PRADELIO

Si no te he dicho, DESEO,

en la estimación que estás,

sabe que te tengo en más

que á los ojos con que veo;

y no es demasiada fiesta,

que una prenda tan valida,

no es mucho que sea tenida

en lo menos que me cuesta.

Aunque tú quedaste en calma

sin viento que te contraste,

bien sabes que me anegaste

la luz del cuerpo y del alma,

y visto parte por parte,

pues solo suples la falta,

de todo lo que me falta,

por todo debo estimarte.

Yo voy ciego, y voy sin guía,

por la mar de mis enojos,

y tú das lumbre á mis ojos

más que el sol á medio día;

no puede imaginación

engastar perla de Oriente

que esté tan resplandeciente

como tú en mi corazón.

Voy á remo navegando,

es la imán mi voluntad,

y sola tu claridad

el norte que va mirando

el débil barquillo abierto,

sin merecimiento en él,

y en el naufragio cruel

eres mi seguro puerto.

No espero jamás bonanza

en la vida ni en la muerte,

mas bástame á mí tenerte

en lugar de la esperanza;

bien sé que en ti se turbó

el sossiego más sereno,

mas no hay ninguno tan bueno

por quien te trocase yo.

Vengan penas desiguales,

y por caudillo desdén,

que sola serás mi bien,

aunque les pese á mis males.

Tú, en la esperanza más dura,

tú sola, en el día malo,

tienes de ser mi regalo,

mi consuelo y mi blandura.

¿No fuiste engendrado, dime,

de aquellos ojos beninos

por quien quedarán indinos

los que el mundo en más estime?

Y en mi pecho concebido,

y en la vida alimentado,

hijo que tanto ha costado,

¿no es razón que sea querido?

Juzguen el justo caudal

que hago de ti por vicio;

digan que en este edificio

eres arena sin cal;

llamen tu hecho arrogancia,

sin esperanza á do fueres,

que yo que entiendo quién eres

confessaré tu importancia.

¡Oh, cuánto me has de costar

en cuanto no me acabares!

mas cuanto más me costares,

tanto más te he de estimar;

los daños de aquesta historia,

bravos son considerados;

vistos no, que van mezclados

contigo, que eres mi gloria.

El rato que considero

la gracia, la gentileza,

la discreción, la belleza,

por quien á tus manos muero,

no sólo el dolor terrible

passo sin dificultad,

pero con facilidad

te sufro en ser impossible.

Quizá dirán devaneas

muchos que saben de Amor.

¿Qué es cosa y cosa, amador,

deseas ó no deseas?

Responderles he que sí

y que el mal que Amor me hace,

de mi desventura nace,

y el bien y el honor, de ti.

Pues, ilustre DESEO mío,

¿quién te torcerá el camino,

si veniste por destino,

y vences por albedrío?

Eres una dulce pena,

eres un contento esquivo,

eres la ley en que vivo,

y en la que Amor me condena.

Las coplas me han contentado, dixo

Silvia, porque son del arte que yo las

quiero; tienen llaneza y juntamente

gravedad. En mil obras de poetas he

leído á Caribdis y Scila y Atlante y el

humido Neptuno, cosa bien poco importante

en amores, y que se dexa entender que

no le sobran conceptos al que se acoge

á los ajenos. Mas ahora, ¿qué hará

Siralvo? ¿Es su cabaña aquélla? Sí, dixo

Pradelio, vamos por allí, que él holgará

de hacernos compañía. Qué fresca es,

dixo Finea, esta Fuente de Mendino; pues

allí me parece que duermen dos pastores

y, sin duda, son Alfeo y Siralvo. Sí

son, dixo Finea; y llegando más cerca,

al ruido los dos pastores recordaron,

y saludándose alegremente determinaron

de seguir á Silvia, y ella, que en

extremo era graciosa y discreta, los fué

entreteniendo hasta llegar á la cabaña de

Filena, donde la hallaron vestida de una

grana fina, con pellico azul de palmilla,

pespuntado de pardo y lazadas verdes;

