--No; no, señor; pero el incógnito había tenido una disputa con un

palafranero á propósito de su viejo caballo, había querido zurrarle,

sobrevinieron el señor conde de Olivares y el señor duque de Uceda, y el

desconocido se descargó diciendo que era sobrino del cocinero mayor de

su majestad.

--¡Sobrino de Montiño!...--exclamó el duque--. ¿Y no habéis afirmado más

la prueba del parentesco del reo con el cocinero mayor?

--Sí; sí, señor; como el reo había ido á las cocinas en busca del que

llamaba su tío, fuí á las cocinas yo. Era ya tarde y solo encontré á un

galopín que se llama Cosme Aldaba. Díjome que, en efecto, á principios

de la noche había estado en las cocinas un hidalgo preguntando por su

tío, y que le habían encaminado á casa de vuecencia, donde se encontraba

el cocinero mayor.

--¿Volveríais á mi casa?

--Volví.

--¿Preguntaríais á la servidumbre?

--Pregunté.

--¿Y qué averiguásteis?

--Aquí está la declaración de un paje de vuecencia llamado Gonzalo

Pereda, por la que consta, que el cocinero mayor del rey le mandó servir

de cenar en la misma casa de vuecencia á un su sobrino, á quien llamó

Juan Montiño.

--¿De modo que ese Juan Montiño y don Francisco de Quevedo y Villegas

son amigos?--dijo el duque.

El alguacil se calló.

--Dadme esas diligencias--dijo el duque.

Entrególas el alguacil.

--Idos, y que á persona viviente reveléis lo que habéis averiguado.

--Descuidad, señor--dijo el corchete, y salió de la cámara andando para

atrás para no volver la espalda al duque.

Cogió éste y examinó minuciosamente los papeles que le había dejado el

alguacil, y después los guardó en su ropilla y llamó.

--¿Ha venido el señor Gil del Páramo?--dijo á un maestresala que se

presentó á su llamamiento.

--En la antecámara espera, señor--dijo el maestresala.

--Hacedle entrar.

Entró un hombre de semblante agrio y ceñudo, vestido con el traje de los

alcaldes de casa y corte, y se inclinó profundamente ante el duque.

--¿Sois vos el que rondaba cuando encontrásteis herido al señor conde de

la Oliva?

--Sí, excelentísimo señor.

--¿Traéis con vos las diligencias que habéis practicado?

--Sí, excelentísimo señor.

--Dádmelas.

--Tomad, excelentísimo señor.

--Guardad un profundo silencio acerca de lo que sabéis y no procedáis en

justicia.

--Muy bien, excelentísimo señor.

--Podéis retiraros.

--Guárdeos Dios, excelentísimo señor. El alcalde salió.

El duque se sentó en un sillón y quedó profundamente pensativo.

--¿Te alegras ó te pesa de lo acontecido?--dijo Quevedo, procurando ver

al través de la inmóvil expresión de aquel semblante--. Allá veremos. En

cuanto á mí, no me escondo. No por cierto. ¿Cómo he tener yo miedo de un

hombre que no sabe lo que le sucede? Ahora bien, amigo bufón, ¿queréis

guiarme á la puerta de la cámara donde está la condesa de Lemos?

--Que no os haga doña Catalina hacer una locura; yo que vos me escondía.

--Pues ved ahí, yo voy ahora más que nunca á darme á luz. Pero guiad,

hermano, guiad.

El bufón desandó lo andado, llegó frente á una puerta y dijo:

--Aquí es.

--Esperad, esperad y no habléis; reconozcamos antes el campo. En palacio

es necesario andar con pies de plomo.

--Paréceme que hablan en la cámara.

--Pues escuchemos.

Quevedo observó.

Un gentilhombre estaba respetuosamente descubierto delante de doña

Catalina.

--¿Conque es decir que la señora camarera mayor--dijo la de Lemos--se ha

puesto tan enferma que se ha retirado?

--Y os suplica que la reemplacéis, noble y hermosa condesa.

