Legislacion religiosa de aquel tiempo.
[Marginal: Año 45]
En el primer siglo, aunque se mostraba hostil el Imperio á las
innovaciones religiosas que provenian de Oriente, no las combatia
todavía de un modo constante. Sosteníase débilmente el principio de
la religion de Estado; y bajo la república se proscribieron repetidas
veces los ritos extranjeros, particularmente los de Sabazius, Isis y
Serapis[994]; pero todo fué inútil, porque el pueblo se sentia atraido
hácia aquellos cultos por una inclinacion irresistible[995]. Cuando en
el año de Roma 535, se decretó la demolicion del templo de Isis y de
Serapis, no se encontró ni un solo obrero que quisiera poner manos á la
obra, y vióse precisado el cónsul á romper á hachazos la puerta[996];
claro está que no bastaba ya para el pueblo el culto latino; y
supónese, no sin razon, que si César restableció los cultos de Isis y
de Serapis, fué para halagar los instintos populares[997].
Con la profunda y liberal instruccion que le caracterizaba, aquel
grande hombre se mostró favorable á una completa libertad de
conciencia[998]. Augusto fué más apegado á la religion nacional[999].
Era tal su antipatía por los cultos orientales[1000], que prohibió
hasta la propagacion de las ceremonias egipcias en Italia[1001]; pero
quiso que cada culto, y particularmente el judío, fuera dueño de sí
mismo interiormente[1002]. Eximió á los judíos de todo lo que hubiera
podido herir su conciencia, especialmente de toda accion civil el dia
del sábado, que ellos celebran[1003]. Algunas personas de su séquito
mostraban menos tolerancia, y de buena gana le hubieran convertido en
un perseguidor religioso para servir al culto latino[1004]; empero,
parece que no hubo de ceder á aquellos consejos funestos; y aún
pretende Josefo, á quien se sospecha exagerado en este punto, que hizo
donacion de vasos sagrados al templo de Jerusalem[1005].
Tiberio fué el primero que sentó con fijeza el principio de la religion
de Estado, y tomó sérias precauciones contra la propaganda judía y
oriental[1006]. Ha de tenerse presente que el emperador era «gran
pontífice», y que protegiendo el viejo culto romano, parecia cumplir un
deber de su incumbencia. Calígula revocó los edictos de Tiberio[1007];
pero su locura no le permitia ser consecuente en sus obras. Claudio
parece haber imitado la política de Augusto. Fortificó en Roma el culto
latino, mostróse preocupado de los progresos que hacian las religiones
extranjeras[1008], fué riguroso con los judíos[1009], y persiguió con
encarnizamiento á las cofradías[1010]; usando, por lo contrario, la
benevolencia con los indígenas en Judea[1011]. El favor de que gozaron
en Roma los Agrippa bajo estos dos últimos reinados aseguraba á sus
correligionarios poderosa proteccion, salvo el caso en que la policía
de Roma reclamara medidas de seguridad.
En cuanto á Neron, ocupóse poco en religion[1012]. Sus actos odiosos
con los cristianos, fueron actos de ferocidad, y no disposiciones
legislativas[1013]; pues los ejemplos de persecucion que se citan en
la sociedad romana de aquel tiempo, emanan más bien de la autoridad
de la familia que de la autoridad pública[1014]; y aun así no se
observaban semejantes ejemplos sino en las casas nobles de Roma, que
conservaban las antiguas tradiciones[1015]. Las provincias gozaban
de plena libertad para practicar su culto, con la única condicion de
no ultrajar á los de los otros países[1016]. Los provinciales[1017]
disfrutaban del mismo derecho en Roma, con tal que no dieran escándalo.
Las dos únicas religiones que combatió el Imperio en el primer siglo,
el druidismo y el judaismo, eran como fortalezas donde se defendian
nacionalidades. Todo el mundo estaba convencido de que la profesion del
judaismo implicaba el desprecio de las leyes civiles y la indiferencia
por la prosperidad del Estado[1018]; pues en tanto que el judaismo se
circunscribia á no ser más que una simple religion individual, no se
le perseguia[1019]. Los rigores contra el culto de Serapis procedieron
tal vez del carácter monoteista que presentaba[1020], y que hacia le
confundieran ya con el culto judío y con el cristiano[1021].
