FISIOLOGÍA DEL BAILE

«El baile es un círculo cuyo centro es el diablo».

Esto lo dijo un teólogo que no era rana.

Mas para los moralistas de ogaño esta definición no es admisible,

porque, prescindiendo de que el tiempo de los _sábados_ y de las

metamorfosis ha pasado, el círculo no es la figura simbólica de

nuestros bailes. Demasiado saben ustedes que cada pareja se va por

donde se le antoja, pierde el compás cuando le acomoda y vuelve cuando

le da la gana: luego si no hay círculo, no hay centro; _ergo_ si no hay

centro, mal puede el diablo hallarse en él.

Sin embargo, la opinión del teólogo tiene su fundamento. «Las mujeres

son el mismo diablo», se dice vulgarmente; y admitiendo la denominación

de _círculo_ que suele darse á las reuniones danzantes, y teniendo en

cuenta que «el bello sexo» es el núcleo ó centro de estas reuniones,

«el baile es un círculo cuyo centro es la mujer».

Sustituyendo ahora en lugar de este término su equivalente «el mismo

diablo», viene á quedar probada la exactitud de la máxima del teólogo.

Pero de este modo se infiere un gravísimo cargo á las mujeres; pues no

es lo mismo decir que «son el diablo», que «el diablo es la mujer»; y

apelo en testimonio á la gramática.

Buscando un término medio á estas combinaciones diabólicas, he llegado

yo á creer que el teólogo citó al diablo, por dar alguna forma decente

á las _tentaciones_.

Por lo que hace á éstas, los mismos que no creen en brujas y se ríen

del diablo, no se atreverán á negar que tienen en el baile la mejor

parte.--Yo las he _visto_, y no soy escrupuloso ni aprensivo.

Pero sean las tentaciones ó el diablo el centro abominable del baile,

según el consabido teólogo, conste que he querido comprobar su máxima

para que no se me diga que la acepto por sistema; porque yo la

acepto... _Ergo_, detesto el baile.

Y ya que la solté, voy á justificar á mis propios ojos esta opinión,

que á los de la flamante _filosofía_ no pasa de ser una ridícula

debilidad.

--«La mujer baila como toca el piano, hace _puntillas_ ó va _de

tiendas_».

Tal es la opinión general, aun entre los padres más _celosos_ y los

maridos más avisados.

Yo opinaría como ellos, si la mujer bailara sola, ó con otra mujer

y ante un círculo de mujeres: entonces, á todo tirar, podría el más

malicioso atribuirle un poquillo de afán por lucir su garbo, su

ligereza ó sus formas; pero la mujer no baila sola ni con otra mujer,

sino con un hombre y ante un concurso de hombres.

Si la mujer bailara sólo por el gusto de dar brincos, no sería el baile

su placer favorito: tendría igual afición que á él á jugar al marro, ó

á la pelota, ó á saltar la cuerda; placeres que, en cuanto á ejercicio

muscular, nada tienen que pedir á ningún otro; y no sucede así.

La historia de la mujer civilizada dice bien claro que sólo se

descompone en público, sólo marchita sin duelo sus adornos, y sólo es

insensible á la acción de la intemperie y de los pisotones y porrazos,

en el baile... pero en brazos de un hombre (_conditio sine qua non_).

De lo cual deducirá cualquiera que una mujer, en teniendo un hombre con

quien bailar, ha colmado sus ambiciones en el baile; es decir, que

sólo se ocupa entonces, en espíritu y materia, en dar vueltas por el

salón.

Pues no, señor: si así fuera, las simpatías de una mujer en un baile

estarían en favor del hombre más ligero y mejor bailarín; pero allí,

como siempre y en todas partes, le es más simpático el que es más

hermoso y más travieso.

