Porvenir de las misiones.
[Marginal: Año 45]
Tal era el mundo que los misioneros cristianos se encargaron de
convertir; y bien podemos ver que semejante empresa no fué una
locura, ni tampoco el llevarla á cabo un milagro. El mundo carecia
moralmente de muchos cosas que la nueva religion le podia facilitar
de una manera admirable; las costumbres se dulcificaban; queríase un
culto más puro; y las nociones sobre los derechos del hombre y las
ideas acerca de los amejoramientos sociales iban ganando terreno por
todas partes. La credulidad, por otro lado, era extremada, el número
de personas instruidas muy escaso, y si ante semejante sociedad se
hubiesen presentado ardientes apóstoles, judíos, es decir, monoteistas,
discípulos de Jesús, penetrados de la más dulce predicacion moral
que jamás pudiera oirse, no hay para que dudar que se les hubiera
escuchado. Los sueños é ilusiones que contiene su enseñanza, no serán
un obstáculo para que obtengan buen éxito; el número de los que no
creen en lo sobrenatural y en el milagro es muy corto; si son humildes
y pobres tanto mejor, porque la humanidad en el punto que se halla, no
puede salvarse sino por un esfuerzo del pueblo. Las antiguas religiones
paganas no son reformables; el Estado romano es lo que será siempre
el Estado; es decir, una cosa rígida, seca, y dura; en ese mundo que
parece por falta de amor, el porvenir es de aquel que toque la fibra
sensible de la piedad popular. El liberalismo griego y la antigua
gravedad romana son impotentes para conseguirlo.
La fundacion del cristianismo es bajo este punto de vista la obra
más grande que han hecho jamás los hombres del pueblo, y muy pronto
quizás, los hombres y mujeres de la alta nobleza romana, se afiliarán
á la Iglesia. Desde fines del primer siglo, Flavio Clemente y Flavia
Domitila nos muestran casi al cristianismo penetrando en el palacio
de los Césares[1068]. Á partir de los primeros Antoninos, cuéntanse
personas ricas en la comunidad, y á fines del segundo siglo algunos de
los personajes más considerables del Imperio[1069], si bien en general
todos ó casi todos eran humildes[1070]. En las iglesias más antiguas,
así como en Galilea al rededor de Jesús no habia nobles ni poderosos:
ahora bien en esas grandes creaciones, la primera hora es la decisiva;
la gloria de las religiones pertenece por completo á sus fundadores,
pues aquellas, en efecto, se reducen á una cuestion de fé; creer es una
cosa vulgar; la obra maestra es saber inspirar la fé.
Cuando uno trata de figurarse aquellos maravillosos orígenes, se le
representan por lo regular las cosas segun el modelo de nuestra época,
lo cual induce á graves errores. El hombre del pueblo, en el primer
siglo de nuestra era, sobre todo en los países griegos y orientales,
no se asemejaba en nada de lo que es hoy; la educacion no levantaba
entonces en las clases una barrera tan inespugnable como ahora, y
aquellas razas del Mediterráneo, si se exceptúan las poblaciones de
Lacio, las cuales habian desaparecido ó perdido toda su importancia
desde que el imperio romano habia llegado á ser la cosa de los
pueblos vencidos al conquistar el mundo, aquellas razas, digo, eran
menos sólidas que las nuestras, pero más vivas, más espirituales,
más idealistas. El pesado materialismo, esa cosa triste y apagada,
efecto de nuestros climas y legado fatal de la edad media, que da á
nuestros pobres un aspecto tan desconsolador, no era el defecto de
los de aquella época. Sin embargo, aun cuando fuesen muy ignorantes
y crédulos, no lo eran más que los ricos poderosos, y no hay que
representarse el establecimiento del cristianismo como análogo á lo
que seria entre nosotros un movimiento que, partiendo de las clases
populares, acabara (cosa imposible á nuestros ojos,) por obtener el
asentimiento de los hombres instruidos. Los fundadores del cristianismo
pertenecian al pueblo en el sentido de que iban mal vestidos, vivian
sencillamente y hablaban mal, ó más bien solo se proponian expresar sus
ideas con vivacidad; mas en punto á inteligencia no eran inferiores
sino á un corto número de hombres que aún quedaban de la gran sociedad
de César y de Augusto. Comparados con los principales filósofos que
enlazaban el siglo de Augusto con el de los Antoninos, los primeros
cristianos podian considerarse como espíritus pobres, mas comparados
con la masa de los súbditos del Imperio eran ilustrados. Tratábaseles
á veces de pensadores libres; el grito del populacho contra ellos era
«¡Muerte á los Ateos!»[1071] y esto no es de extrañar si se atiende á
que el mundo hacia espantosos progresos en punto á supersticion. Las
dos primeras capitales del cristianismo de los gentiles, Antioquía y
Éfeso, eran las dos ciudades del Imperio más dadas á las creencias
sobrenaturales, los siglos segundo y tercero llevaron hasta la demencia
el espíritu de lo maravilloso y de la credulidad.
