CAPÍTULO XIX.

Porvenir de las misiones.

[Marginal: Año 45]

Tal era el mundo que los misioneros cristianos se encargaron de

convertir; y bien podemos ver que semejante empresa no fué una

locura, ni tampoco el llevarla á cabo un milagro. El mundo carecia

moralmente de muchos cosas que la nueva religion le podia facilitar

de una manera admirable; las costumbres se dulcificaban; queríase un

culto más puro; y las nociones sobre los derechos del hombre y las

ideas acerca de los amejoramientos sociales iban ganando terreno por

todas partes. La credulidad, por otro lado, era extremada, el número

de personas instruidas muy escaso, y si ante semejante sociedad se

hubiesen presentado ardientes apóstoles, judíos, es decir, monoteistas,

discípulos de Jesús, penetrados de la más dulce predicacion moral

que jamás pudiera oirse, no hay para que dudar que se les hubiera

escuchado. Los sueños é ilusiones que contiene su enseñanza, no serán

un obstáculo para que obtengan buen éxito; el número de los que no

creen en lo sobrenatural y en el milagro es muy corto; si son humildes

y pobres tanto mejor, porque la humanidad en el punto que se halla, no

puede salvarse sino por un esfuerzo del pueblo. Las antiguas religiones

paganas no son reformables; el Estado romano es lo que será siempre

el Estado; es decir, una cosa rígida, seca, y dura; en ese mundo que

parece por falta de amor, el porvenir es de aquel que toque la fibra

sensible de la piedad popular. El liberalismo griego y la antigua

gravedad romana son impotentes para conseguirlo.

La fundacion del cristianismo es bajo este punto de vista la obra

más grande que han hecho jamás los hombres del pueblo, y muy pronto

quizás, los hombres y mujeres de la alta nobleza romana, se afiliarán

á la Iglesia. Desde fines del primer siglo, Flavio Clemente y Flavia

Domitila nos muestran casi al cristianismo penetrando en el palacio

de los Césares[1068]. Á partir de los primeros Antoninos, cuéntanse

personas ricas en la comunidad, y á fines del segundo siglo algunos de

los personajes más considerables del Imperio[1069], si bien en general

todos ó casi todos eran humildes[1070]. En las iglesias más antiguas,

así como en Galilea al rededor de Jesús no habia nobles ni poderosos:

ahora bien en esas grandes creaciones, la primera hora es la decisiva;

la gloria de las religiones pertenece por completo á sus fundadores,

pues aquellas, en efecto, se reducen á una cuestion de fé; creer es una

cosa vulgar; la obra maestra es saber inspirar la fé.

