Madrid, Mayo-Junio 1878.

FIN DE LA PRIMERA PARTE

SEGUNDA PARTE

I

Si el tiempo lo permite.

El cielo estaba en revolución, ni limpio ni obscuro, por un lado

azul y risueño, por otro ceniciento y torvo. Creeríase que en él

iban á dar una gran batalla la cerrazón y la serenidad, pues una

y otra se miraban desde contrapuestos horizontes, amenazándose y

disputándose palmo á palmo el campo azul. El sol, neutral en esta

disputa, alumbraba á ratos la tierra, y á ratos se escondía dejándola

en glacial penumbra. Sin embargo, el gentío de la Plaza de Toros no

temía que descargase el mal tiempo. Era una tarde como la mayor parte

de las de Marzo y Abril en el suelo madrileño, arisca y ventosa; pero

con más amenazas que malicias, más polvo que agua, amagando mucho y

no haciendo nada, antes que á remojar botas atendiendo á levantar

faldas y á arrebatar sombreros.

La Plaza estaba llena y triste. Excepto en cortos ratos, toda ella

era sombra. Más triste que nunca era entonces la alta armazón de

hierro pintado de color de plomo, arquitectura industrial que no

se acomoda bien con el carácter desordenado, chillón, embriagador

y maleante de la fiesta española. La uniformidad de los trajes que

crece de día en día, con perjuicio de la estética, daría al público

el aspecto de una congregación de personas sensatas reunidas en

patriótico _meeting_, si no trastornaran el cuadro las voces, que ora

son murmullo impaciente, ora roncos bramidos de pasión, ira, deleite,

frenesí, hórrida música de aquella ópera sangrienta cuya letra ó

drama está en el redondel.

Los pañuelos de crespón van siendo cada vez más raros: con todo,

algunas manchas rojas y amarillas mariposeaban aquel día sobre la

gran mancha obscura del público, y los abanicos animaban con su

constante aleteo las largas filas de hombres y mujeres. Los tendidos

de sombra, y especialmente el célebre número 2, centro de muchachos

alegres y bulliciosos estudiantes, presentaban un gentío espeso,

con alineación apretada como la de los granos de una mazorca. Más

claros los de sol, daban cabida á los inquietos grupos de la gente

jornalera, á los paletos, á un centenar de gandules cuyas maneras

y traje parecen la exageración más grotesca de la caricatura del

torero, á infelices artesanos que van á buscar en aquella orgía de

impresiones fuertes un descanso á la insulsez metódica del trabajo.

La esclarecida sociedad de los mataderos, de las carnicerías, de las

fábricas de curtidos, los industriales del Rastro y los mercaderes

de la Cebada, hervían allí como potaje en el fuego, y su murmullo,

unido al cascado son de un cencerro, daba la impresión de andar por

allí un animal que relinchaba coceando. Como el chisporroteo de la

fritanga de sangre que está puesta á la lumbre y bulle y apesta, así

salía de allí un lenguaje germanesco y nauseabundo. Lanzaba su ronca

imprecación la lucha, que insolente y procaz se abría paso entre el

gentío, dejando atrás un olor complejo de almizcle y cebolla; y el

zafio ganapán á quien Naturaleza dió el empleo de lavar tripas de

cerdo, porque no sirve ni servirá para otra cosa, hacía de su mano

un caracol, lo ponía en la fiera boca, y por él arrojaba con el vaho

del aguardiente un chorretazo de injurias á la Presidencia, donde

sin duda estaba algún edil de la capital de España, el Gobernador ó

quizás el Presidente del Consejo.

La delantera de gradas ofrecía un espectáculo mejor. Allí había

no pocas mantillas blancas prendidas en hermosas cabezas, donde

lucían, tan propiamente cual si en ellas hubieran nacido, rosas y

camelias, quier blancas como leche, quier como sangre rojas. Las

entretenidas, con su aire especial, característico, y que parece un

aire de familia, su lujo chillón y su belleza comúnmente provocativa,

ocupaban buena porción de la vasta hilera, codeándose aquí y allí con

otras hembras de virtud no ya dudosa, sino completamente juzgada.

