«Dualista hábil, has puesto la punta en mi pecho. Pues bien, yo

no lo niego: aprende de mí el mérito de la franqueza, el mérito

de la confesión, de que es incapaz un ateo. Me declaro culpable.

El torbellino del mundo, el engreimiento que dan la lisonja y el

aplauso, me han puesto á mí mismo en contradicción con las leyes

divinas y humanas que adoro y acato. Yo soy el primero que me acuso,

como he sido el primero en reprobar los escándalos de mi familia,

como he sido el primero en defenderte cuando te creía bueno; bien lo

sabes. Pero no hagas paralelo entre tu infamia y la mía, entre tu

desorden y mi desorden. Ambos hemos caído en el mal, tú por cinismo

y desconocimiento absoluto del bien, yo por flaqueza de espíritu. En

tí no hay más que mal, y ninguna puerta para el bien se abrirá en tu

alma cerrada; en mí se han corrompido las acciones, pero queda la

fe, queda la puerta del bien. Al lado de tu crimen no tienes nada,

sino la sombra fea del crimen mismo. Al lado de mi crimen tengo yo

un tesoro: el remordimiento. Tú no eres capaz de enmienda; yo sí. Tú

no ves nada más allá; yo veo mi salvación, porque veo mi enmienda.

La misma idea del pecado me da la idea del perdón. No sé mi destino

individual, pero sé el del género humano, y me basta saber que hay

Cielo. Tú lo ignoras todo, y el mal no te espanta porque crees que

no hay Infierno.

--Sofista, barajador de palabras, ¿qué sabes tú lo que yo pienso, lo

que soy? ¿Crees que estamos los hombres y las almas á merced de tu

dogmatismo de apóstol intruso, y de esa oficiosidad evangélica con

que repartes cédulas de vida ó muerte? Polizonte de la vida inmortal,

¿crees que ésta es una aduana donde se registran bolsillos para ver

si hay tabaco, es decir, género prohibido por los que estancan el

pensamiento para venderlo en paquetes á cambio de hipocresía? Hazme

el favor y el honor de librarme de tu presencia, porque no respondo

del respeto que debo á esta casa y al parentesco que nos une.

--¡Asesino de un ángel!--exclamó Gustavo rugiendo de ira.

--Se me acabará la paciencia para oir tus sandeces--dijo León

dando tres pasos hacia él en actitud tan amenazadora, que Gustavo

retrocedió en el primer momento, esperándole después en actitud nada

cobarde.--Calla, ó sabrás lo que es una paciencia que se agota, un

mártir á quien se acaba la entereza.»

Señalando la ventana, León extendió su brazo que, sin aparato

hercúleo, era capaz de desplegar extraordinaria fuerza.

«Y si quieres seguir provocándome--añadió,--á pesar de no ser

partidario del duelo, yo que no sé disparar pistolas, ni esgrimir

sables, ni echar sermones, te proporcionaré un bonito espectáculo.

Verás cómo un apóstol sale volando por una ventana, sin que nada lo

pueda evitar.

--Abusa, bárbaro, si te atreves, de tu fuerza corporal--gritó Gustavo

desafiándole con la mirada.--¡Asesino de mi hermana!

--No irritarás mi furia con esa palabra--dijo León en el último grado

de la cólera.--Has de saber que tu hermana, y tú y tu madre, y tu

padre y tu abuelo, sois para mí como las aves que pasan volando. No

existís para mí. Elige entre salir por la puerta ó por la ventana.»

La disputa iba á concluir con una brutal refriega, quizás con la

concisa violencia de aquella escena que hizo decir á Segismundo:

«¡Vive Dios, que pudo ser!» cuando entró la Marquesa de Tellería

dando gritos, y detrás D. Agustín muy alterado y temeroso.

«¡Qué es esto... León... Gustavo... hijos míos!--dijo Milagros,

extendiendo sus amantes brazos entre los dos.

--Ese...--rugió Gustavo.