--Muy bien; retiráos.

--¿De todo punto?

--De todo punto; que cierren bien las puertas exteriores y que las

damas, las meninas y las dueñas se retiren también.

--¿Y se va vuecencia á quedar sola?

--Que esperen dos de mis doncellas en la saleta de afuera.

--Muy bien, señora; Dios dé buenas noches á vuecencia.

--Gracias.

El gentilhombre salió.

Quevedo oyó cerrar las puertas.

La condesa se destrenzó los cabellos, se abrió el justillo, llegó á la

luz, la apagó, y luego oyó Quevedo como el crujir de un sillón al

sentarse una persona.

Quevedo cerró su linterna y dijo al bufón:

--Abrid y hasta otro día.

--Pero, hermano don Francisco, ¿os vais á encerrar sin escape en la

cueva del león?

--La condesa de Lemos cuidará de darme salida.

--Dios quede con vos, hermano.

--Hermano, Él os acompañe.

Crujió levemente la puerta, y en silencio Quevedo adelantó sobre la

alfombra.

La puerta volvió á cerrarse sin ruido.

Pero la condesa no dormía y percibió los pasos de Quevedo.

--¿Quién va?--dijo á media voz levantándose.

--No gritéis, por Dios, señora de mis ojos--dijo Quevedo--, que el amor

me trae.

--Os trae Dios--contestó doña Catalina--, porque tenemos mucho que

hablar.

--Pues hablemos.

--Pero no á obscuras.

Quevedo abrió su linterna.

--Gracias, mi buen caballero--dijo la de Lemos--; ahora sentáos y

escuchadme.

--Siéntome y escucho.

--Oíd.

Doña Catalina y Quevedo, inclinados el uno hacia el otro, empezaron á

hablar en voz baja.

CAPÍTULO XVI

EL CONFESOR DEL REY

El capitán Vadillo llevó á Juan Montiño al postigo de la Campanilla, que

abrieron los guardas de orden del rey, y luego le acompañó hasta el

convento de Atocha.

Por el camino fueron hablando de la mala noche que hacía, de lo obscuras

que estaban las calles y de las guerras de Flandes.

Cuando llegaron al convento, el mismo Vadillo tiró de la cuerda de la

campana de la portería.

Pasó algún tiempo antes de que de adentro diesen señales de vida.

Al fin se abrió el ventanillo enrejado de la puerta, y una voz

soñolienta dijo:

--¿Qué queréis á estas horas?

--Decid al confesor del rey--dijo Vadillo--que un hidalgo que viene en

este momento de palacio, le trae una carta de su majestad.

El capitán no sabía si aquella majestad era el rey ó la reina.

--¡Una carta de su majestad...!--dijo con gran respeto el portero--;

pero es el caso, que su paternidad estará durmiendo.

--Despertadle--dijo Vadillo--, y entre tanto, como hace muy mala noche,

abrid.

--Voy, voy á abrirles, hermanos--dijo el portero, retirándose del

ventanillo y dejando notar á poco su vuelta por el ruido de sus llaves.

Abrióse la portería.

--Esperen aquí ó en el claustro, como me mejor quisieren--dijo--; yo voy

á avisar á fray Luis de Aliaga.

Montiño y Vadillo se pusieron á pasear á lo largo de la portería.

--¿Sabéis que estos benditos padres tienen unas casas que da gozo?--dijo

el capitán, por decir algo.

--Sí, sí, ciertamente; en este claustro se pueden correr

caballos--contestó Montiño.

--Dan, sin embargo, cierto pavor esos cuadros negros, alumbrados por

esas lámparas á medio morir.

--La falta de costumbre.

--Indudablemente. Los benditos padres no se encontrarían muy bien en un

campo de batalla, como yo me encuentro aquí muy mal; corre un viento que

afeita, y se hace sentir aquí mucho más que en el campo. Esas crujías...

con vuestra licencia, mejor estaríamos en el aposento del portero.

