En ese momento entraba al salon el doctor Agüero, i a la vez Roberto se
echaba como desesperado en un sillon, ocultando su rostro en sus dos
manos. Llorente dió un lento paseo con su cabeza inclinada, sin fijarse
en el doctor, que hablaba en voz baja con su padre. Este con la cabeza
hácia atras, arrugando las narices i señalando los dientes, decia a su
hijo, a medida que le hablaba.
--¡Bien! Te has portado mui bien; ¡perfectamente!...
Llorente, volviéndose a Roberto, esclamó: Pero hai un medio, que puede
aprovecharnos maravillosamente; un arbitrio en el cual no habíamos
pensado.
I ámbos comenzaron a hablar en secreto. Entre tanto don Sebastian decia
a media voz.
--Todo va bien. Estos están llenos de dificultades para su viaje, i
sospecho que el español se quedará al fin con Ana. Lo que es a Luisa, no
la pescas.
--Ana no es como Luisa, balbuceó el jóven Agüero.
A lo cual el padre contestó, encojiéndose de hombros.--Si no te gusta la
rubia, no seré yo quien te haga fuerza.--I dirijiendo la palabra al
español, le preguntó de que plan hablaba. Este decia a la sazon:
--No te equivoques, Roberto: tu hermana tiene ese bello ideal i no
renunciará a realizarlo. Quiere conocer a su madre, i yo como su esposo
no puedo contrariar su voluntad, que es justa. Démosle gusto, para que
se desengañe ... i agregó contestando a don Sebastian con otra pregunta.
--¿No es verdad que usted se prestaria para acompañar a Luisa a ver a su
madre? Porque yo decia ahora a Roberto que en estas circunstancias nos
conviene complacer a Luisa, haciéndola ir a Lambayeque para que conozca
a doña Rosalia. Despues que haya satisfecho su anhelo, volverá mas
tranquila, i probablemente desengañada de sus ilusiones... En tal caso
podremos verificar nuestro matrimonio, i Luisa no se resistirá a
seguimos a Inglaterra.
--Bien pensado, dijo don Sebastian. El plan es racional i si lo aprueba
Roberto, yo estoi dispuesto a acompañar a Luisa en el vapor que partirá
mañana, i que debia llevarlos a ustedes a Panamá.
--Entre tanto, añadió Llorente, tu podrás Roberto, arreglar aquí tu
representacion. El señor Agüero, que es abogado, tendrá la bondad de
decirnos qué se ha de hacer para obtener que el juez te nombre un
curador.
--Poca cosa, dijo el doctor. Bastaria presentar las partidas de bautismo
i una constancia de la muerte del señor Greene.
--Basta entónces presentar el testamento, en el cual consta nuestra
edad, i ademas lleva, en las dilijencias de comprobacion, la fé de
muerte, esclamó Roberto.
--En hora buena, agregó el doctor, presentaremos el testamento del señor
Greene, i con él probaremos ademas que los tres son hijos de doña
Rosalia.
--¡Caspita! gritó Roberto. En tal caso buscaremos las partidas de
bautismo i guardaremos el testamento.
--I como de esas partidas de bautismo, dijo riendo a carcajadas don
Sebastian, ha de constar lo mismo, te luces, querido. ¿A dónde irás,
pobre cabezudo, que no te encuentres con documentos que prueben que eres
hijo de la madre que repudias?...
--En tal caso me iré sin dejar representante.
--Sin embargo, observó el doctor, hai todavía otros medios...
--No seria Ud. abogado si le faltaran medios, esclamó con cortesía
Llorente.
El doctor continuó:
--Se puede ofrecer una informacion de testigos que den fé de la menor
edad de Ud. i de Ana, de la muerte del padre, i de que ámbos no tienen
madre conocida.
--Perfectamente, esclamó don Sebastian, i Roberto repitió la palabra.
Pero aquel agregó:
--I como del testamento resulta que Luisa es hija de la esposa de
Greene, a la cual reconoce, ama i venera la muchacha, probando con
buenos testigos que Roberto i Ana no tienen madre conocida, por que no
son hijos de la esposa de su padre, tendremos que mi escelente amigo
Llorente, como marido de la hija lejítima, se saca la lotería, es decir,
arrastra con un milloncejo algo largo de pesos, i los deja a ustedes
tocando tabletas. ¡Bravo! ¡Justo castigo de la imbecilidad!
Roberto dió varios pasos atras, como asustado, i abriendo los ojos
preguntó:
--¿De qué nos sirve entónces dejar aquí un curador?
Don Sebastian respondió:
--Pues es claro! Para darte el placer de comprobar que tú i Ana no son
hijos de su madre. ¿No es esa tu aspiracion? Pues realízala a costa de
tu fortuna. Reniega a tu madre, que mas te vale ser hijo adúltero que
serlo de una negra, la cual sin embargo es mas digna de respeto que tú,
i mas señora que la gorra de Pilatos!
--Esto es grave, dijo Llorente. Hablemos seriamente, i llamemos a Luisa,
debemos oir su parecer.
--Entren ustedes, señoritas, esclamó don Sebastian. Ya lo han escuchado
todo desde la puerta. Venga Anita i díganos si quiere lo que su buen
hermano Roberto quiere para sí.
Ambas niñas entraron, Luisa con aire severo i resuelto, Ana cabizbaja i
sonriendo de despecho. Aquella dirijiéndose a Llorente, desde su
entrada, decia con firmeza:
--Mi parecer, lo conoces tú. Mi resolucion está tomada, nadie la
desconoce. Pero tú que aconsejas a mis hermanos, deberias resolver las
dificultades en que los colocas... Con todo, se deberia tener en cuenta,
i ustedes me permitirán decirlo bien alto, que si hai en esta familia,
en el momento presente, una cabeza, no es mi hermano menor, ni mucho
ménos Anita, que no sabe lo que hace...
--¡Bien dicho! interrumpió don Sebastian. Hace tiempo que debieras,
Luisa, haber reclamado tu puesto. ¡Tú tienes el deber i el derecho de
dirijir a tus hermanos!
--No lo hacia, acentuó aquella, porque Pedro tenia la direccion. Pero
hoi es otra cosa. El me abandona, deja de ser mi novio, i yo le absuelvo
de sus compromisos. Hoi no es sino el amigo, que podria aconsejarnos
bien a todos, pero no dirijir a mis hermanos.
Todos quedaron en silencio, como sobrecojidos por la actitud de Luisa.
Llorente reclinó su cabeza sobre la mano izquierda, mirando al suelo.
Pero Roberto, que se balanceaba, como dudando rompió el silencio con
cierta altanería, i el diálogo continuó precipitado i ardiente, mas o
ménos en esta forma: