Donde sobra el merecer,
aunque se pierda la vida
bien perdida no es perdida.
Tal ganancia hay que desplace
y tal perder que es ganar,
que á todo suele bastar
la forma con que se hace;
de tal arte satisface
nuestro valor á mi vida,
_que perdida no es perdida_.
La vanagloria de verme
morir en vuestro servicio
será el mayor beneficio
que el vivir puede hacerme;
para pagar el valerme
quiero yo poner la vida,
_do perdida no es perdida_.
De lo que el Amor ha hecho
no puedo llamarme á engaño,
que si fué en la vida el daño,
en la muerte está el provecho;
si de trance tan estrecho
se aparta y libra la vida,
_es perdida y más perdida_.
Ser la vida despreciada
si en la muerte no se cobra,
bien se conoce que es obra
sobrenatural causada;
á vos sola es otorgada
tal potestad en la vida,
_si es perdida ó no es perdida_.
Mal se les hace esta noche á los nuevos
amantes su propósito, que si Arsiano
fué impedido, á la primera canción de
Liardo, Liardo lo fué de la misma suerte,
porque apercibiéndose para la segunda,
de la parte del soto comenzó á sonar
una flauta y tamborino, y esperando
quien fuesse llegó Damón, que era el que
tañía, y con él Barcino y Colin, grandes
apassionados de Dinarda. Poco se les dió
que los demás pastores estuviessen junto
á la cabaña, antes llegándose á ellos,
Barcino los desafió á bailar, y Fronimo
(que no era menos presumido) salió al
desafío, y aunque al principio comenzaron
á nombrar grandes precios en su apuesta,
al cabo acordaron que se bailasse la
honra. Pusieron por juez á Sasio, y
aguardando que passasse una nube que les
impedía la luna, apenas mostró su cara
clara y redonda cuando Fronimo comenzó
un admirable zapateado, que el tamborino
tenía que hacer en alcanzalle: acabó con
una vuelta muy alta y zapateta en el
aire que fué solenizada de todos; y á la
hora Barcino, que ya tenía las haldas en
cinta y las mangas á los codos, entró
con gentil compas bailando, y á poco
rato comenzó unas zapatetas salpicadas;
luego fué apresurando el son con mudanzas
muchas y muy nuevas, y cuando quiso
acabar tomó un boleo en el aire con mayor
fuerza que maña de arte, que por caer de
pies cayó de cabeza. Su dolor y el polvo
y la risa de los pastores fué causa de
correrse Barcino, de manera que si Sasio
no le animara se alborotara la fiesta,
y pidiéndole que juzgasse les dixo que
sabían que el premio era la honra, y
el uno la había hallado en el aire y
el otro en el polvo, que pues assí era
toda la del mundo, ambos quedaban muy
honrados. A este tiempo ya Arsiano se
había mezclado con ellos, cansando de
estar escondido, y viéndose juntos Sasio
y él, unas veces ellos cantando y otras
Damón tañendo, passaron la mayor parte
de la noche. ¿Deseó saber si Amarantha y
Dinarda los oían? Sí, sin duda, porque
Dinarda acostumbrada estaba á oirlos; y
Amarantha, aunque triste, no por esso
sería desconversable. Idos los pastores,
las dos volvieron á sus consejas, que
desde el principio de la noche las
tenían comenzadas: su resolución fué que
Amarantha se viesse con Finea y á Arsiano
se le encomendasse que buscase á Alfeo
donde quiera que estuviesse. Con esto
(saliendo de la cabaña) vieron los más
altos montes coronados del vecino sol,
y oyeron las aves del día saludando la
nueva mañana. Todo para Amarantha era
tristeza y desconsuelo, y no sé si igual
la gana de hallar á Alfeo y de ver á
Finea. En fin, los dos, sin más compañía,
enderezaron á su cabaña, donde la
hallaron no tan alegre como otras veces
pudieran; pero dissimulando lo más que
pudo, las recibió con gracioso semblante.