--¿Quién es el hidalgo portador de la carta de su majestad?--dijo el

frailuco desde la subida de las escaleras--; adelante, hermano, y

sígame.

--Entráos, entráos vos en el aposento del portero, amigo, y hasta luego.

--Hasta luego.

Y Juan Montiño tiró hacia las escaleras, y siguiendo al lego portero

recorrió el claustro alto hasta el fondo de una obscura crujía, donde el

lego abrió una puerta.

--Nuestro padre--dijo el lego--, aquí está el hidalgo que viene de

palacio.

--Adelante--dijo desde dentro una voz dulce, pero firme y sonora.

Montiño entró.

El lego se alejó después de haber cerrado cuidadosamente la puerta.

Encontróse Montiño en una celda extensa, esterada, modestamente

amueblada, y cuya suave temperatura estaba sostenida por el fuego

moderado de una chimenea.

En las paredes había numerosas imágenes de santos pintados al óleo y

guarnecidos por marcos negros.

En frente de la puerta de entrada había dos puertas como de balcones, y

entre estas dos puertas la chimenea; á la derecha otra puerta cubierta

por una cortina blanca lisa; á la izquierda dos enormes estantes

cargados de libros, entre los estantes un crucifijo de tamaño natural

pintado en un enorme lienzo y con marco también negro; á los pies del

Cristo un sillón de baqueta, sentado en el sillón un religioso, apoyados

los brazos en una mesa de nogal cargada de papeles, entre los cuales se

veía un enorme tintero de piedra, y alumbrada por un velón de cobre de

cuatro mecheros, dos de los cuales estaban encendidos.

El religioso era un hombre como de treinta y cinco á cuarenta años, de

semblante pálido, grandes ojos negros, nariz aguileña y afilada, y

bigote y pera negrísimos.

Su espeso cerquillo era castaño obscuro, y las demás partes de su

cabello y de su barba estaban cuidadosamente afeitadas.

Su mirada se posaba serena y fija en Juan Montiño, y su mano derecha

tenía suspendida una pluma sobre un papel, como quien interrumpe un

trabajo importante á la llegada de un extraño.

La primera impresión que Juan Montiño sintió á la vista del religioso,

fué la de un profundo respeto. Había algo de grande en el reposo, en la

palidez, en lo sereno y fijo de la mirada de aquel religioso.

Y al mismo tiempo el joven se sintió arrastrado por una simpatía

misteriosa hacia el fraile.

Adelantó sin encogimiento, saludó, y dijo con respeto:

--¿Es vuestra paternidad fray Luis de Aliaga, confesor del rey?

--Yo soy, caballero--dijo el fraile bajando levemente la cabeza.

--Traigo para vos una carta de su majestad.

--¿De qué majestad?

--De su majestad la reina.

Y entregó la carta al padre Aliaga.

--Sentáos, caballero--dijo el fraile.

Montiño se sentó.

Entre tanto el padre Aliaga abrió sin impaciencia la carta, y á despecho

de Juan Montiño, que había esperado deducir algo del contenido de

aquella carta por la expresión del semblante del religioso, aquel

semblante conservó durante la lectura su aspecto inalterable, grave,

reposado, dulce, indiferente.

Sólo una vez durante la lectura levantó la vista de la carta y la fijó

un momento en el joven.

Cuando hubo concluído de leer la carta, la dobló y la dejó sobre la

mesa.

--Su majestad la reina, nuestra señora--dijo el padre Aliaga

reposadamente á Juan Montiño--, al honrarme escribiéndome de su puño y

letra, me manda que interponga por vos mi influjo, y me dice que la

habéis hecho un eminente servicio.

--He cumplido únicamente con mi deber.

--Deber es de todo buen vasallo sacrificarlo todo, hasta la vida, por

sus reyes.

--Sí, señor, padre--replicó Montiño--, todo menos el honor.

--Rey que pide á su vasallo el sacrificio de su honra ó de su conciencia

es tirano, y no debe servirse á la tiranía.

