atención respetuosa la fisonomía inteligente y melancólica del hombre
que había sido su amigo de la infancia. León estaba profundamente
abstraído, como un matemático que bucea en insondable mar de cálculos.
«¿En qué piensas?» le dijo Pepa interpelándole repentinamente.
Necesitaríamos tres capítulos para decir lo que pensaba León en aquel
instante.
«En nada--repuso con afectada indiferencia:--en miserias y farsas del
mundo.
--No puedes arrancar de la memoria á tu querida mamá política--dijo
Pepa riendo.--¿No vas á sus reuniones? Las ha empezado con gran lujo
al llegar la época de alivio por la muerte de Luis Gonzaga, ocurrida
siete meses ha, si no me engaño. Tengo presentes las principales
fechas de tu familia. No creas... van adquiriendo fama esas reuniones.
--Ya lo creo... adquirirán fama.
--Me dijo el Conde de Vera que anteanoche les dió de cenar
admirablemente... ¿Qué pensabas tú, que tus suegros no habían de
dejar bien puesto el pabellón de Tellería?... Ya ves... hay familias
que no saben qué hacer del dinero...»
Los dos rompieron á reir. Pasando bruscamente de la risa á la pena,
León dijo:
«Deja ese tema, que me hace daño.
--Tu suegra ha encontrado la piedra filosofal--añadió Pepa
inexorable.--Debes estar orgulloso de tener en tu familia una doctora
tan consumada en eso que Valera llama la Crematística... Por cierto
que he sabido... por los criados se saben cosas muy saladas... ellos
se cuentan todo unos á otros... ¡Oh! un detalle graciosísimo. ¿Te lo
cuento?
--No, por favor.
--Vamos, que te lo cuento.
--Lo adivino... que el día de la gran cena no tenían qué comer... que
hubo un escándalo en la casa porque llegó cualquier abastecedor ó
confitero con una cuenta de veinte ó treinta duros... Todo eso me es
conocido... es el entremés de todos los días.
--Pero no sabrás los escándalos de la de San Salomó con Gustavo en
la misma casa de tus padres políticos. Me ha dicho Vera que se les
ve siempre solos en un ángulo del salón, charla que charla con mimo
y secreteo, con una impudencia, con un descaro... Así lo dicen...
Quizás sea calumnia. ¡Se miente tanto!...
--¡Tanto!
--¿Y qué has oído del poeta?--añadió la de Fúcar con sagaz
malicia.--¿El Marqués no te ha hablado de él? Este inspirado vate,
cuyos versos no hablan más que de _cándidas palomas_, de _iris de
paz_, de _la familia cristiana_, de _la cumbre del Sinaí_ ó de
_Siná_, de las _vírgenes del Señor_, de _ansias pías_, de _azul
empíreo_, del _querub tartáreo_, de _arroyos parleros_, y de _la...
alma virtud_; este egregio poeta cristiano tiene por _Beatrice_ á tu
adorada suegra...»
Pepa no podía contener la risa.
«Ella es la que le inspira esas cosas tan divinas, tan evangélicas,
tan por lo metafísico que escribe... A mí me carga lo que no puedes
figurarte. Es un tipo. Leer sus versos y después hablar con él, es
como caer desde las nubes al fondo de un pozo de cieno. No hay sólo
dramas en tu familia, hay también sainetes.
--Por Dios, Pepa, no me martirices--dijo León mostrando deseos de
marcharse.--Ya sabes que no puedo acostumbrarme á ciertas cosas
que otros ven con indiferencia cuando no pasan en su propia casa.
No pasan en la mía, pero sí en la de personas que al nombrarme me
llaman hijo. Esto me abruma... Yo no puedo vivir aquí. Decididamente
me voy, me voy...
--¿A dónde?
--A cualquier parte. Sólo me falta un pretexto: lo buscaré. Ya sé que
mi destino es vivir solo, sin familia... yo no puedo tener familia...
Pues bien, viviré solo: no hay cosa mejor que la soledad...
--¿Te vas fuera de España?--preguntó Pepa, dominando su emoción.
--No sé aún...
--¿Nada te llama aquí?...
--No, no saldré de España. Parece que después de lo que ocurre en
mi casa y de la soledad en que vivo, nada debiera interesarme, y
sin embargo, basta que me considere ausente de Madrid para sentirme
lastimado. Tengo amigos...
--Voy á proponerte un hermoso retiro--dijo Pepa con
agitación.--¿Sabes que junto á Suertebella, casi tocando á
Carabanchel Alto, se alquila una casa preciosa?
