CAPÍTULO XX

_De los sacrificios horribles de hombres que usaron los Mejicanos._

Aunque en el matar niños y sacrificar sus hijos los del Perú se

aventajaron á los de Méjico, porque no he leido, ni entendido que

usasen esto los Mejicanos; pero en el número de los hombres que

sacrificaban, y en el modo horrible con que lo hacian, excedieron

estos á los del Perú, y aun á cuantas naciones hay en el mundo; y

para que se vea la gran desventura en que tenia ciega esta gente el

Demonio, referiré por extenso el uso inhumano que tenian en esta parte.

Primeramente, los hombres que se sacrificaban eran habidos en guerra;

y si no era de cautivos, no hacian estos solemnes sacrificios. Que

parece siguieron en esto el estilo de los Antiguos, que segun quieren

decir Autores, por eso llamaban _Víctima_ al sacrificio, porque era de

cosa vencida; como tambien la llamaban _Hostia, quasi ab hoste_, porque

era ofrenda hecha de sus enemigos, aunque el uso fué extendiendo

el un vocablo y el otro á todo género de sacrificio. En efecto los

Mejicanos no sacrificaban á sus Idolos, sino sus cautivos; y por tener

cautivos para sus sacrificios, eran sus ordinarias guerras; y así

cuando peleaban unos y otros, procuraban haber vivos á sus contrarios,

y prenderlos, y no matarlos, por gozar de sus sacrificios; y esta razon

dió Motezuma al Marqués del Valle cuando le preguntó, ¿como siendo tan

poderoso, y habiendo conquistado tantos Reinos, no habia sojuzgado la

Provincia de Tlascála, que tan cerca estaba? Respondió á esto Motezuma,

que por dos causas no habian allanado aquella Provincia, siéndoles cosa

facil de hacer, si lo quisieran. La una era, por tener en que ejercitar

la juventud Mejicana, para que no se criase en ócio y regalo. La otra,

y principal, que habia reservado aquella Provincia para tener de donde

sacar cautivos que sacrificar á sus Dioses. El modo que tenian en estos

sacrificios era, que en aquella palizada de calaveras, que se dijo

arriba, juntaban los que habian de ser sacrificados; y hacíase al pie

de esta palizada una ceremonia con ellos, y era, que á todos los ponian

en hilera al pie de ella con mucha gente de guardia, que los cercaba.

Salía luego un Sacerdote vestido con una alba corta llena de flecos por

la orla, y descendía de lo alto del templo con un Idolo hecho de masa

de bledos y maíz amasado con miel, que tenia los ojos de unas cuentas

verdes, y los dientes de granos de maíz y venía con toda la priesa que

podia por las gradas del templo abajo, y subia por encima de una gran

piedra que estaba fijada en un muy alto humilladero en medio del patio:

llamábase la piedra Quauxicálli, que quiere decir la piedra del Aguila.

Subiendo el Sacerdote por una escalerilla, que estaba enfrente del

humilladero, y bajando por otra, que estaba de la otra parte, siempre

abrazado con su Idolo, subia adonde estaban los que se habian de

sacrificar; y desde un lado hasta otro iba mostrando aquel Idolo á cada

uno en particular; y diciéndoles: este es vuestro Dios; y en acabando

de mostrárselo, descendia por el otro lado de las gradas, y todos los

que habian de morir, se iban en procesion hasta el lugar donde habian

de ser sacrificados, y alli hallaban aparejados los ministros que los

habian de sacrificar. El modo ordinario del sacrificio era abrir el

pecho al que sacrificaban, y sacándole el corazon medio vivo, al hombre

lo echaban á rodar por las gradas del templo, las cuales se bañaban en

sangre; lo cual para que se entienda mejor, es de saber, que al lugar

del sacrificio salian seis Sacrificadores constituídos en aquella

dignidad: los cuatro para tener los pies y manos del que habia de ser

sacrificado, y otro para la garganta, y otro para cortar el pecho, y

sacar el corazon del sacrificado. Llamaban á estos Chachalmúa, que en

nuestra lengua es lo mismo que ministro de cosa sagrada: era ésta una

dignidad suprema, y entre ellos tenida en mucho, la cual se heredaba

como cosa de mayorazgo. El ministro que tenia oficio de matar, que era

el sexto de éstos, era tenido y reverenciado como supremo Sacerdote ó

Pontífice, el nombre del cual era diferente segun la diferencia de los

tiempos y solemnidades en que sacrificaba; asímismo eran diferentes las

vestiduras cuando salían á ejercitar su oficio en diferentes tiempos.