Reparad cada vez que calla la orquesta y las mujeres se retiran á las

orillas del salón en torpe desorden, como la espuma á la playa cuando

va cesando la tormenta. Oid lo que dicen á sus amigas cuando se han

sentado á su lado; y desafío al más sagaz á que me cite una muchacha

que, al sentarse á descansar, se dé por satisfecha si sale de los

brazos de un hombre vulgar y adocenado, por más que en el baile sea una

peonza, y la prudencia misma en su comportamiento.

De lo que se deduce que la mujer, para bailar, no solamente necesita un

hombre que la estreche, quiero decir, que la acompañe; sino también que

este hombre sea _intencionado_, travieso y de estampa más que regular,

importando muy poco que baile como una avutarda.

Explanemos una idea que apunté más atrás.

La mujer, ordinariamente, es meticulosa y pulcra: la vista de una araña

la hace temblar; al contacto de un hombre en un paseo se ruboriza; la

menor humedad la obliga á caminar de puntillas; el humo de un cigarro

la hace estornudar, y en un carruaje público se marea.

Puesta esta misma mujer en un baile campestre, aguanta el relente de

la noche sin constiparse; gira como una peonza en brazos de un hombre

horas enteras, y no se marea; sufre un pisotón que le aplasta un par de

dedos, y no se queja; encuéntrase en su rápida marcha con una docena de

parejas, crujen hasta sus pulmones con la violencia del choque, y no se

da por entendida del suceso; rozan su terso cutis las patillas de su

adjunto, y no se ruboriza; respira casi en la boca de éste su aliento

tabacoso, y no estornuda; rómpese el leve zapato entre los chinarros

del salón, y su pie delicado no da señales de sentir la aspereza del

suelo; cae, en fin, un chaparrón de agosto, y si no le dicen «párate»,

sigue bailando con el agua á las rodillas.

¿Qué significa todo esto? ¿Que tiene la mujer dos naturalezas, una

débil para la vida ordinaria, y otra insensible é impermeable para los

salones de baile? Esto es imposible. ¿Que son estudiados artificios

siempre en ella el rubor y la sensibilidad? No quiero creerlo, aunque

atrevidos autores lo aseguren. ¿Que hay en el baile alguna cosa que la

preocupa tanto que la hace superior á sus propias _debilidades_? No

hay más remedio que creerlo.

Y ¿cuál es esta cosa? _Hæc est quæstio_.

¿Qué pensamiento será capaz de dominar á una mujer hasta el extremo

de que no se duela al contemplar desgarrado su vestido, desgreñada su

cabellera, sudosa su piel, desencajadas sus facciones, ni se caiga

desmayada viéndose abrazar y resobar por un hombre, ante un público

numerosísimo, bullanguero y bromista?

Respóndame el Adán más bonachón.--Por mi parte, aseguro que el tal

pensamiento no es sólo el dar brincos.--Esta sola causa haría muy poco

honor al chirumen de la mujer civilizada, que será... lo que ustedes

quieran, pero no tonta.

¡Qué diablo! entremos en un baile, en el de más _campanillas_, y

echemos un vistazo en derredor; y aun cuando uno quiera figurarse á la

mujer desprovista de toda tentación, ella nos demuestra lo contrario.

Como el estilo es el hombre, el baile es la mujer.

Reparad en esa esbelta morena, con la frente inclinada sobre el hombro

de su pareja; mirad sus ojos de fuego velados por sus lánguidos

párpados, sus labios entreabiertos, encendidas sus mejillas, palpitante

el seno, flexible como un junco la cintura, y pisando el suelo apenas

con las puntas de sus menudos pies;

La otra, rubia, de mirada tierna y hechicera boca, que se repliega

nerviosa y con picante sonrisa cada vez que otra pareja la toca al

pasar y la oprime contra su caballero;

Esa pálida de yerta fisonomía, que cierra los ojos en éxtasis siempre

que la precipitan en el torrente impetuoso de algunos compases de wals;

Aquella pequeñita y ligera de chispeante mirada, que busca á

hurtadillas la de su acompañante cuando la mece, casi sobre su rodilla,

en los bamboleos de una _schotisch_... y tantos, y tantísimos otros

_ejemplares_ que pasan ante vuestros ojos entre las confusas turbas de

un salón de baile, ¿no os dicen en sus especiales actitudes que en todo

piensan entonces menos en que van saltando?

