La honesta majestad y el grave tiento,
modestia vergonzosa, y la cordura,
el sossegado y gran recogimiento,
Y otras virtudes mil, que la hermosura,
que en todo el mundo os da nombre famoso,
encumbran á la más suprema altura,
En passo tan estrecho y peligroso
mi corazón han puesto, hermosa Alcida,
que en nada puedo hallar cierto reposo.
Lo mesmo que á quereros me convida,
el alma ansí refrena, que quisiera
callar, aunque es á costa de la vida.
¿Cuál hombre duro vido la manera
conque mirando echáis rayos ardientes,
que no enmudezca allí y callando muera?
¿Quién las bellezas raras y excelentes
vido de más quilate y mayor cuenta
que todas las passadas y presentes,
Que en la alma un nuevo amor luego no sienta,
tal que la causa dél le atierre tanto
que solamente hablar no le consienta?
Tanto callando sufro, que me espanto
que no esté de congoja el pecho abierto
y el corazón deshecho en triste llanto.
Esme impossible el gozo, el dolor cierto,
la pena firme, vana la esperanza:
vivo sin bien, y el mal me tiene muerto.
En mí mesmo de mí tomo venganza,
y lo que más deseo, menos viene,
y aquello que más huyo, más me alcanza.
Aguardo lo que menos me conviene,
y no admito consuelo á mi tristura,
gozando del dolor que el alma tiene.
Mi vida y mi deleite tanto dura
cuanto dura el pensar la gran distancia
que hay de mí á tal gracia y hermosura.
Porque concibo en la alma una arrogancia
de ver que en tal lugar supe emplealla,
que el corazón esfuerzo y doy constancia.
Pero contra mí mueve tal batalla
vuestro gentil y angélico semblante,
que no podrán mil vidas esperalla.
Mas no hay tan gran peligro que me espante,
ni tan fragoso y áspero camino,
que me estorbe de andar siempre adelante.
Siguiendo voy mi proprio desatino,
voy tras la pena y busco lo que daña,
y ofrezco al llanto el ánimo mezquino.
Perpetuo gozo alegra y acompaña
mi vida, que penando está en sossiego,
y siente en los dolores gloria extraña.
La pena me es deleite, el llanto juego,
descanso el suspirar, gloria la muerte,
las llagas sanidad, reposo el fuego.
Cosa no veo jamás que no despierte
y avive en mí la furia del tormento,
pero recibo en él dichosa suerte.
Estos males, señora, por vos siento,
destas passiones vivo atormentado
con la fatiga igual al sufrimiento.
Pues muévaos á piedad un desdichado,
que ofresce á vuestro amor la propia vida,
pues no pide su mal ser remediado,
mas sólo ser su pena conoscida.
Esta fué la carta que le escribí, y
si ella fuera tan bien hecha como fué
venturosa, no trocara mi habilidad por la
de Homero. Llegó á las manos de Alcida,
y aunque de mis razones quedó alterada,
y de mi atrevimiento ofendida; pero al
fin, tener noticia de mi pena hizo,
según después entendí, en su corazón
mayor efecto de lo que yo de mi desdicha
confiaba. Comencé á señalarme su amante,
haciendo justas, torneos, libreas,
galas, invenciones, versos y motes por
su servicio, durando en esta pena por
espacio de algunos años. Al fin de los
cuales Eugerio me tuvo por merescedor
de ser su yerno, y por intercessión de
algunos principales hombres de la tierra
me ofresció su hija Alcida por mujer.