--Junto á Suertebella...--murmuró León gozando mentalmente con esta
idea.--Lo pensaré; veré la casa.
--Allí puedes dedicarte al estudio. Nadie te molestará... Es tan
bonito aquello... ahora que están crecidos y verdes los trigos...
¡Si vieras cuántas amapolas...! Se ve nuestro parque, el de
Vista-Alegre, y después llanadas preciosas, por donde vienen á
veces las ovejas... La casa está bañada de sol y luz... Si vieras
qué alegre... y luego tan chiquitita, tan proporcionada para una
sola persona... ¡Qué magnífica sala para estudiar, para andar á
bofetadas con los libros y entretenerte con papeles, con apuntes, con
números, y para clavar alfileres á los pobres insectos!... ¡qué bien
estarás allí! Los amos de la casa son personas discretas, pacíficas,
honradas... y luego hay un silencio, un silencio, una paz...»
Pepa cruzaba las manos y las apretaba mucho para expresar la
intensidad de aquel silencio, de aquella paz.
«No te darán muy bien de comer; pero tú no eres gastrónomo. El día
en que quieras comer bien, irás á casa. No tienes más que bajar á la
corraliza, abrir una puerta... dos pasos...
--¡Dos pasos!--dijo León, algo extático con aquella acabada pintura.
--Dos pasos, y estarás en la vaquería y después en el jardinillo
donde juega Monina.
--¿Donde juega Monina?»
Los dos estaban muy cerca uno de otro, y con la viveza de los
ademanes, correspondiente á la animación del diálogo, sus manos daban
á veces una con otra como los pájaros que revolotean enamorándose.
«Monina quizás te haga algún ruido mientras estudias; pero tú la
perdonarás, ¿no es verdad?»
Al decir esto, Pepa pestañeaba mucho para evitar que se le saliese de
los ojos una lágrima.
«Sí, se lo perdonaré... ¡Oh! Pepa, te juro que tengo unas ganas de
comérmela á besos...
--Hace quince días que no la ves, bandido.
--Mañana voy á verla,--afirmó León, y de su semblante irradiaba el
gozo, como antes la fúnebre tristeza.
--Mañana... ¿De modo que te espero?--dijo Pepa dejando que se
inclinara suave y maquinalmente su cuerpo á medida que su codo se
hundía en el cojín.
--Sí, espérame... ¿Dices que está delicada tu niña?» preguntó León
algo inquieto.
Pepa iba á contestar, cuando entró apresuradamente un criado que
acababa de llegar cansado y jadeante de Suertebella. Pepa le miró con
terror. ¿Qué sucedía? Una cosa muy sencilla. Que la niña se había
puesto repentinamente mala, muy malita.
«¡Dios mío!--exclamó la de Fúcar saltando de su asiento.--Y yo aquí
tan descuidada... Corro al instante... el coche... Lola, mi abrigo...
Lola... vamos... ¿Pero qué es?... ¿qué ha tenido?... ¿tos seca?...
¿ahogo?... ¿se ha caído?... ¿se ha enfriado?... ¿se ha mojado en el
parque?... ¡Pobre alma mía! Un médico... Hay que avisar á Moreno sin
tardanza.
--Yo me encargo de eso... Vete tú al instante--dijo León, no menos
agitado que ella.--Será un aire, quizás el...»
Y luego añadió con severidad:
«Ya he dicho una y mil veces que hay que tener mucho cuidado...
los criados dan á los niños cuanto se les antoja... Quién sabe si
la habrán sacado sin abrigo al jardín... Vete pronto, corre, no te
detengas... yo haré que vaya en seguida Moreno Rubio. Irá en mi
coche... á escape... Quizás no sea nada...»
Pepa salió, y León corrió á casa del médico. No conviene pasar
adelante sin declarar que entraba en el palacio de Fúcar como amigo
del Marqués, como amigo también leal y verdadero y honesto de Pepa.
No frecuentaba sólo aquella casa: frecuentaba otras muchas, llevado
por su anhelo de buscar distracción en el ameno trato social y en
las amistades honradas. Pero en aquel palacio eran más largas desde
algún tiempo sus visitas. ¿Por qué? Alguien habrá que conteste torpe
y soezmente á esta pregunta; pero no acertará el que tal responda. En
León había nacido, sin que él le diera importancia, un sentimiento
excelso, divino, de intachable pureza, cuya explicación se verá más
adelante.
