Conversion de judíos helenistas y prosélitos.
[Marginal: Año 36]
Hasta aquí, se ha presentado á nuestra vista la Iglesia de Jerusalem
como una pequeña colonia galilea. Los amigos que habia adquirido Jesús
en Jerusalem y en las cercanías, tales como Lázaro, Marta, María de
Betania, José de Arimatea y Nicodemo, habian desaparecido de la escena.
El grupo galileo, estrechado en derredor de los doce, fué el único que
subsistió compacto y activo. Más adelante, despues de la destruccion de
Jerusalem, y lejos de la Judea, imagináronse que los sermones de los
apóstoles eran escenas públicas que se representaban en las plazas y á
presencia del gentío que en ellas se reunia.[343] Semejante pensamiento
debiera relegarse entre las supuestas imágenes que tanto abundan en las
leyendas. Las autoridades que condenaron á muerte á Jesús, no hubieran
consentido que semejantes escándalos se renovasen. El proselitismo de
los fieles se comunicaba de uno á otro.[344] Sus predicaciones bajo el
pórtico de Salomon, habian de dirigirse á muy pocos oyentes; pero su
efecto, por lo mismo, no habia de ser sino más profundo. Consistian
principalmente sus discursos en citas del Antiguo Testamento con las
cuales creian probar que Jesús era el Mesías.[345] Su razonamiento era
sutil y débil; pero todos los comentarios de los Judíos de aquella
época eran por el mismo estilo, y las consecuencias que deducen de la
Biblia los doce de la _Mischna_, no son tampoco satisfactorias.
Mucho más débil aún era la prueba invocada para sostener sus
argumentos, deducida de los pretendidos prodigios. Imposible fuera
dudar que los apóstoles hayan creido hacer milagros. Estos eran
considerados como la señal de toda mision divina,[346] y San Pablo,
cuyo entendimiento era ciertamente el más claro y adelantado de la
primitiva escuela cristiana, creyó obrar milagros.[347] Se consideraba
como indudable que Jesús los habia hecho, y era natural que se
continuase la série de las manifestaciones divinas. Efectivamente,
la taumaturgia aparece como un privilegio de los apóstoles hasta
el fin del siglo primero.[348] Los milagros de los apóstoles son
de igual índole que los de Jesús, y consisten sobre todo, aunque
no exclusivamente, en curas de enfermedades y en exorcismos de
poseidos.[349] Así es que se pretendia que bastaba la sombra para
operar curas maravillosas.[350] Reputábanse estos prodigios por dones
del Espíritu Santo, y eran justipreciados de igual valor que el don de
ciencia, de predicacion ó de profeta.[351] En el siglo III, la Iglesia
creia todavía poseer los mismos privilegios y ejercer como por una
especie de derecho permanente, el poder de curar las enfermedades,
echar fuera á los demonios y predecir el porvenir;[352] siendo todo
esto posible para los ignorantes. ¿No vemos en la actualidad personas
honradas y de probidad, pero que carecen de espíritu científico,
firmemente engañadas con las quiméricas ideas del magnetismo y por
otras ilusiones?[353]
Empero no debemos valernos de esos errores candorosos, ni de los
mezquinos discursos que vemos en las _Actas_, para calificar los medios
de conversion de que pudieran disponer los fundadores del cristianismo.
La verdadera predicacion estribaba en las conversaciones de aquellos
hombres buenos y convencidos; consistia en el reflejo, todavía
sensible en sus discursos, de la palabra de Jesús, y sobre todo en su
piedad y dulzura. El atractivo de la vida en comun que llevaban tenia
tambien mucha influencia, siendo su casa como un hospicio en que todos
los pobres, todos los que se vieran abandonados, encontraban asilo y
auxilios.
Uno de los primeros que se afiliaron en aquella sociedad naciente, fué
un chipriota llamado José Hallévi ó el Levita. Este vendió su campo
como los demás, y fué á postrarse á los piés de los Doce ofreciéndoles
el precio de la venta. Era un hombre inteligente, de un afecto á
toda prueba y que usaba fácilmente de la palabra; así que uniéronse
estrechamente con él los apóstoles, y le llamaron _Bar-naba_, es
decir «el hijo de la profecía» ó «de la predicacion;»[354] pues se le
contaba efectivamente en el número de los Profetas[355], es decir, de
los predicadores inspirados. Verémosle más tarde figurar en primera
línea, porque despues de San Pablo, fué el misionero más activo del
primer siglo. Un tal Mnason, su compatriota, se convirtió por aquel
mismo tiempo.[356] Los judíos ocupaban muchos barrios de Chipre,[357]
y Bernabé y Mnason eran sin duda judíos de raza.[358] Las relaciones
íntimas y prolongadas de Bernabé con la Iglesia de Jerusalem hacen
creer que el siro-caldeo le era familiar.
