_De los soberbios Templos de Méjico._
Pero sin comparacion fué mayor la supersticion de los Mejicanos, así en
sus ceremonias, como en la grandeza de sus templos, que antiguamente
llamaban los Españoles el Cu, y debió de ser vocablo tomado de los
Isleños de Santo Domingo, ó de Cuba, como otros muchos que se usan, y
no son ni de España, ni de otra lengua que hoy dia se use en Indias,
como son maíz, chicha, vaquiano, chapeton, y otros tales. Habia, pues,
en Méjico el Cu, tan famoso templo de Vitzipúztli, que tenia una cerca
muy grande, y formaba dentro de sí un hermosísimo patio: toda ella
era labrada de piedras grandes á manera de culebras, asidas las unas
á las otras; y por eso se llamaba esta cerca Coatepántli, que quiere
decir cerca de culebras. Tenian las cumbres de las cámaras y oratorios
donde los Idolos estaban, un pretil muy galano, labrado con piedras
menudas, negras como azabache, puestas con mucho órden y concierto,
revocado todo el campo de blanco y colorado, que desde abajo lucía
mucho. Encima de este pretil habia unas almenas muy galanas, labradas
como caracoles: tenia por remate de los estribos dos Indios de piedra,
asentados con unos candeleros en las manos, y de ellos salian unas
como mangas de cruz, con remates de ricas plumas amarillas y verdes,
y unos rapacejos largos de lo mismo. Por dentro de la cerca de este
patio habia muchos aposentos de Religiosos, y otros en lo alto para
Sacerdotes y Papas, que así llamaban á los supremos Sacerdotes que
servian al Idolo. Era este patio tan grande y espacioso, que se
juntaban á danzar ó bailar en él en rueda al derredor, como lo usaban
en aquel reino, sin estorbo ninguno, ocho ó diez mil hombres, que
parece cosa increíble. Tenia cuatro puertas ó entradas á oriente y
poniente, y norte y mediodia: de cada puerta de estas principiaba una
calzada muy hermosa de dos y tres leguas; y así habia en medio de la
laguna, donde estaba fundada la ciudad de Méjico, cuatro calzadas en
cruz muy anchas, que la hermoseaban mucho. Estaban en estas portadas
cuatro dioses, ó Idolos, los rostros vueltos á las mismas partes de
las calzadas. Frontero de la puerta de este Templo de Vitzilipúztli
habia treinta gradas de treinta brazas de largo, que las dividia una
calle que estaba entre la cerca del patio y ellas. En lo alto de las
gradas habia un paseadero de treinta pies de ancho, todo encalado:
en medio de este paseadero una palizada muy bien labrada de árboles
muy altos puestos en hilera, una braza uno de otro: estos maderos eran
muy gruesos, y estaban todos barrenados con unos agujeros pequeños:
desde abajo hasta la cumbre venian por los agujeros de un madero á
otro unas varas delgadas, en las cuales estaban ensartadas muchas
calaveras de hombres por las sienes: tenia cada una veinte cabezas.
Llegaban estas hileras de calaveras desde lo bajo hasta lo alto de los
maderos, llena la palizada de cabo á cabo, de tantas y tan espesas
calaveras, que ponian admiracion y grima. Eran estas calaveras de los
que sacrificaban, porque despues de muertos, y comida la carne, traían
la calavera, y entregábanla á los ministros del templo, y ellos la
ensartaban allí, hasta que se caian á pedazos; y tenian cuidado de
renovar con otras las que caían. En la cumbre del templo estaban dos
piezas como capillas, y en ellas los dos Idolos que se han dicho de
Vitzilipúztli, y su compañero Tlalóc, labradas las capillas dichas de
figuras de talla; y estaban tan altas, que para subir á ellas, habia
una escalera de ciento y veinte gradas de piedra. Delante de sus
aposentos habia un patio de cuarenta pies en cuadro, en medio del cual
habia una piedra de hechura de pirámide verde y puntiaguda, de altura
de cinco palmos; y estaba puesta para los sacrificios de hombres
que allí se hacían, porque echado un hombre de espaldas sobre ella,
le hacía doblar el cuerpo, y así le abrian, y le sacaban el corazon,
como adelante se dirá. Habia en la ciudad de Méjico otros ocho ó nueve
templos como éste que se ha dicho, los cuales estaban pegados unos con
otros dentro de un circuíto grande; y tenian sus gradas particulares, y
su patio con aposentos y dormitorios. Estaban las entradas de los unos
á poniente, otros á levante, otros al sur, otros al norte, todos muy
labrados, y torreados con diversas hechuras de almenas y pinturas, con
muchas figuras de piedra, fortalecidos con grandes y anchos estribos.
Eran estos dedicados á diversos dioses; pero despues del Templo de
Vitzilipúztli, era el del Idolo Tezcatlipúca, que era dios de la
penitencia, y de los castigos, muy alto, y muy hermosamente labrado.
Tenia para subir á él ochenta gradas, al cabo de las cuales se hacía
una mesa de ciento y veinte pies de ancho; y junto á ella una sala toda
entapizada de cortinas de diversos colores y labores: la puerta baja
y ancha, y cubierta siempre con un velo; y solo los Sacerdotes podian
entrar; y todo el templo labrado de varias efigies y tallas, con gran
curiosidad, porque estos dos templos eran como Iglesias Catedrales,
y los demas en su respecto como Parroquias y Hermitas. Y eran tan
espaciosos y de tantos aposentos, que en ellos habia los Ministerios,
Colegios, Escuelas y Casas de Sacerdotes, que se dirá despues. Lo dicho
puede bastar para entender la soberbia del Demonio, y la desventura
de la miserable gente, que con tanta costa de sus haciendas, trabajo
y vidas servian á su propio enemigo, que no pretendia de ellos mas
que destruirles las almas, y consumirles los cuerpos; y con esto muy
contentos, pareciéndoles por su grave engaño, que tenian grandes y
poderosos Dioses, á quien tanto servicio se hacía.