--¡León!... ¿Hasta dónde vas á llegar?... Después que nos has

secuestrado brutalmente á nuestra querida hija...

--¡Secuestrarla yo!... ¿Yo?...--replicó el airado yerno con cierto

desvarío.--No: ahí está... tómenla ustedes... La devuelvo... la

regalo...

--¡No nos dejas entrar á verla...! Anoche no he podido pegar los ojos

pensando en esa mártir,--manifestó el Marqués.

--Adentro todo el mundo--dijo León señalando la puerta por donde se

iba al aposento de María.--¡Adentro!»

Sin esperar á más precipitáronse todos por aquella puerta.

En la sala inmediata á la alcoba oyóse rumor de amantes besos, dados

con la precipitación y el calor que eran naturales después de la

forzada ausencia.

XII

La verdad.

Pasadas las primeras manifestaciones del cariño, María habló así:

«Dime, mamá, ¿lo he soñado yo, ó es cierto que oí la voz de Gustavo y

la de mi marido, como si riñeran?

--Hemos tenido una cuestión--dijo el insigne joven, que aún no había

perdido su palidez, ni su nerviosidad, ni el ceño de su frente, tabla

del Sinaí donde se creería estaban escritos el Decálogo y la Novísima

Recopilación.

--No, no: palabras, tonterías,--indicó precipitadamente Milagros, que

pensaba siempre en la reconciliación.

--Convertido en un salvaje al oirse acusado--afirmó Gustavo,--tu

señor marido amenaza á sus semejantes con tirarles por los balcones,

como si fueran puntas de cigarro.»

Después de esto trató de reir, creyendo que con un poco de risa

volvería su sistema nervioso al estado normal.

«¿Dónde disputábais?

--Ahí, en la sala del Himeneo.

--¿Qué sala es esa?

--No hagas caso, hija de mi corazón.

--Querida de mi alma--dijo el Marqués, acariciándola,--vete

acostumbrando á presenciar con calma las acciones de tu marido, y

á que no se te importe un ardite lo que él haga ó deje de hacer.

_Es de lamentar_ que no puedas sobreponerte á ciertos sentimientos

arraigados en tí, y que te empeñes en ser mártir, siempre mártir

contra viento y marea.

--¿Qué dices, papá?--preguntó María con aturdimiento.

--Que yo--prosiguió D. Agustín, poniéndose la honrada mano sobre el

pecho nobilísimo,--estoy decidido á desplegar toda la energía de mi

carácter para evitar un escándalo que nos deshonra á todos y á tí te

pone en la situación más ridícula que puede imaginarse.

--Agustín--dijo la Marquesa, sin poder disimular su ira,--harás bien

en irte á dar una vuelta por el museo reservado. No haces falta aquí.»

Al decir esto tocaba á su marido con el codo para advertirle que

no era llegada la ocasión de desplegar energías ni de evitar

escándalos. Como mujer y madre, habíase penetrado mejor que los

demás de la situación ilusoria en que León tenía á su mujer, y

aplaudiéndola en el fondo del alma daba pruebas de recto sentir.

«¿Qué museo reservado es ese?--dijo María, cada vez más confusa,

y apoderándose con presteza de toda idea que pudiera servir de

combustible á la naciente hoguera de su sospecha.

--Ahí cerca, hija mía--balbució el Marqués, comprendiendo la idea de

su esposa y admitiéndola tácitamente, porque también él, si pecaba

por débil, torpe y corrompido, quería bien á su hija.--Es que hace

poco estuve en Suertebella...»

María les miró á todos detenida y asombradamente. Interrogaba con la

morbosa estupefacción de sus ojos, mientras las palabras rebeldes se

negaban á salir á sus labios.

«¿Suertebella... ahí cerca?...--murmuró.--Explicadme una cosa...

--¿Qué dices, hija mía?

--Explicadme por qué siento yo los cimientos de ese palacio aquí...

dentro de mis entrañas; por qué siento sus muros...