Una conquista casi tan importante como la de Bernabé, fué la de cierto
Juan que llevaba el sobrenombre romano de _Marcus_. Era primo de
Bernabé, y circunciso[359]. Su madre, María, debia gozar de cierto
bienestar y comodidades: convirtióse del propio modo que su hijo, y su
morada fué más de una vez el sitio donde se reunian los apóstoles.[360]
Parece que estas dos conversiones fueron obra de Pedro.[361] En todo
caso, Pedro mantenia estrechas relaciones de amistad con la madre
y con el hijo, de tal modo, que en casa de ellos se consideraba
como en la suya propia[362]. Y aun admitiendo la hipótesis de que
Juan Márcos no fuera idéntico al autor verdadero ó supuesto del
segundo Evangelio,[363] el papel que desempeñó seria siempre de suma
importancia; pues le veremos más tarde acompañar en sus excursiones
apostólicas á Pablo, Bernabé, y probablemente al mismo Pedro.
Propagóse así el primer fuego con gran rapidez. Los hombres más
célebres del siglo apostólico se sintieron casi todos arrastrados en
dos ó tres años por una especie de impulso simultáneo. Fué una segunda
generacion cristiana paralela á la que se habia formado, cinco ó seis
años antes, á orillas del lago de Tiberiade. Esta segunda generacion
no habia visto á Jesús y no podia igualar á la primera en autoridad;
pero habia de sobrepujarla por su actividad y por su aficion á las
misiones lejanas. Uno de los más conocidos entre los nuevos adeptos,
era Stephanus ó Estéban, que no fué, segun parece, más que un simple
prosélito, antes de su conversion[364]. Era un hombre ardiente y
apasionado; su fé, de las más vivas; y creíasele favorecido de todos
los dones del Espíritu Santo[365]. Felipe, quien como Stephanus,
fué diácono y evangelista celoso, se agregó á la comunidad hácia el
mismo tiempo[366], y confundiósele frecuentemente con su homónimo el
apóstol[367]. Por último, en aquella época, convirtiéronse Andrónico y
Junía[368], dos esposos, probablemente, que ofrecieron, como más tarde
Aquila y Priscila, el modelo de una pareja apostólica, consagrada á
todos los afanes y cuidados del misionero. Eran de la sangre de Israel,
y tuvieron estrechísimas relaciones con los apóstoles[369].
Los nuevos convertidos eran todos judíos por su religion, cuando les
tocó la gracia; pero pertenecian á dos clases de judíos muy distintas.
Eran los unos «hebreos»[370], es decir, judíos de Palestina, que
hablaban hebreo ó más bien arameo, y leian la Biblia en el texto
hebreo; los otros eran «helenistas», es decir, judíos que hablaban
griego y leian la Biblia en griego. Subdividíanse todavía estos
últimos en dos clases; los unos eran de sangre judía y los otros
eran prosélitos; es decir, gentes que no eran de orígen israelita,
pero afiliados al judaismo en distintos grados. Estos helenistas,
procedentes casi todos de Siria, del Asia Menor, de Egipto ó de
Cirene[371], habitaban en distintos barrios en Jerusalem. Tenian sus
sinagogas separadas y formaban aparte pequeñas comunidades. Contaba
Jerusalem gran número de estas sinagogas particulares[372]; y allí es
donde la palabra de Jesús encontró preparado el terreno para recibirla
y hacer que fructificara.