Ninguna ley terminante[1022] prohibia pues, en tiempo de los
apóstoles, la profesion de las religiones monoteistas; y si estas
fueron siempre vigiladas hasta el advenimiento de los emperadores
sirios, únicamente desde Trajano se vió al imperio perseguirlas
sistemáticamente como intolerantes, é implicando la negacion del
Estado. En suma, la única cosa á la cual haya declarado la guerra el
imperio romano, en materia de religion, es la teocracia. Su principio
era el del Estado laico; no admitiendo que una religion pudiera tener
en grado alguno consecuencias civiles ó políticas; y sobre todo
no consintiendo en el Estado ninguna asociacion con independencia
del mismo Estado. Este último punto es muy esencial; porque ha de
considerarse, verdaderamente, como la raíz de todas las persecuciones.
La ley relativa á las cofradías, mucho más que la intolerancia
religiosa, fué la causa fatal de las violencias que deshonraron los
reinados de los mejores soberanos.
En materia de asociacion, igualmente que en todas las cosas buenas
y delicadas, tuvieron los países griegos la prioridad sobre los
Romanos. Las _eranas_ ó _thiasas_ griegas de Atenas, de Rodas y de
las islas del Archipiélago fueron hermosas sociedades de socorros
mútuos, de crédito, de seguros en casos de incendio, de piedad y
de placeres honestos[1023]. Cada erana grababa sobre columnas sus
decisiones, tenia sus archivos y su caja comun, que se llenaba con
donativos voluntarios y con las cuotas de los sócios. Juntábanse los
eranistas ó thiasitas para celebrar ciertas festividades, y reuníanse
en banquetes, donde reinaba la mayor cordialidad[1024]. El sócio
que se viera apurado de dinero, tenia la facultad de sacarlo de la
caja, á título de empréstito en calidad de reintegro. Las mujeres
formaban parte de aquellas eranas, y tenian su presidenta especial
(_proeranistia_). Las juntas que celebraban eran absolutamente
secretas; un reglamento severo mantenia en ellas el órden, y se
efectuaban, segun parece, en jardines cerrados, rodeados de pórticos
ó de pequeñas construcciones, en cuyo centro se ostentaba el altar
de los sacrificios[1025]. Por último, cada congregacion tenia un
cuerpo de dignatarios, nombrados por sorteo que se hacia anualmente
(_clerotas_)[1026], á usanza de las antiguas democracias griegas,
de donde el «clero» cristiano[1027] ha tomado tal vez su nombre. El
presidente era el único elegido. Estos funcionarios oficiales sometian
á un exámen al nuevo electo, debiendo certificar que era «santo,
piadoso y bueno»[1028]. Hubo en aquellas pequeñas cofradías, durante
los dos ó tres siglos que precedieron á nuestra era, un movimiento
casi tan variado como el que produjo en la edad media tantas órdenes
religiosas. Contáronse en la isla de Rodas solamente, hasta diez y
nueve[1029]; llevando muchas de ellas los nombres de sus fundadores
y reformadores. Alguna de aquellas _thiasas_, particularmente las de
Baco[1030], profesaban elevadas doctrinas, y trataban de consolar á los
hombres bien intencionados. Si todavía subsistia en el mundo griego un
resto de amor, de piedad y de moral religiosa, era debido á la libertad
de tales cultos privados. Estos competian con la religion oficial, cuyo
abandono hacíase de dia en dia más notable.