Era discreta Finea y no menos hermosa, y
assí se lo pareció á Amarantha, y le dixo
en viéndola: Muy hermosa eres, serrana.
Al menos muy serrana, dixo Finea. La
condición, dixo Amarantha, no sé yo si
lo es, mas la cara de sierra. Lo uno y
lo otro, dixo Finea, fué criado entre las
peñas do apenas las aves hacen nidos. ¿Y
quién te truxo acá? dixo Amarantha. Quien
te podría llevar allá, dixo Finea. De
esso me guardaré yo, dixo Amantha; pero
dime, serrana, ¿dónde está Alfeo? Como
es grande, dixo Finea, para traerle en
la manga, no te lo sabré decir. A estar
de gana, dixo Amarantha, gustara de la
respuesta; pero dime, serrana, ¿sabes
cómo es Alfeo fugitivo? No, dixo Finea;
pero sé que la causa de serlo le podría
desculpar. Essa, dixo Amarantha, yo te
la diré: testigo me es el cielo que no
se la dí; porque si dexé de acudir á su
contento no fué por falta de voluntad,
sino por más no poder: y cuando pude
ya no le hallé, y agora cansada de
esperarle, olvidé honra y vida, y, como
ves, le vengo á buscar: pues no será
razón que tú me usurpes mi contento.
Yo, dixo Finea, muy poca parte soy para
esso; hombre es Alfeo que sabrá dar
cuenta de sí y tú mujer que acertarás á
tomársela; quiérate él pagar las deudas
que publicas, que yo os serviré de balde
á entrambos. Por más cierto tengo, dixo
Amarantha, serviros yo á los dos; pero
ya que no te hallas parte para lo que
he dicho, seilo siquiera para que yo
le hable. Haz tú lo que yo hago, dixo
Finea, cuando quiero verle, y no habrás
menester rogar á nadie. ¿Qué haces? dixo
Amarantha. Búscole, dixo Finea, hasta
que lo hallo. Yo estimo en mucho el
consejo, dixo Amarantha, y assí le pienso
tomar; adiós, serrana. Adiós, pastora,
dixo Finea, y quedándose en su cabaña,
ellas guiaron á la de Siralvo, donde
entendieron hallar á Alfeo; pero como
allá llegaron, Siralvo muy cortésmente
las recibió y les dió la entrada franca,
para que se assegurassen de que no estaba
allí. Ya en esto iba el veneno creciendo
en el pecho de Amarantha, porque estaba
muy fiada que en viéndola Alfeo sería
lo que ella quisiesse; y como veía que
este medio le iba faltando, la paciencia
también le faltó, y vuelta á la cabaña
con Dinarda, soltó la rienda al llanto y
al dolor, sin ser parte Dinarda para su
consuelo, ni la continuación de muchos
caudalosos pastores que, vencidos de su
beldad, de mil maneras procuraban su
contento. Assí passaron algunos días
sin que Alfeo saliesse donde ella le
pudiesse ver; pero pareciéndole que el
encerramiento iba muy largo, determinó
de salir con licencia de Finea, que
aunque temerosa de la hermosura de
Amarantha, pudo más la confianza de su
amador. Muchas veces Amarantha y Alfeo
se toparon y estuvieron á razones solos
y acompañados; pero siempre Finea llevo
la mejor parte, y no por esso Amarantha
cessaba en su porfía. ¡Oh cuántas veces
se arrepintió de su mal término passado,
y cuántas quisiera que se abriera
la tierra y la tragara! Tal andaba
Amarantha, que muchas veces se quiso dar
la muerte, y tal andaba Arsiano por su
amor, que á sólo ella se podía comparar:
que aunque otros muchos comenzaron,
ninguno con las veras que él prosiguió.
Yo le vi una vez (entre otras) solo
con ella en la ribera, tan desmayado y
perdido que quise llegar á darle ayuda,
pero cuando volvió en sí, viendo los ojos
de la hermosa pastora que (en nombre de
Alfeo) vertían abundantes lágrimas, sacó
la flauta y al son della con gran ternura
les dixo: