--Concluyamos, doña Ines; en este momento estoi resuelto a no continuar
nuestras relaciones: vos podeis ser mas feliz con don Juan de Silva. Os
dejaré para siempre, pediré al gobernador que vuelva a agregarme a los
tercios del Maestre de Campo Alvaro Nuñez de Pineda i me alejaré de
Concepcion: no volveré a veros.
--No os comprendo, Alonso; ayer no mas me jurabais eterno amor i me
pedíais esta entrevista para arreglar nuestras bodas. ¿Quereis burlaros
de mí?
--Desconfio de vuestro padre: es imposible que consienta en nuestra
union. ¿Un caballero del hábito de Santiago querrá unir su hija a un
soldado que no tiene mas que su espada?
--¿Vos lo dudais? ¿Acaso con vuestra espada no os habeis conquistado un
nombre? ¿Con ella no triunfásteis en los llanos de Puren, i arrancásteis
del poder de los infieles nuestra bandera? ¿Quién no se honra hoi dia
con vuestra amistad?
--No me atrevo a proponer este asunto a vuestro padre, Ines.
--Se lo propondrá el capitan don Miguel de Erauso; es vuestro protector,
es mi amigo i no vacilará en prestarnos este servicio.
--Don Miguel os ama, Ines, i no podrá hacernos el sacrificio de su amor.
--Si tal fuese cierto, confiémonos entónces de mi hermano don Basilio de
Rojas, con quien tan estrecha amistad os liga.
--¡Ah! ¡desgraciado de mí! vuestro hermano, Ines, ¡vuestro hermano es un
traidor!... ¡Decidme adónde se halla, decídmelo, por Dios!...
--¡Por qué os enfureceis, Alonso mio! Calmaos, mi hermano es fiel amigo
vuestro, no os ha hecho ofensa.
--¡Mi amigo! nó: decidme, Ines, ¿don Basilio ama a Anjelina, es verdad?
--Sí, a lo ménos, lo parece.
--I Anjelina le adora, ¿no es verdad?
--Tambien es cierto, mal que os pese, Alonso: vos amais a Anjelina, vos
sois el aleve. ¿Por qué me habeis engañado? Los celos os hacen
delirar... ¡Dios mio!...
Ines habia caido de rodillas, sin sentido, al pronunciar sus últimas
palabras; don Alonso la sostenia i temblaba de furor. Una idea le
asalta; medita, i luego deja a Ines reclinada sobre las flores del
jardin en que se hallaban i huye precipitadamente, salvando las tapias
que lo separaban de la calle.
La luna brillaba en todo su esplendor i daba un matiz plateado a las
graciosas nubecillas blancas que flotaban en el horizonte. El bullicioso
estrépito de las olas del mar i el ruido de las auras de la noche
formaban una armonía misteriosa, que a veces interrumpian los
prolongados y melancólicos aullidos de los lobos marinos que retozaban
en las peñas de la playa.
La ciudad de Penco estaba quieta i silenciosa. Solo un hombre se
divisaba atravesar sus calles con paso presuroso. Era el alferez Alonso
Diaz que acababa de abandonar a su querida en un momento supremo, porque
estaba dominado de un vértigo espantoso. Él habia concurrido a la cita,
por cumplir su palabra de español, pero su corazon de jóven estaba
sojuzgado por otra pasion furiosa, i no le era dado halagar siquiera la
ternura de Ines, que le amaba con delirio. Largo rato habia batallado
por desengañarla; pero ella no podia comprender su lenguaje, porque ya
estaba acostumbrada a su amor i fascinada con la seguridad de poseerlo.
Repentinamente se detiene Alonso en las ventanas de una casa contigua a
un cuartel: habia en ella gran concurrencia. Las voces de alegría se
mezclaban a los dulces preludios de la guitarra, i el tañido de las
castañuelas anunciaba que un baile iba a principiar.
Alonso escucha, acecha un momento, i lleno de despecho penetra a lo
interior.
--¡Bien venido seas, alferez Diaz! esclaman todos, i unos le abrazan i
otros le convidan a beber.
--Decidme, Alonso, gritó una voz, ¿no os gusta mas la zambra que la
guerra?
--Si no fuera el auditor quien habla así, contestárale de otro modo,
replicó Alonso con enfado.