Empero, las asociaciones de igual género tropezaban con mayores
obstáculos en Roma[1031] sin que por eso disminuyera su prestigio entre
las clases desheredadas. Los principios de la política romana respecto
á las cofradías se promulgaron por la vez primera bajo la república
(186 años antes de J.-C.), con motivo de las bacanales. Por aficion
natural, eran muy propensos los Romanos á las asociaciones[1032],
particularmente á las religiosas[1033]; pero estas congregaciones,
en cierto modo permanentes, disgustaban á los patricios[1034],
conservadores de los poderes públicos, quienes á impulso de la mezquina
y árida idea que de la vida concibieran, no admitian como grupos
sociales más que la familia y el Estado. Tomáronse las precauciones más
minuciosas para conseguir su intento: necesidad de autorizacion prévia,
limitacion del número de asistentes, prohibicion de que tuvieran
un _magister sacrorum_ permanente y de que constituyeran mediante
suscripciones un fondo comun[1035]. La misma solicitud se manifestó
repetidas veces en la historia del imperio, y el arsenal de las leyes
contenia textos para todas las represiones[1036]. Empero dependia de
la autoridad el hacer ó no aplicacion de ellas. En cuanto á los cultos
proscritos, reaparecian frecuentemente muy pocos años despues de su
proscripcion[1037]. Por otra parte, la emigracion extranjera, sobre
todo la de los Sirios, renovaba incesantemente el fondo con que se
alimentaban las creencias que en vano trataban de extirpar.
Admírase uno de ver hasta qué grado preocupaba á los hombres más
pensadores un tema tan secundario en apariencia. Una de las
preferentes atenciones de César y de Augusto fué la de impedir
la formacion de nuevos _colegios_ y destruir los que ya estaban
establecidos[1038]. Un decreto expedido, segun parece, bajo el reinado
de Augusto trató de definir fijamente los límites del derecho de
reunion y de asociacion. Esos límites eran muy reducidos; pues los
_colegios_ habian de ser únicamente funerarios. No les era permitido
reunirse sino una vez al mes, y no podian ocuparse más que en dar
sepultura á los miembros difuntos, no debiendo salirse bajo ningun
pretexto del círculo de sus atribuciones[1039]. Sobrepuja á toda
ponderacion el encarnizamiento del imperio, pues á consecuencia de
su idea exagerada respecto al Estado, pretendia aislar al individuo,
destruir todo lazo moral entre los hombres, y combatir un deseo
legítimo de los pobres, el de apiñarse unos contra otros en un asilo
reducido para tener así más calor. Ciertamente que en la antigua Grecia
era muy tiránica la ciudad; pero proporcionaba tantos placeres en
cambio de su despotismo, de tal modo deslumbraba con sus luces y con
su gloria, que nadie pensaba en quejarse. Morian contentos por ella, y
sufrian sin rebelarse sus más injustos caprichos. En cuanto al Imperio
romano, era demasiado vasto para considerarlo como patria. Ofrecia á
todos grandes ventajas materiales; pero no proporcionaba cosa alguna
que mereciera afecto; así que la inaguantable tristeza compañera de
semejante existencia parecia peor que la muerte.
Por eso, y á pesar de todos los esfuerzos que hicieron los hombres
políticos, tomaron tan inmenso desarrollo las cofradías. Sucedió
exactamente una cosa análoga á lo que á nuestras cofradías de la edad
media, con su Santo patron y sus comidas en gremio. Cuidábanse las
grandes familias de su nombre, de la patria y de la tradicion; pero
los humildes, la gente de pocos recursos no tenian más cuidado que
el del _Collegium_, por el cual se afanaban. Todos los textos nos
representan esos _collegia_ ó _cœtus_ como formados de esclavos[1040],
veteranos[1041], y gente pobre _tenuiores_[1042]. Reinaba la igualdad
entre los hombres libres, los libertos y las personas serviles[1043],
siendo numerosas las mujeres[1044]. Á riesgo de mil vejaciones, y á
pesar de las severas penas que á veces se imponian, aspiraban muchos á
ser miembros de uno de esas _collegia_, donde vivian unidos por lazos
de agradable confraternidad, se disfrutaba de los socorros mútuos y
se contraian afectos que se conservaban despues de la muerte[1045].