--Decís bien, padre.

--¿Sois nuevo en la corte?

--Sí, señor.

--¿Os llamáis Juan Montiño?

--Sí, señor..

--¿Sois acaso pariente del cocinero mayor del rey?

--Soy su sobrino, hijo de su hermano.

--¿Qué servicio habéis prestado á su majestad?--dijo de repente el padre

Aliaga.

--Lo ignoro, padre.

--Pero...

--Si esa carta de su majestad no os informa, perdonad; pero guardaré

silencio.

--¿Qué edad tenéis?

--Veinticuatro años.

Quedóse un momento pensativo el padre Aliaga.

--Habéis matado ó herido á don Rodrigo Calderón.

--Han sido cuentas mías.

--Algo más que asuntos vuestros han sido. Os pregunto á nombre de su

majestad la reina. ¿Conoce vuestro tío el secreto?

--¿Qué secreto?

--El de vuestras estocadas con don Rodrigo.

--Mi tío está fuera de Madrid.

Guardó otra vez silencio el padre Aliaga.

--¿Cuándo habéis llegado á Madrid?

--He venido á asuntos propios.

--¿Guardaréis con todos la misma reserva que conmigo?

--¡Padre!

--Ved lo que hacéis; la vanidad es tentadora; hoy podéis ser hidalgo

reservado, ser leal, de buena fe... mañana acaso...

--Ningún secreto tengo que reservar.

--Cómo, ¿no es un secreto el haber venido á mí en altas horas de la

noche, á mí, confesor del rey, á quien todo el mundo conoce como enemigo

de los que hoy á nombre del rey mandan y abusan, trayendo con vos una

carta de la reina? ¿cómo ha venido esa carta á vuestras manos?

--Si lo sabéis, ¿por qué me lo preguntáis? si no lo sabéis, ¿por qué

pretendéis que yo haga traición á la honrada memoria de mi padre, á mi

propia honra? Me han enviado con esa carta; la he traído; no me han

autorizado para que hable, y callo.

--Seríais buen soldado... sobre todo para guardar una consigna; en esta

carta me encargan que procure se os dé un entretenimiento honroso para

que podáis sustentaros. ¿Qué queréis ser? sobre todo veamos: ¿en qué

habéis invertido vuestros primeros años?

--En estudiar.

--¿Y qué habéis estudiado?

--Letras humanas, cronología, dialéctica, derecho civil y canónico y

sagrada teología.

--¡Ah!--dijo fray Luis--¿y cuál de las dos carreras queréis seguir, la

civil ó la eclesiástica?

--Ninguna de las dos.

--¡Cómo! ¿Entonces para qué habéis estudiado?

--Por estudiar.

--Y bien, ¿qué queréis ser?

--Soldado.

--¡Soldado!

--Sí; sí, señor, soldado de la guardia española, junto á la persona del

rey.

--He aquí, he aquí lo que son en general los españoles: quieren ser

aquello para que no sirven.

--Perdonad, padre; al mismo tiempo que estudiaba letras, aprendía

estocadas.

--Es verdad, me había olvidado; el que mata ó hiere á don Rodrigo

Calderón... y bien; se hará lo posible porque seáis muy pronto capitán

de la guardia española, al servicio inmediato de su majestad.

--Es que no quiero tanto.

--Es que no puede darse menos á un hombre como vos; contáos casi

seguramente por capitán, y para que pueda enviaros la real cédula,

dejadme noticia de vuestra posada.

--No sé todavía cual ésta sea.

--¡Ah! pues entonces, volved por acá dentro de tres días. Para que

podáis verme á cualquier hora, decid cuando vengáis que os envía el rey.

--Muy bien, padre. Contad con mi agradecimiento--dijo Montiño

levantándose.

--Esperad, esperad; tengo que deciros aún: guardad un profundo secreto

acerca de todo lo que habéis sabido y hecho esta noche.

--Ya me lo había propuesto yo.