III
María Egipciaca se viste de pardo y no se lava las manos.
Después de avisar á Moreno Rubio, que vivía en el hotel inmediato al
suyo, y de rogarle encarecidamente que pasara sin pérdida de tiempo
á Carabanchel, para lo cual le facilitó su coche, retiróse León á
su casa resuelto á partir también para aquel sitio con la primera
luz del día siguiente. Su casa estaba solitaria, triste, y en ella
tomaban exagerado crecimiento las sombras de las figuras y el eco de
los pasos. Soñoliento criado le abrió, y el ayuda de cámara siguióle
medio dormido hasta su habitación.
«Déjame solo--dijo el amo al criado.--No me acuesto esta noche...
Oye, ¿se ha recogido la señora?
--Hasta las once estaba en el oratorio... Voy á preguntarle á Rafaela.
--No... no preguntes nada. ¿Quién ha estado aquí esta noche?
--La señora Marquesa de San Joselito y Doña Perfecta.
--La señora Marquesa de San Joselito y Doña Perfecta,--repitió León
como un estúpido.
--Ya se han ido, luego que acabaron de rezar.
--Bueno... retírate. No necesito de tí esta noche.»
El criado se retiró observando en su amo cierto desasosiego y la
especial manera de mirar que indica el tormento de una idea fija.
Pero un criado no puede consolar á su amo, ni arrancarle sus
melancolías por medio del cariño ó de la persuasión, y se fué. León
se quedó solo, y arrojado más que sentado en un sillón, con el codo
en el velador y la barba entre los dedos, medio cerrados los ojos
negros como la más negra noche, pensaba... sabe Dios en qué. Tal era
su alejamiento de la vida exterior, que no sintió los tenues pasos
de una figura parda que entró sin hacer ruido, y más parecida á
fantasma que á mujer, avanzó hasta llegar á él. Al sentirse tocado
en el hombro, al volver el rostro y verla, dió León un grito. Es que
á veces el estado de nuestro ánimo hace que nos causen terror los
hechos más sencillos y las caras más familiares.
«Me has asustado,--murmuró.
--¡Qué extraño! ¡asustarse de mí un hombre tan valiente, un hombre
de carácter y de juicio!...» dijo María con el acento rutinario y
quejumbroso que había adquirido desde algunos meses.
Vestía la señora una bata de color más bien tirando á ratón que á
liebre, y de exagerada sencillez y tosquedad. Estaba algo pálida, con
amarillez más propia de desaliño que de mortificación; sus bonitos
pies desaparecían dentro de grosero calzado de fieltro, y su cuerpo
carecía de contorno y gracia. Sus hermosos cabellos se ocultaban como
avergonzados bajo los pliegues de una especie de escofieta de muy
desgraciada forma.
Después de mirarle un rato, María dijo severamente: «¡Me tienes miedo!
--Sí: te tengo miedo,--replicó él apartando los ojos de su mujer y
fijándolos en el suelo.
--Pues qué--dijo María sonriendo con expresión de desdén y
superioridad,--¿tan fea me he vuelto? No creas, me gusta verte
temblar delante de mí... Este es privilegio de la humildad, señor
mío, de la pobre humildad que hace bajar los ojos á la soberbia.»
Al concluir esta frase, María tomó una silla para sentarse. Bien
porque sorprendiera un mohín de disgusto en la cara de su esposo,
bien porque creyera sorprenderlo, dijo así:
«¿Te enfada que venga á molestarte? Ya lo suponía. Por lo mismo me
quedo. Mi deber es antes que nada. Mi conciencia me exige que te
pida cuenta del largo tiempo que estás fuera de casa. ¡Ah! León, tu
conducta no es buena. Antes no eras cristiano, pero sabías guardar
las apariencias; hoy ni siquiera eso.
--Tú--replicó León fríamente,--haces todo lo posible para hacerme
aborrecible mi casa. Tu enfado, siempre que entran en ella los amigos
que más quiero, unido al prurito de llenarla con personas que no
son de mi agrado; tus frecuentes ausencias... porque tú también te
ausentas, y aún más que yo, para pasar el día en las iglesias; el
giro que ha tomado tu carácter, pues de cariñosa y amable te has
trocado en arisca y regañona, son otros tantos motivos para que yo
esté aquí lo menos posible. Esta es una casa de hielo y tristeza que
oprime el corazón desde que se entra en ella.