Había caras de peregrina belleza, otras que querían fingirla de

impropia manera con aplicaciones de blanquete, carmín y corcho

quemado. Honradas familias de la clase media se mostraban también

allí, en doméstica fila que empezaba por el padre (comerciante,

bolsista incipiente, jefe de negociado, contratista de tocino para

los Asilos de Beneficencia, comandante de infantería, magistrado

cesante, barítono de zarzuela, agente de exhortos, habilitado de

Clases pasivas, notario, profesor de piano, en fin, lo que se quiera

hacer de él), y acababa con el más pequeño de los niños, alumno en

San Antón, y de trecho en trecho se observaba la figura nacional

de la chula rica, guapa hembra, vistosa, generalmente gorda y con

cierta hinchazón de matrona romana unida á la desenvoltura de la

maja castiza; orgullosa de sus ojos negros y de sus anillos que

aprietan la carne enchorizada de sus dedos; esparciendo á un lado y

otro miradas altivas; queriendo dar á entender que es muy señora,

que tiene mucho dinero, que su prendería de ricos muebles, ó su

carnicería ó su casa de préstamos son un segundo Banco Nacional,

y que mientras ella viva no pasará necesidades éste ó el otro de

aquellos feos circenses que están abajo, ya de verde y oro, ya de

amaranto y plata, con los bárbaros trastos en la mano y el corazón

ardiendo en heroísmo. Hay en la fofa gordura de estas mujeres y en su

aspecto de hartazgo, en su mirada altiva y á veces cínica, mayormente

si son tratantes en ganadería humana, un no sé qué de la depravada

estampa de Vitelio, Otón ó Heliogábalo; sólo que suelen perder el

color al oir el _morituri te salutant_.

Tras de la delantera, cuatro grandes filas de gente modesta,

dominando el género entretenido al género honrado. Mujeres equívocas,

personas sencillas, feas, bonitas ó insignificantes llenaban la

grada en la región de sombra. En los palcos de arriba había también

mantillas blancas, algunas sobre caducas cabezas, otras en lindísimos

tipos de juventud y elegancia; claveles llenos de rubor, jazmines

salpicados sobre pelo, ojos negros y azules, rosas blancas, pestañas

como mariposas, labios rosados, un mirar voluble como el cabeceo

de las florecillas agitadas por el viento, sonrisas que enseñaban

dientes de marfil, y el imprescindible abaniqueo, lenguaje mudo,

charla de mil colores, que es embeleso mareante en las grandes

reuniones de gente española, lo mismo en los palcos de un teatro que

en los balcones de las calles, cuando hay procesión ó parada, cuando

entra un Rey ó sale á relucir una Constitución nueva. Veíanse caras

ajadas que á la legua revelaban el empeño de no querer parecerlo;

otras fresquísimas que se escondían tras el abanico al empezar la

nauseabunda suerte de varas; mucho lujo, una atmósfera de elegancia

que se creería emanaba del modo de vestir, del modo de mirar, del

modo especial de ser bonita ó de no serlo, y que se extendía á todos

los objetos, compañeros ó accesorios de semejante gente, desde la

flor hasta el blanquete, desde la guedeja rubia que el aire hacía

temblar sobre la sien, hasta el medallón atento á las palpitaciones

del seno, y el guante cuyas costuras reventaban con el aplaudir de

las manecitas.

En los palcos abundaban los grupos de hombres solos, todos de

negro, con los codos en la barandilla, el sombrero encasquetado;

nada de resabios manolescos en el vestir, pero sí un lenguaje entre

parlamentario y chulesco, do aparecían revueltas, como berzas y

flores en una cesta de compra, las frases de discurso, los conceptos

agudos y los _voquibles_ que tienen el picor de la cantárida y la

sonoridad del escupitajo. Era un lenguaje fútil y escéptico como el

de quien no cree ya ni en los toros, y con la puntería de gemelos

atisbando arriba y abajo, á la corrida y á las damas, coincidían

comentarios brutales sobre algunas de éstas. Virtud y volapiés se

confundían en una sola crítica, y llegaban juntamente al oído, como

el oro y el cobre entrando juntos por la hendidura de un cepillo. Una

misma boca expelía juicios técnicos sobre la brega y casi con las

mismas palabras descabellaba á una familia.