El cristianismo nació fuera del mundo oficial, mas no era precisamente
inferior á él: solo en apariencia y segun las preocupaciones mundanas,
eran los discípulos de Jesús unas pobres gentes. El hombre mundano ama
lo que es orgulloso y fuerte; habla con dureza al humilde; entiende que
el honor consiste en no dejarse insultar, y desprecia en fin al que
se reconoce débil, que lo sufre todo, que cede su túnica y presenta
el rostro para recibir un bofeton. Aquí está el error, pues el débil
á quien desprecia es superior por lo general; la virtud reside en los
que obedecen (sirvientes, obreros, soldados, etc.,) más bien que en los
que mandan y gozan; y esto está casi en el órden, puesto que mandar y
disfrutar, lejos de contribuir á la virtud, ofrece una dificultad para
ser virtuoso.
Jesús comprendió maravillosamente que en el seno del pueblo se halla
la resignacion y abnegacion que salva al mundo. Hé ahí porque proclamó
felices á los pobres, juzgando que á ellos les era más fácil que á los
otros ser buenos; los cristianos primitivos fueron por esencia pobres;
«pobres» se les llamó[1072] y aun cuando el cristiano fuese rico en los
siglos segundo y tercero, en punto á espíritu se le podia considerar
como un _tenuior_[1073] y se salvó gracias á la ley sobre los _collegia
tenuiorum_. No eran ciertamente todos los cristianos esclavos y gentes
de baja condicion, mas el equivalente social de un cristiano era un
esclavo, y lo mismo se decia de aquel que de este, reconociéndose en
ambos las mismas virtudes de bondad, humildad, resignacion y dulzura.
Todos los autores paganos opinan unánimemente de este modo; todos sin
excepcion reconocen en el cristiano los rasgos del carácter servil, la
indiferencia hácia las grandes cuestiones y ese aire triste y contrito,
esa aversion hácia los juegos, los teatros, los gimnasios y los
baños[1074], característica en ellos.
En una palabra, los paganos eran el mundo, no los cristianos: estos
constituian un pequeño grupo separado, aborrecido del mundo, que ellos
por su parte encontraban malo[1075] procurando «conservarse inmaculados
del mundo»[1076]. El ideal del cristianismo será lo contrario del
ideal mundano[1077]; al perfecto cristiano le gustarán las objeciones;
tendrá las virtudes del pobre, del hombre sencillo, de aquel que no
trata de hacerse valer, mas no carecerá tampoco de los defectos de sus
virtudes, pues considerará vanas y frívolas muchas cosas que no lo son,
declarándose enemigo de la belleza. Un sistema en que la Venus de Milo
no aparece sino como un ídolo, es un sistema falso ó al menos parcial,
pues la belleza vale casi tanto como lo bueno y lo verdadero. Con
semejantes ideas, es en todo caso inevitable una decadencia en el arte,
pues el cristiano no querrá ni edificar, ni esculpir, ni dibujar; será
demasiado idealista, y le importará poco saber, porque la curiosidad
le parece una cosa vana. Confundiendo la gran voluptuosidad del alma,
que es uno de los modos de tocar lo infinito, con el placer vulgar, no
querrá disfrutar porque es demasiado virtuoso.