El sitio de reunion, ó _schola collegii_, tenia comunmente un
_tetrástilo_ (pórtico de cuatro fachadas)[1046] donde se publicaba
en carteles el reglamento del colegio, al lado del dios protector, y
un _triclinium_ para los banquetes de la corporacion reunida. Estos
eran, en efecto, vivamente deseados; celebrábanse en las fiestas
patronales y en los aniversarios de ciertos cofrades que habian hecho
fundaciones[1047]. Cada cual llevaba allí su regalo; y uno de los
cofrades, por turno, suministraba los accesorios de la comida; á saber,
los manteles, la vajilla para la mesa, el pan, el vino, las sardinas y
el agua caliente[1048]. El esclavo que acababa de libertarse habia de
obsequiar á sus camaradas con una ánfora de buen vino[1049]. Una dulce
alegría animaba el festin; y era cosa expresamente convenida que no
habia de tratarse de asunto alguno relativo al colegio; para que nada
pudiera turbar el cuarto de hora de regocijo y de descanso que aquellas
pobres gentes se proporcionaban[1050]. Todo acto de turbulencia ó toda
palabra desagradable eran castigados con una multa[1051].
Si hubiera uno de atenerse á las apariencias, creeria que aquellos
colegios no eran más que asociaciones de entierro mútuo[1052]. Empero,
eso solo hubiera bastado para darle un carácter moral. En la época
romana, como en nuestro tiempo y en todas las épocas en que la religion
se halla sin fuerzas, la piedad de las tumbas era casi la única que el
pueblo conservaba. Complacíanse en pensar que no serian arrojados á los
fosos comunes[1053], que el colegio haria el gasto de los funerales,
y que los cofrades que hubieran ido á pié hasta la pira, recibirian
un pequeño honorario[1054] de veinte céntimos[1055]. Los esclavos,
especialmente, necesitaban creer que si su amo hiciera arrojar su
cuerpo al foso comun, no faltarian allí algunos amigos para hacerles
«funerales imaginarios[1056].» El hombre pobre echaba todos los meses
dos cuartos en el cepillo á ese uso destinado, para proporcionarse
despues de su muerte una urnita en un _columbarium_, con una lápida
de mármol en que estuviera grabado su nombre. Como la sepultura entre
los romanos, estaba íntimamente ligada con los _sacra gentilicia_ ó
ritos de familia, tenia suma importancia, contrayendo las personas
que se enterraban juntas una especie de fraternidad íntima y de
parentesco[1057].
Hé aquí por qué, durante largo tiempo, se presentó el cristianismo en
Roma como una especie de _collegium_ fúnebre y por qué los primeros
santuarios cristianos fueron las tumbas de los mártires[1058]. Si
no hubiera sido más que eso el cristianismo, no hubiese provocado
tantos rigores; pero era tambien otra cosa; tenia un fondo ó caja de
comunidad[1059]; jactábase de constituir una poblacion completa; y
se creia asegurado de que habia de dominar en el porvenir. Cuando se
entra un sábado por la noche en el recinto de una iglesia griega en
Turquía, en la de Santa Photini, en Esmirna, por ejemplo, le extraña á
uno el poderío de esas religiones de comité, en el seno de una sociedad
perseguidora ó malévola. Ese hacinamiento irregular de construcciones
(iglesia, presbiterio, escuelas, cárcel,) esos fieles que van y vienen
en medio de su poblacion cerrada, esas tumbas nuevamente abiertas en
las cuales arde una lámpara, ese olor cadavérico, esa atmósfera húmeda,
ese murmullo de oraciones, esas invocaciones para pedir limosna, todo
ello forma un conjunto lánguido, que á veces á un extranjero podrá
parecerle insulso, pero que debe ser muy grato y suave para el afiliado.
Las sociedades, que estaban ya provistas de una autorizacion especial,
gozaban en Roma de todos los derechos de personas civiles[1060];
pero no se concedia esa autorizacion sino con infinitas condiciones,
desde el momento en que las sociedades tenian una caja ó fondo de
comunidad, ó se trataba de otra cosa que de hacerse enterrar[1061].
