_De la disposicion que la divina providencia ordenó en Indias para la
entrada de la Religion Cristiana en ellas._
Quiero dar fin á esta Historia de Indias, con declarar la admirable
traza, con que Dios dispuso y preparó la entrada del Evangelio en
ellas, que es mucho de considerar, para alabar y engrandecer el saber
y bondad del Criador. Por la relacion y discurso que en estos libros
he escrito, podrá cualquiera entender, que así en el Perú, como en la
Nueva-España, al tiempo que entraron los Cristianos, habian llegado
aquellos Reinos á lo sumo, y estaban en la cumbre de su pujanza, pues
los Incas poseian en el Perú desde el Reino de Chile hasta pasado el
de Quito, que son mil leguas; y estaban tan servidos y ricos de oro,
plata y todas riquezas. Y en Méjico, Motezuma imperaba desde el mar
Océano del norte hasta el mar del sur, siendo temido y adorado, no
como hombre, sino como Dios. A este tiempo juzgó el Altísimo, que
aquella piedra de Daniel[58], que quebrantó los Reinos y Monarquías
del mundo, quebrantase tambien los de estotro mundo nuevo, y así como
la Ley de Cristo vino, cuando la Monarquía de Roma habia llegado á su
cumbre, así tambien fué en las Indias Occidentales: Y verdaderamente
fué suma providencia de el Señor. Porque el haber en el orbe una
cabeza, y un Señor temporal (como notan los Sagrados Doctores), hizo
que el Evangelio se pudiese comunicar con facilidad á tantas gentes y
naciones. Y lo mismo sucedió en las Indias, donde el haber llegado la
noticia de Cristo á las Cabezas de tantos Reinos y gentes, hizo que con
facilidad pasase por todas ellas. Y aun hay aquí un particular notable,
que como iban los Señores de Méjico y de el Cuzco conquistando tierras,
iban tambien introduciendo su lengua, porque aunque hubo y hay muy gran
diversidad de lenguas particulares y propias; pero la lengua cortesana
de el Cuzco corrió y corre hoy dia mas de mil leguas, y la de Méjico
debe correr poco menos. Lo cual para facilitar la predicacion en tiempo
que los Predicadores no reciben el don de lenguas como antiguamente,
no ha importado poco, sino muy mucho. De cuanta ayuda haya sido para
la predicacion y conversion de las gentes la grandeza de estos dos
Imperios, que he dicho, mírelo quien quisiere en la suma dificultad que
se ha experimentado en reducir á Cristo los Indios que no reconocen
un Señor. Véanlo en la Florida, en el Brasil, en los Andes y en otras
cien partes, donde no se ha hecho tanto efecto, en cincuenta años, como
en el Perú y Nueva-España en menos de cinco se hizo. Si dicen, que el
ser rica esa tierra fué la causa, yo no lo niego; pero esa riqueza
era imposible haberla, ni conservarla, si no hubiera Monarquía. Y eso
mismo es traza de Dios, en tiempo que los Predicadores de el Evangelio
somos tan frios y falsos de espíritu, que haya Mercaderes y Soldados
que con el calor de la codicia y del mando, busquen y hallen nuevas
gentes, donde pasemos con nuestra mercadería. Pues como San Agustin
dice[59], la profecía de Isaias se cumplió, en dilatarse la Iglesia
de Cristianos, no solo á la diestra, sino tambien á la siniestra,
que es como él declara, crecer por medios humanos y terrenos de
hombres, que mas se buscan á sí, que á Jesu-Cristo. Fué tambien grande
providencia de el Señor, que cuando fueron los primeros Españoles,
hallaron ayuda en los mismos Indios, por haber parcialidades, y
grandes divisiones. En el Perú está claro, que la division entre los
dos hermanos Atahualpa y Guascar, recien muerto el gran Rey Guaynacapa
su padre, esa dió la entrada al Marqués Don Francisco Pizarro, y á
los Españoles, queriéndolos por amigos cada uno de ellos, y estando
ocupados en hacerse la guerra el uno al otro. En la Nueva-España no es
menos averiguado, que el ayuda de los de la provincia de Tlascála, por
la perpétua enemistad que tenian con los Mejicanos, dió al Marqués Don
Fernando Cortés, y á los suyos, la victoria y señorío de Méjico, y sin
ellos fuera imposible ganarla, ni aun sustentarse en la tierra. Quien
estima en poco á los Indios, y juzga que con la ventaja que tienen los
Españoles de sus personas y caballos, y armas ofensivas y defensivas,
podrán conquistar cualquier tierra y nacion de Indios, mucho se engaña.
Ahí está Chile, ó por mejor decir Arauco y Tucapél, que son dos valles
que ha mas de veinte y cinco años, que con pelear cada año, y hacer
todo su posible, no les han podido ganar nuestros Españoles cuasi
un pie de tierra, porque perdido una vez el miedo á los caballos y
arcabuces, y sabiendo que el Español cae tambien con la pedrada, y con
la flecha, atrévense los bárbaros, y entranse por las picas, y hacen
su hecho. ¿Cuántos años ha que en la Nueva-España se hace gente, y va
contra los Chichimécos, que son unos pocos de Indios desnudos con sus
arcos y flechas; y hasta el dia de hoy no están vencidos, antes cada
dia mas atrevidos y desvergonzados? ¿Pues los Chúchos, Chiriguánas,
Pilcozones y los demás de los Andes? ¿No fué la flor del Perú llevando
tan grande aparato de armas y gente como vimos? ¿Qué hizo? ¿Con qué
ganancia volvió? Volvió no poco contenta de haber escapado con la
vida, perdido el bagaje, y caballos cuasi todos. No piense nadie, que
diciendo Indios, ha de entender hombres de tronchos, y si no llegue y
pruebe. Atribúyase la gloria á quien se debe, que es principalmente á
Dios, y á su admirable disposicion, que si Motezuma en Méjico, y el
Inca en el Perú se pusieran á resistir á los Españoles la entrada, poca
parte fuera Cortés, ni Pizarro, aunque fueron excelentes Capitanes,
para hacer pie en la tierra. Fué tambien no pequeña ayuda para recibir
los Indios bien la Ley de Cristo, la gran sujecion que tuvieron á sus
Reyes y Señores. Y la misma servidumbre y sujecion al Demonio y á sus
tiranías, y yugo tan pesado, fué excelente disposicion para la divina
Sabiduría, que de los mismos males se aprovecha para bienes, y coge
el bien suyo de el mal ageno, que él no sembró. Es llano, que ninguna
gente de las Indias occidentales ha sido, ni es mas apta para el
Evangelio, que los que han estado mas sujetos á sus Señores, y mayor
carga han llevado, así de tributos y servicios, como de ritos y usos
mortíferos. Todo lo que poseyeron los Reyes Mejicanos y del Perú, es
hoy lo mas cultivado de Cristiandad, y donde menos dificultad hay en
gobierno político y eclesiástico. El yugo pesadísimo é incomportable
de las leyes de Satanás, y sacrificios y ceremonias, ya dijimos
arriba, que los mismos indios estaban ya tan cansados de llevarlo, que
consultaban entre sí de buscar otra ley y otros Dioses á quien servir.
Así les pareció, y parece la Ley de Cristo justa, suave, limpia, buena,
igual, y toda llena de bienes. Y lo que tiene dificultad en nuestra
Ley, que es creer misterios tan altos y soberanos, facilitóse mucho
entre éstos, con haberles platicado el Diablo otras cosas mucho mas
difíciles, y las mismas cosas que hurtó de nuestra Ley Evangélica como
su modo de Comunion y Confesion, y adoracion de tres en uno, y otras
tales, á pesar del enemigo, sirvieron para que las recibiesen bien en
la verdad los que en la mentira las habian recibido: en todo es Dios
sabio y maravilloso, y con sus mismas armas vence al adversario, y
con su lazo le coge, y con su espada le degüella. Finalmente, quiso
nuestro Dios (que habia criado estas gentes, y tanto tiempo estaba, al
parecer, olvidado de ellas, cuando llegó la dichosa hora) hacer, que
los mismos Demonios, enemigos de los hombres, tenidos falsamente por
Dioses, diesen á su pesar testimonio de la venida de la verdadera Ley,
del poder de Cristo y del triunfo de su Cruz, como por los anuncios,
profecías, señales y prodigios, arriba referidos, y por otros muchos
que en el Perú, y en diversas partes pasaron, certísimamente consta.