camisa labrada de blanco y negro, y el

cabello, en cinta leonada, trenzado con

ella; estaba Florela vestida de verde

claro, saya y pellico; el cabello cogido

en una redecilla de oro, y un cayado en

la mano. Con la llegada de los pastores

creció su hermosura y gentileza, y tras

breves pláticas supieron que la sin par

FILIDA iba al templo de Pan, Dios de

los pastores, y enviaba por Filena, y

tendría mucho gusto de que todos fuessen

allá, porque estaría sola con Belisa,

la vieja Celia, Campiano y Mandronio,

doctíssimos maestros del ganado. Con

esta seguridad tomaron el camino del

templo, donde en breve espacio passaron

grandes cosas. Siralvo supo de Florela

cómo trataban de casar á FILIDA, y

FILIDA estaba tan congojada de ver á

sus deudos determinados, que se pensaba

ir con Diana sin ninguna duda, y porque

la tenían la noche antes no se lo había

dicho, mas ya estaba declarado por la

una parte y por la otra. Este fué agudo

puñal para el corazón de Siralvo, y

mucho más holgara de verla casada que

con Diana en los montes, donde el verla

y oirla sería con mayor dificultad; pero

certificado de que era su gusto hacerlo,

se consoló con Florela cuanto pudo. Por

otra parte, Silvia y Filena trataron de

la causa de Filardo y Pradelio, y sin

valerle á Silvia sus ruegos ni razones,

Filardo quedó excluído y Silvia corrida

y triste; llamó al pastor y á Dinarda, y

despidiéndose los tres se volvieron, á

gran pesar de Filardo y á mayor placer

de Pradelio, porque tuvo lugar de irse

con la pastora Filena solo á su voluntad

platicando. Finea y Alfeo no se hicieron

mala compañía; porque si él se desterró

enamorado y desfavorecido, ella hizo

otro tanto; un mismo dolor los afligía,

y una misma razón los debiera consolar;

mas agora, de todos seis sólo Pradelio y

Finea, contentos, llegaron al templo del

semicabro Pan, donde fueron de la sin

par FILIDA y los que con ella estaban

favorablemente recebidos, y sacando la

anciana Celia preciosas conservas, por

ruego de FILIDA, los pastores comieron

del desusado manjar y bebieron del agua

fresca que en el jardín del templo había;

luego anduvieron por él mirando y, entre

otras cosas, hallaron, de sutil mano y

pincel, la bella Siringa convertida en

caña, y el silvestre amante juntando con

cera los nuevos cañutos. Adelante, en

una gran tabla, estaban, por letras y

números, las leyes pastorales, el tiempo

de desquilar, el modo de untar la roña,

el talle del mastín, la forma del cayado,

el arte de hacer el queso, manteca y

otras muchas menudencias más y menos

importantes; y por si alguno se acordasse

que el silvestre Dios fué de Hércules,

por amores de Deyanira, despeñado, quiso

el pintor que se viesse la fuerza de su

despeñador, y assi puso alrededor del

templo sus espantosas hazañas.

Primero, en su concepción, Júpiter, su

padre, trasformado en Amphitrión, marido

de su madre Alcumena.

Después, en su nacimiento, la madrastra

Juno hecha pobre vejezuela y con hechizos

estorbando el peligroso parto; pero

después, con la astucia de Agalante, está

nacido el poderoso Hércules en compañía

del no menos valeroso hermano, hijo de su

padrasto Amphitrión.

Después desto se veían los muchachos

solos, en sendas cunas; el de Amphitrión

llorando, de dos culebras enviadas, de

la venenosa Juno; pero Hércules, que

de soberano poder era ayudado, asiendo

con sus tiernas manecillas las fieras

culebras, las tenía ahogadas.

Tras esto estaba, cuando llevó vivo á

Euristheo el fiero puerco de Arcadia

del monte Erimantho, donde estaba (por

maldición de Diana) destruyendo los

campos y labores, y matando cuanta gente

hallaba ó le buscaba por la fama de su

fuerza.

Luego se veía la Selva Nemea, y el gentil

mancebo por ella, siguiendo al fiero

León, al cual, alcanzado, rompía con sus

manos las fuertes quijadas, y después

desollándole se cubría de su duríssima

piel.

Assí vestido, estaba más adelante en la

Laguna Lernea, llena por sus anchas islas

de juncos y cañaverales, peleando con la

fiera Sierpe Hidra; más viendo que si le

cortaba una cabeza, por sola aquella le

nacían siete, después que con la espada

la tajaba el duro cuello, sobre la misma

herida ligeramente le pegaba un hacha de

vivo fuego.

Aunque esto se veía vivamente retratado,

no parecía menos bien la lucha suya y del

gran Anteo, al cual, como Hércules vido

que dejándose caer sobre la Tierra (cuyo

hijo era), cobraba dobladas fuerzas en

sus brazos, con los suyos le apretaba de

manera que, quitándole el alma, le hacía

extender el cuerpo, desasido de su bravo

y fuerte vencedor.

Adelante estaba, en el Occeano de Africa,

matando el fiero Dragón de la Huerta

de Atlante. Y después victorioso con

las Manzanas de oro. Tras esto, en el

monte Aventino, viendo que el ladrón

Caco, hijo de Vulcano y Venus, le había

hurtado sus vacas, le estaba poniendo

fuego á su fuerte cueva, donde con lumbre

y humo le procuraba dar la muerte: y al

fin salido della, echando por su boca y

oídos grandes llamas, procuraba en vano

defenderse; pero el valeroso Alcides,

teniéndole en el suelo, sin ninguna

piedad le ahogaba.

Luego sustentando el Cielo con sus

hombros.

Después, amarrando al Can Cerbero y

sacándole á él y á Proserpina robados,

dejaba herido á Plutón, Dios de los

Infiernos. No con menos agonía peleaba

con el de las Aguas Acheloo, al cual

habiendo vencido en su propia figura de

gigante, y después de Dragón, cuando le

ve hecho Toro, con risa le abate, y quita

el Cuerno de su frente.

Tras esta lucha estaba la Cierva en

Menalo, con sus pies de metal y cuernos

de oro, á quien con gran trabajo Hércules

mataba triunfante con los ricos despojos

de su empresa.

Assimismo desterraba las Harpías, por

voluntad del Rey Fineo.

Luego, más trabajosamente, dividía los

altos montes de Calpe y Abila, por donde

el fiero mar estrechamente passasse.

Más allí se mostraba con las pesadas

colunas en sus hombros.

Tras esto, en la ribera del mar, libraba

á Hesiona, hija de Laomedón, matando la

fiera que para su comida la buscaba.

Después, á aquel que, por voluntad de

los Dioses, en el monte Cáucaso, viendo

comer sus hígados de una cruel águila,

brevemente criaba otros donde el mismo

tormento se le diesse.

Más adelante estaba cuando la gente

Pigmea, al pie del monte, le quiso matar

viéndole dormido.

Y cuándo llevó los pueblos franceses

atados á su lengua.

Y cuándo al que con sangre humana

engordaba sus caballos dió el mismo

castigo, haciéndole manjar dellos.

Y cuándo en las bodas mató los

Sagitarios: veíase el Centauro Nesso

muerto con sus saetas, al tiempo que al

passar el río Eveno le llevaba á Deyanira.

Llegado, pues, al fin desta historia, se

veía lastimosamente, casi en venganza

de la quebrantada pierna del Dios

Pan, cuándo la celosa mujer, con la

engañosa camisa que el Centauro le dió,

pensando remediar su mal, fué causa

de mayor daño, porque, vistiéndosela

el ausente marido, con la furia del

pestífero veneno que en sí tenía se

le pegó á las carnes, y abrasándole

los tuétanos y entrañas, el sinventura

Hércules, fuera de su sentido, vertía

los humildes sacrificios, derribaba los

templos y arrancaba los duros troncos, y

procurando desnudarse, despedazaba sus

mismas carnes, descubriendo los propios

huessos y nervios por donde, como de gran

hoguera, salía un espesso humo, y él,

mirando á los cielos con amargo rostro,

á ratos de su crueldad parecía que se

quexaba, y otros pedía socorro á tan

insufrible y dolorosa muerte, á veces

que, sin sentido, destruyendo sus carnes,

se tendía en tierra y callaba.

Estaba sobre un altar, en medio del

templo, el vestido, el cayado y la lira

de Apolo, aquel mismo apero con que moró

en las selvas, y por las altas colunas

sembrados infinitos despojos de pastores

y fieras, cayados y zampoñas, cabezas de

los lobos y pies de águilas, versos y

prosas que no poca hermosura acrecentaban

al grandioso templo. Pero Siralvo, que en

FILIDA veía el de su alma, pocas señas

pudiera dar de lo que aquél tenía; y

ella, que no dudaba los efectos de su

valor, no lo hacía en volver la luz de

sus hermosos ojos al enamorado pastor,

robándole nuevamente, á cada vuelta, el

alma, y dejándole cada vez nueva vida con

que viviesse. En tanto que esto passaba,

Sasio y Arsiano vinieron allí por orden

de Mandronio, y viendo junto cuanto

en la música podía desearse, amén de

Filardo y Matunto, que si no eran más no

eran menos, acordaron de entrarse en el

jardín del templo, que, aunque pequeño,

era lleno de frescura y deleite. Nunca

Vertuno tuvo los suyos compuestos con

tanta destreza como éste lo estaba sin

arte; las flores y hierbas, las aguas

y las aves que en él moraban, todo era

extremadamente bueno. Pues como dentro

se vieron, Florela, que tiernamente á

su señora amaba, mirando su hermosura

y la habilidad de los pastores con la

comodidad del tiempo y del lugar, pidió

encarecidamente que, tomando el sujeto

de la beldad de FILIDA, cantassen; deseo

fué el de Florela que todos le tenían,

y tocando el principio de la empresa á

la gentil Belisa, desta manera comenzó

su canto, y desta fueron por su orden

prosiguiendo:

Orígenes de la novela, Tomo II · 第 387 / 605 题