I.

El once de febrero de 1817 la poblacion de Santiago estaba dominada de

un estupor espantoso. La angustia i la esperanza, que por tantos dias

habian ajitado los corazones, convertíanse entónces en una especie de

mortal abatimiento que se retrataba en todos los semblantes. El ejército

independiente acababa de descolgarse de los nevados Andes i amenazaba de

muerte al ominoso poder español: de su triunfo pendia la libertad, la

ventura de muchos, i la ruina de los que, por tanto tiempo, se habian

señoreado en el pais; pero ni unos ni otros se atrevian a descubrir sus

temores, porque solo el indicarlos podria haberles sido funesto.

La noche era triste: un calor sofocante oprimia la atmósfera, el cielo

estaba cubierto de negros i espesos nubarrones que a trechos dejaban

entrever tal cual estrella empañada con los vapores que vagaban por el

aire. Un profundo silencio que ponia espanto en el corazon i que de vez

en cuando era interrumpido por lejanos i tétricos ladridos, anunciaba

que era jeneral la consternacion. La noche, en fin, era una de aquellas

en que el alma se oprime sin saber por qué, le falta un porvenir, una

esperanza; todas las ilusiones ceden: no hai amigos, no hai amores,

porque el escepticismo viene a secarlo todo con su duda cruel; no hai

recuerdos, no hai imájenes, porque el alma entera está absorta en el

presente, en esa realidad pesada, desconsolante con que sañuda la

naturaleza nos impone silencio i nos entristece. Temblamos sin saber lo

que hacemos, el zumbido de un insecto, el vuelo de una ave nocturna nos

hiela de pavor i parecen presajiarnos un no sé qué de siniestro, de

horrible...

Eran las diez: las calles estaban desiertas i oscuras; solo al pié de

los balcones de un deforme edificio se descubria, envuelto en un ancho

manto, un hombre que, a veces apoyado en la muralla i otras moviéndose

lentamente, semejaba estar en acecho.

De repente hiere el aire el melodioso preludio de una guitarra, pulsada

como con miedo, i luego una voz varonil, dulce i apagada deja entender

estos acentos:

¿Qué es de tu fé, qué se ha hecho

El amor que me juraste,

Rosa bella?

Acaso alienta tu pecho

Otro amor i ya olvidaste

Mi querella?

¿No recuerdas, linda Rosa,

Que al separamos jurabas,

Sollozando,

Amarme siempre, i donosa

Con un abrazo sellabas

Tu adios blando?

Como entónces te amo ahora,

Porque en mi pasada ausencia;

A mi lado,

Te soñaba encantadora

Compartiendo la inclemencia

De mi hado.

Torna, pues, a tus amores

No deseches mi quebranto;

Que muriera,

¡Si ultrajáras mis dolores,

Si desdeñáras mi llanto!

¡Hechicera!...

Pone fin a las endechas un lijero ruido en los balcones i un suave

murmullo que, al parecer, decia:

--¡Cárlos, Cárlos! ¿Eres tú?

--Sí, Rosa mia, yo que vuelvo a verte, ¡a unirme a tí para siempre!

--¡Para siempre! ¿No es una ilusion?

--Nó: hoi que vuelvo trayendo la libertad para mi patria i un corazon

para tí, alma mia, tu padre se apiadará de nosotros: yo le serviré de

apoyo para ante el gobierno independiente, i él me considerará como un

marido digno de su hija...

--¡Ah! no te engañes, Cárlos; ¡que tu engaño es cruel! Mi padre es

pertinaz, te aborrece porque defiendes la independencia, tus triunfos le

desesperan de rabia...

--Yo le venceré, si tú me amas; prométeme fidelidad, i podré

reducirle...

--Espera un instante, ¡que en ese sitio estás en peligro!

El diálogo cesó. Despues de un tardío silencio, se ve entrar al

caballero del manto por una puerta escusada del edificio, la cual tras

él volvió a cerrarse.

Pero la calle no queda sin movimiento; a poco rato se vislumbra un

embozado que sale con tiento de la casa, desaparece veloz, i luego

vuelve con fuerza armada, i ocupa las avenidas del edificio: voces

confusas de alarma, de súplica, ruido de armas, varios pistoletazos en

lo interior, turban por algunos momentos el silencio de la ciudad.

Una brisa fresca del sur habia despejado la atmósfera, las estrellas

brillaban en todo su esplendor i la luna aparecia coronando las

empinadas cumbres de los Andes; su luz, amortiguada i rojiza,

contrastaba con la oscura sombra de las montañas i les daba apariencias

jigantescas i siniestras.

El chirrido de los cerrojos de la cárcel i de sus ferradas puertas

resonó en la plaza: un preso es introducido a sus calabozos...

Antaño i Ogaño: Novelas i Cuentos de la Vida Hispano-Americana · 第 35 / 113 题