--No os ocultéis por temor á los resultados de vuestra aventura con don

Rodrigo.

--Aún no sé lo que es miedo.

--Y preparáos á mayores aventuras.

--Venga lo que quisiere.

--Buenas noches, y... contadme por vuestro amigo.

--Gracias, padre--dijo Montiño tomando la mano que el padre Aliaga le

tendía y besándosela.

--¡Que Dios os bendiga!--dijo el padre Aliaga.

Y aquellas fueron las únicas palabras en que Montiño notó algo de

conmoción en el acento del fraile.

Saludó y se dirigió á la puerta.

--Esperad: vos sois nuevo en el convento y necesitáis guía.

Y el padre Aliaga se levantó, abrió la puerta de la celda y llamó.

--¡Hermano Pedro!

Abrióse una puerta en el pasillo y salió un lego con una luz.

--Guíe á la portería á este caballero--dijo el padre Aliaga al lego.

Juan Montiño saludó de nuevo al confesor del rey y se alejó.

El padre Aliaga cerró la puerta y adelantó en su celda, pensativo y

murmurando:

--Me parece que en este joven hemos encontrado un tesoro.

Pero en vez de volverse á su silla, se encaminó al balcón de la derecha

y le abrió.

--Venid, venid, amigo mío, y calentáos--dijo--; la noche está cruda, y

habréis pasado un mal rato.

--¡Burr!--hizo tiritando un hombre envuelto en una capa y calado un

ancho sombrero, que había salido del balcón--; hace una noche de mil y

más diablos.

El padre Aliaga cerró el balcón, acercó un sillón á la chimenea, y dijo

á aquel hombre:

--Sentáos, sentáos, señor Alonso, y recobráos; afortunadamente el

visitante no ha sido molesto ni hablador; estos balcones dan al Norte y

hubiérais pasado un mal rato.

--Es que no le he pasado bueno. Pero estoy en brasas, fray Luis; si

alguien viniera de improviso... tenéis una celda tan reducida... os

tratáis con tanta humildad... pueden sorprendernos.

--El hermano Pedro está alerta; ya habéis visto que no ha podido veros

el portero, á pesar de que yo tengo siempre mi puerta franca.

--¿Y quién ha venido á visitaros á estas horas?--preguntó el señor

Alonso.

La providencia de Dios, en la forma de un joven.

--¡Ah! ¡Diablo! ¿Nos ha sacado ese joven ó nos saca de alguno de

nuestros atolladeros?

--Como que ha herido ó muerto á don Rodrigo Calderón...

--Mirad lo que decís, amigo mío; cuenta no soñéis.

--¿Qué es soñar? he aquí la prueba.

Y el padre Aliaga fué á la mesa en busca de la carta de la reina...

Entre tanto aprovechemos la ocasión, y describamos al nuevo personaje

que hemos presentado en escena, que se había desenvuelto de la capa y

despojado de su ancho sombrero.

Llamábase Alonso del Camino.

Era un hombre sobre poco más ó menos de la misma edad que el padre

Aliaga, pero tenía el semblante más franco, menos impenetrable, más

rudo.

Había en él algo de primitivo.

Era no menos que montero de Espinosa del rey.

A pesar de la ruda franqueza de su semblante, de formas pronunciadas y

de grandes ojos negros, se comprendía en aquellos ojos que era astuto,

perspicaz, y sobre todo arrojado y valiente, sin dejarse de notar por

eso en ellos ciertas chispas de prudencia; vestía una especie de coleto

verde galoneado de oro; en vez de daga llevaba á la cintura un largo

puñal, al costado una formidable espada de gavilanes, calzas de grana,

zapatos de gamuza, y sobre todo esto, una especie de loba ó sobretodo,

ancho, con honores de capa.

En la situación en que le presentamos á nuestros lectores, mientras

extendía hacia el fuego sus manos y sus piernas, miraba con una gran

impaciencia al padre Aliaga que, siempre inalterable, desdoblaba la

carta de la reina.

