestial,» dijo

el Padre en tono patético, cual si tuviera en su mano la llave de

aquella morada.

Súbitamente poseída de entusiasmo místico por efecto del influjo

sobrehumano que sobre ella tenía el Padre, María recobró sus fuerzas,

y singularmente las de la emisión de la voz. Hasta en sus mejillas

pálidas viéronse señales de la reacción vital, que principalmente se

mostraba en la movilidad, gracia seductora y resplandor de sus ojos.

«Parece que esas palabras me han infundido una vida nueva--dijo

con fácil acento.--No sé qué telas había delante de mis ojos, que

ya han desaparecido, y veo claro, tan claro, que me pasmo de los

beneficios que el Señor me ha hecho dando esta luz á mi alma, y no sé

cómo agradecérselo. Él me ha enseñado el camino para ir á Él; me ha

llamado con voces de cariño. No me aparto: voy, voy, Dios, Padre y

Redentor mío; voy abrazada á tu cruz.

--Así, así, así quiero á mi amadísima penitente y amiga--exclamó el

poeta de los superlativos dejando correr las lágrimas que venían á

sus ojos.--Pronto vivirá usted en espíritu en la región del consuelo

eterno. ¡Qué gran privilegio, amiga mía, no asustarse de la muerte,

sino, por el contrario, ver con gozo ese momento en que la última

chispa de la vida asquerosa se confunde con la primer centella del

vivir limpio, infinito! ¡Alma hermosísima, purificada por la oración,

por la piedad constante, por el heróico trabajo de la vida interior,

por la perenne inmersión del pensamiento en la idea divina, extiende

tus alas, más blancas que las nubes; no temas, remóntate, mira tu

puesto arriba, oye las deleitosas músicas que te reciben, aspira esa

fragancia inconcebible del Paraíso, atrévete á afrontar la mirada

paternal del que hizo el sol y las estrellas, y que sonriendo con la

sonrisa de que salió la luz, te recibe como á mártir, como á santa!

--Sí--dijo María cruzando blandamente las manos sobre el seno:--yo me

siento subir, y no encuentro palabras para expresar mi júbilo. Parece

que se me olvida ya el lenguaje de la tierra, que no sé hablar. Mi

última palabra sea para repetir que perdono de todo corazón á los que

me han ofendido.»

Pausa. El italiano murmuraba una oración.

«Padre--dijo María Egipciaca dando un golpecillo en la cama para

despertarle de aquel sopor místico en que había caído,--me ocurre que

debo manifestar de palabra mi perdón á mi marido.

--No es absolutamente necesario, pero puede usted hacerlo.

--Quién sabe si unas cuantas palabras dichas en momentos tan solemnes

harán efecto provechoso en su alma perdida.

--¡Oh, sí!... Esa idea es propia de una inteligencia sublime... Se lo

_diremos_.

--En este trance--añadió María agitada otra vez por los afectos que

Paoletti llamaba menudos,--él no puede contestarme. ¡Ay! tiene tan

prontas las respuestas cuando yo le acuso, que á veces me aturde. Una

vez...»

María reflexionó un instante antes de seguir.

«... Vino á mí lleno de tristeza y desaliento. Era una noche que

llovía mucho... El pobrecito... por ceder su coche á un amigo

enfermo, se había mojado hasta los huesos. Además, aquel día se le

había muerto otro amigo que amaba mucho, un célebre ateo, ya sabe

usted, compañero de estudios y de herejías de mi pobre León. ¡Oh!

