Y ahora quisiera tener yo á mi lado á los más sutiles fisiólogos
del mundo, para que me explicaran el fenómeno de aquella singular
naturaleza; cómo podía ser á un mismo tiempo el más empedernido y
sanguinario de los maestros, y el mejor de los hombres. Porque es de
saberse que don Bernabé Sáinz, fuera de su cátedra, lo era de pies á
cabeza. Jamás he conocido persona más inofensiva, más sencilla, más
bondadosa. Un niño le engañaba en la calle, un juguete le entretenía,
el menor acontecimiento le asombraba. Su integridad rayaba en manía.
Tenía pupilos, ordinariamente. Cuando se trataba de repasarles la
lección, era el tigre del Instituto; pero en la mesa, en el paseo, en
la intimidad del hogar, era un amigo, un padre cariñosísimo para ellos,
como lo era para todos sus discípulos en cuanto dejaban de serlo.
Á mi modo de ver, era un pobre hombre poseído de un demonio: el
demonio del fanatismo, el fanatismo de la enseñanza. Si castigaba á un
discípulo con un día de calabozo, dejaba de comer para ir á tomarle
la lección de la tarde en el calabozo mismo. Iba á clase hasta con
calentura á cumplir con su deber, y su deber era enseñar latín, porque
creía haber nacido para eso. Si una consulta sobre la traducción
pendiente le robaba el sueño, tanto mejor: ningún hecho más digno, en
su concepto, de consignarse en la hoja de servicios de sus alumnos.
Presentaba los buenos en un examen con el orgullo y el amor de un
general que ve desfilar, en ostentosa parada, á sus valientes veteranos
cargados de cruces; y hablaba de ellos en todas partes, y los seguía
con la atención á la Universidad, y aunque allí claudicasen, jamás los
apartaba ya de su memoria. Llena de esos nombres la tuvo hasta la hora
de su muerte. Muchas veces me los citó conmovido y entusiasmado, y por
el menos brillante de aquellos «chicos» hubiera dado él, sin titubear,
á ser preciso, la diestra con que tantas veces le deslomó á varazos.
En una ocasión, después de haber oído la razón que le dió un discípulo
de haber faltado á la clase el día antes, le oí decir:
--Candonga, ¿y por eso no vino? ¿Sabe cómo vengo yo todos los días y
cómo vivo? Pues óigalo, calabaza. Hace veinte años que estoy enseñando
latín, y quince que la mujer no sale de la cama; me consume cuanto
gano, y no tengo más que lo puesto; los únicos ahorros que había
hecho se los presté á un compañero que no me los ha de pagar en los
días de su vida, y lo mejor de cada noche me lo paso en claro velando
á la enferma. ¿Les parece poco? ¡Ah, candonga! ¡Si os cogieran los
tiempos que á mí me cogieron para aprender latín, ya os darían confites
en estos lances, y os guardarían los miramientos que yo os guardo!
Enfermo, y con la nieve á la rodilla, fuí yo una noche á casa de
un compañero que tenía _Calepino_; para sacar un significado de la
traducción del día siguiente... Y ¡pobre de mí, candonga, si llego
á ir al aula sin sacarle!... Y sepan, calabaza, que para entonces ya
había servido yo al rey seis años en una compañía de fusileros: dos de
soldado raso, uno de furriel y tres de sargento.
He aquí algo á que se agarrarían los fisiólogos llamados á explicar
las crueldades _profesionales_ de un hombre tan manso y apacible.
Don Bernabé enseñaba como le habían enseñado á él: á estacazos.
La costumbre fué haciéndose naturaleza poco á poco. La escasez de
entendimiento, lo extremado del amor al _oficio_, los resabios del
cuartel y las tradiciones del _sistema_, hicieron lo demás. No era
á sus ojos mayor delito que _echar malè_ en una lección, faltar con
palabras un soldado raso á un triste cabo segundo; y, sin embargo,
la Ordenanza militar castiga estas faltas con el presidio, si no con
la muerte, ¡y él se conformaba con apalear á los delincuentes de su
cátedra!
Hasta dónde llegaban su sencillez y su puntillo de hombre de _cuenta y
razón_, muéstralo el hecho siguiente, que no fué el único en su género:
Llegóse una vez á cobrar la paga del mes á secretaría, y diéronsela con
la merma de cierta cantidad que le correspondía pagar por no sé qué
gastos hechos por todo el Claustro de profesores.
--Venga mi paga entera,--dijo don Bernabé negándose á recoger lo que le
entregaban.
--Pues ahí la tiene usted--le replicaron.--Tanto que usted debe, y
tanto que le entrego, hacen lo que le corresponde.
--¡Venga mi paga entera, candonga!--insistió.
Diéronle lo que le faltaba.
--¿Cuánto debo yo?--preguntó al tener todo el dinero en la mano.
--Tanto.
--Pues ahí va,--dijo entregándolo y guardándose el resto después de
contarlo.
--¿Cuánto le queda á usted ahora?
--Tanto.
--Lo mismo que yo entregaba á usted antes.
--Nunca lo negué, candonga; pero yo soy hombre de cuenta y razón, y
para tan cortos caudales no necesito mayordomos; y como pago de lo mío,
quiero pagar con mi mano, ¡calabaza!
El nuevo plan de estudios le transformó radicalmente. Continuó siendo
en la cátedra una fiera, pero con bozal y sin uñas. Perdió así lo
mejor de sus bríos, y se entibió su entusiasmo por la enseñanza. No la
comprendía sin palos y sin sangre. Andaba triste y desperdigado; y
como ya era viudo y sin hijos, se casó con la criada.
Le dieron una cencerrada espantosa: tres noches duró; y no duró más,
porque habiéndole insultado groseramente los _actores_, los dispersó á
tiros desde el balcón, en lo cual obró como un sabio y en justicia.
Murió el año de 1865, víctima del cólera que diezmó la población de
Santander; y es de advertir que ni este espantoso azote pudo doblar
aquel rígido carácter antes de romperle, puesto que don Bernabé fué á
cátedra invadido ya por la enfermedad, salió á la hora reglamentaria, y
sólo se metió en el lecho para rendir cristianamente el alma á Dios.
En resumen, lector: en mi sentir, las crueldades del dómine, aunque
lamentables, é hijas, más que del corazón, del tiempo, de las
costumbres y de las leyes que las toleraban y hasta las aplaudían, no
hacen al íntegro y virtuosísimo personaje indigno de la estimación
de las gentes hidalgas. Me complazco en declararlo así, en honra
del hombre que más me ha hecho padecer en menos tiempo. Pero no me
arrepiento de haber pintado á Filipo por los dos lados; pues si el
vivir bajo el imperio de su barbarie me acongojaba entonces, hoy, que
tengo hijos, me espanta el pensar que puede quedar todavía algo de
ella en los centros de enseñanza...
Obra es, pues, de caridad sacar esa barbarie al rollo, para lección de
incautos y castigo de verdugos.
1878.
[Ilustración]
[Ilustración]