Cuando uno trata de figurarse aquellos maravillosos orígenes, se le

representan por lo regular las cosas segun el modelo de nuestra época,

lo cual induce á graves errores. El hombre del pueblo, en el primer

siglo de nuestra era, sobre todo en los países griegos y orientales,

no se asemejaba en nada de lo que es hoy; la educacion no levantaba

entonces en las clases una barrera tan inespugnable como ahora, y

aquellas razas del Mediterráneo, si se exceptúan las poblaciones de

Lacio, las cuales habian desaparecido ó perdido toda su importancia

desde que el imperio romano habia llegado á ser la cosa de los

pueblos vencidos al conquistar el mundo, aquellas razas, digo, eran

menos sólidas que las nuestras, pero más vivas, más espirituales,

más idealistas. El pesado materialismo, esa cosa triste y apagada,

efecto de nuestros climas y legado fatal de la edad media, que da á

nuestros pobres un aspecto tan desconsolador, no era el defecto de

los de aquella época. Sin embargo, aun cuando fuesen muy ignorantes

y crédulos, no lo eran más que los ricos poderosos, y no hay que

representarse el establecimiento del cristianismo como análogo á lo

que seria entre nosotros un movimiento que, partiendo de las clases

populares, acabara (cosa imposible á nuestros ojos,) por obtener el

asentimiento de los hombres instruidos. Los fundadores del cristianismo

pertenecian al pueblo en el sentido de que iban mal vestidos, vivian

sencillamente y hablaban mal, ó más bien solo se proponian expresar sus

ideas con vivacidad; mas en punto á inteligencia no eran inferiores

sino á un corto número de hombres que aún quedaban de la gran sociedad

de César y de Augusto. Comparados con los principales filósofos que

enlazaban el siglo de Augusto con el de los Antoninos, los primeros

cristianos podian considerarse como espíritus pobres, mas comparados

con la masa de los súbditos del Imperio eran ilustrados. Tratábaseles

á veces de pensadores libres; el grito del populacho contra ellos era

«¡Muerte á los Ateos!»[1071] y esto no es de extrañar si se atiende á

que el mundo hacia espantosos progresos en punto á supersticion. Las

dos primeras capitales del cristianismo de los gentiles, Antioquía y

Éfeso, eran las dos ciudades del Imperio más dadas á las creencias

sobrenaturales, los siglos segundo y tercero llevaron hasta la demencia

el espíritu de lo maravilloso y de la credulidad.

El cristianismo nació fuera del mundo oficial, mas no era precisamente

inferior á él: solo en apariencia y segun las preocupaciones mundanas,

eran los discípulos de Jesús unas pobres gentes. El hombre mundano ama

lo que es orgulloso y fuerte; habla con dureza al humilde; entiende que

el honor consiste en no dejarse insultar, y desprecia en fin al que

se reconoce débil, que lo sufre todo, que cede su túnica y presenta

el rostro para recibir un bofeton. Aquí está el error, pues el débil

á quien desprecia es superior por lo general; la virtud reside en los

que obedecen (sirvientes, obreros, soldados, etc.,) más bien que en los

que mandan y gozan; y esto está casi en el órden, puesto que mandar y

disfrutar, lejos de contribuir á la virtud, ofrece una dificultad para

ser virtuoso.

Jesús comprendió maravillosamente que en el seno del pueblo se halla

la resignacion y abnegacion que salva al mundo. Hé ahí porque proclamó

felices á los pobres, juzgando que á ellos les era más fácil que á los

otros ser buenos; los cristianos primitivos fueron por esencia pobres;

«pobres» se les llamó[1072] y aun cuando el cristiano fuese rico en los

siglos segundo y tercero, en punto á espíritu se le podia considerar

como un _tenuior_[1073] y se salvó gracias á la ley sobre los _collegia

tenuiorum_. No eran ciertamente todos los cristianos esclavos y gentes

de baja condicion, mas el equivalente social de un cristiano era un

esclavo, y lo mismo se decia de aquel que de este, reconociéndose en

ambos las mismas virtudes de bondad, humildad, resignacion y dulzura.

Todos los autores paganos opinan unánimemente de este modo; todos sin

excepcion reconocen en el cristiano los rasgos del carácter servil, la

indiferencia hácia las grandes cuestiones y ese aire triste y contrito,

esa aversion hácia los juegos, los teatros, los gimnasios y los

baños[1074], característica en ellos.

En una palabra, los paganos eran el mundo, no los cristianos: estos

constituian un pequeño grupo separado, aborrecido del mundo, que ellos

por su parte encontraban malo[1075] procurando «conservarse inmaculados

del mundo»[1076]. El ideal del cristianismo será lo contrario del

ideal mundano[1077]; al perfecto cristiano le gustarán las objeciones;

tendrá las virtudes del pobre, del hombre sencillo, de aquel que no

trata de hacerse valer, mas no carecerá tampoco de los defectos de sus

virtudes, pues considerará vanas y frívolas muchas cosas que no lo son,

declarándose enemigo de la belleza. Un sistema en que la Venus de Milo

no aparece sino como un ídolo, es un sistema falso ó al menos parcial,

pues la belleza vale casi tanto como lo bueno y lo verdadero. Con

semejantes ideas, es en todo caso inevitable una decadencia en el arte,

pues el cristiano no querrá ni edificar, ni esculpir, ni dibujar; será

demasiado idealista, y le importará poco saber, porque la curiosidad

le parece una cosa vana. Confundiendo la gran voluptuosidad del alma,

que es uno de los modos de tocar lo infinito, con el placer vulgar, no

querrá disfrutar porque es demasiado virtuoso.

Desde ahora se presenta otra ley que debe dominar en esta historia;

el establecimiento del cristianismo corresponde á la supresion de la

vida política en el mundo del Mediterráneo; el cristianismo nace y se

extiende en una época en que ya no hay patria; si alguna cosa falta á

los fundadores de la Iglesia, es el patriotismo. No son cosmopolitas

porque todo planeta es para ellos un lugar de destierro; son idealistas

en el sentido más absoluto. La patria es un compuesto del cuerpo y

del alma; esta última, constituye los recuerdos, las costumbres, las

leyendas, las desgracias, las esperanzas y los sentimientos comunes; el

cuerpo, es el suelo, la raza, el idioma, las montañas, los rios, los

productos característicos, y en tal caso, nadie prescindió tanto de

todo esto como los verdaderos cristianos. Ellos no tomaron cariño á la

Judea, y al cabo de algunos años olvidaron la Galilea completamente; la

gloria de Grecia y de Roma solo les inspiró indiferencia; los países

en que el cristianismo se estableció desde luego, es decir, la Siria,

Chipre y el Asia Menor, no se acordaron ya de la época en que fueron

libres; en Grecia y Roma dominaba aún el sentimiento nacional, pero

en esta última el patriotismo residia en el ejército y en algunas

familias, mientras que en la primera el cristianismo no fructifica

sino en Corinto, ciudad que desde su destruccion por Mummio y su

reconstruccion por César, era un conjunto de gente de todas clases.

Los verdaderos países griegos, entonces como hoy, muy poseidos por el

recuerdo de su pasado, se prestaron muy poco á la nueva predicacion y

fueron siempre medianamente cristianos. Por el contrario, aquellos

países mudos, alegres, voluptuosos, tales como el Asia y la Siria,

países de placer, de costumbres libres y de abandono, acostumbrados

á recibir de extraños la vida y el gobierno, no tenian nada á que

renunciar tratándose de orgullo y tradiciones. Las más antiguas

metrópolis del cristianismo, como Antioquía, Éfeso, Tesalónica, Corinto

y Roma, fueron ciudades comunes, si así puede decirse, ciudades

semejantes á la moderna Alejandría, donde afluian todas las razas, y

donde la union entre el hombre y el suelo, que es lo que constituye la

nacionalidad, era absolutamente nula.

La importancia que se da á las cuestiones sociales está en sentido

inverso á las preocupaciones políticas: el socialismo adquiere la

superioridad, cuando el patriotismo se debilita; el cristianismo fué

la explosion de las ideas sociales y religiosas, que debia esperarse

desde el momento en que Augusto puso fin á las luchas políticas.

Culto universal, como el islamismo, el cristianismo será en el fondo

el enemigo de las nacionalidades, y serán necesarios muchos siglos y

muchos cismas para que lleguen á formarse iglesias nacionales con una

religion que fuese desde luego la negacion de toda patria terrestre,

que naciere en una época en que no hubiera en el mundo ni ciudad

ni ciudadanos. Es indudable que las antiguas y severas repúblicas

de Italia y de Grecia como un veneno mortal habian rechazado estas

iglesias para el Estado.

Y esta es una de las causas que contribuyen á la grandeza del culto

nuevo: la humanidad es cosa diversa, cambiante, agitada por deseos

contradictorios; grande es la patria y santos son los héroes de

Maraton, de las Termópilas, de Valmy y de Fleurus; pero la patria no

está aquí abajo, porque uno es hombre é hijo de Dios antes que francés

ó aleman.

El reino de Dios, sueño eterno que no se arrancará del corazon del

hombre, es la protesta contra lo que el patriotismo tiene de exclusivo;

el pensamiento de una organizacion de la humanidad para su dicha más

grande y su amejoramiento moral, es cristiano y legítimo; el Estado

no sabe ni puede saber más que una cosa: organizar el egoismo, y esto

no es indiferente, porque el egoismo es el más poderoso y el más

perceptible de los móviles de la humanidad. Pero esto no basta: los

gobiernos que suponen que el hombre solo tiene instintos de egoismo, se

equivocan de medio á medio, porque la abnegacion es tan natural como

el egoismo para los hijos de las grandes razas; la organizacion de

la abnegacion es la religion, y no se espere pues prescindir de esta

última ni de sus asociaciones, porque el progreso de las sociedades

modernas, hará que esta necesidad sea cada vez más imperiosa.

