_De la uncion abominable que usaban los Sacerdotes Mejicanos y otras
naciones, y de sus hechiceros._
En la ley antigua ordenó Dios el modo con que se habia de consagrar
Aarón, y los otros Sacerdotes; y en la ley Evangélica tambien tenemos
el santo Crisma y uncion, de que usamos cuando nos consagran Sacerdotes
de Cristo. Tambien habia en la ley antigua cierta composicion olorosa,
que mandaba Dios que no se usase, sino solo para el culto divino. Todo
esto ha querido el Demonio en su modo remedar, pero como él suele,
inventando cosas tan asquerosas y sucias, que ellas mismas dicen cual
sea su Autor. Los Sacerdotes de los Idolos en Méjico se ungían en esta
forma: Untábanse de pies á cabeza, y el cabello todo; y de esta uncion
que ellos se ponian mojada, venian á criarse en el cabello unas como
trenzas, que parecian clines de caballo encrisnejadas; y con el largo
tiempo crecíales tanto el cabello, que les venia á dar á las corvas,
y era tanto el peso que en la cabeza traían, que pasaban grandisimo
trabajo, porque no lo cortaban ó cercenaban hasta que morian, ó hasta
que ya de muy viejos los jubilaban, y ponian en cargos de Regimientos,
ú otros oficios honrosos en la República. Traían estos las cabelleras
tranzadas en unas trenzas de algodon de seis dedos en ancho. El
humo con que se tiznaban, era ordinario de tea, porque desde sus
antigüedades fué siempre ofrenda particular de sus Dioses, y por esto
muy tenido y reverenciado. Estaban con esta tinta siempre untados de
los pies á la cabeza, que parecian negros muy atezados, y ésta era su
ordinaria uncion, excepto que cuando iban á sacrificar, y á encender
incienso á las espesuras y cumbres de los montes, y á las cuevas
obscuras y temerosas, donde tenian sus Idolos, usaban de otra uncion
diferente, haciendo ciertas ceremonias para perder el temor y cobrar
grande ánimo. Esta uncion era hecha de diversas sabandijas ponzoñosas
como de arañas, alacranes, cientopies, salamanquesas, vívoras, &c. Las
cuales recogian los muchachos de los Colegios, y eran tan diestros,
que tenian muchas juntas en cuantidad, para cuando los Sacerdotes las
pedian. Su particular cuidado era andar á caza de estas sabandijas, y
si yendo á otra cosa acaso encontraban alguna, allí ponian el cuidado
en cazarla, como si en ello les fuese la vida. Por cuya causa de
ordinario no tenian temor estos Indios de estas sabandijas ponzoñosas,
tratándolas como si no lo fueran, por haberse criado todos en este
ejercicio. Para hacer el ungüento de éstas, tomábanlas todas juntas, y
quemábanlas en el brasero de el templo, que estaba delante de el altar,
hasta que quedaban hechas ceniza. La cual echaban en unos morteros con
mucho tabaco (que es una yerba de que esta gente usa para amortiguar la
carne, y no sentir el trabajo); con esto revolvian aquellas cenizas,
que les hacía perder la fuerza: echaban juntamente con esta yerba y
ceniza algunos alacranes, y arañas vivas, y cientopies, y allí lo
revolvian y amasaban, y despues de todo esto le echaban una semilla
molida, que llaman ololúchqui, que toman los Indios bebida para ver
visiones, cuyo efecto es privar de juicio. Molian asímismo con estas
cenizas gusanos negros y peludos, que solo el pelo tiene ponzoña. Todo
esto junto amasaban con tizne, y echándolo en unas ollitas poníanlo
delante de sus Dioses, diciendo, que aquella era su comida, y así la
llamaban comida divina. Con esta uncion se volvian brujos, y veían
y hablaban al Demonio. Embijados los Sacerdotes con aquesta masa
perdian todo temor, cobrando un espíritu de crueldad; y asi mataban
los hombres en los sacrificios con grande osadía, é iban de noche
solos á montes, y cuevas obscucuras y temerosas, menospreciando las
fieras, teniendo por muy averiguado, que los leones, tigres, lobos,
serpientes y otras fieras que en los montes se crian, huirían de ellos
por virtud de aquel betún de Dios: y aunque no huyesen de el betún,
huirian de un retrato de el Demonio, en que iban transformados. Tambien
servia este betun para curar los enfermos y niños, por lo cual le
llamaban todos medicina divina; y así acudian de todas partes á las
dignidades y Sacerdotes como á saludadores, para que les aplicasen la
medicina divina, y ellos les untaban con ellas las partes enfermas.
Y afirman, que sentian con ella notable alivio, y debia esto de ser
porque el tabaco y el ololúchqui tienen gran virtud de amortiguar; y
aplicado por via de emplasto amortigua las carnes, esto solo por sí,
cuanto mas con tanto género de ponzoñas; y como les amortiguaba el
dolor, parecíales efecto de sanidad, y de virtud divina, acudiendo á
estos Sacerdotes como á hombres santos, los cuales traian engañados y
embaucados los ignorantes, persuadiéndoles cuanto querian, haciéndoles
acudir á sus medicinas y ceremonias diabólicas, porque tenian tanta
autoridad, que bastaba decirles ellos cualquiera cosa, para tenerla
por artículo de Fé. Y asi hacían en el vulgo mil supersticiones, en el
modo de ofrecer incienso, y en la manera de cortarles el cabello, y en
atarles palillos á los cuellos, y hilos con huesezuelos de culebras,
que se bañasen á tal y tal hora, que velasen de noche á un fogon, y
que no comiesen otra cosa de pan, sino lo que habia sido ofrecido
á sus Dioses; y luego acudiesen á los sortílegos, que con ciertos
granos echaban suertes, y adivinaban mirando en lebrillos y cercos de
agua. En el Perú usaron tambien embadurnarse mucho los hechiceros y
ministros del Demonio. Y es cosa infinita la gran multitud que hubo de
estos adivinos, sortílegos, hechiceros, agoreros y otros mil géneros
de falsos profetas, y hoy dia dura mucha parte de esta pestilencia,
aunque de secreto, porque no se atreven descubiertamente á usar sus
endiabladas y sacrílegas ceremonias y supersticiones. Para lo cual se
advierte mas á la larga en particular de sus abusos y maleficios en el
confesonario hechos por los Prelados del Perú. Señaladamente hubo un
género de hechiceros entre aquellos Indios, permitido por los Reyes
Incas, que son como brujos, y toman la figura que quieren, y van por
el aire en breve tiempo largo camino, y ven lo que pasa; hablan con el
Demonio, el cual les responde en ciertas piedras, ó en otras cosas, que
ellos veneran mucho. Estos sirven de adivinos, y de decir lo que pasa
en lugares muy remotos, antes que venga ó pueda venir la nueva; como
aun despues que los Españoles vinieron ha sucedido, que en distancia
de mas de doscientas ó trescientas leguas se ha sabido de los motines,
de las batallas y de los alzamientos y muertes, así de los tiranos,
como de los que eran de la parte del Rey, y de personas particulares,
el mismo dia y tiempo que las tales cosas sucedieron, ó el dia
siguiente, que por curso natural era imposible saberlas tan presto.
Para hacer esta abusion de adivinaciones se meten en una casa cerrada
por de dentro, y se emborrachan hasta perder el juicio, y despues á
cabo de un dia dicen lo que se les pregunta. Algunos dicen y afirman
que estos usan de ciertas unturas: los Indios dicen que las viejas usan
de ordinario este oficio, y viejas de una Provincia llamada Coaíllo,
y de otro pueblo llamado Mancháy, y en la Provincia de Guarochirí, y
en otras partes que ellos no señalan. Tambien sirven de declarar donde
estan las cosas perdidas y hurtadas; y de este género de hechiceros
hay en todas partes, á los cuales acuden muy de ordinario los Anacónas
y Chinas, que sirven á los Españoles cuando pierden alguna cosa de su
amo, ó desean saber algun suceso de cosas pasadas, ó que están por
venir, como cuando bajan á las ciudades de los Españoles á negocios
particulares ó públicos, preguntan si les irá bien, ó si enfermarán,
ó morirán, ó volverán sanos, ó si alcanzarán lo que pretenden, y los
hechiceros responden sí ó no, habiendo hablado con el Demonio en lugar
obscuro, de manera que se oye su voz, mas no se ve con quien hablan, ni
lo que dicen; y hacen mil ceremonias y sacrificios para este efecto,
con que invocan al Demonio, y emborráchanse bravamente; y para este
oficio particular usan de una yerba llamada villca, echando el zumo
de ella en la chicha, ó tomándola por otra via. Por todo lo dicho
consta cuan grande sea la desventura de los que tienen por maestros á
tales ministros, del que tiene por oficio engañar; y es averiguado,
que ninguna dificultad hay mayor para recibir la verdad del Santo
Evangelio, y perseverar en ella los Indios, que la comunion de estos
hechiceros, que han sido y son innumerables, aunque por la gracia del
Señor, y diligencia de los Prelados y Sacerdotes van siendo menos, y no
tan perjudiciales. Algunos de estos se han convertido, y públicamente
han predicado al pueblo, retratando sus errores y engaños, y declarando
sus embustes y mentiras, de que se ha seguido gran fruto; como tambien
por letras del Japon sabemos haber sucedido en aquellas partes á grande
gloria de nuestro Dios y Señor.