El pretexto de la religion ó de cumplir votos en comunidad, estaba
previsto y formalmente señalado entre las circunstancias que daban
á una reunion el carácter de delito[1062]; y este no era otro que
el de lesa majestad, al menos para el individuo que habia provocado
la reunion[1063]. Claudio llegó hasta mandar cerrar las tabernas en
que se reunian los cofrades, así como tambien las hosterías donde
la gente pobre encontraba por poco precio agua caliente y carne del
puchero[1064]. Trajano y los mejores emperadores romanos vieron con
desconfianza todas las asociaciones[1065]. La extrema humildad de
las personas era una cualidad esencial para que se les concediera
el derecho de reunion; y aun así no se les otorgaba sino con muchas
condiciones[1066]. Los legistas que constituyeron el derecho romano,
tan eminentes como jurisconsultos, mostraron hasta dónde llegaba
su ignorancia de la naturaleza humana persiguiendo de todos modos,
hasta con la amenaza de muerte, y restringiendo con toda clase de
precauciones odiosas ó pueriles, una eterna necesidad del alma[1067].
Á semejanza de los autores de nuestro «Código civil,» miraban la vida
con mortal frialdad, como si esta consistiese solo en divertirse por
órden superior, en comer su pedazo de pan y en disfrutar del placer
segun la clase y rango. El castigo de las sociedades que se abandonan
á este sistema falso y limitado, es primeramente el fastidio, y
despues el triunfo violento de los partidos religiosos. El hombre
no consentirá jamás en respirar ese aire glacial; necesita el hogar
tranquilo, la cofradía donde los buenos mueren y viven juntos; nuestras
grandes sociedades abstractas no son bastantes para satisfacer todos
los instintos de sociabilidad que hay en el hombre; dejadle que
ocupe su corazon con alguna cosa, que busque su consuelo donde pueda
encontrarle, que busque los hermanos que necesite, que dé cabida en
su alma á los más tiernos vínculos. La fria mano del Estado no debe
intervenir en ese reino del alma que es el reino de la libertad; la
vida y la alegría no renacerán en el mundo hasta que haya desaparecido
nuestra desconfianza hácia los _collegia_, esa triste herencia del
derecho romano. Formar una asociacion fuera del Estado, sin destruir
á éste, es la cuestion capital del porvenir; la ley futura sobre las
asociaciones decidirá si la sociedad moderna ha de sufrir ó no la
suerte de la antigua. Un ejemplo debe bastar: el Imperio romano habia
enlazado su destino con la ley sobre los _cœtus illiciti_ y los
_illicita collegia_; los cristianos y los bárbaros, terminando con esto
la obra de la conciencia humana, destruyeron la ley, y el Imperio se
hundió con ella.
El mundo griego y romano, mundo laico, mundo profano, que no sabia lo
que es un sacerdote, que no tenia ni ley divina, ni libro revelado,
tocaba aquí con problemas que no le era posible resolver. Añadamos
á esto que si hubiese tenido sacerdotes, una teología severa, una
religion vigorosamente organizada, no habria creado el Estado laico, ni
inaugurado tampoco la idea de una sociedad racional, de una sociedad
fundada sobre las simples necesidades de la humanidad y sobre las
relaciones naturales de los individuos. La inferioridad religiosa de
los griegos y de los romanos era la consecuencia de su superioridad
política é intelectual; la superioridad religiosa del pueblo judío,
por el contrario, ha sido la causa de su inferioridad política
y filosófica; el judaismo y el cristianismo primitivo contenian
la negacion ó más bien la tutela del Estado civil, y así como el
islamismo, establecieron la sociedad sobre la religion. Cuando se
toman las cosas humanas por este lado, se fundan grandes proselitismos
universales, se tienen Apóstoles que corren de un extremo á otro del
mundo para convertirlo; pero no se fundan instituciones políticas, una
independencia nacional, una dinastía, un código, un pueblo.