Hé ahí de qué modo esos relatos de extraños sucesos pueden encerrar

para nosotros una gran enseñanza, pero es preciso no detenerse

en ciertos rasgos que por la diferencia de épocas puedan parecer

extravagantes. Cuando se trata de creencias populares hay siempre una

inmensa desproporcion entre la grandeza del objeto ideal que prosigue

la fé y la pequeñez de las circunstancias materiales que inducen á

creer. De ahí la particularidad que en la historia religiosa, los

detalles extraños y los actos que se asemejan á la locura, puedan

mezclarse con lo que hay de más sublime. El fraile que inventó la santa

ampolla ha sido uno de los fundadores del reino de Francia: ¿quién no

querria borrar de la vida de Jesús el episodio de los demoniacos de

Gergesia? Ningun hombre de sangre fria ha hecho nunca lo que hicieron

Francisco de Asís, Juana de Arco, Pedro el Ermitaño, é Ignacio de

Loyola; nada es más relativo que la palabra locura aplicada al pasado

del espíritu de la humanidad; y si se siguieran las ideas extendidas en

nuestros dias, no hay profeta, ni apóstol, ni santo, que no se hubiese

visto encerrado. La conciencia humana es poco estable en las épocas en

que la reflexion no ha avanzado mucho y cuando es tal el estado del

alma, se llega insensiblemente del bien al mal y del mal al bien, dando

lugar á que lo bello se convierta, en feo ó vice-versa. No hay justicia

posible para lo pasado si no se admite este principio. Un mismo soplo

divino penetra en toda la historia y forma una union admirable; pero la

variedad de combinaciones que pueden producir las facultades humanas es

infinita. Los apóstoles difieren menos de nosotros que los fundadores

del budismo, los cuales, sin embargo, se aproximaban más á nosotros

por el idioma, y probablemente por la raza. Nuestro siglo ha visto

movimientos religiosos tan extraordinarios como los de otras épocas,

movimientos que han provocado tanto entusiasmo como los anteriores,

que cuentan ya relativamente, mayor número de mártires, y cuyo porvenir

es aún incierto.

No hablo de los Mormones, secta por ciertos conceptos tan estúpida y

abyecta, que se le resiste á uno creer en ella formalmente, por más

que sea instructivo ver en pleno siglo XIX á millares de hombres de

nuestra raza vivir creyendo en los milagros y en las maravillas en que

tienen una fé ciega y que segun dicen han visto y tocado. Ya contamos

con toda una literatura para demostrar el acuerdo que existe entre el

mormonismo y la ciencia, pero lo más admirable es, que esta religion,

fundada en necedades é imposturas, ha sabido llevar á cabo prodigios

de paciencia y abnegacion, y dentro de quinientos años, habrá doctores

que probarán su divinidad por las maravillas de su establecimiento. El

babismo en Persia, ha sido un fenómeno notable por otro estilo[1078]:

un hombre pacífico y sin pretension alguna, una especie de Spinoza,

modesto y piadoso, se ha visto casi á pesar suyo, elevado al rango de

taumaturgo, de encarnacion divina, llegando á ser el jefe de una secta

numerosa, ardiente y fanática, que estuvo á punto de producir una

revolucion semejante á la de Islam. Millares de mártires recibieron

por él la muerte con la mayor alegría; el dia de la matanza de los

_babis_ en Teheran, no tiene acaso igual en la historia del mundo,

pues segun dice un narrador, testigo ocular,[1079] «vióse en dicho dia

en las calles y bazares de Teheran, un espectáculo que la poblacion

no olvidará acaso nunca. Aún hoy dia, cuando se habla de aquella

catástrofe, puede comprenderse cuánta fué la admiracion mezclada de

horror que experimentó la multitud, y que los años no han disminuido.

Vióse avanzar entre los verdugos una porcion de niños y mujeres con

las carnes del cuerpo desgarradas y llevando sujetas alrededor de éste

mechas encendidas cuya llama les abrasaba la piel; las víctimas, que

iban atadas con cuerdas, recibian continuos latigazos, mas á pesar de

esto, niños y mujeres avanzaban entonando un versículo que decia: «En

verdad venimos de Dios y volvemos á él» y elevábanse sus voces sonoras

en medio del silencio de la multitud. Cuando uno de los condenados

caia al suelo hacíanle levantar á fuerza de golpes, y entonces, por

agotadas que estuviesen las fuerzas de la víctima á causa de la pérdida

de sangre que corria de sus heridas, poníase á bailar gritando con

creciente entusiasmo: «En verdad que somos de Dios y volvemos á él.»

