CAPITULO XIX.

_Execútase la prision de Motezuma: dáse noticia del modo como

se dispuso, y como se recibió entre sus vasallos._

No se puede negar que fué atrevimiento sin exemplar esta resolucion

que tomaron aquellos pocos Españoles de prender á un Rey tan poderoso

dentro de su corte. Accion que, siendo verdad, parece incompatible con

la sencillez de la historia: y pareciera sin proporcion, quando se

hallára entre las demasías ó licencias de la fábula. Pudiérase llamar

temeridad, si se hubiera entrado en ella voluntariamente, ó con mas

eleccion; pero no es temerario propiamente quien se ciega porque no

puede mas. Vióse Cortés igualmente perdido si se retiraba sin

reputacion, que aventurado si se mantenia sin volver por ella con

algun hecho memorable: y el ánimo, quando se halla ceñido por todas

partes de la dificultad, se arroja violentamente á los peligros

menores. Pensó en lo mas difícil, por asegurarse de una vez, ó porque

no se acomodaba su discurso á las medianías. Pudieramos decir que fué

magnanimidad suya el poner tan alta la mira, ó que la prudencia

militar no es tan enemiga de los extremos como la prudencia política;

pero mejor es que se quede sin nombre su resolucion, ó que, mirando al

suceso, la pongamos entre aquellos medios imperceptibles de que se

valió Dios en esta conquista, excluyendo, al parecer, los impulsos

naturales.

Eligióse finalmente la hora en que solian hacer su visita los

Españoles, porque no se extrañáse la novedad. Ordenó Cortés que se

tomasen las armas en su quartel: que se pusiesen las sillas á los

caballos, y estuviesen todos alerta, sin hacer ruido ni moverse hasta

nueva órden. Ocupó con algunas quadrillas á la deshilada las bocas de

las calles, y partió al palacio con los Capitanes Pedro de Alvarado,

Gonzalo de Sandoval, Juan Velazquez de Leon, Francisco de Lugo, y

Alonso Dávila: y mandó que le siguiesen disimuladamente hasta treinta

Españoles de su satisfaccion.

No hizo novedad el verlos con todas sus armas, porque las traían

ordinariamente, introducidas ya como trage militar. Salió Motezuma,

segun su costumbre, á recibir la visita: ocuparon todos sus asientos;

retiráronse á otra pieza sus criados, como ya lo estilaban de su

órden: y poniendo á Doña Marina y Gerónimo de Aguilar en el lugar que

solia, empezó Hernan Cortés á dar su queja, dexando al enojo todo el

semblante.

"Refirió primero el hecho de su General, y ponderó despues el

atrevimiento de haber formado exército, y acometido á sus

compañeros, rompiendo la paz y la salvaguardia real en que

vivian asegurados. Acriminó, como delito de que se debia dar

satisfaccion á Dios y al mundo, el haber muerto los Mexicanos á

un Español que hicieron prisionero: vengando en él á sangre

fria la propia ignominia con que volvieron vencidos. Y

últimamente se detuvo en afear, como punto de mayor

consideracion, la disculpa de que se valian Qualpopóca y sus

Capitanes, dando á entender que se hacia de su órden aquella

guerra tan fuera de razon: y añadió, por ser accion indigna de

su grandeza el estarlos favoreciendo en una parte, para

destruirlos en otra."

Perdió Motezuma el color al oir este cargo suyo; y con señales de

ánimo convencido interrumpió á Cortés para negar, como pudo, el haber

dado semejante órden. Pero él socorrió su turbacion, volviéndole á

decir:

"Que así lo tenia por indubitable; pero que sus soldados no se

darian por satisfechos, ni sus mismos vasallos dexarian de

creer lo que afirmaba su General, si no le viesen hacer alguna

demostracion extraordinaria, que borráse totalmente la

impresión de semejante calumnia: y así venía resuelto á

suplicarle que, sin hacer ruido, y como que nacia de su propia

eleccion, se fuese luego al alojamiento de los Españoles,

determinándose á no salir dél hasta que constase á todos que no

habia cooperado en aquella maldad. A cuyo efecto le ponia en

consideracion que, con esta generosa confianza, digna de ánimo

real, no solo se quietaria el enojo de su Príncipe, y el rezelo

de sus compañeros; pero él volveria por su mismo decoro y

pundonor, ofendido entónces de mayor indecencia: y que le daba

su palabra, como Caballero, y como Ministro del mayor Rey de la

tierra, de que sería tratado entre los Españoles con todo el

acatamiento debido á su persona: porque solo deseaban

asegurarse de su voluntad para servirle y obedecerle con mayor

reverencia."