Tratamos que los desposorios se hiciesen
en la ciudad de Lisbona, porque el rey de
lusitanos en ellos estuviesse presente;
y assí, despachando un correo con toda
diligencia, dimos cuenta al rey de este
casamiento, y le suplicamos que nos
diesse licencia para que, encomendando
nuestros cargos á personas de confianza,
fuéssemos allá á solemnizarlo. Luego
por toda la ciudad y lugares apartados
y vecinos se extendió la fama de mi
casamiento, y causó tan general placer,
como á tan hermosa dama como Alcida y a
tan fiel amante como yo se debía. Hasta
aquí llegó mi bienaventuranza, hasta aquí
me encumbró la fortuna, para después
abatirme en la profundidad de miserias
en que me hallo. ¡Oh, transitorio bien,
mudable contento; oh, deleite variable;
oh, inconstante firmeza de las cosas
mundanas! ¿Qué más pude recibir de lo
que recibí y qué más puedo padescer de
lo que padezco? No me mandes, pastora,
que importune tus oídos con más larga
historia, ni que lastime tus entrañas
con mis desastres. Conténtate agora con
saber mi passado contentamiento, y no
quieras saber mi presente dolor, porque
está cierta que ha de enfadarte mi
prolijidad y de alterarte mi desgracia. A
lo cual respondió DIANA: Deja, Marcelio,
semejantes excusas, que no quise yo saber
los sucessos de tu vida para gozar sólo
de tus placeres, sin entristecerme de
tus pesares, antes quiero dellos toda la
parte que cabrá en mi congojado corazón.
¡Ay, hermosa pastora, dijo MARCELIO, cuán
contento quedaría si la voluntad que te
tengo no me forzasse á complacerte en
cosa de tanto dolor! Y lo que más me
pesa es que mis desgracias son tales que
han de lastimar tu corazón cuando las
sepas, que la pena que he de recebir
en contallas no la tengo en tanto que
no la sufriesse de grado á trueco de
contentarte. Pero yo te veo tan deseosa
de sabellas, que me será forzado causarte
tristeza, por no agraviar tu voluntad.
Pues has de saber, pastora, que después
que fué concertado mi desventurado
casamiento, venida ya la licencia del
rey, el padre Eugerio, que viudo era, el
hijo Polydoro, las dos hijas Alcida y
Clenarda y el desdichado Marcelio, que
su dolor te está contando, encomendados
los cargos que por el rey teníamos á
personas de confianza, nos embarcamos en
el puerto de Ceuta, para ir por mar á la
noble Lisbona á celebrar, como dije, en
presencia del rey el matrimonio.
El contento que todos llevábamos nos
hizo tan ciegos, que en el más peligroso
tiempo del año no tuvimos miedo á las
tempestuosas ondas que entonces suelen
hincharse, ni á los furiosos vientos, que
en tales meses acostumbran embravecerse;
sino que, encomendando la frágil nave
á la inconstante fortuna, nos metimos
en el peligroso mar, descuidados de
sus continuas mudanzas é innumerables
infortunios. Mas poco tiempo passó que
la fortuna castigó nuestro atrevimiento,
porque antes que la noche llegasse, el
piloto descubrió manifiestas señales de
la venidera tempestad. Comenzaron los
espessos ñublados á cubrir el cielo,
empezaron á murmurar las airadas ondas,
los vientos á soplar por contrarias
y diferentes partes. ¡Ay, tristes y
peligrosas señales! dijo el turbado y
temeroso piloto; ¡ay, desdichada nave,
qué desgracia se te apareja, si Dios por
su bondad no te socorre! Diciendo esto
vino un ímpetu y furia tan grande de
viento, que en las extendidas velas y en
todo el cuerpo de la nave sacudiendo,
la puso en tan gran peligro, que no fué
bastante el gobernalle para regirla, sino
que, siguiendo el poderoso furor, iba
donde la fuerza de las ondas y vientos la
impelía. Acabó poco á poco á descararse
la tempestad, las furiosas ondas
cubiertas de blanca espuma comienzan á
ensoberbecerse. Estaba el cielo abundante
lluvia derramando, furibundos rayos
arrojando y con espantosos truenos
el mundo estremesciendo. Sentíase
un espantable ruido de las sacudidas
maromas, y movían gran terror las
lamentables voces de los navegantes
y marineros. Los vientos por todas
partes la nave combatían, las ondas con
terribles golpes en ella sacudiendo,
las más enteras y mejor clavadas tablas
hendían y desbarataban. A veces el
soberbio mar hasta el cielo nos levantaba
y luego hasta los abismos nos despeñaba,
y á veces espantosamente abriéndose,
las más profundas arenas nos descubría.