Algunos niños caian muertos sobre el camino, y los verdugos cogian sus

cuerpos y los arrojaban á los piés de los padres y de sus hermanos, que

pisaban orgullosamente aquellos cadáveres sin lanzarles siquiera una

mirada. Al llegar al lugar de la ejecucion se propuso á las víctimas

que abjurasen: á un verdugo se le ocurrió decir á un padre que si no

cedia iba á cortar el cuello á sus dos hijos sobre su mismo pecho; los

dos muchachos, de los cuales el mayor tendria catorce años, enrojecidos

con su propia sangre, y calcinadas las carnes, escuchaban friamente

el diálogo: el padre contestó tendiéndose en el suelo que estaba

dispuesto, y entonces el mayor de sus hijos, reclamando con instancia

su derecho de primogenitura, pidió que le degollase antes á él[1080].

Por último se acabó todo: las sombras de la noche cubrieron una masa

informe de carne humana; las cabezas estaban atadas á los postes del

cadalso y los perros de los arrabales se dirigian en bandadas hácia

aquel punto.»

Esto ocurria en 1852: la secta de Mazdak, en tiempo de Cosroes

Nouschirvan, se ahogó en un baño de sangre semejante; la abnegacion

absoluta es para las almas sencillas el más exquisito de los goces

y una especie de necesidad; en la ejecucion de los Babis, algunas

personas que eran de la secta, corrian á denunciarse á sí mismas

deseosas de obtener la muerte y el martirio. ¡Es tan dulce para el

hombre sufrir por alguna cosa, que muchas veces la indiferencia del

mártir basta para hacer creer! Un discípulo que fué compañero de

suplicio de Bab, hallándose suspendido al lado da éste en las murallas

de Tabriz, esperando la muerte, no decia más que estas palabras:

«¿Estais contento de mí, maestro?»

Las personas que suponen milagroso ó quimérico lo que en la historia

excede á los cálculos de un buen sentido vulgar, no podrán seguramente

explicarse tales hechos. La condicion fundamental de la crítica, es

saber comprender los estados diversos del espíritu humano; la fé

absoluta es para nosotros una cosa completamente extraña; y fuera de

las ciencias positivas, de una seguridad en cierto modo material, toda

opinion no es á nuestros ojos más que una probabilidad que implica

una parte de verdad y una parte de error; esta última puede ser tan

pequeña como se quiera, pero no se reduce nunca á cero cuando se trata

de cosas morales sobre una cuestion de arte, lenguaje, forma literaria

ó personas. Esta, sin embargo, no es la manera de ver de los espíritus

pobres y obstinados, tal como los Orientales; los ojos de esas gentes

no son como los nuestros; son una especie de ojos de esmalte como

los de los personajes que figuran en los mosaicos con su mirada fija

y que no saben ver sino una sola cosa á la vez, cosa que al fin les

preocupa, se apodera de ellos, é impidiéndoles que sean dueños de

creer ó de no creer, no les permite reflexionar. Cuando se profesa

una opinion de este modo, se deja uno matar por ella: el mártir es en

religion lo que el hombre de partido en política: no ha habido muchos

mártires inteligentes; los confesores del tiempo de Diocleciano debian

ser, despues de la paz de la Iglesia, personajes impertinentes é

imperiosos, pues nunca es uno tolerante cuando cree que siempre tiene

razon y que los otros no la tienen nunca.

Los grandes entusiasmos religiosos, que son la consecuencia de fijarse

demasiado en las cosas, se convierten así en enigmas para un siglo

como el nuestro, en que el rigor de las convicciones se ha debilitado

mucho. Entre nosotros, el hombre sincero modifica sin cesar sus

opiniones; en primer lugar, porque el mundo cambia, y en segundo porque

el apreciador cambia tambien. Nosotros creemos varias cosas á la vez;

amamos la justicia y la verdad y por ellas expondriamos nuestra vida,

pero no admitimos que lo justo y lo verdadero sean solo del dominio

de una secta ó de un partido. Somos buenos franceses, mas reconocemos

que los alemanes y los ingleses son superiores por muchos conceptos,

lo cual no se hace en las épocas y en los países en que cada cual es

de su comunion, de su raza, de su escuela política. Hé aquí por qué

todas las grandes creaciones religiosas se han producido en sociedades

cuyo espíritu general era más ó menos análogo al del Oriente. Hasta

aquí, en efecto, la fé absoluta es la única que ha conseguido imponerse

á las demás. Una buena criada de Lyon, llamada Blandine, que se hizo

matar por su fé, hace mil setecientos años, y un brutal jefe de banda,

llamado Clovis, que creyó conveniente, hace catorce siglos, convertirse

al catolicismo, son los que nos imponen aún la ley.