--¡Oh! ¡qué iniquidades dices!--exclamó María mirando con unción al
cielo, juntando las manos y llevándoselas á la barba.
--Créelo, mujer; yo no sé ocultar la verdad: tú has hecho de mi casa
un antro solitario, árido y obscuro, y yo quiero luz, luz.»
Ante la energía con que dijo esto, María se acobardó un tanto.
Después, pestañeando con gran viveza como quien rompe á llorar, dijo:
«No creas que tus brutalidades apurarán mi paciencia. Hace tiempo
que me hablas como si yo fuera uno de esos que discuten contigo en
los clubs, en los ateneos... qué sé yo cómo llaman eso. ¡Luz, luz!
¿quieres luz?... Muy bien. ¡Pobre hombre! ¿Te cansa al fin la ceguera
de tu ateísmo?... ¿Pues qué quiero yo darte sino luz?... ¡Y tú
empeñado en que no, en que no, en que has de estar siempre ciego!...
Bueno, hombre, no te apures. Muy consolador sería para mí que nos
salváramos juntos; pero tú te empeñas en perderte... Por mi parte,
hasta el último momento, hasta la hora de la muerte te diré: «León,
León, mira que...» ¿Te ríes? También me he acostumbrado á tus risas.
Dios me da paciencia, y sabré ser mártir de tus burlas como lo soy de
tu desdén y de tu enojo. Ríete de mí todo lo que quieras... búrlate.
Si no me importa, si lo deseo; si mi afán, mi anhelo constante es
padecer, padecer.
--¡Padecer!--exclamó León con amargura.--No es ciertamente ese mi
deseo; pero sí mi destino. Dios ha querido que allí donde creí
encontrar paz y amor, encuentre una guerra constante, hastío y tedio.
Yo esperé cargar una suave cruz, y cayó sobre mis hombros un madero
horrible, que me fatiga, que me anonada, que me hunde.
--¡Y ese madero soy yo! Gracias--dijo María no pudiendo sofocar el
mundano despecho que pugnaba por sobreponerse á su misticismo.--Ese
madero es tu mujer, soy yo.
--Eres tú. No puedo menos de decirte las cosas claramente. Debo
decírtelas.
--Pues arroja, arroja esa carga insoportable--clamó la esposa con
nerviosa inquietud, colorado el semblante, animados los ojos.--¡Te
peso y no me tiras al suelo... pues mátame, mátame de una vez...
Tengo la vocación del martirio.»
León miró con desdén á su esposa y le dijo solemnemente: «Yo no
mato... por eso.
--¿Pues por qué? Yo creo que matas por todo... No se mata sólo á
puñaladas: se asesina también á disgustos.
--Si se matara á disgustos, María, ya estaría yo muerto y enterrado.
Este infierno de fuego lento, este constante disputar, esta
recriminación nuestra, motivada por la discordancia radical en
nuestro modo de pensar sobre las cosas de la otra vida y aun de ésta,
son golpes sucesivos que matan, sí, matan más que el hierro y el
plomo. Y este dolor de la separación de dos seres; esto de sentir que
dos almas ya casi soldadas se separan, se separan, tirando cada cual
de su lado... porque duele, duele mucho, hija... y esto de sentir el
hueco solitario y frío allí donde estaba la forma y el calor de la
persona amada, y verse solo, solo...»
Profundamente conmovido, León dejó de hablar.
«De esa separación--dijo María,--tienes tú la culpa, tú, por tu
carácter rebelde á todo convencimiento, por tu ceguera, por tu
obstinación de ateo y materialista. ¿Pues qué he hecho yo sino
ofrecerte paz y unión?
--¿Qué has de ofrecer tú, si toda eres espinas, toda sequedad y
dureza? ¿Qué ofreces tú sino una paz parecida á la de los sepulcros,
la paz de una devoción embrutecedora, rutinaria, absurda? ¡Si en
tí no hay verdaderos sentimientos, sino afanes caprichosos, una
terquedad horrible y un misticismo árido y quisquilloso que excluye
el amor verdadero...! No hables de paz tú, que te has revuelto contra
mí, azuzándome y destrozándome el corazón con las garras de un
fanatismo feroz... porque me haces el efecto de una arpía que en vez
de veneno tiene una cosa que llamas fe, y con esa fe verdaderamente
diabólica me has emponzoñado.
--¡Oh!--gritó María dándose apariencia de mártir;--insúltame á mi
todo lo que quieras, pero no insultes mi fe; no blasfemes.