Allí había hombres que en los días feriados se ocupan en

hacernos leyes, y otros que diariamente nos surten de decretos y

reglamentos; aristócratas empobrecidos, plebeyos llenos de dinero,

ricos primogénitos de provincia, toreros recogidos, viejos bien

conservados, algún extranjero curioso. Pero lo más florido de la

juventud adinerada campaba en las localidades de barrera, sitio

predilecto del _dilettantismo_, donde tiene su asiento un ilustre

senado de señores cuyos nombres engalanan las páginas de la historia

patria, de jóvenes á quienes no falta cultura ni aun talento, de

periodistas que suelen mojar su pluma en la sangre abrasada del toro

para escribir una especie de prosa, impregnada, como la atmósfera del

tendido de sol, de un heterogéneo tufillo de ajos crudos, almizcle y

aguardiente.

Estaba en el circo _Sacristán_, arrogante bestia de Aleas,

berrendo en negro, bien armado, de muchos pies, querencioso. Al

clamor olímpico que acogió la fiereza de su primera embestida al

caballo, unióse bien pronto un susurro de descontento, y todas las

miradas ¡cosa inaudita! se apartaron del redondel, por cuya arena

ensangrentada un espectro de caballo paseaba sus tripas, como la

cometa sin aire pasea su rabo antes de caer en la tierra... Siguió

adelante la suerte, y las gotas seguían cayendo; pero al fin, cuando

Higadillos, vestido de grana y oro, los trastos en la acerada mano,

brindaba delante de la Presidencia, vióse un movimiento general,

una gran agitación del público. Levantábase la gente; aquí

gritaban, allá gruñían, y en los tendidos oscilaban las cabezas y

se entrecruzaban los brazos y zancajeaban las piernas. ¡Paso, paso,

dispersión general! Horrible trueno retumbó en los aires, y al

mismo tiempo, cual si se abriera una catarata en las negras nubes

suspendidas sobre la Plaza, empezó á caer agua, ¡pero qué agua!...

una lluvia gorda, torrencial, formidable, que azotaba con tremendos

latigazos.

Espantoso fué el desorden, y la ira y el buen humor lanzaron de

consuno imprecaciones y agudezas. En los tendidos, el más fuerte se

abría paso á codazos, y el más ligero saltaba sobre el obeso, y la

mujer pedía auxilio, y el chico berreaba, y la cabeza de la chula

parecía esponja, y la gorra del hombre cabeza de tritón. Abriéronse

aquí y allí algunos paraguas que chocaban unos contra otros,

enganchándose con sus uñas de murciélago.

En el redondel, los toreros mojados seguían lidiando, y el animal,

acobardado y huído, no estaba de humor de bromas. El agua quería

lavar y no dejar huella de la sangre. Los caballos moribundos

aspiraban con anhelo el aire húmedo que refrescaba su agonía. Era

imposible seguir la corrida: llovían banderillas de agua; apenas se

veía de un lado á otro de la Plaza. Sonó de pronto el cencerro de los

pacíficos cabestros, y _Sacristán_, siguiéndoles, se fué al corral.

El público, huyendo del agua como se huye de un incendio, se aglomeró

en los pasillos, que no podían contenerlo, á pesar del gran desahogo

del monumental circo. Las escaleras estaban obstruídas. Como nadie

se atrevía á salir mientras la lluvia no cediera, la enorme crujía

circular era un gran barril de sardinas mojadas. No cabía ni una

cabeza más. Las mujeres sacudían sus mantones, y los hombres

maldecían á las nubes, y otros pedían su dinero. ¡Qué gritos, qué

risas, qué agudezas, qué patadas, qué sacudir de sombreros chorreando

agua, qué de estornudos y escalofríos!

Algunos jóvenes abonados á barrera trataban de abrirse calle á codazo

limpio para ganar la escalera y subir á los palcos.

«Vamos arriba--decía uno de ellos.--Creo que está León. Nos cederá su

coche, y que se vaya con el Ministro.

--Y si él no está nos iremos en el coche de la de Fúcar... Pero,

señores, hagan el favor... Anda, Polito, ¿por qué te quedas atrás?

--¡Cascarones! aguarda... ¿no ves que me ahogo? Si estoy como una

sopa... Déjame que tome una pastilla de brea... ¡Qué _plancha_! ¡qué

corrida!»

A duras penas, molestando á muchos y oyendo quejas, lograron subir

á los palcos. También arriba era grande el jaleo, porque como la

dirección oblicua de la lluvia inundaba la mitad de los palcos de la

Plaza, la gente de éstos buscaba abrigo en el corredor.

«Allí está León. ¡Eh! ¡León!--dijo Polito acercándose á un grupo

donde había diputados y algún ministro.--¿Nos cedes tu coche?

