Si para ser poeta hace al caso
hablar de musas ó del dulce riso,
por mi descargo de conciencia aviso
que haga de mí el mundo poco caso.
Esto que me sucede á cada passo,
si quien quise me quiso ó no me quiso,
esto tengo en mis versos por más liso
que andar por Helicón ó por Parnasso.
Si Domenga me miente ó me desmiente,
¿qué me harán los Faunos y Silvanos,
ó el curso del arroyo cristalino?
Todos son nombres flacos y livianos,
que á juicio de sabia y cuerda gente,
lo fino es: _pan por pan_, _vino por vino_.
Á todos agradó el _soneto_ de SIRALVO,
pero Batto, que era de contraria opinión,
dijo otros suyos, haciéndose en alguno,
_Roca contrapuesta al mar_, y en alguno,
_Nave combatida de sus bravas ondas_,
y aún en alguno, _Vencedor de leones
y pastor de inumerables ganados_;
en estas impertinencias se passó la
mayor parte de la noche, y cargando el
sueño, _Batto_ y SIRALVO cortésmente
se despidieron, y MENDINO y CARDENIO
quedaron con mucho agradecimiento, y
SIRALVO pagadíssimo de la habilidad de
entrambos, con lo cual se entregaron al
reposo, que aunque necesitado dél, fué
breve, porque apenas cogió Titán los
postreros abrazos de la tierna esposa,
y la estrella del Alba pidió albricias
del alegre día, y en los verdes ramos,
cargados del maduro fruto, las avecillas
comenzaron á moverse, cuando _Mendino_
de sus gallardos miembros sacudió el
sueño, y libres de aquella imagen de
la muerte, salió del lecho y sacó á
_Cardenio_ y _Siralvo_, y todos tres
dexando bastantes pastores y zagales, se
pusieron en camino para buscar al sabio
Erión, y á pocos pasos oyeron el son de
una melodiosa zampoña, el cual llevando
sus ojos á la parte donde resonaba,
vieron venir por entre los sombríos
ramos uno que en hermosura de rostro
y gallardía de miembros más cortesano
mancebo que rústico pastor representaba;
eran sus luengos cabellos más rubios
que el fino ámbar, su rostro blanco y
hermoso, bien medido, cuyas facciones,
debajo de templada severidad, contenían
en sí una agradable alegría. Traía un
sayo de diferentes colores gironado, mas
todo era de pieles finíssimas de bestias
y reses, unas de menuda lana y otras de
delicado pelo, por cuyas mangas abiertas
y golpeadas salían los brazos cubiertos
de blanco cendal, con zarafuelles del
mismo lienzo, que hasta la rodilla le
llegaban, donde se prendía la calza de
sutil estambre. Bien descuidado venía de
ser visto y assí hacía extremos extraños
aunque no feos, entre los cuales fué el
uno quebrar furiosamente la zampoña con
que las cercanas selvas resonaban; pero
después, como arrepentido ó constreñido
de necesidad, se llegó á un verde sauce,
donde con un pequeño cuchillo comenzó
á labrar otra, sentado sobre la fresca
hierba, y allí las manos en su oficio y
los ojos en el cielo comenzó á decir:
«¡Oh Cielo, que adornado de claro Sol y
de agradable Luna, más te me muestras
hermoso que benigno, si después de tu
ira sueles oir las voces de los que
con dolor te llaman, oye agora las
querellas deste á quien todo bien y
contentamiento es ajeno! Cierto yo creo
que la causa de tanta pena y fatiga, de
tanto mal y cuidado, de sólo imaginarlo
no se acuerde; la cual cosa, si cierto
es verdad, no sé cómo te baste dureza,
no sé, ¡oh alto Cielo! cómo te baste
justicia para no remediar tan fiero daño,
aplacando aquélla que con su rostro los
ojos míos alegrar solía, mi alma con
sus palabras confortaba, mi corazón con
su belleza atraía domado, no como agora
al yugo del desamor y olvido, pero á la
sabrosa cadena de su templada voluntad.
Cierto yo no sé quién de aquí adelante
me sea agradable, ni quién remedie mis
daños, ni dé alivio á la carga de mi mal,
si la que más amo y es la causa dél, tan
olvidado le tiene, y tú, cielo sordo, tan
descuidado estás de esta memoria. ¡Ay,
Arsia mía, causa principal, contigo me
vi alegre en dulces pláticas, contigo en
deleite cazando por los altos montes,
contigo dichoso visitando los sacros
templos; ya sin ti por pequeña ocasión
me veo triste, lleno de dolor y miseria;
sin ti me veo mezquino, siempre llorando,
solo y sin voluntad de compañía; ¡ay
cuántas veces contigo coroné los toros,
reduje y estreché los ganados con el son
de mi zampoña y tu lira, al cual unos de
pacer olvidados escuchaban y otros de
placer conmovidos rumiaban las tiernas
y matutinas hierbas! ¡y cuántas veces
sin ti, olvidado el hato por los riscos
y solitarios valles, me lamento, donde
mis ojos te dan ríos, ríos te dan mis
ojos; y mi triste zampoña te canta, entre
mis justas querellas, alguna parte de
tus más justos olores; de manera que ya
los árboles á tu suave nombre con sus
hojas me responden, y yo enseñaré á las
bestias que con sus bramidos, al son dél,
muestren temor y humildad, escribiendo
por estos olmos, por estas hayas, por
estos pinos, tu crueldad y mi pena, tu
beldad y mi firmeza; de manera que en
largos tiempos dure tu memoria, y de
temor sea tu nombre reverenciado, sin que
jamás la fama de tu valor y mi dolor se
acabe!».
