_Execútase la prision de Motezuma: dáse noticia del modo como
se dispuso, y como se recibió entre sus vasallos._
No se puede negar que fué atrevimiento sin exemplar esta resolucion
que tomaron aquellos pocos Españoles de prender á un Rey tan poderoso
dentro de su corte. Accion que, siendo verdad, parece incompatible con
la sencillez de la historia: y pareciera sin proporcion, quando se
hallára entre las demasías ó licencias de la fábula. Pudiérase llamar
temeridad, si se hubiera entrado en ella voluntariamente, ó con mas
eleccion; pero no es temerario propiamente quien se ciega porque no
puede mas. Vióse Cortés igualmente perdido si se retiraba sin
reputacion, que aventurado si se mantenia sin volver por ella con
algun hecho memorable: y el ánimo, quando se halla ceñido por todas
partes de la dificultad, se arroja violentamente á los peligros
menores. Pensó en lo mas difícil, por asegurarse de una vez, ó porque
no se acomodaba su discurso á las medianías. Pudieramos decir que fué
magnanimidad suya el poner tan alta la mira, ó que la prudencia
militar no es tan enemiga de los extremos como la prudencia política;
pero mejor es que se quede sin nombre su resolucion, ó que, mirando al
suceso, la pongamos entre aquellos medios imperceptibles de que se
valió Dios en esta conquista, excluyendo, al parecer, los impulsos
naturales.
Eligióse finalmente la hora en que solian hacer su visita los
Españoles, porque no se extrañáse la novedad. Ordenó Cortés que se
tomasen las armas en su quartel: que se pusiesen las sillas á los
caballos, y estuviesen todos alerta, sin hacer ruido ni moverse hasta
nueva órden. Ocupó con algunas quadrillas á la deshilada las bocas de
las calles, y partió al palacio con los Capitanes Pedro de Alvarado,
Gonzalo de Sandoval, Juan Velazquez de Leon, Francisco de Lugo, y
Alonso Dávila: y mandó que le siguiesen disimuladamente hasta treinta
Españoles de su satisfaccion.
No hizo novedad el verlos con todas sus armas, porque las traían
ordinariamente, introducidas ya como trage militar. Salió Motezuma,
segun su costumbre, á recibir la visita: ocuparon todos sus asientos;
retiráronse á otra pieza sus criados, como ya lo estilaban de su
órden: y poniendo á Doña Marina y Gerónimo de Aguilar en el lugar que
solia, empezó Hernan Cortés á dar su queja, dexando al enojo todo el
semblante.
"Refirió primero el hecho de su General, y ponderó despues el
atrevimiento de haber formado exército, y acometido á sus
compañeros, rompiendo la paz y la salvaguardia real en que
vivian asegurados. Acriminó, como delito de que se debia dar
satisfaccion á Dios y al mundo, el haber muerto los Mexicanos á
un Español que hicieron prisionero: vengando en él á sangre
fria la propia ignominia con que volvieron vencidos. Y
últimamente se detuvo en afear, como punto de mayor
consideracion, la disculpa de que se valian Qualpopóca y sus
Capitanes, dando á entender que se hacia de su órden aquella
guerra tan fuera de razon: y añadió, por ser accion indigna de
su grandeza el estarlos favoreciendo en una parte, para
destruirlos en otra."
Perdió Motezuma el color al oir este cargo suyo; y con señales de
ánimo convencido interrumpió á Cortés para negar, como pudo, el haber
dado semejante órden. Pero él socorrió su turbacion, volviéndole á
decir:
"Que así lo tenia por indubitable; pero que sus soldados no se
darian por satisfechos, ni sus mismos vasallos dexarian de
creer lo que afirmaba su General, si no le viesen hacer alguna
demostracion extraordinaria, que borráse totalmente la
impresión de semejante calumnia: y así venía resuelto á
suplicarle que, sin hacer ruido, y como que nacia de su propia
eleccion, se fuese luego al alojamiento de los Españoles,
determinándose á no salir dél hasta que constase á todos que no
habia cooperado en aquella maldad. A cuyo efecto le ponia en
consideracion que, con esta generosa confianza, digna de ánimo
real, no solo se quietaria el enojo de su Príncipe, y el rezelo
de sus compañeros; pero él volveria por su mismo decoro y
pundonor, ofendido entónces de mayor indecencia: y que le daba
su palabra, como Caballero, y como Ministro del mayor Rey de la
tierra, de que sería tratado entre los Españoles con todo el
acatamiento debido á su persona: porque solo deseaban
asegurarse de su voluntad para servirle y obedecerle con mayor
reverencia."
Calló Cortés, y calló tambien Motezuma, como estrañando el
atrevimiento de la proposicion; pero él, deseando reducirle con
suavidad, ántes que se determináse á contrario dictámen, prosiguió
diciendo:
"Que aquel alojamiento que les habia señalado era otro palacio
suyo, donde solia residir algunas veces: y que no se podria
extrañar entré sus vasallos que se mudáse á él para deshacerse
de una culpa, que, puesta en su cabeza, sería pleyto de Rey á
Rey; y quedando en la de su General, se podria emendar con el
castigo, sin pasar á los inconvenientes y violencias con que
suele decidirse la justicia de los Reyes."
No pudo sufrir Motezuma que se alargasen mas los motivos de una
persuasion impracticable á su parecer: y dándose por entendido de lo
que llevaba dentro de sí aquella demanda, respondió con alguna
impaciencia:
"Que los Príncipes como él no se daban á prision, ni sus
vasallos lo permitirian, quando él se olvidáse de su dignidad,
ó se dexáse humillar á semejante baxeza. Replicóle Cortés: Que,
como él fuese voluntariamente, sin dar lugar á que le perdiesen
el respeto, importaria poco la resistencia de sus vasallos,
contra los quales podria usar de sus fuerzas sin queja de su
atencion."
Duró largo rato la porfía, resistiendo siempre Motezuma el dexar su
palacio, y procurando Hernan Cortés reducirle y asegurarle sin llegar
á lo estrecho. Salió á diferentes partidos, cuidadoso ya del aprieto
en que se hallaba. Ofreció enviar luego por Qualpopóca y por los demas
Cabos de su exército, y entregarselos á Cortés para que los castigáse.
Daba en rehenes dos hijos suyos, para que los tuviese presos en su
quartel hasta que cumpliese su palabra; y repetia con alguna
pusilanimidad, que no era hombre que se podia esconder, ni se habia de
huir á los montes. A nada salia Cortés, ni él se daba por vencido;
pero los Capitanes que se hallaban presentes, viendo lo que se
aventuraba en la dilacion, empezaron á desabrirse, deseando que se
remitiese á las manos aquella disputa: y Juan Velazquez de Leon dixo
en voz alta: _Dexémonos de palabras, y tratemos de prenderle ó
matarle._ Reparó en ello Motezuma, preguntando á Doña Marina qué decia
tan descompuesto aquel Español: y ella con este motivo, y con aquella
discrecion natural, que le daba hechas las razones, y hallada la
oportunidad, le dixo, como quien se recataba de ser entendida:
"Mucho aventurais, Señor, si no cedeis á las instancias de esta
gente: ya conoceis su resolucion, y la fuerza superior que los
asiste. Yo soy una vasalla vuestra, que desea naturalmente
vuestra felicidad; y soy una confidente suya que sabe todo el
secreto de su intencion. Si vais con ellos, seréis tratado con
el respeto que se debe á vuestra persona; y si haceis mayor
resistencia peligra vuestra vida."
Esta breve oracion dicha con buen modo y en buena ocasion le acabó de
reducir, y sin dar lugar á nuevas réplicas, se levantó de la silla
diciendo á los Españoles:
"Yo me fio de vosotros: vamos á vuestro alojamiento, que así lo
quieren los Dioses, pues vosotros lo conseguis, y yo lo
determino."
Llamó luego á sus criados: mandó prevenir sus andas y su
acompañamiento, y dixo á sus ministros:
"Que por ciertas consideraciones de estado, que tenia
comunicadas con sus Dioses, habia resuelto mudar su habitacion
por unos dias al quartel de los Españoles: que lo tuviesen
entendido, y lo publicasen así, diciendo á todos que iba por su
voluntad y conveniencia."
Ordenó despues á uno de los Capitanes de sus guardias que le traxese
preso á Qualpopóca y á los demas Cabos que hubiesen cooperado en la
invasion de Zempoala: para cuyo efecto le dió el sello real que traía
siempre atado al brazo derecho, y le advirtió que lleváse gente armada
para no aventurar la prision. Todas estas órdenes se daban en público,
y Doña Marina se las iba interpretando á Cortés y á los demas
Capitanes, porque no se rezelasen de verle hablar con los suyos, y
quisiesen pasar á la violencia fuera de tiempo.