--¿Qué dices, paloma?

--Sus muros pesando sobre mí...

--Por Dios, no delires.

--¡Qué fantasmagorías tan tontas!... _Es de lamentar_ que tu buen

juicio...

--Esta casa...

--Es esta casa... ya sabes... un edificio...»

A escape, y con los brazos abiertos, entró de repente Polito, y

abrazó y besó á su hermana, diciéndole:

«Mariquilla, al fin tu dichoso marido nos deja verte...

¡Secuestrador, bandido, _lazzaroni_!... Yo estaba en la cuadra

divirtiéndome con una lucha entre dos perros y catorce ratas feroces,

cuando me dijeron que se te podía ver. Subí corriendo... Ahí fuera

está tu marido que parece una estatua, una figura más del grupo de

Himeneo... Hermanita, ya estás bien, ¿no es verdad? Te levantarás

pronto y saldrás de aquí.»

Milagros se rompió el codo contra el cuerpo de su hijo sin conseguir

poner dique al torrente de indiscreción.

«No sé qué horrible miedo leo en vuestras caras--dijo la enferma,

mirando uno por uno á todos los individuos de su familia.--Parece que

al mismo tiempo se me quiere decir y se me quiere ocultar algo muy

malo.

--Hija de mi alma, estás aún bastante delicada--indicó el Marqués,

pasándole la mano por la frente.--Cuando te restablezcas, cuando

podamos llevarte con nosotros...

--La pobre se figura lo que no es--dijo Milagros con emoción.--Mejor

es que se salgan todos y nos dejen solitas á las dos.

--¡Me engañáis, me engañáis todos!» exclamó María con arrebato.

Y tomando el Crucifijo que bajo la almohada tenía, lo presentó á su

familia diciendo:

«Atreveos á engañarme delante de éste.»

Todos callaron. Sólo Gustavo extendió su mano forense y deuteronómica

hacia la sagrada imagen, y dijo con voz oratoria:

«Aborrezco la mentira, y creo que en ningún caso puede ser

inconveniente ni peligrosa la verdad.»

Milagros le empujó como para echarle fuera. Pero él se acercó más

á su hermana, le pasó la mano por las mejillas, y mirándola muy de

cerca, prosiguió:

«Veo que te afanas demasiado por lo que poco vale. Tu santidad y tu

virtud te ponen en una situación eminente, altísima, desde la cual

podrás abrumar con tu desprecio á cuantos te ofendan. Estás mejor, y

pronto te llevaremos á casa, á nuestra casa, donde te cuidaremos como

nadie, te apreciaremos en lo mucho que vales, y te adoraremos como

mereces tú que te adoren... Lejos de afligirte, alégrate y bendice

tu libertad... ¡Pobre mártir!»

Tampoco Gustavo era perverso, pero tenía el fanatismo de lo que

llamaremos _virtud pública_.

«¡Pobre mártir!»--repitió lúgubremente María, clavando sus ojos en

un lugar vacío de la atmósfera, en un punto donde no había objeto

ni forma alguna, sino la vaga, indeterminable proyección de un

pensamiento. Después de un momento de silencio, su voz, más débil á

cada sílaba, murmuró éstas:

«Yo lo soñaba. Soñaba la verdad, y el error me engañaba despierta...»

Saltando bruscamente de su lecho, gritó:

«¿Dónde está mi marido?

--Ahora vendrá, paloma--repuso la madre besándola

cariñosamente.--Sosiégate; mira que puedes recaer.

--¿No fuiste tú quien me llenó el corazón de celos?--preguntó la

mártir dirigiendo á su madre una mirada de ira.--¿Pues por qué

quieres calmarme ahora?... Que venga mi marido, que venga el Padre

Paoletti... Que se vayan los demás. Quiero estar sola con los dos.»

Lanzó un grito agudo, llevándose la mano á la frente.

«¿Qué tienes, cielo?