--Acercáos, acercáos y oíd, porque esta carta debe leerse en voz muy

baja, no sea que las paredes tengan oídos.

Estiróse preliminarmente el señor Alonso del Camino, se levantó, se

acercó á la mesa, se apoyó en ella y miró con el aspecto de la mayor

atención al confesor del rey, que leyó lo siguiente:

«Nuestro muy respetable padre fray Luis de Aliaga: Os enviamos con la

presente á un hidalgo que se llama Juan Martínez Montiño. Este joven nos

ha prestado un eminente servicio, un servicio de aquellos que sólo puede

recompensar Dios, á ruego de quien le ha recibido.»

--¿Pero qué servicio tal y tan grande es ese?--dijo Alonso del Camino.

--Creo que jamás os corregiréis de vuestra impaciencia. Escuchad.

Y fray Luis siguió leyendo:

«Ese mancebo nos ha entregado, por mano de doña Clara Soldevilla,

aquellos papeles, aquellos terribles papeles.»

--¿Y qué papeles son esos?

--A más de impaciente, curioso; son... unos papeles.

--¿Y no puedo yo saber?...

--No: oíd, y por Dios no me interrumpáis.

--Oigo y prometo no interrumpiros.

«A más ha herido ó muerto, para apoderarse de esos papeles, á don

Rodrigo Calderón.»

--Pues cuento por mi amigo á ese hidalgo, por eso sólo--exclamó,

olvidándose de su promesa Camino.

El padre Aliaga, como si se tratase de un pecador impenitente, siguió

leyendo sin hacer ninguna nueva observación:

«Pero ignoramos cómo ese hidalgo haya podido saber que los tales papeles

estaban en poder de don Rodrigo Calderón, como no sea por su tío el

cocinero del rey. Os lo enviamos con dos objetos: primero, para que con

vuestra gran prudencia veáis si podemos fiarnos de ese joven, y después

para que os encarguéis de su recompensa. A él, por ciertos asuntos de

amores, según hemos podido traslucir, le conviene servir en palacio; nos

conviene también, ya deba fiarse ó desconfiarse de él, tenerle á la

vista. Haced como pudiéreis que se le dé una provisión de capitán de la

guardia española al servicio del rey en palacio, y si no pudiéreis

procurársela sin dinero, compradla: buscaremos como pudiéremos lo que

costare. No somos más largos porque el tiempo urge. Haced lo que os

hemos encargado, y bendecidnos.--_La Reina._»

--¿Cuánto costará una provisión de capitán de la guardia española?--dijo

fray Luis quemando impasiblemente la carta de la reina á la luz del

velón.

--Cabalmente está vacante la tercera compañía. Pero, ¡bah! ¡hay tantos

pretendientes!

--¡Cuánto! ¡cuánto!

--Lo menos, lo menos quinientos ducados.

Tomó el padre Aliaga un papel y escribió en él lo siguiente:

--«Señor Pedro Caballero: Por la presente pagaréis ochocientos ducados

al señor Alonso del Camino, los que quedan á mi cargo.--_Fray Luis de

Aliaga._»

Y dió la libranza á Camino.

--He dicho quinientos ducados, y esto tirando por largo, y aquí dice

ochocientos.

--¿Olvidáis que el nuevo capitán necesitará caballo y armas y

preseas?--añadió el fraile.

--¡Ah! en todo estáis.

--¿Podemos tener la provisión del rey dentro de tres días?

--Sí, sí por cierto, sobradamente: el duque de Lerma es un carro que en

untándole plata vuela.

--No os olvidéis de comprarla para poder venderla.

--¡Ah! ¿Y por qué?

--¿No conocéis que tratándose de estos negocios puede el duque conocer á

ese joven?

--Bien, muy bien; se comprará la provisión á nombre de cualquiera, como

merced para que la venda, y éste tal la venderá en el mismo día á ese

hidalgo. Creo que éste sea un asunto concluído.

