«_Jurisprudencia_: Los padres y los maridos que proveen los bailes con
sus hijas y sus mujeres, no tendrán derecho á ampararse á las leyes
de la justicia ni del honor, en los casos de agravio... de _mayor
cuantía_; se les negará la sal y el fuego, y, con un cencerro al
cuello, expiarán su estupidez... de baile en baile».
Consignado así mi voto, no debo insistir en nuevas deducciones, y doy
por acabada mi corta tarea.
Porque creo que se necesita mucho menos que sentido común, para
condenar el baile bajo el aspecto puramente estético, y no hay
necesidad de que yo gaste tinta ni paciencia en ello.
Un hombre de frac y chistera, máxime si peina canas, y una mujer
bonita, muy prendida y remilgada, dando brincos como dos salvajes
de Mozambique, sudando el quilo y sacando la lengua de cansancio,
solamente los puede uno soportar delante sin echarse á reir, cuando
considera... que el fin justifica los medios.
* * * * *
Ahora bien: ¿por qué escribo yo esto? ¿Aspiro á la austeridad del
anacoreta?
No tengo, desgraciadamente, tanta virtud: me gusta la carne más que las
raíces.
Si en el baile encuentro un filón de verdaderas _gangas_, ¿por qué, en
vez de procurar su destrucción, no le exploto callandito?
Veamos si mis lectoras, cuyos pies beso á pesar de lo dicho, hallan la
respuesta en la siguiente