--Me duele la cabeza...--murmuró cerrando los ojos.--Es un dolor que

punza, quema y entra hasta el pensamiento... Esa mujer, ¿no la ves,

mamá?... esa mujer me ha agujerado la cabeza con un clavo ardiendo.»

Todos se quedaron mudos y espantados.

«¡Socorro!--gritó la Egipciaca ya en completo estado de delirio.--¿No

la veis que vuelve hacia mí? ¿No habrá una mano caritativa que la

detenga, que la ahogue? Jesús mío, Redentor mío, defiéndeme!»

A estas palabras siguió un silencio de miedo y pena. Sólo el Marqués,

imposibilitado de mandar en su garganta, lo turbó con ahogadas toses.

Milagros lloraba. Besando á su hija la llamó con tiernas palabras.

Pero su hija no respondía. Con los ojos fuertemente cerrados, su

torvo silencio parecía el grave callar de la muerte.

Ya iban á llamar al médico, cuando éste vino. Al punto declaró muy

crítico el estado de la enferma, se puso furioso, dijo que declinaba

toda responsabilidad porque no se habían cumplido sus prescripciones,

y amostazado y lleno de aspereza mandó despejar la alcoba. El

momento de los remedios heróicos había llegado. La batalla que

poco antes parecía ganada, se perdía ya si Dios no lo remediaba.

Urgía desplegar toda la fuerza contra aquella traición súbita de la

naturaleza, la cual, pasándose al campo de la enfermedad, dejaba á la

ciencia sola, inerme y desesperada.

* * * * *

Concluída la disputa con Gustavo, León estuvo solo un mediano rato.

Después sintió la necesidad de andar mucho, porque hay situaciones de

espíritu que piden marcha rápida, como si un hilo de dolor estuviera

devanado en nosotros y necesitáramos irlo soltando en un largo

camino. Paseó por el parque durante una hora. Al volver, y cuando

entraba en la sala de Himeneo, vió sobre una silla un sombrero negro

de teja. Sentadito en el diván que rodeaba el grupo marmóreo, y

empequeñecido por su postura de ovillo, estaba el cuerpo minúsculo

del Padre Paoletti. De aquel montoncillo negro vió León salir la

cara agraciada y los dos ojos que parecían doscientos, como sale el

caracol de su concha estirando las antenas. ¡Cosa extraña! En el

estado de ánimo de León, la presencia del buen clérigo le pareció

consoladora.

«Me han dicho al entrar--manifestó Paoletti muy afligido,--que la

señora Doña María se ha agravado repentinamente. Vea usted la

inutilidad de nuestras piadosas mentiras. ¿Habrá llegado la hora de

la verdad?

--Es posible,» dijo León, indicando al Padre la puerta para que

entrara primero.

Ambos llegaron cuando Moreno empezaba á aplicar los remedios

heróicos. Paoletti se retiró después á rezar en la capilla, cuyos

altares se llenaron de luces. En la alcoba, el médico y el marido

asistieron solos, con zozobra y compasión, al desarrollo de aquel

drama, cuyos elementos, idea ó fluido, vida orgánica ó esencia

misteriosa, se arremolinaban en el cerebro y en los centros

nerviosos, precipitando con su tenebroso combate el desenlace que

se llama muerte. Se hizo cuanto en lo humano cabía para conjurar el

peligro inminente, solicitando el mal desde las extremidades para

apartarlo de los centros. Pero ningún agente terapéutico lograba

despertar las energías orgánicas que expulsan el mal. Este seguía su

marcha invasora, como el atrevido conquistador que ha quemado sus

naves. Se apeló á todos los medios, y cada uno de ellos aumentaba la

desesperación.

La paciente estuvo todo el día fluctuando entre la postración y el

delirio. Los entreactos de sus crisis espasmódicas anunciaban un

aplanamiento más peligroso que las crisis mismas. El médico anunció

con sepulcral entereza la próxima conclusión de la lucha.