Desde ahora se presenta otra ley que debe dominar en esta historia;
el establecimiento del cristianismo corresponde á la supresion de la
vida política en el mundo del Mediterráneo; el cristianismo nace y se
extiende en una época en que ya no hay patria; si alguna cosa falta á
los fundadores de la Iglesia, es el patriotismo. No son cosmopolitas
porque todo planeta es para ellos un lugar de destierro; son idealistas
en el sentido más absoluto. La patria es un compuesto del cuerpo y
del alma; esta última, constituye los recuerdos, las costumbres, las
leyendas, las desgracias, las esperanzas y los sentimientos comunes; el
cuerpo, es el suelo, la raza, el idioma, las montañas, los rios, los
productos característicos, y en tal caso, nadie prescindió tanto de
todo esto como los verdaderos cristianos. Ellos no tomaron cariño á la
Judea, y al cabo de algunos años olvidaron la Galilea completamente; la
gloria de Grecia y de Roma solo les inspiró indiferencia; los países
en que el cristianismo se estableció desde luego, es decir, la Siria,
Chipre y el Asia Menor, no se acordaron ya de la época en que fueron
libres; en Grecia y Roma dominaba aún el sentimiento nacional, pero
en esta última el patriotismo residia en el ejército y en algunas
familias, mientras que en la primera el cristianismo no fructifica
sino en Corinto, ciudad que desde su destruccion por Mummio y su
reconstruccion por César, era un conjunto de gente de todas clases.
Los verdaderos países griegos, entonces como hoy, muy poseidos por el
recuerdo de su pasado, se prestaron muy poco á la nueva predicacion y
fueron siempre medianamente cristianos. Por el contrario, aquellos
países mudos, alegres, voluptuosos, tales como el Asia y la Siria,
países de placer, de costumbres libres y de abandono, acostumbrados
á recibir de extraños la vida y el gobierno, no tenian nada á que
renunciar tratándose de orgullo y tradiciones. Las más antiguas
metrópolis del cristianismo, como Antioquía, Éfeso, Tesalónica, Corinto
y Roma, fueron ciudades comunes, si así puede decirse, ciudades
semejantes á la moderna Alejandría, donde afluian todas las razas, y
donde la union entre el hombre y el suelo, que es lo que constituye la
nacionalidad, era absolutamente nula.
La importancia que se da á las cuestiones sociales está en sentido
inverso á las preocupaciones políticas: el socialismo adquiere la
superioridad, cuando el patriotismo se debilita; el cristianismo fué
la explosion de las ideas sociales y religiosas, que debia esperarse
desde el momento en que Augusto puso fin á las luchas políticas.
Culto universal, como el islamismo, el cristianismo será en el fondo
el enemigo de las nacionalidades, y serán necesarios muchos siglos y
muchos cismas para que lleguen á formarse iglesias nacionales con una
religion que fuese desde luego la negacion de toda patria terrestre,
que naciere en una época en que no hubiera en el mundo ni ciudad
ni ciudadanos. Es indudable que las antiguas y severas repúblicas
de Italia y de Grecia como un veneno mortal habian rechazado estas
iglesias para el Estado.
Y esta es una de las causas que contribuyen á la grandeza del culto
nuevo: la humanidad es cosa diversa, cambiante, agitada por deseos
contradictorios; grande es la patria y santos son los héroes de
Maraton, de las Termópilas, de Valmy y de Fleurus; pero la patria no
está aquí abajo, porque uno es hombre é hijo de Dios antes que francés
ó aleman.
El reino de Dios, sueño eterno que no se arrancará del corazon del
hombre, es la protesta contra lo que el patriotismo tiene de exclusivo;
el pensamiento de una organizacion de la humanidad para su dicha más
grande y su amejoramiento moral, es cristiano y legítimo; el Estado
no sabe ni puede saber más que una cosa: organizar el egoismo, y esto
no es indiferente, porque el egoismo es el más poderoso y el más
perceptible de los móviles de la humanidad. Pero esto no basta: los
gobiernos que suponen que el hombre solo tiene instintos de egoismo, se
equivocan de medio á medio, porque la abnegacion es tan natural como
el egoismo para los hijos de las grandes razas; la organizacion de
la abnegacion es la religion, y no se espere pues prescindir de esta
última ni de sus asociaciones, porque el progreso de las sociedades
modernas, hará que esta necesidad sea cada vez más imperiosa.