Y los mismos ministros de Satanás, Indios hechiceros y magos lo han
confesado; y no se puede negar, porque es evidente y notorio al mundo,
que donde se pone la Cruz, y hay Iglesias, y se confiesa el nombre de
Cristo, no osa chistar el Demonio, y han cesado sus pláticas, oráculos,
respuestas y apariencias visibles, que tan ordinarias eran en toda
su infidelidad. Y si algun maldito ministro suyo participa hoy algo
de esto, es allá en las cuevas ó simas, y lugares escondidísimos, y
del todo remotos del nombre y trato de cristianos: sea el sumo Señor
bendito por sus grandes misericordias y por la gloria de su santo
nombre. Cierto, si á esta gente, como Cristo les dió Ley, y yugo suave,
y carga ligera, así los que les rigen temporal y espiritualmente, no
les echasen mas peso del que pueden bien llevar, como las cédulas del
buen Emperador, de gloriosa memoria, lo disponen y mandan, y con esto
hubiese siquiera la mitad del cuidado en ayudarle á su salvacion, del
que se pone en aprovecharnos de sus pobres sudores y trabajos, sería
la Cristiandad mas apacible y dichosa del mundo: nuestros pecados no
dan muchas veces lugar á mas bien. Pero con esto digo lo que es verdad,
y para mí muy cierta, que aunque la primera entrada del Evangelio en
muchas partes no fué con la sinceridad y medios Cristianos que debiera
ser; mas la bondad de Dios sacó bien de ese mal, é hizo que la sujecion
de los Indios les fuese su entero remedio y salud. Véase todo lo que
en nuestros siglos se há de nuevo allegado á la Cristiandad en oriente
y poniente, y véase cuán poca seguridad y firmeza ha habido en la Fé
y Religion Cristiana, donde quiera que los nuevamente convertidos
han tenido entera libertad para disponer de sí á su albedrío: en los
Indios sujetos la Cristiandad va sin duda creciendo y mejorando, y
dando de cada dia mas fruto, y en otros de otra suerte, de principios
mas dichosos va decayendo y amenazando ruina. Y aunque en las Indias
occidentales fueron los principios bien trabajosos, no dejó el Señor
de enviar luego muy buenos obreros y fieles ministros suyos, varones
Santos y Apostólicos, como fueron Fray Martin de Valencia, de San
Francisco: Fray Domingo de Betanzos, de Santo Domingo: Fray Juan
de Roa, de San Agustin, con otros siervos del Señor, que vivieron
santamente, y obraron cosas sobre humanas. Prelados tambien sabios y
santos, y Sacerdotes muy dignos de memoria, de los cuales no solo
oímos milagros notables y hechos propios de Apóstoles; pero aun en
nuestro tiempo los conocimos y tratamos en este grado. Mas porque el
intento mio no ha sido mas que tratar lo que toca á la Historia propia
de los mismos Indios, y llegar hasta el tiempo que el Padre de nuestro
Señor Jesu-Cristo tuvo por bien comunicarles la luz de su palabra, no
pasaré adelante, dejando para otro tiempo, ó para mejor ingenio, el
discurso del Evangelio en las Indias occidentales, pidiendo al sumo
Señor de todos, y rogando á sus siervos, supliquen ahincadamente á
la Divina Magestad, que se digne por su bondad visitar á menudo, y
acrecentar con dones del Cielo la nueva Cristiandad, que en los últimos
siglos ha plantado en los términos de la tierra. Sea al Rey de los
siglos gloria, honra é imperio por siempre jamás. Amen.