Apenas el sin ventura había llegado á
los postreros acentos de su querellosa
plática, cuando repentinamente, sin
poder los pastores avisarse, le vieron
caído en tierra, y queriendo llegar á
socorrelle, les fué forzado dexarle por
no impedir á una Ninfa que lastimosa á él
vieron llegar, cuya hermosura juzgaron
digna de las palabras del desmayado
amante; mas ella llorosa y con angustiado
rostro vertió sobre el pastor abundantes
lágrimas, y después con ardientes
sospiros le decía:
«¡Oh, Livio, Livio, más hermoso que el
sol, más gracioso que el alba y más
suave que el aura! Tú solo, desde tu
nacimiento, fuiste agradable á mis ojos,
tú sólo fuiste dulce á mi alma, tú solo
deleitoso á mis sentidos, mas tú solo
injusto á mis orejas. ¡Oh, Livio, Livio,
amarga fueque tu voluntad violaste;
contentáraste con lo mucho que te
amaba; miraras la amistad que te hacía,
pues bastara á entretener cualquier
ardiente deseo; mas ¡ay! que ni bastó
mi honestidad á refrenar tu apetito ni
mi respeto á mudar tu intención, y assí
con ambas cosas me injuriaste y con tu
valor me tienes en tu cadena: conténtate
con que si penas, peno; si amas, amo, y
si me sigues, huyo de mi mismo contento
y alegría, y no quieras más mal de lo
passado, y agora, pues con mi vista
te arrodillaste y con mis lágrimas
recuerdas, quédate á Dios, que no es
justo que veas á quien con el corazón
amas y con los hechos aborreces!».
En esto la hermosa Ninfa, temerosa del
pastor que en su acuerdo volvía, comenzó
á apresurar los passos por la espessura;
mas el pastor, que con sobresalto en sí
volvió, mirando á una y á otra parte se
levantó del suelo y la comenzó á seguir
repitiendo su nombre muchas veces: de la
cual cosa nuestros pastores extrañamente
admirados, quisieron ver el fin de
aquella historia, y siguiéronlos á passo
largo sin detenerse más de una milla,
que no los perdieron de vista hasta la
traspuesta de un monte, que como tragados
de la tierra se desaparecieron; y casi
corridos de no haberlos alcanzado,
baxaron de la cumbre y no se dexaron
andar por un valle espacioso donde á
partes yermo y á partes plantado estaba
lleno de frescura y deleite. Llamábase
éste el valle del Venero, porque casi
en medio de él estaba una fresquíssima
fuente rodeada de olmos y salces. Aquí
guiaron nuestros pastores con intención
de reposar un rato en ella y aliviar del
peso á los zurrones comiendo de lo que
dentro traían; mas esto no pudo ser como
pensaron, que á poca distancia antes que
llegassen, ya que á sus oídos tocaba el
rumor de la agradable corriente, toparon
á Carpino que les salió al encuentro,
rico y noble rabadán, de poca edad y de
muchos casos, amigo de Amor pero más de
su libertad, y assí á cada cosa acudía
con un mismo cuidado; éste les dijo que
se detuviessen si no querían turbar á
cinco Ninfas que en la fuente reposaban,
y él había esperado si alguna desmandada
viniesse por allí con intenciún de
hablarle; mas ellas, después de largas
pláticas se habían quedado dormidas,
y que á la otra parte del valle á la
entrada de la selva tenían sus redes
armadas y otra Ninfa que las estaba
guardando; al razonar de Carpino, ó caso
que ellas lo oyessen, ó que el cuidado
les quitasse el sueño, comenzaron á
hablar, y los pastores, por oirlas, se
entraron con gran silencio entre las
matas, donde fácilmente las conocieron
y se vieron llenos de contentamiento.
Por lo menos eran la sin par FILIDA,
la discreta Filis, la gallarda Clori,
la hermosa y agradable Albanisa y la
graciosa y bella Pradelia, entre las
cuales FILIDA, sacando la lira por su
ruego casi divinamente tocada, y pienso
que de los divinos espíritus atentamente
oída, cantó esta letra antigua con estas
coplas de su raro ingenio:
_Letra._