Salió sin mas dilacion de su palacio, llevando consigo todo el
acompañamiento que solia: los Españoles iban á pie junto á las andas,
y le cercaban con pretexto de acompañarle. Corrió luego la voz de que
se llevaban á su Rey los extrangeros, y se llenaron de gente las
calles, no sin algunos indicios de tumulto, porque daban grandes
voces, y se arrojaban en tierra, unos despechados, y otros
enternecidos; pero Motezuma con exterior de alegría y seguridad los
iba sosegando y satisfaciendo. Mandábales primero que callasen, y al
movimiento de su mano sucedia repentino el silencio. Deciales despues,
que aquella no era prision, sino ir por su gusto á vivir unos dias con
sus amigos los extrangeros: satisfacciones adelantadas, ó respuestas
sin pregunta, que niegan lo que afirman. En llegando al quartel (que
como diximos era la casa real que fabricó su padre) mandó á su guardia
que despejáse la gente popular, y á sus ministros que impusiesen pena
de la vida contra los que se moviesen á la menor inquietud. Agasajó
mucho á los soldados Españoles que le salieron á recibir con reverente
alborozo. Eligió despues el quarto donde queria residir: y la casa era
capaz de separacion decente. Adornóse luego por sus mismos criados con
las mejores alhajas de su guardaropa: pusose á la entrada suficiente
guardia de soldados Españoles: dobláronse las que solian asistir á la
seguridad ordinaria del quartel: alargáronse á las calles vecinas
algunas centinelas, y no se perdonó diligencia de las que
correspondian á la novedad del empeño. Dióse órden á todos para que
dexasen entrar á los que fuesen de la familia real, que ya eran
conocidos, y á los nobles y ministros que viniesen á verle: cuidando
de que entrasen unos y saliesen otros, con pretexto de que no
embarazasen. Cortés entró á visitarle aquella misma tarde, pidiendo
licencia, y observando las puntualidades y ceremonias que quando le
visitaba en su palacio. Hicieron la misma diligencia los Capitanes y
soldados de cuenta: diéronle rendidas gracias de que honráse aquella
casa, como si le hubiera traido á ella su eleccion; y él estuvo tan
alegre y agradable con todos, como si no se hallaran presentes los que
fueron testigos de su resistencia. Repartió por su mano algunas joyas
que hizo traer advertidamente para ostentar su desenojo; y por mas que
se observaban sus acciones y palabras, no se conocia flaqueza en su
seguridad, ni dexaba de parecer Rey en la constancia con que procuraba
juntar los dos extremos de la dependencia y de la magestad. A ninguno
de sus criados y ministros (cuya comunicacion se le permitió desde
luego) descubrió el secreto de su opresion, ó porque se avergonzase de
confesarla, ó porque temió perder la vida, si ellos se inquietasen.
Todos miraron por entónces como resolucion suya este retiro: con que
no pasaron á discurrir en la osadía de los Españoles, que, de muy
grande, se les pudo esconder entre los imposibles, á que no está
obligada la imaginacion.
Así se dispuso y consiguió la prision de Motezuma, y él estuvo dentro
de pocos dias tan bien hallado en ella, que apénas tuvo espíritu para
desear otra fortuna. Pero sus vasallos vinieron á conocer con el
tiempo que le tenian preso los Españoles, por mas que le dorasen con
el respeto la sujecion. No se lo dexaron dudar las guardias que
asistian á su quarto, y el nuevo cuidado con que se tomaban las armas
en el quartel; pero ninguno se movió á tratar de su libertad, ni se
sabe que razon tuviesen, él para dexarse estar sin repugnancia en
aquella prision, y ellos para vivir en la misma insensibilidad, sin
extrañar la indecencia de su Rey. Digno fué de grande admiracion el
ardimiento de los Españoles; pero no se debe admirar ménos este
apocamiento de ánimo en Motezuma, Príncipe tan poderoso, y de tan
soberbio natural; y esta falta de resolucion en los Mexicanos, gente
belicosa, y de suma vigilancia en la defensa de sus Reyes. Podriamos
decir que anduvo tambien la mano de Dios en estos corazones; y no
pareceria sobrada credulidad, ni sería nuevo en su providencia: que ya
le vió el mundo facilitar las impresas de su pueblo, quitando el
espíritu á sus enemigos.