«Lo que resta--dijo,--corresponde al médico del alma.»

Por la tarde, María Egipciaca pareció que despertaba, y sus

facultades se mostraron claras. Estaba en posesión de sí misma, en

aquel breve período de lucidez que la Naturaleza concede casi siempre

á las criaturas, antes de pasar á otro mundo, para que puedan echar

la última ojeada sobre el que abandonan.

«Pido...--murmuró María,--que me dejen sola con mi Padre espiritual.»

El marido y el médico salieron. Ni ciencia ni afectos de la tierra

hacían falta ya.

XIII

La batalla.

María fijó los ojos en Paoletti con expresión dulce. La ocasión era

tan solemne, que el bendito clérigo enano, á pesar de estar muy hecho

á emociones y á espectáculos tristes, se enterneció. Dominándose, se

acercó al lecho, tomó la mano ardiente y blanca que se le extendía, y

dijo así:

«Ya estamos solos, mi querida hija, hermana y amiga á quien profeso

dulcísimo afecto; ya estamos solos con nuestras ideas espirituales y

nuestro fervor. No reine aquí el miedo; reine la alegría. ¡Conciencia

purísima, levántate, no temas, muestra tu esplendor, recréate en tí

misma, y así, en vez de temer la hora de tu libertad, la desearás con

ansia! ¡Oh triunfo, no te disimules vistiéndote de vencimiento!»

Menos ganosa que otras veces de saborear la miel regalada de aquel

panal de misticismo, María Egipciaca pensaba en otra cosa. Con amarga

melancolía, murmuró:

«He sido engañada.

--Engañada con piedad--replicó al punto el clérigo.--El estado

penosísimo del organismo de usted exigía que se le encubriera la

verdad fea. Perdóneme si también yo me presté á esa farsa, que, lo

repito, era una farsa caritativa. Comprendí la necesidad de ayudar

los planes benéficos de su esposo de usted...

--¡Que me ha tenido y me tiene en la casa de esa mujer!...--exclamó

la enferma ahogándose.

--Esto no ha sido culpa suya. No había lugar más á propósito para

prestar á usted los auxilios de la ciencia y ponerla en buenas

condiciones de higiene. En esto apruebo plenamente su traslación

aquí. Una vida en inmediato peligro no podía ser tratada como un saco

que se lleva y se trae. Lo de menos para usted es estar aquí.

--Yo lo soñaba, y despierta lo desmentía.»

La laringe de la dama no pudo seguir sin tomar descanso. No es

fácil dar idea de la inmensa tristeza de su acento débil, apagado,

quejumbroso. Más que acento de mujer amante, parecía el llanto de un

niño abandonado, cuando ya se cansa de llamar y pedir.

«Y mi marido y esa mujer--añadió,--se verán á todas horas en

cualquier sala de este palacio, para contar entre abrazos y besos...

(La laringe se resistió de nuevo. También Paoletti sentía un nudo en

su garganta.)... entre abrazos y besos los instantes que me quedan de

vida... como yo cuento los Padrenuestros con mi rosario.»

Siguió una pausa. El confesor se esforzaba en desatar su nudo.

«Mi buena amiga en el Señor, esa última idea es una cavilación

absurda. Oiga usted de mi boca la pura verdad, la verdad que

proclamo como sacerdote de Dios. Al grande espíritu de usted no

puede ser nociva la verdad. Esa conciencia fuerte no se turbará

por la revelación de las miserias humanas, que en nada la afectan,

como no afecta el polvo de la tierra á la blancura y limpieza

esplendorosísima de las nubes del cielo. Sépalo usted todo, sin

quitar nada á la verdad, pero también sin añadirle nada. El Sr. D.

León ama, en efecto, á esa señora; él mismo me lo ha dicho, y como

no me lo ha dicho en confesión, puedo y debo declararlo á usted.