Si no me llamaran cruel, haría una pregunta al marido _tolerante_.

¿No has notado alguna vez, al retirarte de un baile, que tu hermosa

costilla está taciturna, áspera y desabrida contigo?

Como me vas á contestar que sí, me tomo la libertad de explicarte ese

fenómeno, aunque me llames entremetido.--Todo ese despego significa

que has perdido mucho en la comparación que de ti ha hecho con los que

en el baile la han acompañado; significa que le pareces feo, tonto

y ridículo, aunque seas bello, discreto y elegante; porque... está

probado que en las comparaciones que hacen las mujeres salen perdiendo

siempre los maridos, y en el baile se compara como en ninguna otra

parte.

Pero ¿á qué cansarnos en traducir el pensamiento de la mujer en el

baile, con deducciones más ó menos lógicas? ¿Hay más que consultarnos

á nosotros mismos?--La proximidad del hombre á la mujer, cuando con

ella baila, hace casi idénticas las _situaciones_ de entrambos: si el

primero se quema, no debe estar muy lejos del fuego la segunda.

Pues bien: el hombre busca siempre, para su pareja, la mujer de mejores

formas, más amable y menos _escrupulosa_.

Lo que esto quiere decir, me excusa de lo que callo por respeto á

vosotras, que, dicho sea de paso, me arañaríais de buena gana si me

tuviérais á mano.

Pero sospecho que, por lo crudo de esta aseveración, sois capaces de

recusarme por _apasionado_. Lo cierto es que pocos se han atrevido á

hablar tan claro en tan revuelto asunto. Veamos si hallo una razón que

no tenga vuelta.

El baile es una sociedad como otra cualquiera, regida por leyes

especiales y con sus costumbres propias.

Tratemos de formar con ellas un cuadro exacto y compendiado, de modo

que de una sola mirada se aprecie el asunto en su verdadero valor; y

con este objeto, examinemos el salón, reparemos lo que los concurrentes

hacen, y escribamos el resumen de nuestras impresiones.

Hele aquí:

--«El baile es una república en que no tienen autoridad ni derechos

los padres y los maridos sobre sus hijas y mujeres respectivas. Éstas

pertenecen al público, que puede necesitarlas para bailar, al tenor de

los siguientes dos preceptos:

_Deberes de la mujer_: Ésta, sin faltar á la _buena educación_, no

puede negarse al que primero la solicite.

_Derechos del hombre_: El hombre es dueño de elegir la mujer que más le

guste, y, ya en la _arena_, puede estrecharla entre sus brazos; poner

en íntimo contacto con ella, por lo menos, todo el costado derecho,

desde la coronilla á los talones; pisarle los pies, romperle el vestido

y limpiarle el sudor de la cara con las patillas, si no con el bigote,

sin faltar á las leyes de la decencia; pues contando con la agitación y

la bulla de la fiesta, no es posible establecer un límite á los puntos

de contacto, ni amojonar el cuerpo para decir al hombre: «aquí no se

toca».

_Nota._--Las anteriores prescripciones se observan rigorosamente, desde

el hombre más feo y antipático, hasta la mujer más linda y exigente».

Repárese que en la tal república, donde el hombre tiene _derechos_ tan

peregrinos, la mujer no tiene más que _deberes_.

Creo que esta fidelísima fotografía que acabo de hacer del baile,

completa sobradamente mi propósito.

Una observación en honor del hombre culto.--No hay padre ni marido que

repare en enviar sus hijas y su mujer al baile; pero la sociedad se

escandaliza el día en que una soltera atraviesa sola, de acera á acera,

la calle en que vive.

Esbozos y rasguños · 第 32 / 63 题