¡qué triste estaba! Le ví entrar y me dió lástima; pero yo estaba

rezando y no podía suspender mi rezo. Se mudó de ropa; pero con la

ropa seca tiritaba lo mismo que con la húmeda... tenía fiebre. Yo

mandé que le hicieran abajo una bebida calmante y seguí rezando,

pidiendo á Dios fervorosamente que le convirtiera, ¡y él no me lo

agradecía!... De pronto se llegó á mí, y sentándose en una banqueta

baja, puesto casi á mis pies, me tomó una mano, imprimiendo en ella

unos besos que quemaban. Díjome así: «Yo necesito amar y que me

amen... esto es vivir como los cardos que crecen solos y tristes en

el campo...» Gran esfuerzo el mío para no hacerle caso. Obligada

á dejar el libro de rezo, rezaba mentalmente, apartando de él los

ojos, trayendo á mi mente cosas de piedad, para que otras cosas y

pensamientos no pudieran entrar. Aquel día habíamos hablado usted y

yo largamente de las estratagemas de que se vale el espíritu ateo

para cautivar al espíritu con fe. Yo me fortalecí con el recuerdo de

aquellas palabras, y dejé pasar, dejé pasar la corriente de cariño

que de él hacia mí venía. Yo era una estatua; comprendí que debía

enojarme, y me enojé, echándole en cara su ateísmo. El tiritaba y

me decía: «Puesto que mi hogar está vacío para mí, me voy á meter

en un hospicio...» ¡Qué cosas dijo! El «yo quiero amar, yo quiero

que me amen» no se apartaba de su boca... Me galanteaba á veces como

un estudiante, riendo; á veces me hablaba de nuestra casa, de los

hijos que no habíamos tenido... Yo firme, yo revestida de frialdad,

porque si le mostrara cariño, ¡cuál no sería su engreimiento y

mi humillación! Habría yo creído que conmigo se humillaban la Fe

cristiana y la santa Iglesia. No, no: mi plan de conducta estaba

trazado, ¡y qué bien trazado! Yo me levanté, y le dije sin mostrar

emoción: «Conviértete y hablaremos;» y me retiré, dejándole solo. ¡No

se me ha olvidado aquella noche! Me acuerdo de que al entrar en mi

alcoba me dió lástima de verle con tanto frío, y tomando una manta se

la tiré desde la puerta. Yo me había puesto á rezar de nuevo en la

alcoba, cuando le oí decir: «¡Maldito sea quien te ha hecho así!»

--¡Oh, mi querida amiga!--dijo Paoletti;--se agita usted demasiado

con esos recuerdos.

--Me parece que le estoy viendo...--añadió María con no sé qué

expresión de éxtasis en sus ojos.--Estaba pálido aquella noche, y

tenía en sus hermosos ojos una melancolía, un desconsuelo...! Parecía

un niño hambriento que extiende los brazos hacia el seno de su madre

y se encuentra con que el seno de su madre es de cartón. Paréceme que

siento el picor de su barba fuerte aquí sobre la piel de mi mano,

y me pesa, me pesa aún sobre las rodillas su cabeza fatigada. Yo no

la dejaba reposar allí, pero la miraba preguntándome por qué Dios

permite que las ideas materialistas y el no creer estén dentro de una

cabeza tan hermosa. ¡Y aquella cosa inexplicable y encantadora que

hay en sus ojos negros... y aquella energía de su mano varonil, y

aquel conjunto de seriedad, de brío, de fuerza, sin perjuicio de la

esbeltez!...

--Amiga de mi alma--dijo Paoletti interrumpiendo,--creo que si

se ocupa usted tan prolijamente de perfecciones físicas, es para

asombrarse de que Dios, en su alto juicio, las haya unido á un

espíritu ciego y muerto.

--Eso es, eso es... pero estos recuerdos vienen á mí y no los sé

desechar. Pueden más que yo... Un día, después de muchos días de

destemplanza entre los dos, le ví entrar furioso. Era la primera vez

que le veía colérico: me dió mucho miedo. Me habló violentamente, y

tomándome por la mano, sacudióme como si quisiera arrastrarme. Caí

de rodillas delante de él. Me parece que aún siento su mano como

una argolla, y si la sintiera de veras ahora, creo que el gusto me

haría vivir... Díjome cosas muy duras; pero su misma ira, con ser

tan fuerte, no le impedía la delicadeza... Aquel arrebato de cólera

me regocijaba en el fondo del alma, porque me demostraba su amor;

pero como yo estaba segura de su fidelidad, no quise manifestarle

nada de mi afecto. Bien sabía yo que no me había de hacer daño, y

por lo mismo le dije: «No me importa que me mates, pero aguarda un

poco. Estoy repartiendo mi ropa á los pobres.» Así era: más de cien

infelices aguardaban á la puerta. Yo estaba tan orgullosa de mi

caridad, que supe despreciar á mi tirano. Él me dijo: «¡Es horrible

que se sienta uno herido en el alma y ni aun pueda devolver golpe por

golpe, y no pueda vengarse, ni matar á nadie, ni aun castigar!...»