Todo el núcleo primitivo de la Iglesia se componia de «hebreos»; el
dialecto arameo, que fué la lengua de Jesús, era el único que se usaba
entonces. Empero, se vé que desde el segundo ó el tercer año, despues
de la muerte de Jesús, invadió el griego aquella pequeña comunidad,
donde debia enseñorearse y predominar. Á consecuencia de sus relaciones
cotidianas con aquellos nuevos hermanos, Pedro, Juan, Jacobo, Judas, y
generalmente todos los discípulos galileos, aprendieron el griego tanto
más fácilmente, cuanto que probablemente ya sabian algo de aquella
lengua. Un incidente del que hablaremos muy en breve, acredita que
esa diversidad de idiomas introdujo en un principio cierta division
en la comunidad, y que no se entablaban muy fácilmente las relaciones
entre ambos bandos[373]. Consumada la ruina de Jerusalem, veremos á
los «hebreos» retirados más allá del Jordan, á la altura del lago de
Tiberiade, formando una Iglesia separada, que tuvo distinta suerte;
pero en el intervalo de estos dos hechos no parece que la diversidad de
lenguaje produjera consecuencia alguna en la Iglesia. Los Orientales
tienen gran facilidad para aprender las lenguas; así que, en las
ciudades cada uno habla habitualmente dos ó tres idiomas. Es por lo
tanto probable que aquellos de los apóstoles galileos que desempeñaron
algun papel importante, adquirieran la práctica del griego[374], y
aun llegaran á servirse de él con preferencia al siro-caldeo, cuando
aumentó mucho el número de los fieles que hablaban en griego. Fué
pues preciso renunciar al dialecto palestino, desde el dia en que se
proyectó una propaganda que habia de extenderse á lo lejos; y además,
como dialecto provincial, que apenas se usaba por escrito[375] y
que no se hablaba fuera de la Siria, era tambien poco á propósito
para semejante empresa. El griego, por lo contrario, fué impuesto en
cierto modo al cristianismo. Era la lengua universal de la época, la
que se hablaba al menos en todas las poblaciones situadas en la parte
oriental del Mediterráneo. Era, con especialidad, la lengua de los
judíos dispersos por todo el imperio romano; pues entonces, como ahora,
los judíos adoptaban muy fácilmente los idiomas de los países que
habitaban. No se picaban de purismo, y por eso aparece tan defectuoso
el griego del cristianismo primitivo. Los judíos, aun aquellos más
instruidos, pronunciaban mal la lengua clásica[376]. Calcaban su frase
sobre el siriaco, y nunca se deshicieron de los dialectos groseros que
les llevó la conquista alcanzada por los macedonios.[377]
Las conversiones al cristianismo tardaron poco en ser más numerosas
entre los «helenistas» que entre los «hebreos». Los viejos judíos de
Jerusalem sentian poco atractivo hácia una secta de provinciales,
medianamente versados en la única ciencia que un fariseo apreciara, la
ciencia de la Ley[378]. La posicion de la pequeña Iglesia respecto al
judaismo, era algo equívoca, cual lo fué la del mismo Jesús. Empero,
todo partido religioso ó político lleva en sí mismo una fuerza que le
domina y le obliga, á pesar suyo, á recorrer su órbita. Los primeros
cristianos, cualquiera que fuese su aparente respeto al judaismo,
no eran realmente judíos sino por su nacimiento ó por sus hábitos
exteriores; el verdadero espíritu de la secta traia otro orígen. El
Talmud era el que germinaba en el judaismo oficial, y el cristianismo
no tenia afinidad alguna con la escuela talmúdica. Hé ahí por qué
encontraba favorable acogida el cristianismo en las partes menos judías
del judaismo. Los ortodoxos rígidos adheríanse poco á él; los recien
llegados, gentes apenas catequizadas, que no habian cursado en las
grandes escuelas, exentos de la rutina y que no estaban iniciados en
la lengua santa, eran los que prestaban atento oido á los apóstoles
y á sus discípulos. Medianamente considerados por la aristocracia de
Jerusalem, estos advenedizos del judaismo tomaban así una especie de
desquite, y siempre son las partes más jóvenes, y nuevamente adquiridas
en una comunidad, las que menos se cuidan de la tradicion y más se
inclinan á las novedades.
En estas clases, poco sujetas á los Doctores de la Ley, la credulidad
era tambien, segun parece, más candorosa y más completa y firme. Lo que
choca en el judío talmudista, no es la credulidad. El judío crédulo y
afecto á lo maravilloso, que conocieron los satíricos latinos, no era
el judío de Jerusalem, sino el judío helenista, muy religioso, á la par
que poco instruido y por consiguiente muy supersticioso. Ni el saduceo
medio incrédulo, ni el fariseo rigorista, se conmovian sensiblemente
con la teurgia, que tan grande boga alcanzaba en el círculo apostólico;
pero que el _Judæus Apella_, del cual se sonreia Horacio[379], estaba
allí para creer. Por otra parte, las cuestiones sociales interesaban
particularmente á los que no sacaban provecho alguno de las riquezas
que el templo y las instituciones centrales de la nacion atraian
con afluencia á Jerusalem, y por eso sucedió que, combinándose con
necesidades análogas á la que actualmente se llama «Socialismo», la
nueva secta echó los sólidos cimientos en que habia de asentar el
edificio de su porvenir.