--Yo no blasfemo; yo digo que tú, tú sola, has hecho de nuestro
matrimonio un grillete de presidiarios. ¡Tú, María, tú! Parece que
no es nada, y sin embargo, ¡qué horrible cosa! Cuando nos casamos,
tú creías á tu modo, yo al mío; tú tenías tus ideas, yo las mías...
Es tan grande mi respeto á la conciencia ajena, que no traté de
arrancarte tu fe; te dí libertad completa; jamás me opuse á tus
devociones, ni aun cuando empezaron á ser exageradas y á enturbiar
la alegría de mi casa. Llegó un día en que te volviste loca, y lo
digo así porque no hallo mejor palabra para expresar la espantosa
recrudescencia de tu mojigatería desde que murió en tus brazos,
hace siete meses, aquí, en mi jardín, tu desdichado hermano, y
entonces ya no fuiste mujer: fuiste un basilisco de displicencia
y acritud; fuiste una inquisición en forma de mujer; no sólo me
martirizabas perdiendo toda amabilidad, haciéndote insoportable con
tus pretensiones de santidad, sino que me perseguiste con la necia
exigencia de hacer de mí un menguado beatón, un ente irrisorio. Yo
procuraba apartarte de tu desvarío por medio de la persuasión; á
veces hasta llegué á someterme un poco á tu ardiente capricho; pero
tú pedías tanto que era imposible, imposible descender hasta esa
santidad de sainete en que caíste. Llegó el momento de proceder con
energía: hice esfuerzos sobrehumanos para librarte de tu propio
fanatismo, y ya sabes que me fué imposible. He luchado tenazmente
contigo; he empleado todos los medios, argumentos de razón, de
sentimiento, hasta de fuerza: todo ha sido inútil. Tu espíritu está
deplorablemente sometido á una atracción poderosa, irresistible, y
vive sujeto á influencias obscuras que yo no puedo vencer. Hay en la
sociedad redes subterráneas, alianzas invisibles, lazos que atan,
y tijeras que rompen lazos sin que nadie lo vea. No se puede nada
contra esto. Me declaro vencido, María. Mi única palabra no puede
ser sino un adiós sincero, un adiós que te doy recordando que me has
querido, que hemos sido felices algún tiempo. Este adiós es triste,
muy triste: no hay esperanza.»
María estaba tan impaciente de hablar, que antes que él concluyera
dijo:
«También yo tengo mi capítulo de cargos, y de cargos tremendos. Yo
fuí criada en la religión divina y me enseñaron á practicar mi fe
sinceramente y con verdad. Me casé contigo, te quise, te encontré
bueno y honrado, sin comprender el horrible vacío de tu alma; pero
te quise y te quiero, porque mi deber es quererte y respetarte.
Pronto empecé á comprender que al enamorarme de tí había cedido á
un afecto liviano; que mi elección había sido un desacierto; que
tú eras incapaz de verdadera virtud; que mi alma corría grandísimo
peligro de contaminarse; que no podíamos entendernos; que tus
sabidurías eran muy sospechosas; que á tu lado y dejándome influir
por tí y tus pestilentes ideas, podría llegar á ser muy desgraciada
y á perder mis creencias... Me puse en guardia. Reconozco que fuiste
tolerante conmigo, que nunca afeaste mi devoción ni te burlaste de
la fe, como has hecho más tarde. ¡Ah! no puedes negarme que en la
libertad que me dabas había cierto desprecio. ¡Sonreías de un modo
cuando yo te hablaba de mis devociones...! Pero, en fin, así íbamos
pasando. Un día me dije: «Soy una tonta si no le convierto. ¿Por
qué no he de encender luz en esa alma apagada?» ¡Oh! entonces me
diste á entender que yo era una loca, me diste á entender que éramos
locos todos los que creíamos. Tú te sonreías, te sonreías, ¡cómo te
sonreías!... y con aquella apariencia de bondad hacías burla de los
dogmas sagrados. Tú me decías: «Deja las cosas como están, mujer,
que cada cual se salvará como pueda.» Esto me enojaba y me hacía
llorar, porque no hay, no hay, repito mil veces que no hay más que
una manera de salvarse... Llegaron después aquellos días críticos, lo
que yo llamo Semana Santa de mi hermano Luis, los días de la agonía
de aquel serafín, á quien Dios permitió que viniese á mi lado por
unos días para dirigirme por el camino del cielo... Veo que te irrita
este recuerdo. Necio, no puedes olvidar tu humillación en aquellos
días, cuando la presencia sola de mi hermano era para tí un motivo
constante de remordimientos.»