Pero al mismo tiempo, debo afirmar que esa señora no vive ahora en

Suertebella, porque su mismo esposo de usted le mandó salir de aquí.

Así lo exigía el decoro, que es en el mundo la fórmula ceremoniosa

del pudor. Su desventurado marido de usted es incapaz de toda

idea moral; pero tiene, gracias á su cultura, la religión de las

apariencias, y sabe ponerse á tiempo esa ropa pintada de virtud que

el mundo llama caballerosidad.»

María no contestó nada. Su blanca mano, que no había tenido tiempo

de adelgazarse con el mal y conservaba su pastosa finura, jugaba con

el fleco de la colcha, entretejiéndolo con sus dedos gordezuelos.

No lejos de aquella mano estaba la cabeza minúscula y redonda del

italiano, el cual si abatía los ojos dejaba en lóbrega obscuridad su

cara; pero si los volvía hacia arriba, llenábala de luces, como un

torreón de fuegos artificiales.

«No puedo creer--dijo el Padre alzando la vista y envolviendo á María

en fascinadora proyección de ella,--que un espíritu fortalecido por

el amor divino, como el de usted, se turbe por la verdad que acaba

de oir. Yo no puedo imaginarme ahora á mi espiritual amiga empeñada

en inquietudes menudas, como una mujer cualquiera, ó apartando el

pensamiento de las grandes esferas ideales para pasearlo, como

holgazán que mata el tiempo, por las callejuelas de la cavilación

mundana. ¿Acierto, mi querida hija? ¿Me equivoco al pensar que esos

ojos, hechos á la suavísima luz de arriba, no se dignarán mirar á

los faroles de abajo?

--Tengo celos--declaró María con el mismo tono sin duda con que

Cristo dijo en la Cruz: «Tengo sed.»

El enano hizo lo mismo que el sayón del Calvario. Cogió una esponja

mojada en hiel y vinagre, la puso en una caña y la aplicó á los secos

labios, diciendo:

«¡Celos!... ¡Celos quien ha sabido encender su alma en el amor que

jamás es mal pagado! O yo no penetré bien en el espíritu de mi

ilustre penitente, ó el espíritu de mi ilustre penitente tenía toda

la fortaleza, toda la gracia, toda la influencia de amor divino

para no incurrir en tales flaquezas. ¿Celos de qué? ¡De otra mujer

y por un hombre; celos por quien nada es y de quien nada es ni nada

vale!... Encuentro una turbación radicalísima en el espíritu de mi

amada hija y penitente. ¿Quién ha traído esa turbación?

--Los celos,» murmuró María desde la hondura de su angustia.

Lentamente, descansando á cada instante, pudo la dama referir todo lo

ocurrido desde que la de San Salomó le reveló la infidelidad de León,

hasta que perdió el conocimiento. En lenguaje conciso lo dijo todo,

sin omitir nada substancioso, ni perder detalle de importancia.

«Fuera de los arrebatos de ira, del coquetismo mundano y de la

precipitación, no hallo nada reprensible en el acto,» dijo Paoletti

después que, apoyada la cabeza en la mano y los ojos echados al

suelo, como un arma que por el momento no se necesita, recogió en su

mente la confesión toda, sílaba á sílaba, gota á gota, cual licor

destilado en el alambique.

María dió un gran suspiro, diciendo:

«Yo me creía llena de pecado.

--Pecado hubo por lo que he dicho, pero no es grave. En la visita

veo el movimiento natural de la esposa para impedir la ruptura del

lazo sagrado. Ya he dicho no una, sino mil veces, que el prurito

en usted de cultivar la vida espiritual, en él de menospreciar la

fe, no eximen al uno ni al otro del cumplimiento de sus deberes

matrimoniales. Mientras ambos vivan, atados se hallan por el

Sacramento, y si uno de los dos forcejea por romper el lazo, es

natural y meritorio que el otro corra á evitarlo, apretando más el

lazo si puede ser. ¡Oh, mi nobilísima hija! ¡Cuánto hemos hablado de

esto!»