Calló Cortés, y calló tambien Motezuma, como estrañando el

atrevimiento de la proposicion; pero él, deseando reducirle con

suavidad, ántes que se determináse á contrario dictámen, prosiguió

diciendo:

"Que aquel alojamiento que les habia señalado era otro palacio

suyo, donde solia residir algunas veces: y que no se podria

extrañar entré sus vasallos que se mudáse á él para deshacerse

de una culpa, que, puesta en su cabeza, sería pleyto de Rey á

Rey; y quedando en la de su General, se podria emendar con el

castigo, sin pasar á los inconvenientes y violencias con que

suele decidirse la justicia de los Reyes."

No pudo sufrir Motezuma que se alargasen mas los motivos de una

persuasion impracticable á su parecer: y dándose por entendido de lo

que llevaba dentro de sí aquella demanda, respondió con alguna

impaciencia:

"Que los Príncipes como él no se daban á prision, ni sus

vasallos lo permitirian, quando él se olvidáse de su dignidad,

ó se dexáse humillar á semejante baxeza. Replicóle Cortés: Que,

como él fuese voluntariamente, sin dar lugar á que le perdiesen

el respeto, importaria poco la resistencia de sus vasallos,

contra los quales podria usar de sus fuerzas sin queja de su

atencion."

Duró largo rato la porfía, resistiendo siempre Motezuma el dexar su

palacio, y procurando Hernan Cortés reducirle y asegurarle sin llegar

á lo estrecho. Salió á diferentes partidos, cuidadoso ya del aprieto

en que se hallaba. Ofreció enviar luego por Qualpopóca y por los demas

Cabos de su exército, y entregarselos á Cortés para que los castigáse.

Daba en rehenes dos hijos suyos, para que los tuviese presos en su

quartel hasta que cumpliese su palabra; y repetia con alguna

pusilanimidad, que no era hombre que se podia esconder, ni se habia de

huir á los montes. A nada salia Cortés, ni él se daba por vencido;

pero los Capitanes que se hallaban presentes, viendo lo que se

aventuraba en la dilacion, empezaron á desabrirse, deseando que se

remitiese á las manos aquella disputa: y Juan Velazquez de Leon dixo

en voz alta: _Dexémonos de palabras, y tratemos de prenderle ó

matarle._ Reparó en ello Motezuma, preguntando á Doña Marina qué decia

tan descompuesto aquel Español: y ella con este motivo, y con aquella

discrecion natural, que le daba hechas las razones, y hallada la

oportunidad, le dixo, como quien se recataba de ser entendida:

"Mucho aventurais, Señor, si no cedeis á las instancias de esta

gente: ya conoceis su resolucion, y la fuerza superior que los

asiste. Yo soy una vasalla vuestra, que desea naturalmente

vuestra felicidad; y soy una confidente suya que sabe todo el

secreto de su intencion. Si vais con ellos, seréis tratado con

el respeto que se debe á vuestra persona; y si haceis mayor

resistencia peligra vuestra vida."

Esta breve oracion dicha con buen modo y en buena ocasion le acabó de

reducir, y sin dar lugar á nuevas réplicas, se levantó de la silla

diciendo á los Españoles:

"Yo me fio de vosotros: vamos á vuestro alojamiento, que así lo

quieren los Dioses, pues vosotros lo conseguis, y yo lo

determino."

Llamó luego á sus criados: mandó prevenir sus andas y su

acompañamiento, y dixo á sus ministros:

"Que por ciertas consideraciones de estado, que tenia

comunicadas con sus Dioses, habia resuelto mudar su habitacion

por unos dias al quartel de los Españoles: que lo tuviesen

entendido, y lo publicasen así, diciendo á todos que iba por su

voluntad y conveniencia."

Ordenó despues á uno de los Capitanes de sus guardias que le traxese

preso á Qualpopóca y á los demas Cabos que hubiesen cooperado en la

invasion de Zempoala: para cuyo efecto le dió el sello real que traía

siempre atado al brazo derecho, y le advirtió que lleváse gente armada

para no aventurar la prision. Todas estas órdenes se daban en público,

y Doña Marina se las iba interpretando á Cortés y á los demas

Capitanes, porque no se rezelasen de verle hablar con los suyos, y

quisiesen pasar á la violencia fuera de tiempo.