León no contestó á su mujer ni con una mirada. Encontraba en ella un
no sé qué de repulsivo que hacía retroceder sus ojos lo mismo que su
cariño.
--Yo también sentí entonces remordimientos, ó mejor dicho, dolor muy
vivo de mis culpas, y un afán ardiente de parecerme á aquel ángel,
en cuya compañía quiso Dios que yo naciera. Me consideré destinada
á un fin tan glorioso como el suyo. ¡Cómo se encendió entonces mi
alma en un fuego celestial, puro, muy distinto por cierto de estos
nuestros amores! ¡Qué placeres sentí, qué músicas del cielo oí, qué
cosas imaginé, qué apariciones ví, qué ansiedades sufrí, qué afanes
de ser miserable en la tierra para ser dichosa en el Cielo! ¡Qué
ardiente deseo de morirme para gozar una parte siquiera de aquel
gozo santo, santo, santo, en que está deleitándose mi hermano Luis!
Yo rezaba y soñaba, y mi hermano se me parecía, no sé si en sueños
ó despierta, resplandeciente de dicha y hermosura; llamábame á su
lado y me repetía las exhortaciones del último instante de su vida...
Después, no pasa noche sin que yo sienta su voz en mis oídos... No
creerás en esta elevación ni en este ensueño de mi alma, porque
estás ligado á la materia y no ves más que con los ojos del cuerpo.
¡Pobre hombre! ¡Pobre puñado de barro miserable! ¡Y es lo que llama
el mundo un sabio, porque se ha enterado de cuatro cosas de la
Naturaleza que nada le importan á nadie! ¡Pobre y desgraciado hombre!
¡Más desgraciado aún si no tuviera quien intercediese por él, quien
pidiese á Dios misericordia para él, para él, que no la merece!
--Gracias,» dijo León secamente; y como su mujer se le acercara,
apartó vivamente la mano para evitar el roce del vestido pardo.
El especial olor de aquella lana burda le atacaba los nervios.
«Tu ironía--declaró la esposa,--no me hará retroceder ni vacilar. Sé
que tu rebeldía concluirá: me lo dice una voz secreta de mi corazón;
me lo dice mi Dios cuando me quedo aletargada pensando en Él; me
lo dice el bendito patriarca San José, que es mi amigo, mi abogado,
mi patrón amantísimo, cariñosísimo y piadosísimo; me lo dice todo
lo que ven mis ojos más allá, en ese cielo esplendorosísimo...
Señor--añadió elevando los ojos y cruzando las manos, cuyas uñas no
tenían la refinada pulcritud de otros tiempos,--sálvale, sácale de
la pestilente secta atea en que ha caído, llévalo á tu gloria, hazle
aborrecer sus condenadas doctrinas.»
Siguió rezando en voz baja. Tocándole luego en el hombro, le amenazó
con la mano, y en voz muy baja silbó en su oído estas palabras:
«Has de venir á pedirme perdón; te arrojarás á mis pies; me has de
rogar con lágrimas y suspiros que te enseñe á rezar; te arrastrarás
como yo delante de los altares llenos de polvo, sin cuidarte de que
se te ensucien las manos; vivirás como yo en perpetuos escrúpulos de
conciencia; creerás que una sonrisa, una mirada, una idea fugitiva
son pecados; querrás abandonar todos los bienes del mundo y te
deleitarás con el culto constante, con el rezar sin fatiga, con el
descuido de todo lo exterior, con despreciar el esmero del cuerpo,
con la penitencia... Sí, tú has de salvarte; mis santos patronos no
podrán menos de hacerme este favor; intercederán con Dios, y Dios te
perdonará, te llamará á sí por mi conducto... ¡Oh! qué triunfo tan
grande, qué victoria!»
Aquí alzó la voz, y poniéndose en medio de la estancia en actitud
imponente, con la mano alzada, la mirada radiante, la cabeza erguida,
exclamó:
«¡Miserable ateo, te salvarás aunque no quieras!»
Mirándola salir, León callaba. El largo padecer iba haciéndole
estóico. Tanto se había martillado sobre su corazón, que éste parecía
convertido en insensible yunque. Después dejó caer el puño sobre el
brazo del sillón con tanta fuerza, que se estremeció ligeramente el
piso. Parecía decir: «Ya no más, ya no más».
IV
El mayor monstruo, el crup.