¡Oh, qué simpático estaba en su enojo!

--Basta, basta--dijo prontamente y con desasosiego el Padre.--No

permito ni una palabra más de esa revista de memorias nocivas al

alma. La que luchó entonces por limpiar su espíritu no puede sucumbir

ahora.

--No, no sucumbiré--afirmó María, revelando en su rostro lívido el

esfuerzo que hacía su alma para romper las misteriosas cadenas que

la aprisionaban en la hora tremenda.--Bastante me he mortificado,

bastantes batallas he dado en mi mente para despojarle de aquellas

perfecciones y dejar desnudo el horrible esqueleto. Este

procedimiento de no ver en el sér hermoso más que un esqueleto,

me fué recomendado por usted... y ha sido mi salvación... Porque

indudablemente mi alma se habría perdido, ¿no es verdad, Padre?...

el fin de conquistarme espiritualmente y hacerme suya extraviando mi

corazón, ¿no es verdad, Padre?»

A cada pregunta, señal en ella de dudas ó refriega interior, el Padre

contestaba afirmativamente con fuerte cabeceo.

«Yo le decía: «Tuya soy en aquello que nada vale; pero mi espíritu no

lo tendrás jamás.» A veces me imponía la obligación de estar semanas

enteras sin hablarle. ¿No es verdad que hacía bien?

--Mi infelicísima amiga--dijo el italiano suspirando,--está usted

refiriéndome lo que mil veces me ha referido. Volvamos esa página

sombría, sobre la cual todo lo hemos dicho ya, y hablemos de Dios,

del perdón...

--¡Del perdón!...--exclamó la dama alzando su cabeza sin mover su

cuerpo.--¿De qué perdón?...»

En sus ojos se pintó un vago mareo, como el que precede al delirio.

Incorporóse súbitamente en el lecho con dura sacudida, y oprimiéndose

las sienes, gritó:

«No les perdono, no les perdono, no les puedo perdonar... ¡Marido, á

tí solo te perdono, si vuelves á mí! A ella...»

No pudo acabar la frase. Retorciéndose los brazos cayó en la cama

como un cuerpo muerto. Paoletti miró aterrado los ojos de la enferma

clavados en él con expresión bravía. El clérigo sintió en su frente

sudor glacial, y el corazón agitado se le salía del pecho. La dama,

después de mirarle así, cerró los ojos. La crisis se resolvía en

distensión de músculos, y en sollozos y suspiros. Paoletti dijo con

voz que se esforzó en hacer cavernosa:

«¡Alma que creí victoriosa y que ahora sucumbes vencida: si no

perdonas, Dios no te perdonará!»

Después se arrodilló, y tomando el Crucifijo se puso á rezar

contemplándolo. Afligido y lloroso, como pastor á quien roban su

más querida oveja, permaneció un rato. La pobre dama no se movía

ni hablaba. Al fin, tras doloroso gemido, pronunció estas tristes

palabras:

«Soy pecadora y no me salvaré.»

Alma infeliz y llena de congoja, luchaba como el náufrago de los

aires, alargando una mano al Cielo y otra á la tierra.

«Estoy transido de dolor--dijo Paoletti, mostrando á María su blanco

rostro pueril inundado de lágrimas sinceras,--porque el alma que

creí haber ganado para un esplendorosísimo puesto del Cielo, cae de

improviso en los abismos...

--¡En los abismos!...--murmuró la Egipciaca con un sollozo de

angustia.

--Sí, y pido á mi Dios que la salve, que salve á esta alma

queridísima, que no la condene, que tenga piedad de ella... ¡Oh!

¡Señor misericordiosísimo, haberla visto tuya y ahora verla de

Satanás!... ¿No es tu perla escogida? ¿Cómo permites que caiga

en el lugar del tormento eterno?... ¿No la perfeccionaste, no la

purificaste como á joya que había de pertenecerte eternamente?...