Hé ahí de qué modo esos relatos de extraños sucesos pueden encerrar
para nosotros una gran enseñanza, pero es preciso no detenerse
en ciertos rasgos que por la diferencia de épocas puedan parecer
extravagantes. Cuando se trata de creencias populares hay siempre una
inmensa desproporcion entre la grandeza del objeto ideal que prosigue
la fé y la pequeñez de las circunstancias materiales que inducen á
creer. De ahí la particularidad que en la historia religiosa, los
detalles extraños y los actos que se asemejan á la locura, puedan
mezclarse con lo que hay de más sublime. El fraile que inventó la santa
ampolla ha sido uno de los fundadores del reino de Francia: ¿quién no
querria borrar de la vida de Jesús el episodio de los demoniacos de
Gergesia? Ningun hombre de sangre fria ha hecho nunca lo que hicieron
Francisco de Asís, Juana de Arco, Pedro el Ermitaño, é Ignacio de
Loyola; nada es más relativo que la palabra locura aplicada al pasado
del espíritu de la humanidad; y si se siguieran las ideas extendidas en
nuestros dias, no hay profeta, ni apóstol, ni santo, que no se hubiese
visto encerrado. La conciencia humana es poco estable en las épocas en
que la reflexion no ha avanzado mucho y cuando es tal el estado del
alma, se llega insensiblemente del bien al mal y del mal al bien, dando
lugar á que lo bello se convierta, en feo ó vice-versa. No hay justicia
posible para lo pasado si no se admite este principio. Un mismo soplo
divino penetra en toda la historia y forma una union admirable; pero la
variedad de combinaciones que pueden producir las facultades humanas es
infinita. Los apóstoles difieren menos de nosotros que los fundadores
del budismo, los cuales, sin embargo, se aproximaban más á nosotros
por el idioma, y probablemente por la raza. Nuestro siglo ha visto
movimientos religiosos tan extraordinarios como los de otras épocas,
movimientos que han provocado tanto entusiasmo como los anteriores,
que cuentan ya relativamente, mayor número de mártires, y cuyo porvenir
es aún incierto.
No hablo de los Mormones, secta por ciertos conceptos tan estúpida y
abyecta, que se le resiste á uno creer en ella formalmente, por más
que sea instructivo ver en pleno siglo XIX á millares de hombres de
nuestra raza vivir creyendo en los milagros y en las maravillas en que
tienen una fé ciega y que segun dicen han visto y tocado. Ya contamos
con toda una literatura para demostrar el acuerdo que existe entre el
mormonismo y la ciencia, pero lo más admirable es, que esta religion,
fundada en necedades é imposturas, ha sabido llevar á cabo prodigios
de paciencia y abnegacion, y dentro de quinientos años, habrá doctores
que probarán su divinidad por las maravillas de su establecimiento. El
babismo en Persia, ha sido un fenómeno notable por otro estilo[1078]:
un hombre pacífico y sin pretension alguna, una especie de Spinoza,
modesto y piadoso, se ha visto casi á pesar suyo, elevado al rango de
taumaturgo, de encarnacion divina, llegando á ser el jefe de una secta
numerosa, ardiente y fanática, que estuvo á punto de producir una
revolucion semejante á la de Islam. Millares de mártires recibieron
por él la muerte con la mayor alegría; el dia de la matanza de los
_babis_ en Teheran, no tiene acaso igual en la historia del mundo,
pues segun dice un narrador, testigo ocular,[1079] «vióse en dicho dia
en las calles y bazares de Teheran, un espectáculo que la poblacion
no olvidará acaso nunca. Aún hoy dia, cuando se habla de aquella
catástrofe, puede comprenderse cuánta fué la admiracion mezclada de
horror que experimentó la multitud, y que los años no han disminuido.
Vióse avanzar entre los verdugos una porcion de niños y mujeres con
las carnes del cuerpo desgarradas y llevando sujetas alrededor de éste
mechas encendidas cuya llama les abrasaba la piel; las víctimas, que
iban atadas con cuerdas, recibian continuos latigazos, mas á pesar de
esto, niños y mujeres avanzaban entonando un versículo que decia: «En
verdad venimos de Dios y volvemos á él» y elevábanse sus voces sonoras
en medio del silencio de la multitud. Cuando uno de los condenados
caia al suelo hacíanle levantar á fuerza de golpes, y entonces, por
agotadas que estuviesen las fuerzas de la víctima á causa de la pérdida
de sangre que corria de sus heridas, poníase á bailar gritando con
creciente entusiasmo: «En verdad que somos de Dios y volvemos á él.»