¿Quién no se ha detenido al recorrer nuestras antiguas ciudades, ahora

modernas, al pié de los gigantescos monumentos de la fé de las edades

antiguas? Todo se ha renovado ya en ellos; no queda un solo vestigio

de las costumbres de otros tiempos; solo permanece en pié la catedral,

un poco mutilada acaso por la mano del hombre, pero profundamente

arraigada en el suelo; _¡Mole sua stat!_ Su masa es su derecho. Ha

resistido al diluvio que todo lo destruyó á su alrededor; ni uno solo

de los hombres de otra época que fuera á visitar los sitios donde

vivió, podria encontrar su casa; solo el cuervo que hizo su nido en las

alturas del edificio sagrado no ha visto destruir su morada, ¡Extraña

prescripcion! Aquellos honrados mártires, aquellos rudos convertidos,

aquellos piratas que construyeron iglesias, nos dominan todavía. Somos

cristianos porque ellos quisieron serlo; así como en política solo

las fundaciones bárbaras son duraderas, en religion las afirmaciones

espontáneas, y si me atrevo á decirlo, fanáticas, son contagiosas. Y

esto consiste en que las religiones son obras enteramente populares; su

éxito no depende sino de las pruebas más ó menos buenas que producen de

su divinidad; su éxito está en proporcion de lo que dicen al corazon

del pueblo.

¿Se sigue acaso de aquí que la religion esté destinada á disminuir poco

á poco y á desaparecer como los errores populares sobre la mágia, la

brujería y los espíritus? Seguramente no: la religion no es un error

popular; es una gran verdad de instinto entrevista y expresada por el

pueblo. Todos los símbolos que sirven para dar una forma al sentimiento

religioso son incompletos, y su destino es ser rechazados unos despues

de otros; pero nada es más falso que el sueño ó la ilusion de varias

personas, que tratando de concebir la humanidad perfecta, la conciben

sin religion. Debe decirse lo inverso. La China, que es una humanidad

inferior, no tiene apenas religion: supongamos por el contrario un

planeta habitado por una humanidad cuya fuerza intelectual, moral

y física, sea doble que la de la humanidad terrestre, y tendremos

que la primera seria cuando menos dos veces más religiosa que la

nuestra; y digo _cuando menos_, porque es probable que el aumento de

facultades religiosas tuviese lugar en una progresion más rápida que

el aumento de la capacidad intelectual, y no se haria segun la simple

proporcion directa. Supongamos una humanidad diez veces más fuerte que

la nuestra; esa seria infinitamente más religiosa, y aún es probable,

que en semejante grado de sublimidad, desprendido de toda preocupacion

material y de todo egoismo, dotado de un tacto perfecto y de un gusto

divinamente delicado, viendo la bajeza y el vacío de todo lo que no

es lo verdadero, lo bueno ó lo bello, el hombre seria únicamente

religioso, y estaria continuamente sumido en una perpétua adoracion,

pasando de éxtasis en éxtasis, naciendo, viviendo y muriendo en un

torrente de voluptuosidad. El egoismo, en efecto, que da la medida de

la inferioridad de los séres, decrece segun se aleja de lo animal;

un ser perfecto no seria ya egoista, sino religioso; el progreso

pues tendrá por efecto engrandecer la religion, y no destruirla ó

disminuirla.

Pero tiempo es ya de volver á los tres misioneros, Pablo, Bernabé y

Juan Márcos, que hemos dejado en el momento que salian de Antioquía por

la puerta que conduce á Seleucia. En mi tercer libro trataré de seguir

las huellas de esos mensajeros de buenas nuevas por tierra y por mar,

lo mismo en la calma que en la tormenta, así en los buenos como en los

malos dias. Ya me urge referir la historia de esa epopeya sin igual,

recorrer esos caminos infinitos del Asia y de Europa, á lo largo de

los cuales sembraron el grano del Evangelio, y tengo en fin deseos de

surcar esas ondas que ellos atravesaran tantas veces en situaciones

diversas. La gran odisea cristiana va á comenzar; ya la barca

apostólica ha desplegado sus velas, y sopla la brisa que no aspira sino

á llevar en sus alas las palabras de Jesús.

Los Apóstoles · 第 24 / 43 题