Salió sin mas dilacion de su palacio, llevando consigo todo el

acompañamiento que solia: los Españoles iban á pie junto á las andas,

y le cercaban con pretexto de acompañarle. Corrió luego la voz de que

se llevaban á su Rey los extrangeros, y se llenaron de gente las

calles, no sin algunos indicios de tumulto, porque daban grandes

voces, y se arrojaban en tierra, unos despechados, y otros

enternecidos; pero Motezuma con exterior de alegría y seguridad los

iba sosegando y satisfaciendo. Mandábales primero que callasen, y al

movimiento de su mano sucedia repentino el silencio. Deciales despues,

que aquella no era prision, sino ir por su gusto á vivir unos dias con

sus amigos los extrangeros: satisfacciones adelantadas, ó respuestas

sin pregunta, que niegan lo que afirman. En llegando al quartel (que

como diximos era la casa real que fabricó su padre) mandó á su guardia

que despejáse la gente popular, y á sus ministros que impusiesen pena

de la vida contra los que se moviesen á la menor inquietud. Agasajó

mucho á los soldados Españoles que le salieron á recibir con reverente

alborozo. Eligió despues el quarto donde queria residir: y la casa era

capaz de separacion decente. Adornóse luego por sus mismos criados con

las mejores alhajas de su guardaropa: pusose á la entrada suficiente

guardia de soldados Españoles: dobláronse las que solian asistir á la

seguridad ordinaria del quartel: alargáronse á las calles vecinas

algunas centinelas, y no se perdonó diligencia de las que

correspondian á la novedad del empeño. Dióse órden á todos para que

dexasen entrar á los que fuesen de la familia real, que ya eran

conocidos, y á los nobles y ministros que viniesen á verle: cuidando

de que entrasen unos y saliesen otros, con pretexto de que no

embarazasen. Cortés entró á visitarle aquella misma tarde, pidiendo

licencia, y observando las puntualidades y ceremonias que quando le

visitaba en su palacio. Hicieron la misma diligencia los Capitanes y

soldados de cuenta: diéronle rendidas gracias de que honráse aquella

casa, como si le hubiera traido á ella su eleccion; y él estuvo tan

alegre y agradable con todos, como si no se hallaran presentes los que

fueron testigos de su resistencia. Repartió por su mano algunas joyas

que hizo traer advertidamente para ostentar su desenojo; y por mas que

se observaban sus acciones y palabras, no se conocia flaqueza en su

seguridad, ni dexaba de parecer Rey en la constancia con que procuraba

juntar los dos extremos de la dependencia y de la magestad. A ninguno

de sus criados y ministros (cuya comunicacion se le permitió desde

luego) descubrió el secreto de su opresion, ó porque se avergonzase de

confesarla, ó porque temió perder la vida, si ellos se inquietasen.

Todos miraron por entónces como resolucion suya este retiro: con que

no pasaron á discurrir en la osadía de los Españoles, que, de muy

grande, se les pudo esconder entre los imposibles, á que no está

obligada la imaginacion.

Así se dispuso y consiguió la prision de Motezuma, y él estuvo dentro

de pocos dias tan bien hallado en ella, que apénas tuvo espíritu para

desear otra fortuna. Pero sus vasallos vinieron á conocer con el

tiempo que le tenian preso los Españoles, por mas que le dorasen con

el respeto la sujecion. No se lo dexaron dudar las guardias que

asistian á su quarto, y el nuevo cuidado con que se tomaban las armas

en el quartel; pero ninguno se movió á tratar de su libertad, ni se

sabe que razon tuviesen, él para dexarse estar sin repugnancia en

aquella prision, y ellos para vivir en la misma insensibilidad, sin

extrañar la indecencia de su Rey. Digno fué de grande admiracion el

ardimiento de los Españoles; pero no se debe admirar ménos este

apocamiento de ánimo en Motezuma, Príncipe tan poderoso, y de tan

soberbio natural; y esta falta de resolucion en los Mexicanos, gente

belicosa, y de suma vigilancia en la defensa de sus Reyes. Podriamos

decir que anduvo tambien la mano de Dios en estos corazones; y no

pareceria sobrada credulidad, ni sería nuevo en su providencia: que ya

le vió el mundo facilitar las impresas de su pueblo, quitando el

espíritu á sus enemigos.

Historia de la Conquista de Mexico, Volume 2 (of 3) Poblacion y Progresos de la America Septentrional, Conocida por el Nombre de Nueva España · 第 25 / 46 题