--Sí... tomadlo... no me hace falta.

--¡Bravísimo! _¡chúpate esa!_ ya tenemos coche... abur.»

Y entre los hombres se veían señoras en parejas, en grupos, en

bandadas, que esperaban el buen tiempo para tornar á sus carretelas.

Allí todo era buen humor, risotadas, observaciones agudas, porque

semejante público, si asiste con gozo á las corridas, no se enoja por

una suspensión que tanto contraría á los de abajo. Lo imprevisto les

seduce más que lo anunciado, y siempre harto de goces, anhela los

cambios bruscos y las situaciones raras. Además, la lluvia no es cosa

insoportable para quien tiene coche.

«¡Cómo estará esa pobre gente de los tendidos!--dijo una dama que

en compañía de otra y de un señor mayor salía de su palco.--Tienen

razón al pedir que se les devuelva el dinero. Han pagado asiento para

ver la corrida y no para mojarse. Sin embargo, como es función de

Beneficencia...»

Detuviéronse luego las dos damas para contestar á los saludos de

tanta y tanta gente conocida.

«¡Qué chasco!... ¡Qué corrida!... Es delicioso... ¿Y usted se

va? ¿Pues qué, se ha mojado usted?... Piden que les devuelvan el

dinero... ¡Cuánto se habrá alegrado Higadillos, que estaba muerto de

miedo!... Parece que ya afloja... Pero la Plaza está inundada... Yo

me voy...»

La dama que quería irse tocó ligeramente el brazo de un caballero

que estaba en el grupo de los hombres de pro, mucho banquero, mucho

diputado, algún ministro.

«¿Vienes á comer?

--Iré--replicó León.--¿Pero ya?... He quemado mis naves... me he

quedado sin coche.

--Ven con nosotras--dijo la dama tomando el brazo que le ofrecía

León.--Yo no tengo paciencia para esperar más.

--Llueve mucho... Será preciso esperar á la puerta, y el turno de los

coches será largo.

--No importa. Vámonos.»

La otra dama les seguía, tomando el brazo del galán viejo.

«Yo te hacía en Suertebella. Como me dijiste que no venías hasta la

semana que entra...

--He venido esta tarde, porque me escribió papá anunciándome su

llegada con un banquero francés, y es preciso disponer algunas cosas

en la casa.

--Cuando te ví en el palco pensé ir á saludarte y á preguntarte si

has tenido noticias de Federico.

--¿Yo?--dijo la dama con sorpresa y disgusto.--A mí no me escribe ni

puede escribirme. Por sus primos sé que pensaba salir de Cuba para

ir... qué sé yo á dónde... ¡Oh! no irá á buena parte.

--Y tu niña, ¿cómo está?

--No he querido traerla... la he dejado allá... ¡alma mía! no anda

bien, hace días que está delicadilla... ¿Cuándo vas á verla? ¡Cuánto

deseo volverme allá! No puedo estar separada de ella... No estaría yo

aquí hoy si papá no me hubiera hecho este encargo fastidioso. Vamos

á tener en casa una especie de asamblea de banqueros... Ya sabes

tú... es para eso del empréstito nacional. D. Joaquín Onésimo te lo

explicará... pero más vale que no le digas nada (aquí bajó la voz

para que no la oyese el galán viejo que dando el brazo á la otra

dama, les seguía de cerca), más vale que no le digas nada, porque nos

mareará hablando de la Deuda pública, de la materia imponible y de

la amortización de bonos. Ese hombre es un Diluvio administrativo.

Papá me ha encargado que le obsequie mucho. Esta noche comeremos los

cuatro solos... casi en familia. No quiero ruido. Acostumbrada á

vivir en Suertebella con mi hija, la sociedad me fastidia y me pone

mala.»

Con gran trabajo abriéronse camino las dos parejas. La multitud

mojada que espera la conclusión del llover, no gusta de abrir paso á

los afortunados que van en busca de su coche.

«Permitan, señores... ¿Hace usted el favor?...»