El nombre de su dignidad era Papa y Topilzín: el trage y ropa era una

cortina colorada á manera de dalmática, con unas flocaduras por orla,

una corona de plumas ricas verdes y amarillas en la cabeza, y en las

orejas unos como sarcillos de oro, engastadas en ellos unas piedras

verdes, y debajo del labio, junto al medio de la barba, una pieza

como cañutillo de una piedra azul. Venian estos seis Sacrificadores

el rostro y las manos untados de negro muy atezado: los cinco traían

unas cabelleras muy encrespadas y revueltas, con unas vendas de cuero

ceñidas por medio de las cabezas; y en la frente traian unas rodelas

de papel pequeñas pintadas de diversas colores, vestidos con unas

dalmáticas blancas labradas de negro. Con este atavio se revestia en

la misma figura del Demonio, que verlos salir con tan mala catadura,

ponia grandísimo miedo á todo el pueblo. El supremo Sacerdote traía en

la mano un gran cuchillo de pedernal muy agudo y ancho: otro Sacerdote

traía un collar de palo labrado á manera de una culebra. Puestos

todos seis ante el Idolo hacían su humillacion, y poníanse en orden

junto á la piedra piramidal, que arriba se dijo, que estaba frontero

de la puerta de la cámara del Idolo. Era tan puntiaguda esta piedra,

que echado de espaldas sobre ella el que habia de ser sacrificado,

se doblaba de tal suerte, que dejando caer el cuchillo sobre el

pecho, con mucha facilidad se abria un hombre por medio. Despues de

puestos en orden estos Sacrificadores, sacaban todos los que habian

preso en las guerras, que en esta fiesta habian de ser sacrificados,

y muy acompañados de gente de guardia, subíanlos en aquellas largas

escaleras, todos en ringlera, y desnudos en carnes, al lugar donde

estaban apercibidos los ministros; y en llegando cada uno por su orden,

los seis Sacrificadores lo tomaban, uno de un pie, y otro del otro; uno

de una mano, y otro de otra, y lo echaban de espaldas encima de aquella

piedra puntiaguda, donde el quinto de estos ministros le echaba el

collar á la garganta, y el sumo Sacerdote le abría el pecho con aquel

cuchillo con una presteza extraña, arrancándole el corazon con las

manos; y así vaheando, se lo mostraba al Sol, á quien ofrecía aquel

calor y baho del corazon; y luego volvía al Idolo, y arrojábaselo al

rostro; y luego el cuerpo del sacrificado le echaban rodando por las

gradas del templo con mucha facilidad, porque estaba la piedra puesta

tan junto á las gradas, que no había dos pies de espacio entre la

piedra y el primer escalon; y así con un puntapie echaban los cuerpos

por las gradas abajo; y de esta suerte sacrificaban todos los que

habia, uno por uno; y despues de muertos, y echados abajo los cuerpos,

los alzaban los dueños, por cuyas manos habian sido presos, y se los

llevaban, y repartíanlos entre sí, y se los comían, celebrando con

ellos solemnidad; los cuales, por pocos que fuesen, siempre pasaban de

cuarenta y cincuenta, porque habia hombres muy diestros en cautivar.

Lo mismo hacian todas las demás naciones comarcanas, imitando á los

Mejicanos en sus ritos y ceremonias en servicio de sus Dioses.

Historia natural y moral de las Indias (vol. 2 of 2) · 第 63 / 141 题