Era el 12 de febrero de 1818: el ruido de las campanas, las salvas de
artillería, las músicas del ejército, los vivas del pueblo que llena las
calles i plazas, todo anuncia que ¡se está jurando la Independencia de
Chile!
¡La patria es libre, gloria a los heroes que en cien batallas tremolaron
victoriosos el tricolor! ¡Prez i honra eterna a los que derramaron su
sangre por la libertad i ventura de Chile!...
En el templo de las Capuchinas pasaba en ese instante otra escena bien
diversa: las puertas estaban abiertas, los altares iluminados, algunos
sacerdotes celebrando; una que otra mujer piadosa oraba. Las monjas
entonaban el oficio de difuntos, su lúgubre campana heria el aire con
sones plañideros. En el centro del coro se divisaba, al traves de los
enrejados, un ataud...
Ese ataud contenia el cadáver de la hija del Marques de Aviles; estaba
bella i pura como siempre, i su frente orlada con una guirnalda de
rosas.