Cada súplica de éstas les permitía avanzar unos cuantos pasos. Una

vez en el ancho atrio mudéjar de la Plaza, respiraron como el que

concluye un largo y molesto viaje. Allí muchas personas impacientes

veían el gotear incesante de los ladrillos del alero y alargaban

la mano para ver si disminuía el temporal. Unos se arriesgaban con

paraguas, otros corrían á los ómnibus. Los coches de lujo aguardaban

á sus amos. El de Pepa tomó á las dos señoras y á los dos caballeros,

y rodó salpicando barro por la ancha calzada que empalma con la

carretera de Aragón. Poco después entraba en el jardín del palacio de

Fúcar y en seguida en el vestíbulo cubierto. Era un gran recinto con

columnas de escayola y dos enormes candelabros vestidos con fundas,

que más que candelabros parecían frailes cartujos. Dejando á un lado

la gran escalera de honor, larga y obscura, los señores entraron en

las magníficas habitaciones del piso bajo, que eran las destinadas á

la vida. Lo alto, es decir, lo más ventilado, lo más alegre, lo más

claro, lo más suntuoso y rico, pertenecía al público de las grandes

recepciones. Así lo manda la vanidad, gobernadora de la higiene.

II

Memorias.--Tristezas.

Aquella noche sólo se sentaron á la mesa, como Pepa dijo, cuatro

personas. Gozosa de verse entre amigos, que además de ser buenos

eran pocos, la hija del millonario demostró graciosa y discretamente

su alegría durante el curso de la comida. Más tarde las dos parejas

pasaron á las salas hermosas de aquella parte del palacio donde

tenían su asiento las reuniones de confianza. Allí había juntado

Pepa á las raras maravillas de arte mil cachivaches de exportación

francesa, aliando lo magnífico con lo bonito y lo bello con lo

nuevo, tan bien dispuesto todo para mover á sorpresa ó á gozo, que

no lo presentara mejor el mismo palacio del capricho. La tertulia

en cuarteto se prolongó hasta la hora en que la Condesa de Vera se

despidió para irse al Teatro Real, á donde quiso acompañarla D.

Joaquín Onésimo. Los otros dos se quedaron solos.

Sentados en un diván rojo al pie de un cuadrito de género, que

representaba inmundo muladar poblado de borricos y sucios gitanos

(la moda ensalza hoy grandemente y compra á peso de oro esta casta

de pinturas), no lejos de un tibor japonés, que tenía por escabel

pesada trípode de cabezas de elefante y por corona las hojas peludas

de una begonia, estaban Pepa y León Roch, ella muy comunicativa, él

cabizbajo y mudo.

«Lo que yo había previsto sucedió--decía Pepa:--Federico, lejos de

enmendarse en la Habana, fué de mal en peor. Bien se lo decía yo á

papá. Si aquí le comprometió en negocios disparatados y de mala fe,

allá, donde parece que la distancia hace peores á los hombres...

Me da vergüenza decirlo: no me puedo acostumbrar á la idea de que

el autor de ciertas fechorías sea mi marido. En la Habana le fué

preciso esconderse y huir, porque los corresponsales de mi padre

quisieron meterle en la cárcel... Cuando pienso que una locura ó

necedad mía, una ceguera inexplicable, una cosa que no tiene nombre

ha traído á mi casa tanta ignominia... Todas las malas mañas de mi

marido se derivan del infame, del maldito hábito del juego... pero

¿quién podría luchar con aquello que está en su sangre, en lo más

profundo de su alma?... ¡Ay!--añadió después de una pausa, llevándose

la mano á los ojos;--te aseguro que he pasado horas de angustia

horrible y me he visto en grandes conflictos, porque tenía que

ocultar á papá ciertas cosas, y al mismo tiempo me precisaba contar

con él para salir de las situaciones apremiantes en que Federico me

ponía cuando sus pérdidas eran atroces... En fin, se ha padecido,

se ha padecido bastante, señor de Roch. No creo que los corazones

sean de fibra y carne y sangre, como dicen los médicos; creo que son

de granito y bronce y que jamás pueden romperse, puesto que el mío

no se ha roto. Tantas lágrimas han salido de aquí--volvió á llevar

la mano á sus ojos chiquitos,--que pienso no tener más para cuando

vuelva á ser desgraciada... ¿No se habían de acabar las rarezas y los

antojos mimosos de aquellos tiempos? La realidad amansa... vivir es

aprender... ¡Dios mío, qué cara me has hecho pagar la formalidad!...

Se ha padecido, se ha sufrido mucho, León. Este palacio tan alegre

para los demás, está lleno para mí de tristeza. No hay en él un

objeto que no tenga en sí, como estampado, un gemido mío. No hay un

sitio en que no pueda decir: «aquí lloré tal día; aquí pensé morirme

de dolor.» Y si fuera á contarte todo... ¡Ah! no acabaría nunca.»