Los hombres y mujeres á una y otra
parte corriendo, su desventurada muerte
dilatando, unos entrañables suspiros
esparcían, otros piadosos votos ofrescían
y otros dolorosas lágrimas derramaban. El
piloto con tan brava fortuna atemorizado,
vencido su saber de la perseverancia y
braveza de la tempestad, no sabía ni
podía regir el gobernalle. Ignoraba la
naturaleza y origen de los vientos, y
en un mesmo punto mil cosas diferentes
ordenaba. Los marineros, con la agonía
de la cercana muerte turbados, no sabían
ejecutar lo mandado, ni con tantas voces
y ruido podían oir el mandamiento y
orden del ronco y congojado piloto. Unos
amainan la vela, otros vuelven la antena,
otros añudan las rompidas cuerdas, otros
remiendan las despedazadas tablas,
otros el mar en el mar vacian, otros al
timón socorren, y en fin todos procuran
defender la miserable nave del inevitable
perdimiento. Mas no valió la diligencia,
ni aprovecharon los votos y lágrimas
para ablandar el bravo Neptuno. Antes
cuanto más se iba acercando la noche, más
cargaron los vientos y más se ensañaron
las tempestades.
Venida ya la tenebrosa noche, y no
amansándose la fortuna, el padre EUGERIO,
desconfiado de remedio, con el rostro
temeroso y alterado, á sus hijos y
yerno mirando, tenía tanta agonía de
la muerte que habíamos de passar, que
tanto nos dolía su congoja como nuestra
desventura. Mas el lloroso viejo,
rodeado de trabajos, con lamentable
voz y tristes lágrimas decía de esta
manera: ¡Ay, mudable Fortuna, enemiga
del humano contento, tan gran desdicha
le tenías guardada á mi triste vejez!
¡Oh, bienaventurados los que en juveniles
años mueren, lidiando en las sangrientas
batallas, pues no llegando á la cansada
edad no vienen á peligro de llorar los
desastres y muertes de sus amados hijos!
¡Oh, fuerte mal; oh, triste sucesso!
¿Quién jamás murió tan dolorosamente como
yo, que esperando consolar mi muerte
con dejar en el mundo quien conserve
mi memoria y mi linaje, he de morir en
compañía de los que habían de solemnizar
mis obsequias? Oh, queridos hijos,
¿quién me dijera á mí, que mi vida y la
vuestra se habían de acabar á un mesmo
tiempo y habían de tener fin con una
misma desventura? Querría, hijos míos,
consolaros; mas ¿qué puede deciros un
triste padre, en cuyo corazon hay tanta
abundancia de dolor y tan grande falta
de consuelo? Mas consolaos, hijos; armad
vuestras almas de sufrimiento, y dejad á
mi cuenta toda la tristeza, pues allende
de morir una vez por mí, he de sufrir
tantas muertes cuantas vosotros habéis de
passar. Esto decía el congojado padre con
tantas lágrimas y sollozos, que apenas
podía hablar, abrazando los unos y los
otros por despedida, antes que llegasse
la hora del perdimiento. Pues contarte
yo agora las lágrimas de Alcida, y el
dolor que por ella yo tenía, sería una
empresa grande y de mucha dificultad.
Sólo una cosa quiero decirte: que lo que
más me atormentaba, era pensar que la
vida que yo tenía ofrescida á su servicio
hubiesse de perderse juntamente con la
suya. En tanto la perdida y maltratada
nave con el ímpetu y furia de los bravos
ponientes, que por el estrecho passo
que de Gibraltar se nombra rabiosamente
soplaban, corriendo con más ligereza
de la que á nuestra salud convenía,
conbatida por la poderosa Fortuna
por espacio de toda la noche y en el
siguiente día, sin poder ser regida con
la destreza de los marineros, anduvo
muchas leguas por el espacioso mar
Mediterráneo, por donde la fuerza de los
vientos la encaminaba.
El otro día después paresció la Fortuna
querer amansarse; pero volviendo luego
á la acostumbrada braveza, nos puso en
tanta necessidad que no esperábamos una
hora de vida. En fin, nos combatió tan
brava tempestad, que la nave, compelida
de un fuerte torbellino, que le dió por
el izquierdo lado, estuvo en tan gran
peligro de trastornarse, que tuvo ya
el bordo metido en el agua. Yo que vi
el peligro manifiesto, desciñéndome la
espada, porque no fuesse embarazo, y
abrazándome con Alcida, salté con ella
en el batel de la nave. Clenarda, que
era doncella muy suelta, siguiéndonos,
hizo lo mesmo, no dejando en la nave su
arco y aljaba, que más que cualesquier
tesoros estimaba. Polydoro abrazándose
con su padre, quiso con él saltar en
el batel como nosotros; mas el piloto
de la nave y un otro marinero fueron
los primeros á saltar, y al tiempo que
Polydoro con el viejo Eugerio quiso salir
de la nave, viniendo por la parte diestra
una borrasca, apartó tanto el batel de la
nave, que los tristes hubieron de quedar
en ella, y de allí á poco rato no la
vimos, ni sabemos della, sino que tengo
por cierto que por las crueles ondas fué
tragada, ó dando al través en la costa
de España, miserablemente fué perdida.
Quedando, pues, Alcida, Clenarda y yo
en el pequeño esquife, guiados con la
industria del piloto y de otro marinero,
anduvimos errando por espacio de un día
y de una noche, aguardando de punto en
punto la muerte, sin esperanza de remedio
y sin saber la parte donde estábamos.
Pero en la mañana siguiente nos hallamos
muy cerca de la tierra, y dimos al través
en ella. Los dos marineros, que muy
diestros eran en nadar, no sólo salieron
á nado á la deseada tierra, pero nos
sacaron á todos, llevándonos á seguro
salvamiento. Después que estuvimos fuera
de las aguas, amarraron los marineros el
batel á la ribera, y reconosciendo la
tierra donde habiamos llegado, hallaron
que era la isla Formentera, y quedaron
muy espantados de las muchas millas que
en tan poco tiempo habiamos corrido.
Mas ellos tenían tan larga y cierta
experiencia de las maravillas que suelen
hacer las bravas tempestades, que no se
espantaron mucho del discurso de nuestra
navegación. Hallámonos seguros de la
Fortuna, pero tan tristes de la pérdida
de Eugerio y Polydoro, tan mal tratados
del trabajo y tan fatigados de hambre,
que no teníamos forma de alegrarnos de la
cobrada vida.
Dejo agora de contarte los llantos y
extremos de Alcida y Clenarda por haber
perdido el padre y hermano, por passar
adelante la historia del desdichado
sucesso que me acontesció en esta
solitaria isla; porque después que en
ella fuí librado de la crueldad de la
Fortuna, me fué el Amor tan enemigo,
que paresció pesarle de ver mi vida
libre de la tempestad, y quiso que al
tiempo que por más seguro me tuviesse,
entonces con nueva y más grave pena
fuesse atormentado. Hirió el maligno Amor
el corazón del piloto, que Bartofano se
decía, y le hizo tan enamorado de la
hermosura de Clenarda, su hermana de
Alcida, que por salir con su intento
olvidó la ley de amicicia y fidelidad,
imaginando y efectuando una extraña
traición. Y fué assí, que después de las
lágrimas y lamentos que las dos hermanas
hicieron, acontesció que Alcida, cansada
de la passada fatiga, se recostó sobre
la arena, y vencida del importuno sueño
se durmió. Estando en esto le dije yo al
piloto: Bartofano amigo, si no buscamos
qué comer, ó por nuestra desdicha no
lo hallamos, podemos hacer cuenta que
no habernos salvado la vida, sino que
habernos mudado manera de muerte. Por
esso querría, si te place, que tú y tu
compañero fuéssedes al primer lugar
que en la isla se os ofresciere para
buscar qué comer. Respondió BARTOFANO:
Harto hizo la Fortuna, señor Marcelio,
en llevarnos á tierra, aunque sea
despoblada. Desengáñate de hallar qué
comer aquí, porque la tierra es desierta
y de gentes no habitada. Mas yo diré
un remedio para que no perezcamos de
hambre. ¿Ves aquella isleta que está de
frente, cerca de donde estamos? Allí hay
gran abundancia de venados, conejos,
liebres y otra caza, tanto que van por
ella grandes rebaños de silvestres
animales. Allí también hay una ermita,
cuyo ermitaño tiene ordinariamente harina
y pan. Mi parescer es que Clenarda, cuya
destreza en tirar arco te es manifiesta,
passe con el batel á la isla para matar
alguna caza, pues el arco y flechas no
le faltan, que mi compañero y yo la
llevaremos allá; y tú, Marcelio, queda
en compañía de Alcida, que será posible
que antes que se despierte volvamos con
abundancia de fresca y sabrosa provisión.
Muy bien nos paresció á Clenarda y á mí
el consejo de Bartofano, no cayendo en
la alevosía que tenía fabricada. Mas
nunca quiso Clenarda passar á la isleta
sin mi compañía, porque no osaba fiarse
en los marineros. Y aunque yo me excusé
de ir con ella, diciendo que no era bien
dejar á Alcida sola y durmiendo en tan
solitaria tierra, me respondió que, pues
el espacio de mar era muy poco, la caza
de la isla mucha y el mar algún tanto
tranquilo, porque en estar nosotros en
tierra había mostrado amansarse, podíamos
ir, cazar y volver antes que Alcida,
que muchas noches había que no había
dormido, se despertasse. En fin; tantas
razones me hizo que, olvidado de lo que
más me convenía, sin más pensar en ello,
determiné acompañada, de lo cual le pesó
harto á Bartofano, porque no quería sino
á Clenarda sola, para mejor efectuar su
engaño. Mas no le faltó al traidor forma
para poner por obra la alevosía: porque
dejada Alcida durmiendo, metidos todos
en el esquife, nos echamos á la mar, y
antes de llegar á la isleta, estando yo
descuidado y sin armas, porque todas las
había dejado en la nave, cuando salté de
ella por salvar la vida, fuí de los dos
marineros assaltado, y sin poderme valer,
preso y maniatado.
Clenarda, viendo la traición, quiso de
dolor echarse en el mar; mas por el
piloto fué detenida antes; apartándola
á una parte del esquife, en secreto le
dijo: No tomes pena de lo hecho, hermosa
dama, y sossiega tu corazón, que todo
se hace por tu servicio. Has de saber,
señora, que éste Marcelio, cuando
llegamos á la isla desierta, me habló
secretamente y me rogó que te aconsejase
que passasses para cazar á la isla, y
cuando estuviéssemos en mar, encaminasse
la proa hacia Levante, señalándome que
estaba enamorado de ti y quería dejar
en la isla á tu hermana, por gozar de
ti á su placer y sin impedimento. Y
aquel no querer acompañarte era por
dissimulación y por encubrir su maldad.
Mas yo, que veo el valor de tu hermosura,
por no perjudicar á tu merescimiento,
en el punto que había de hacerte la
traición, he determinado serte leal y he
atado á Marcelio, como has visto, con
determinación de dejarle ansí á la ribera
de una isla que cerca de aquí está y
volver después contigo adonde dejamos á
Alcida. Esta razón te doy de lo hecho;
mira tú agora lo que determinas.
Oyendo esto Clenarda, creyó muy de veras
la mentira del traidor, y túvome una ira
mortal, y fué contenta que yo fuesse
llevado donde Bartofano dijo. Mirábame
con un gesto airado, y de rabia no podía
hablarme palabra, sino que en lo íntimo
de su corazón se gozaba de la venganza
que de mí se había de tomar, sin nunca
advertir el engaño que se le hacía.
Conoscí yo en Clenarda que no le pesaba
de mi prisión, y ansí le dije: ¿Qué es
esto, hermana? ¿tan poca pena te paresce
la mía y la tuya que tan presto hicieron
fin tus llantos? ¿Quizá tienes confianza
de verme presto libre para tomar venganza
de estos traidores? Ella entonces, brava
como leona, me dijo que mi prisión era
porque había pretendido dejar á Alcida y
llevarme á ella, y lo demás que el otro
le había falsamente recitado. Oyendo
esto sentí más dolor que nunca, y ya
que no pude poner las manos en aquellos
malvados, los traté con injuriosas
palabras; y á ella le di tal razón, que
conosció ser aquella una grande traición,
nascida del amor de Bartofano. Hizo
Clenarda tan gran lamento, cuando cayó
en la cuenta del engaño, que las duras
piedras ablandara; mas no enternesció
aquellos duros corazones.