Alma, oye mi último ruego, si no quieres ver trocada la túnica

purísima de la bienaventuranza por vestidura de llamas horribles...

Torna en tí, vuelve á tu sér suavísimo y al peregrino estado, donde

hallabas deleite superior al que podrían dar á tus sentidos los más

delicados aromas, los manjares más exquisitos y las visiones más

bellas. Sálvate, no ya del mundo, sino del Infierno.»

Siguió hablando el reverendo poeta con aquella oratoria sentida,

patética, un poco teatral, que era propia suya, haciendo gasto

considerable de retórica descriptiva, y no perdonando _resplandores

celestes_, ni _coros angélicos_, ni _amor esencial_, ni _candideces

del alma_. Cuando concluyó, María, besando el Crucifijo que su amigo

espiritual le puso en las manos, derramaba lágrimas y decía:

«Bien: todo lo cedo ante tí, Redentor mío; no queda nada en mí de

esta levadura de los afectos menudos. Me lo arranco todo con la vida

y lo echo al fuego. Aún queda algo; pero usted, Padre, que tanto

puede, me arrancará esta última espina que tengo en el corazón.

--¿Cuál?

--Pruébeme usted que la niña de Pepa no es hija de mi marido.

--¿Cómo he de probar eso, criatura?--replicó asustado el buen

Paoletti.--¿Conozco acaso los secretos recónditos de la naturaleza?

Podrá ser hija, podrá no serlo.»

Después aquel hombre de buena fe, pero que sólo conocía la

superficie, no las honduras del humano corazón, dijo estas palabras:

«La niña es bonita.»

Esto era ser Longinos, tomar la lanza y herir el divino costado para

abreviar la agonía. La dama parecía saltar en su lecho.

«Alma escogida--exclamó el valiente Paoletti puesto en pie,

fulgurantes los ojos, alta la mano,--desecha esa última turbación,

arroja las últimas heces y ten limpio el vaso en que ha de entrar el

agua purísima de la eternidad gloriosa.

--Quiero salvarme,--murmuró María, que más parecía un muerto que

habla, que un vivo moribundo.

--Pues desecha, límpiate por completo, perdona, ¡oh alma preciosa!

--Desecho, me limpio, perdono,--se oyó en la estancia, como el

silabear misterioso de una vida que se escapa por los labios y fenece

en ellos.

--Perdona, y tu salvación es segura.»

El enano se agigantaba con la expansión de su entusiasmo místico. Al

entusiasmo de María mezclábase un pavor supersticioso que erizaba sus

cabellos sobre la sudorosa piel de la frente. Caía desmelenada su

cabeza como la hierbecilla inclinada y rota ante la voladora pesadez

del tren que pasa.

«Abrazada á esta imagen bendita--dijo el clérigo,--olvide usted todo

lo del mundo, todo, absolutamente todo.

--Olvido,--murmuró María en el fondo de aquella sima obscura de

abnegación en que había caído.

--Todo, todo... Olvide que existe un hombre, que existe una mujer.

--Olvido,--dijo la voz más quedamente, como si siguiera bajando.

--Hágase usted cargo de que es igual que su cuerpo esté en

Suertebella ó en su propia casa. Humille su amor propio hasta llegar

á que no le importe nada la victoria terrestre de los malvados.

No tenga usted horror al palacio en que está y en el cual hay una

capilla consagrada á San Luis Gonzaga, cuya imagen parece el retrato

de nuestro amadísimo Luis.»

A este recuerdo María pareció subir.

«Me reconcilio con el palacio. Tu nombre, hermano querido, me alegra.

Que tu alma triunfante venga en auxilio de la mía.

--Así, así.

--Cuanto tengo, si es que tengo algo--dijo con voz clara besando el

Crucifijo,--deseo que se reparta á los pobres. Mi marido y usted se

pondrán de acuerdo. Deseo ser enterrada junto á mi hermano y que se

me digan misas de cuerpo presente en el altar donde esté la imagen

del santo que más quiero y admiro, San Luis Gonzaga.

--Sí, mi dulcísima amiga; y no se le importe nada á esta alma

nobilísima que el altar esté en Suertebella.