María decía que sí con su cabeza y alzaba los ojos al techo.

«Cuanto era necesario para metodizar la vida preciosísima de usted,

lo dije en sazón oportuna--añadió Paoletti, sin recoger del suelo la

mirada, antes bien, paseándola por la alfombra como no sabiendo qué

hacer de ella.--Bastantes veces la tranquilicé á usted sobre este

punto, cuando me manifestaba escrúpulos. «No, no, decía yo: Dios no

puede exigir á la mujer casada que haga una exclusión total de las

consideraciones, digámoslo así, que debe á su esposo.» Este adquirió

un derecho que no prescribe ni aun por apartarse radicalmente en

ideas y principios de los principios y las ideas de la esposa. Bueno

que le niegue usted su dulcísimo espíritu; que viendo la contumaz

incredulidad de él, no le confíe ni un átomo (y digo átomo porque

necesito valerme de una idea material), ni un átomo de ese mismo

espíritu, de esas galas divinas reclamadas por quien las creó;

bueno que no tenga usted con él comercio alguno de ideas, que no le

permita esperar que sus halagos desvíen á la esposa de la senda de

perfección por donde camina; pero entiéndase que le pertenece todo lo

que no es del espíritu, lo que es propio y peculiar manjar del mundo.

Usted me refería sus más íntimos y escondidos secretos, misterios

delicadísimos de su alma; referíame también hechos y palabras

reservadas de su esposo, las cuales apreciaba yo en su justo valor,

y fundado en palabras y en hechos, yo trazaba á usted ese régimen de

vida, al cual hase ajustado perfectamente hasta ahora en que la veo

aturdida y un tanto descarriada. Recuerde usted lo que hemos hablado

sobre esto, la argumentación para poner cada cosa en su lugar, y no

confundir nunca lo espiritual con lo humano, lo que es de Dios con lo

que es de la carne.»

María empezó á decir algo y se detuvo asustada.

«Hable usted, mi tiernísima oveja...

--Mi marido me decía muchas cosas...--murmuró la dama.

--Sí, y bien sabe usted que en nuestros gratísimos coloquios, yo

rebatía con firme dialéctica todos los argumentos de ese sofista... y

usted me daba la razón; usted quedaba convencida.

--Porque no tenía celos, que son en mí... ahora lo veo claro como la

idea de Dios... que son en mí la manera de amar.

--Sí: usted amaba--dijo el Padre lleno de confusiones recogiendo su

mirada y dejándola de nuevo,--porque usted se interesaba por él y no

quería que le pasase ninguna desgracia, en cuyas ideas la sostenía

yo, sí, la sostenía...

--Pero él me decía muchas cosas--repitió María con el mismo lastimoso

tono de niño que llora.--Me decía que usted...

--Que yo...

--Que usted, cercenando poco á poco los afectos para devolvérselos

á Dios, cercenando las ideas para que no las manchara el ateísmo,

quitándome todo lo del corazón y no dejándome más que un deber, había

hecho de mí la concubina de mi marido.

--¡Oh! mujer, mujer--exclamó Paoletti con viveza de tono,--¡cuántas,

cuántas veces rebatí ese argumento de apariencia terrible, dejándola

á usted tranquila!

--Pues rebata usted este otro.

--¿Cuál?

--Que estoy celosa, envidiosa, y ahora quisiera para mí lo que ya no

es mío.»

El buen Paoletti, alzando del suelo su mirada, irguió la cabeza. No

satisfecho con esto y deseando poner sus ojos lo más alto posible,

como se pone la luz en una torre para alumbrar á los navegantes

extraviados, se levantó. Quería mirar á su amiga de arriba á bajo.

Indudablemente el ilustre enano estaba inquieto, desasosegado, y

dígase la verdad, poco satisfecho de sí.

La familia de León Roch, Tomos 1 y 2 · 第 28 / 34 段