Considera tú agora que el pequeño batel
por las espaciosas ondas caminando largo
trecho con gran velocidad habría corrido,
cuando la desdichada Alcida despertándose
sola se vido, y desamparada volvió los
ojos al mar y no vido el esquife; buscó
gran parte de la ribera, y no halló
persona. Puedes pensar, pastora, lo que
debió sentir en este punto. Imagina las
lágrimas que derramó, piensa agora los
extremos que hizo, considera las veces
que quiso echarse en el mar y contempla
las veces que repitió mi nombre. Mas
ya estábamos tan lejos, que no oíamos
sus voces, sino que vimos que con una
toca blanca, dando vueltas en el aire
con ella, nos incitaba para la vuelta.
Mas no lo consintió la traición de
Bartofano. Antes con gran presteza
caminando, llegamos á la isla de Ibiza,
donde desembarcamos, y á mí me dejaron
en la ribera amarrado á una anchora que
en tierra estaba. Acudieron allí algunos
marineros conoscidos de Bartofano, y
tales como él, y por más que Clenarda les
encomendó su honestidad, no aprovechó
para que mirassen por ella, sino que
dieron al traidor suficiente provisión, y
con ella se volvió á embarcar en compañía
de Clenarda, que á su pesar hubo de
seguille, y después acá nunca más los he
visto, ni sabido dellos.
Quedé yo allí hambriento y atado de pies
y manos. Pero lo que más me atormentaba,
era la necessidad y pena de Alcida, que
en la Formentera sola quedaba, que la
mía luego fué remediada. Porque á mis
voces vinieron muchos marineros, que
siendo más piadosos y hombres de bien
que los otros, me dieron qué comiesse.
E importunados por mí, armaron un
bergantín, donde puestas algunas viandas
y armas se embarcaron en mi compañía, y
no passó mucho tiempo que el velocíssimo
navío llegó á la Formentera, donde Alcida
había quedado. Mas por mucho que en ella
busqué y di voces, no la pude hallar ni
descubrir. Pensé que se había echado en
el mar desesperada ó de las silvestres
fieras había sido comida. Mas buscando y
escudriñando los llanos, riberas, peñas,
cuevas y los más secretos rincones de la
isla, en un pedazo de peña hecho á manera
de padrón hallé unas letras escriptas con
punta de acerado cuchillo, que decían:
_Soneto._
Arenoso, desierto y seco prado,
tú, que escuchaste el son de mi lamento,
hinchado mar, mudable y fiero viento,
con mis suspiros tristes alterado.
Duro peñasco, en do escripto y pintado
perpetuamente queda mi tormento,
dad cierta relación de lo que siento,
pues que Marcelio sola me ha dejado.
Llevó mi hermana, á mí puso en olvido,
y pues su fe, su vela y mi esperanza
al viento encomendó, sedme testigos,
Que más no quiero amar hombre nascido,
por no entrar en un mar do no hay bonanza,
ni pelear con tantos enemigos.
No quiero encarescerte, pastora, la
herida que yo sentí en el alma cuando
leí las letras, conosciendo por ellas
que por ajena alevosía y por los malos
sucessos de Fortuna quedaba desamado,
porque quiero dejarla á tu discreción.
Pero no queriendo vida rodeada de tantos
trabajos, quise con una espada traspassar
el miserable pecho, y assí lo hiciera
si de aquellos marineros con obras y
palabras no fuera estorbado. Volviéronme
casi muerto en el bergantín, y
condescendiendo con mis importunaciones,
me llevaron por sus jornadas camino de
Italia, hasta que me desembarcaron en el
puerto de Gayeta, del reino de Nápoles,
donde preguntando á cuantos hallaba por
Alcida, y dando las señas della, vine á
ser informado por unos pastores que había
llegado allí con una nave española, que
passando por la Formentera, hallándola
sola, la recogió, y que por esconderse de
mí se había puesto en hábito de pastora.