Algunos niños caian muertos sobre el camino, y los verdugos cogian sus
cuerpos y los arrojaban á los piés de los padres y de sus hermanos, que
pisaban orgullosamente aquellos cadáveres sin lanzarles siquiera una
mirada. Al llegar al lugar de la ejecucion se propuso á las víctimas
que abjurasen: á un verdugo se le ocurrió decir á un padre que si no
cedia iba á cortar el cuello á sus dos hijos sobre su mismo pecho; los
dos muchachos, de los cuales el mayor tendria catorce años, enrojecidos
con su propia sangre, y calcinadas las carnes, escuchaban friamente
el diálogo: el padre contestó tendiéndose en el suelo que estaba
dispuesto, y entonces el mayor de sus hijos, reclamando con instancia
su derecho de primogenitura, pidió que le degollase antes á él[1080].
Por último se acabó todo: las sombras de la noche cubrieron una masa
informe de carne humana; las cabezas estaban atadas á los postes del
cadalso y los perros de los arrabales se dirigian en bandadas hácia
aquel punto.»
Esto ocurria en 1852: la secta de Mazdak, en tiempo de Cosroes
Nouschirvan, se ahogó en un baño de sangre semejante; la abnegacion
absoluta es para las almas sencillas el más exquisito de los goces
y una especie de necesidad; en la ejecucion de los Babis, algunas
personas que eran de la secta, corrian á denunciarse á sí mismas
deseosas de obtener la muerte y el martirio. ¡Es tan dulce para el
hombre sufrir por alguna cosa, que muchas veces la indiferencia del
mártir basta para hacer creer! Un discípulo que fué compañero de
suplicio de Bab, hallándose suspendido al lado da éste en las murallas
de Tabriz, esperando la muerte, no decia más que estas palabras:
«¿Estais contento de mí, maestro?»
Las personas que suponen milagroso ó quimérico lo que en la historia
excede á los cálculos de un buen sentido vulgar, no podrán seguramente
explicarse tales hechos. La condicion fundamental de la crítica, es
saber comprender los estados diversos del espíritu humano; la fé
absoluta es para nosotros una cosa completamente extraña; y fuera de
las ciencias positivas, de una seguridad en cierto modo material, toda
opinion no es á nuestros ojos más que una probabilidad que implica
una parte de verdad y una parte de error; esta última puede ser tan
pequeña como se quiera, pero no se reduce nunca á cero cuando se trata
de cosas morales sobre una cuestion de arte, lenguaje, forma literaria
ó personas. Esta, sin embargo, no es la manera de ver de los espíritus
pobres y obstinados, tal como los Orientales; los ojos de esas gentes
no son como los nuestros; son una especie de ojos de esmalte como
los de los personajes que figuran en los mosaicos con su mirada fija
y que no saben ver sino una sola cosa á la vez, cosa que al fin les
preocupa, se apodera de ellos, é impidiéndoles que sean dueños de
creer ó de no creer, no les permite reflexionar. Cuando se profesa
una opinion de este modo, se deja uno matar por ella: el mártir es en
religion lo que el hombre de partido en política: no ha habido muchos
mártires inteligentes; los confesores del tiempo de Diocleciano debian
ser, despues de la paz de la Iglesia, personajes impertinentes é
imperiosos, pues nunca es uno tolerante cuando cree que siempre tiene
razon y que los otros no la tienen nunca.
Los grandes entusiasmos religiosos, que son la consecuencia de fijarse
demasiado en las cosas, se convierten así en enigmas para un siglo
como el nuestro, en que el rigor de las convicciones se ha debilitado
mucho. Entre nosotros, el hombre sincero modifica sin cesar sus
opiniones; en primer lugar, porque el mundo cambia, y en segundo porque
el apreciador cambia tambien. Nosotros creemos varias cosas á la vez;
amamos la justicia y la verdad y por ellas expondriamos nuestra vida,
pero no admitimos que lo justo y lo verdadero sean solo del dominio
de una secta ó de un partido. Somos buenos franceses, mas reconocemos
que los alemanes y los ingleses son superiores por muchos conceptos,
lo cual no se hace en las épocas y en los países en que cada cual es
de su comunion, de su raza, de su escuela política. Hé aquí por qué
todas las grandes creaciones religiosas se han producido en sociedades
cuyo espíritu general era más ó menos análogo al del Oriente. Hasta
aquí, en efecto, la fé absoluta es la única que ha conseguido imponerse
á las demás. Una buena criada de Lyon, llamada Blandine, que se hizo
matar por su fé, hace mil setecientos años, y un brutal jefe de banda,
llamado Clovis, que creyó conveniente, hace catorce siglos, convertirse
al catolicismo, son los que nos imponen aún la ley.
¿Quién no se ha detenido al recorrer nuestras antiguas ciudades, ahora
modernas, al pié de los gigantescos monumentos de la fé de las edades
antiguas? Todo se ha renovado ya en ellos; no queda un solo vestigio
de las costumbres de otros tiempos; solo permanece en pié la catedral,
un poco mutilada acaso por la mano del hombre, pero profundamente
arraigada en el suelo; _¡Mole sua stat!_ Su masa es su derecho. Ha
resistido al diluvio que todo lo destruyó á su alrededor; ni uno solo
de los hombres de otra época que fuera á visitar los sitios donde
vivió, podria encontrar su casa; solo el cuervo que hizo su nido en las
alturas del edificio sagrado no ha visto destruir su morada, ¡Extraña
prescripcion! Aquellos honrados mártires, aquellos rudos convertidos,
aquellos piratas que construyeron iglesias, nos dominan todavía. Somos
cristianos porque ellos quisieron serlo; así como en política solo
las fundaciones bárbaras son duraderas, en religion las afirmaciones
espontáneas, y si me atrevo á decirlo, fanáticas, son contagiosas. Y
esto consiste en que las religiones son obras enteramente populares; su
éxito no depende sino de las pruebas más ó menos buenas que producen de
su divinidad; su éxito está en proporcion de lo que dicen al corazon
del pueblo.
¿Se sigue acaso de aquí que la religion esté destinada á disminuir poco
á poco y á desaparecer como los errores populares sobre la mágia, la
brujería y los espíritus? Seguramente no: la religion no es un error
popular; es una gran verdad de instinto entrevista y expresada por el
pueblo. Todos los símbolos que sirven para dar una forma al sentimiento
religioso son incompletos, y su destino es ser rechazados unos despues
de otros; pero nada es más falso que el sueño ó la ilusion de varias
personas, que tratando de concebir la humanidad perfecta, la conciben
sin religion. Debe decirse lo inverso. La China, que es una humanidad
inferior, no tiene apenas religion: supongamos por el contrario un
planeta habitado por una humanidad cuya fuerza intelectual, moral
y física, sea doble que la de la humanidad terrestre, y tendremos
que la primera seria cuando menos dos veces más religiosa que la
nuestra; y digo _cuando menos_, porque es probable que el aumento de
facultades religiosas tuviese lugar en una progresion más rápida que
el aumento de la capacidad intelectual, y no se haria segun la simple
proporcion directa. Supongamos una humanidad diez veces más fuerte que
la nuestra; esa seria infinitamente más religiosa, y aún es probable,
que en semejante grado de sublimidad, desprendido de toda preocupacion
material y de todo egoismo, dotado de un tacto perfecto y de un gusto
divinamente delicado, viendo la bajeza y el vacío de todo lo que no
es lo verdadero, lo bueno ó lo bello, el hombre seria únicamente
religioso, y estaria continuamente sumido en una perpétua adoracion,
pasando de éxtasis en éxtasis, naciendo, viviendo y muriendo en un
torrente de voluptuosidad. El egoismo, en efecto, que da la medida de
la inferioridad de los séres, decrece segun se aleja de lo animal;
un ser perfecto no seria ya egoista, sino religioso; el progreso
pues tendrá por efecto engrandecer la religion, y no destruirla ó
disminuirla.
Pero tiempo es ya de volver á los tres misioneros, Pablo, Bernabé y
Juan Márcos, que hemos dejado en el momento que salian de Antioquía por
la puerta que conduce á Seleucia. En mi tercer libro trataré de seguir
las huellas de esos mensajeros de buenas nuevas por tierra y por mar,
lo mismo en la calma que en la tormenta, así en los buenos como en los
malos dias. Ya me urge referir la historia de esa epopeya sin igual,
recorrer esos caminos infinitos del Asia y de Europa, á lo largo de
los cuales sembraron el grano del Evangelio, y tengo en fin deseos de
surcar esas ondas que ellos atravesaran tantas veces en situaciones
diversas. La gran odisea cristiana va á comenzar; ya la barca
apostólica ha desplegado sus velas, y sopla la brisa que no aspira sino
á llevar en sus alas las palabras de Jesús.