Pepa indicó con lentas ondulaciones de su mano derecha la inmensidad

de cosas que podría contar á su amigo, si quisiera ser indiscreta.

«Pues cuéntamelo todo. ¿No sé ya lo más negro, no sé lo

verdaderamente incomprensible, que fué tu casamiento con ese bergante

de Cimarra? Que tú, enferma de la imaginación y dañada de atrofia

moral, aun siendo buena, cayeras en ese error inmenso, se comprende;

pero que consintiera en ello tu padre... Verdad es que cuando subió

al poder el partido _verdinegro_ y me hicieron á Federico gobernador

de provincia, mi hombre se corrigió y parecía regenerado. Era todo

lo que se llama un hombre de importancia. Luego ocupó un alto puesto

en el Ministerio de Hacienda... Nadie conocía á Federico en aquel

funcionario riguroso, puntual, casi catoniano. Era tal su afán de

parecer hombre sesudo y de peso, que hacía reir. Yo creo que tu

padre se dejó alucinar por aquella máscara... Además, el amigo Fúcar

tendría negocios en Hacienda por aquellos días... Oí hablar de un

empréstito sobre la sal, de la incautación de salinas... En fin,

Pepa, la verdadera incautada fuiste tú, cayendo en poder de ese

bandido. Tus desgracias sucesivas no me sorprendieron. ¡Cuánto te

compadecí! Cuando tú te casaste yo era feliz todavía. Después... En

resumen, yo conozco lo peor de tu triste historia. Si algo ignoro, no

tengas reparo en contármelo.»

Pepa se echó á reir. Dirigiéndose luego á su amigo con ademán de

maestro que va á echar una reprimenda, le dijo:

«Pero me hace gracia tu frescura... Siempre estás «cuenta, cuenta,

cuenta,» y tú no me cuentas nada. Y no es porque falten en tu casa

magníficos capítulos, y grandes dramas y hasta poemas, sino porque

eres un guardador de secretos que no tiene igual. Ya sabes tú tragar,

tragar amarguras sin que lo sepa nadie... pero yo estoy muy enterada

de lo que pasa en tu familia: sé que María y tú no os veis más que en

la mesa, y eso no todos los días. ¡Oh! si tú eres discreto, tu suegra

no lo es; responde á todo lo que le preguntan... ¿Y Polito? Ese dice

lo que hay y también lo que no hay.»

León suspiró. Conteniendo la risa, ó dicho más propiamente,

ocultándola con su abanico, Pepa dijo á su amigo:

«Tienes una familia deliciosa.»

Después estuvieron los dos largo rato sin decir nada, contemplando

las pintadas flores de la alfombra. En el palacio solitario y sin

ruido alguno, había una atmósfera de tristeza y como de somnolencia

que convidaba á la meditación. Pepa se levantó, dando algunos pasos

por la estancia, como quien busca la fórmula de algo muy importante

que en la mente bulle y hormiguea queriendo ser dicho. Ya sabe el

lector que no era guapa; ¿para qué hemos de repetir esto, que por lo

desagradable cae dentro de los dominios del silencio? Pero no hay

cosa mala que no tenga algo bueno, ni mujer que no tenga algo bonito.

Además, Pepa no carecía de encantos, y para algunos teníalos en

grado eminente; sus ojos eran de buen efecto, resultando éste de la

pequeñez combinada con la viveza y con cierta expresión sentimental y

cariñosa. Lo más característico en ella era el pelo rojo y abundante

y la tez blanca y clorótica, que la hacía parecer una imagen de

alabastro y oro. Delgada y un poco huesuda, atenuábase este defecto

con la buena proporción de miembros y con su encantadora ligereza de

andares. Bajo su volubilidad de lenguaje se escondía la gravedad de

su pensamiento. No parecía orgullosa, y sus maneras, algo rebeldes á

la etiqueta, tenían no sé qué lenguaje de franqueza muy propicio á

la amistad. En sus caprichos y excentricidades había variado tanto

desde que la vimos en los baños de Iturburúa, que casi no parecía

la misma. Ese gran domador que se llama la desgracia, había blandido

mucho su látigo sobre ella, y de tantas fierezas apenas quedaban

pasajeros resabios.

La familia de León Roch, Tomos 1 y 2 · 第 11 / 34 段