--Nada me importa. Perdono de todo corazón, me reconcilio con mi Dios

Salvador, y espero.»

Con las manos extendidas, los ojos medio cerrados, Paoletti pronunció

grave, despaciosa, solemnemente la absolución cristiana.

«Reconciliada con Dios--dijo luego con voz conmovida,--va usted á

recibir la santa comunión.»

XIV

Vulnerant omnes, ultima necat.

La ceremonia anunciada se efectúa después de anochecer con pompa y

fervor. El palacio de Suertebella préstase maravillosamente á la

ostentación de mil y mil hermosuras, homenaje tributado por las

gracias materiales al rito católico. Flores preciosísimas, luces

sin cuento son la ofrenda más propia para festejar al Señor de los

Señores. Entre tanto brillo, parece que las mismas obras del arte

humano se hacen más bellas y se perfeccionan, como si también les

tocara á ellas algo del bien que la divina visita trae á la casa. El

rumor de llanto que por doquiera se siente, ya en un ángulo de la

sala japonesa, ya tras de la estatua griega de perfil majestuoso,

completa la profunda gravedad triste del espectáculo. El fervor y

el miedo, originados aquél de la idea del más allá y éste de la

proximidad de una muerte, se juntan en un solo sentimiento.

El cura de Polvoranca trae la Sagrada Forma de la parroquia

cercana, en lujoso coche al que otros muchos siguen con alineación

melancólica. Parece que los propios caballos comprenden que no

debe hacerse ruido, y pisan quedo. El hermoso pórtico se llena de

personas, cuyas caras enrojecen con el fulgor del hacha que tienen

en la mano, y confundidas libreas con gabanes, señores y criados

están de rodillas. La campana en cuyo son se mezclan el pavor y el

consuelo, va clamando por las anchas galerías, despertando de su

sueño ideal á las figuras de mármol. El arte serio y el cómico se

transforman, tomando no sé qué expresión de temor cristiano. El

charolado suelo refleja las luces. Por el techo y las altas paredes

corren reflejos rojos y sombras de cabezas. Flores y tapices se

inclinan con silencioso acatamiento. Los pasos resuenan con bullicio

sobre la madera. Creyérase oir redoble lejano de fúnebres tambores.

Después se apagan sobre las alfombras, produciendo efectos acústicos

semejantes á los de una trepidación subterránea. Al fin para el ruido

y se detienen los pasos. El silencio es sepulcral. La procesión ha

llegado á su término. Durante aquel rato solemne todo el palacio está

desierto: cuantos en él respiran se hallan en las inmediaciones

de la escena. Los que no pueden presenciar el acto, entran con la

imaginación en la alcoba llena de luces y suspiros, y gozan ó gimen

imaginándose lo que no pueden ver. Desde fuera se adivina la escena

y el corazón tiembla. En el pórtico y en las galerías solitarias é

iluminadas, la atmósfera muda parece un inmenso aliento suspendido

por la expectación del respeto. Todo calla: sólo puede oirse quizás,

en el rincón más obscuro, el roce de un vestido que pasa, se desliza,

corre y desaparece.

Pasa un rato. Siéntese primero un murmullo, después los pasos

nuevamente, reaparece la fila de lacayos con hachas, crece el rumor,

se aumenta la claridad, sombras de vivos corren por sobre las figuras

pintadas, vuelven á crujir las charoladas tablas; siguen libreas,

mucho color, mucho traje, hombres y mujeres de todas clases, rostros

indiferentes, otros que revelan pena ó lástima; óyense las sílabas

quejumbrosas del rezo del cura y sus acólitos. La procesión, que unos

ven con inefable sentimiento y otros con frío pavor, avanza al son de

la esquila que agita un niño, el mismo á quien Monina llamaba _Guru_,

y sale por el pórtico, donde unos la despiden de rodillas, otros la

acompañan con la cabeza descubierta. Dentro, la fragancia de las

flores parece misteriosa huella del pie invisible que ha entrado en

el palacio.

_Ego sum via, vita, veritas._

* * * * *

La familia de León Roch, Tomos 1 y 2 · 第 29 / 34 段