--Que sin embargo altera notablemente nuestros proyectos, los varía.

--No importa, no importa; no luchamos sólo contra don Rodrigo Calderón.

--Os engañáis; el alma de Lerma es Calderón. Puesto Calderón fuera de

combate, cae Lerma.

--Pero quedan Olivares, Uceda, y todos los demás que se agitan en

palacio, que se muerden por lo bajo, y que delante de todo el mundo se

dan las manos. Creo que en vez de aflojar en nuestro trabajo, debemos,

por el contrario, apretar, aprovechando la ocasión de encontrarse Lerma

desprovisto de uno de sus más fuertes auxiliares. Debemos insistir en

apoderarnos de las pruebas de los tratos torcidos y traidores que Lerma

sostiene en desdoro del rey y en daño del reino con la Liga. Debemos

probar que las guerras de Italia y de Flandes se miran, no sólo con

descuido, sino con traición...

--Esperad... esperad un poco... ese es un medio extremo; el rey es muy

débil...

--Demasiado, por desgracia.

--El rey nuestro señor, que no ve más allá de las paredes de palacio...

--¡Pero si en palacio tiene los escándalos! ¿no le tiene Lerma hecho su

esclavo, cercado por los suyos? ¿puede moverse su majestad, sin que el

duque sepa cuántas baldosas de su cámara ha pisado? ¿No le separa de la

reina? ¿No aleja de la corte á las personas que pueden hacerle sombra?

¿Vos mismo no estáis amenazado?

--Creedme, el duque de Lerma no es tan terrible como parece; el duque de

Lerma nada puede hacer por sí solo; no tiene de grande más que lo

soberbio...

--Y lo ladrón...

--Su soberbia, que le impele á competir con el rey, le hace arrostrar

gastos exorbitantes; en nada repara con tal de sostener su ostentación y

el favor del rey, que es una parte, acaso la mayor, de su ostentación.

Pero en medio de todo, el duque de Lerma es débil; se asusta de una

sombra, de todo tiene miedo, procura rodear al rey de criados suyos ó de

personas que le inspiran poco temor. Un día estaba yo en mi obscuro

convento. Oraba por el alma del difunto rey don Felipe; se abrió la

puerta de mi celda, y entró el superior; traía un papel en la mano, y en

su rostro había no sé qué de particular, una alegría marcada. Venía á

darme una noticia que á otro hubiera llenado de alegría y que á mí me

aterró.

--¿Y qué noticia era esa?

--Apenas subido al trono el rey nuestro señor, me había nombrado su

confesor; el papel que traía el superior en la mano, era una carta en

que el mismo duque de Lerma me daba la noticia. Yo resistí...

--¡Que resistísteis! ¡bah! de un confesor del rey sale un obispo, y de

un obispo un arzobispo, y de un arzobispo un papa.

--Yo no soy ambicioso; un día, una familia honrada me encontró llorando

sobre el cadáver de mi madre; mi padre había muerto poco antes; tuvieron

piedad del pobre huérfano, y me llevaron á su casa. Yo he crecido en el

dolor, y el dolor continuo, lento, que no proviene de los hombres, sino

de la voluntad de Dios, labra la humildad y la fortaleza del alma que

siente, que ha nacido para sentir. Mis bienhechores eran pobres; me

miraban como hijo suyo... partían su pan conmigo... Yo oraba á Dios por

el descanso de mis padres muertos, y por la paz, por la felicidad de mis

padres de adopción; murieron también el uno tras el otro; mis hermanas

adoptivas se habían casado; mis hermanos habían ido por el mundo á

buscar fortuna; quedé otra vez solo; pero con el corazón completamente

lleno por el dolor, por el dolor completo que ningún lugar ha dejado por

herir, desde el amor propio hasta el amor de la familia, hasta ese otro

amor que emana de la mujer.

--¡Ah! ¡habéis amado, fray Luis!

El cocinero de su majestad: Memorias del tiempo de Felipe III · 第 15 / 66 段