--No os olvideis, Alonso, que tan bien esgrimo la espada como la peñola;
i que lo de auditor no me quita lo valiente: pero hoi se trata de
divertimos; no sea que nuestro historiador don Basilio de Rojas, que
está presente en el fandango, como lo está siempre en la batalla, tenga
que engañar a la posteridad diciendo que nosotros solo sabíamos pelear i
no galantear. Venga un vaso para Alonso i otro para mí i bebamos por la
preciosa Anjelina. Su salero me peta mas que un proceso.
Anjelina, que estaba entónces al lado de don Basilio en la mesa del
juego, se levantó graciosamente i tomando otro vaso, acompañó al auditor
i al alferez que bebian por ella. El auditor la toma de la mano i pide
que se toque un fandango.
Los concurrentes rodean a los danzantes i con movimientos i gritos los
animan i celebran.
Alonso se separa i toma el asiento que habia dejado Anjelina. Sus ojos
de águila enrojecidos, su aire tétrico i reconcentrado, sus lábios
trémulos, su rostro pálido i descarnado, todo anunciaba el furor de que
estaba poseido su corazon. Don Basilio le dirijió una mirada cariñosa i
echándole sobre los hombros su brazo, continuó apostando a los dados.
Alonso pareció mas sereno por un momento: pero volvió a enrojecerse de
furia, cuando oyó que Anjelina llamaba la atencion de sus amigos
diciéndoles:
--¡Qué os parece, caballeros, don Basilio abrazando a ese alferez, que
mas tiene cara de mujer que de guerrero!
--Si son celos, Anjelina, replicó el historiador, retirando su brazo,
ven acá i verás que sé abrazar de otro modo a las donosas.
Anjelina le contestó con un desden i se confundió entre la multitud de
damas i militares que formaban la tertulia.
Alonso permaneció en silencio i pensativo.
Desde aquel incidente, no hubo tranquilidad para el jóven Rojas: sus
miradas estaban fijas en Anjelina i jugaba sin atencion ni gusto. Poco
mas permaneció en la mesa, i se levantó a buscar el lado de Anjelina,
dejando su lugar al alferez, quien siguió jugando de la misma manera,
sin fijarse en lo que hacia, por espiar los movimientos de los dos
amantes.
Era ya tarde de la noche, el cansancio iba apagando el bullicio i
venciendo al contento; pero don Basilio no dejaba de rogar i de ofrecer
sus rendimientos a Anjelina, que se le mostraba cada vez mas desdeñosa.
Al fin álguien repara que una mujer tapada se asomaba solícita a las
ventanas: todos se fijan, inquieren, conjeturan; cual la cree una
vision, éste mira en ella al demonio disfrazado de viuda, aquel juzga
que es el gobernador en persona que los observa, i muchos quieren que
sea una querida de alguno de los circunstantes. Esta opinion prevalece i
principian las burlas i las bromas.
Alonso se levanta i con tono solemne i maligno esclama:
--Yo os juro, camaradas, que esa mujer es la querida de don Basilio de
Rojas; una pobre mujer a quien engaña ese pérfido i cuyos hijos abandona
por Anjelina.
Todos quedan estupefactos, i don Basilio duda de lo que oye; pero,
incorporándose, rompe el silencio:
--Alonso, no seas majadero: no jures una mentira.
--¡Juro en verdad, señores, es su querida!..
--¡¡Mientes como un cornudo, infame!!--I al decir estas palabras, las
espadas de ámbos se cruzan. Las damas gritan, se alarman i huyen en
tropel; algunos animan, otros quieren la paz, todos se mezclan, se
confunden, suenan las armas i el estrépito de la riña crece por
momentos.
Don Basilio cae con el pecho atravesado: todos cargan sobre Alonso; i el
auditor don Francisco de Párraga le coje fuertemente por el cuello de la
ropilla, diciéndole--_¡dáte al rei asesino!_ El capitan don Miguel de
Erauso, que se habia levantado de la carpeta, se acerca a Alonso i le
dice en vascuence que procure salvar la vida. El auditor estrecha i
clama favor a la justicia; Alonso le tira un golpe de daga, que le
atraviesa los carrillos, sin verse por eso libre de sus fuertes puños;
tírale otra estocada i el auditor cae sin vida.
Alonso usa entónces de su espada i se abre paso entre todos los que le
acosan, hasta la puerta, en donde le dejan solo; huye i toma seguridad
en el convento de San Francisco, que estaba inmediato, dejando la
consternacion i la muerte en aquel salon en que un momento ántes
reinaban el amor i la alegría.