Entonces yo, por mejor buscarla, me
vestí también como pastor, rodeando y
escudriñando todo aquel reino, y nunca
hallé rastro della hasta que me dijeron
que huyendo de mí, y sabiendo que tenía
della información, con una nave genovesa
había passado en España. Embarquéme luego
en su seguimiento, y llegué acá á España,
y he buscado la mayor parte della, sin
hallar persona que me diesse nuevas desta
cruel, que con tanta congoja busco. Esta
es, hermosa pastora, la tragedia de mi
vida, esta es la causa de mi muerte, este
es el processo de mis males. Y si en tan
pesado cuento hay alguna prolijidad, la
culpa es tuya, pues para contarle por ti
fuí importunado. Lo que te ruego agora
es que no quieras dar remedio á mi mal,
ni consuelo á mi fatiga, ni estorbar las
lágrimas que con tan justa razón á mi
pena son debidas.
Acabando estas razones comenzó Marcelio
á hacer tan doloroso llanto y suspirar
tan amargamente, que era gran lástima
de vello. Quiso Diana darle nuevas de
su Alcida, porque poco había que en su
compañía estaba, pero por cumplir con la
palabra que había dado de no decillo,
y también porque vió que le había de
atormentar más, dándole noticia de la
que en tal extremo le aborrescía, por
esso no curó de decille más de que se
consolasse y tuviesse mucha confianza,
porque ella esperaba velle antes de mucho
muy contento con la vista de su dama.
Porque si era verdad, como creía, que
iba Alcida entre los pastores y pastoras
de España, no se le podía esconder, y
que ella la haría buscar por las más
extrañas y escondidas partes della.
Mucho le agradesció Marcelio á Diana
tales ofrescimientos, y encargándole
mucho mirasse por su vida, haciendo lo
que ofrescido le había, quiso despedirse
della, diciendo que passados algunos días
pensaba volver allí, para informarse
de lo que habría sabido de Alcida;
pero Diana le detuvo, y le dijo: No
seré yo tan enemiga de mi contento que
consienta que te apartes de mi compañía.
Antes, pues de mi esposo Delio me veo
desamparada, como tú de tu Alcida,
querría, si te place, que comiesses
algunos bocados, porque muestras haberlo
menester, y después desto, pues las
sombras de los árboles se van haciendo
mayores, nos fuéssemos á mi aldea, donde
con el descanso que el continuo dolor
nos permitirá, passaremos la noche, y
luego en la mañana iremos al templo de
la casta Diana, do tiene su assiento la
sabia Felicia, cuya sabiduría dará algun
remedio á nuestra passión. Y porque mejor
puedas gozar de los rústicos tratos
y simples llanezas de los pastores y
pastoras de nuestros campos, será bien
que no mudes el hábito de pastor que
traes, ni des á nadie á entender quién
eres, sino que te nombres, vistas y
trates como pastor.
Marcelio, contento de hacer lo que
Diana dijo, comió alguna vianda que
ella sacó de su zurrón, y mató la sed
con el agua de la fuente, lo que le era
muy necessario, por no haber en todo el
día comido ni reposado, y luego tomaron
el camino de la aldea. Mas poco trecho
habían andado, cuando en un espesso
bosquecillo, que algún tanto apartado
estaba del camino, oyeron resonar voces
de pastores, que al son de sus zampoñas
suavemente cantaban; y como Diana era
muy amiga de música, rogó á Marcelio
que se llegassen allá. Estando ya junto
al bosquecillo, conosció Diana que los
pastores eran Tauriso y Berardo, que por
ella penados andaban, y tenían costumbre
de andar siempre de compañía y cantar en
competencia. Y ansí Diana y Marcelio,
no entrando donde los pastores estaban,
sino puestos tras unos robledales, en
parte donde podían oir la suavidad de la
música, sin ser vistos de los pastores,
escucharon sus cantares. Y ellos, aunque
no sabían que estaba tan cerca la que
era causa de su canto, adevinando cuasi
con los ánimos que su enemiga les estaba
oyendo, requebrando las pastoriles voces,
y haciendo con ellas delicados passos y
diferencias, cantaban desta manera: