CARTA DE MARCELIO PARA ALCIDA

La honesta majestad y el grave tiento,

modestia vergonzosa, y la cordura,

el sossegado y gran recogimiento,

Y otras virtudes mil, que la hermosura,

que en todo el mundo os da nombre famoso,

encumbran á la más suprema altura,

En passo tan estrecho y peligroso

mi corazón han puesto, hermosa Alcida,

que en nada puedo hallar cierto reposo.

Lo mesmo que á quereros me convida,

el alma ansí refrena, que quisiera

callar, aunque es á costa de la vida.

¿Cuál hombre duro vido la manera

conque mirando echáis rayos ardientes,

que no enmudezca allí y callando muera?

¿Quién las bellezas raras y excelentes

vido de más quilate y mayor cuenta

que todas las passadas y presentes,

Que en la alma un nuevo amor luego no sienta,

tal que la causa dél le atierre tanto

que solamente hablar no le consienta?

Tanto callando sufro, que me espanto

que no esté de congoja el pecho abierto

y el corazón deshecho en triste llanto.

Esme impossible el gozo, el dolor cierto,

la pena firme, vana la esperanza:

vivo sin bien, y el mal me tiene muerto.

En mí mesmo de mí tomo venganza,

y lo que más deseo, menos viene,

y aquello que más huyo, más me alcanza.

Aguardo lo que menos me conviene,

y no admito consuelo á mi tristura,

gozando del dolor que el alma tiene.

Mi vida y mi deleite tanto dura

cuanto dura el pensar la gran distancia

que hay de mí á tal gracia y hermosura.

Porque concibo en la alma una arrogancia

de ver que en tal lugar supe emplealla,

que el corazón esfuerzo y doy constancia.

Pero contra mí mueve tal batalla

vuestro gentil y angélico semblante,

que no podrán mil vidas esperalla.

Mas no hay tan gran peligro que me espante,

ni tan fragoso y áspero camino,

que me estorbe de andar siempre adelante.

Siguiendo voy mi proprio desatino,

voy tras la pena y busco lo que daña,

y ofrezco al llanto el ánimo mezquino.

Perpetuo gozo alegra y acompaña

mi vida, que penando está en sossiego,

y siente en los dolores gloria extraña.

La pena me es deleite, el llanto juego,

descanso el suspirar, gloria la muerte,

las llagas sanidad, reposo el fuego.

Cosa no veo jamás que no despierte

y avive en mí la furia del tormento,

pero recibo en él dichosa suerte.

Estos males, señora, por vos siento,

destas passiones vivo atormentado

con la fatiga igual al sufrimiento.

Pues muévaos á piedad un desdichado,

que ofresce á vuestro amor la propia vida,

pues no pide su mal ser remediado,

mas sólo ser su pena conoscida.

Esta fué la carta que le escribí, y

si ella fuera tan bien hecha como fué

venturosa, no trocara mi habilidad por la

de Homero. Llegó á las manos de Alcida,

y aunque de mis razones quedó alterada,

y de mi atrevimiento ofendida; pero al

fin, tener noticia de mi pena hizo,

según después entendí, en su corazón

mayor efecto de lo que yo de mi desdicha

confiaba. Comencé á señalarme su amante,

haciendo justas, torneos, libreas,

galas, invenciones, versos y motes por

su servicio, durando en esta pena por

espacio de algunos años. Al fin de los

cuales Eugerio me tuvo por merescedor

de ser su yerno, y por intercessión de

algunos principales hombres de la tierra

me ofresció su hija Alcida por mujer.

Tratamos que los desposorios se hiciesen

en la ciudad de Lisbona, porque el rey de

lusitanos en ellos estuviesse presente;

y assí, despachando un correo con toda

diligencia, dimos cuenta al rey de este

casamiento, y le suplicamos que nos

diesse licencia para que, encomendando

nuestros cargos á personas de confianza,

fuéssemos allá á solemnizarlo. Luego

por toda la ciudad y lugares apartados

y vecinos se extendió la fama de mi

casamiento, y causó tan general placer,

como á tan hermosa dama como Alcida y a

tan fiel amante como yo se debía. Hasta

aquí llegó mi bienaventuranza, hasta aquí

me encumbró la fortuna, para después

abatirme en la profundidad de miserias

en que me hallo. ¡Oh, transitorio bien,

mudable contento; oh, deleite variable;

oh, inconstante firmeza de las cosas

mundanas! ¿Qué más pude recibir de lo

que recibí y qué más puedo padescer de

lo que padezco? No me mandes, pastora,

que importune tus oídos con más larga

historia, ni que lastime tus entrañas

con mis desastres. Conténtate agora con

saber mi passado contentamiento, y no

quieras saber mi presente dolor, porque

está cierta que ha de enfadarte mi

prolijidad y de alterarte mi desgracia. A

lo cual respondió DIANA: Deja, Marcelio,

semejantes excusas, que no quise yo saber

los sucessos de tu vida para gozar sólo

de tus placeres, sin entristecerme de

tus pesares, antes quiero dellos toda la

parte que cabrá en mi congojado corazón.

¡Ay, hermosa pastora, dijo MARCELIO, cuán

contento quedaría si la voluntad que te

tengo no me forzasse á complacerte en

cosa de tanto dolor! Y lo que más me

pesa es que mis desgracias son tales que

han de lastimar tu corazón cuando las

sepas, que la pena que he de recebir

en contallas no la tengo en tanto que

no la sufriesse de grado á trueco de

contentarte. Pero yo te veo tan deseosa

de sabellas, que me será forzado causarte

tristeza, por no agraviar tu voluntad.

Pues has de saber, pastora, que después

que fué concertado mi desventurado

casamiento, venida ya la licencia del

rey, el padre Eugerio, que viudo era, el

hijo Polydoro, las dos hijas Alcida y

Clenarda y el desdichado Marcelio, que

su dolor te está contando, encomendados

los cargos que por el rey teníamos á

personas de confianza, nos embarcamos en

el puerto de Ceuta, para ir por mar á la

noble Lisbona á celebrar, como dije, en

presencia del rey el matrimonio.

El contento que todos llevábamos nos

hizo tan ciegos, que en el más peligroso

tiempo del año no tuvimos miedo á las

tempestuosas ondas que entonces suelen

hincharse, ni á los furiosos vientos, que

en tales meses acostumbran embravecerse;

sino que, encomendando la frágil nave

á la inconstante fortuna, nos metimos

en el peligroso mar, descuidados de

sus continuas mudanzas é innumerables

infortunios. Mas poco tiempo passó que

la fortuna castigó nuestro atrevimiento,

porque antes que la noche llegasse, el

piloto descubrió manifiestas señales de

la venidera tempestad. Comenzaron los

espessos ñublados á cubrir el cielo,

empezaron á murmurar las airadas ondas,

los vientos á soplar por contrarias

y diferentes partes. ¡Ay, tristes y

peligrosas señales! dijo el turbado y

temeroso piloto; ¡ay, desdichada nave,

qué desgracia se te apareja, si Dios por

su bondad no te socorre! Diciendo esto

vino un ímpetu y furia tan grande de

viento, que en las extendidas velas y en

todo el cuerpo de la nave sacudiendo,

la puso en tan gran peligro, que no fué

bastante el gobernalle para regirla, sino

que, siguiendo el poderoso furor, iba

donde la fuerza de las ondas y vientos la

impelía. Acabó poco á poco á descararse

la tempestad, las furiosas ondas

cubiertas de blanca espuma comienzan á

ensoberbecerse. Estaba el cielo abundante

lluvia derramando, furibundos rayos

arrojando y con espantosos truenos

el mundo estremesciendo. Sentíase

un espantable ruido de las sacudidas

maromas, y movían gran terror las

lamentables voces de los navegantes

y marineros. Los vientos por todas

partes la nave combatían, las ondas con

terribles golpes en ella sacudiendo,

las más enteras y mejor clavadas tablas

hendían y desbarataban. A veces el

soberbio mar hasta el cielo nos levantaba

y luego hasta los abismos nos despeñaba,

y á veces espantosamente abriéndose,

las más profundas arenas nos descubría.

Los hombres y mujeres á una y otra

parte corriendo, su desventurada muerte

dilatando, unos entrañables suspiros

esparcían, otros piadosos votos ofrescían

y otros dolorosas lágrimas derramaban. El

piloto con tan brava fortuna atemorizado,

vencido su saber de la perseverancia y

braveza de la tempestad, no sabía ni

podía regir el gobernalle. Ignoraba la

naturaleza y origen de los vientos, y

en un mesmo punto mil cosas diferentes

ordenaba. Los marineros, con la agonía

de la cercana muerte turbados, no sabían

ejecutar lo mandado, ni con tantas voces

y ruido podían oir el mandamiento y

orden del ronco y congojado piloto. Unos

amainan la vela, otros vuelven la antena,

otros añudan las rompidas cuerdas, otros

remiendan las despedazadas tablas,

otros el mar en el mar vacian, otros al

timón socorren, y en fin todos procuran

defender la miserable nave del inevitable

perdimiento. Mas no valió la diligencia,

ni aprovecharon los votos y lágrimas

para ablandar el bravo Neptuno. Antes

cuanto más se iba acercando la noche, más

cargaron los vientos y más se ensañaron

las tempestades.

Venida ya la tenebrosa noche, y no

amansándose la fortuna, el padre EUGERIO,

desconfiado de remedio, con el rostro

temeroso y alterado, á sus hijos y

yerno mirando, tenía tanta agonía de

la muerte que habíamos de passar, que

tanto nos dolía su congoja como nuestra

desventura. Mas el lloroso viejo,

rodeado de trabajos, con lamentable

voz y tristes lágrimas decía de esta

manera: ¡Ay, mudable Fortuna, enemiga

del humano contento, tan gran desdicha

le tenías guardada á mi triste vejez!

¡Oh, bienaventurados los que en juveniles

años mueren, lidiando en las sangrientas

batallas, pues no llegando á la cansada

edad no vienen á peligro de llorar los

desastres y muertes de sus amados hijos!

¡Oh, fuerte mal; oh, triste sucesso!

¿Quién jamás murió tan dolorosamente como

yo, que esperando consolar mi muerte

con dejar en el mundo quien conserve

mi memoria y mi linaje, he de morir en

compañía de los que habían de solemnizar

mis obsequias? Oh, queridos hijos,

¿quién me dijera á mí, que mi vida y la

vuestra se habían de acabar á un mesmo

tiempo y habían de tener fin con una

misma desventura? Querría, hijos míos,

consolaros; mas ¿qué puede deciros un

triste padre, en cuyo corazon hay tanta

abundancia de dolor y tan grande falta

de consuelo? Mas consolaos, hijos; armad

vuestras almas de sufrimiento, y dejad á

mi cuenta toda la tristeza, pues allende

de morir una vez por mí, he de sufrir

tantas muertes cuantas vosotros habéis de

passar. Esto decía el congojado padre con

tantas lágrimas y sollozos, que apenas

podía hablar, abrazando los unos y los

otros por despedida, antes que llegasse

la hora del perdimiento. Pues contarte

yo agora las lágrimas de Alcida, y el

dolor que por ella yo tenía, sería una

empresa grande y de mucha dificultad.

Sólo una cosa quiero decirte: que lo que

más me atormentaba, era pensar que la

vida que yo tenía ofrescida á su servicio

hubiesse de perderse juntamente con la

suya. En tanto la perdida y maltratada

nave con el ímpetu y furia de los bravos

ponientes, que por el estrecho passo

que de Gibraltar se nombra rabiosamente

soplaban, corriendo con más ligereza

de la que á nuestra salud convenía,

conbatida por la poderosa Fortuna

por espacio de toda la noche y en el

siguiente día, sin poder ser regida con

la destreza de los marineros, anduvo

muchas leguas por el espacioso mar

Mediterráneo, por donde la fuerza de los

vientos la encaminaba.

El otro día después paresció la Fortuna

querer amansarse; pero volviendo luego

á la acostumbrada braveza, nos puso en

tanta necessidad que no esperábamos una

hora de vida. En fin, nos combatió tan

brava tempestad, que la nave, compelida

de un fuerte torbellino, que le dió por

el izquierdo lado, estuvo en tan gran

peligro de trastornarse, que tuvo ya

el bordo metido en el agua. Yo que vi

el peligro manifiesto, desciñéndome la

espada, porque no fuesse embarazo, y

abrazándome con Alcida, salté con ella

en el batel de la nave. Clenarda, que

era doncella muy suelta, siguiéndonos,

hizo lo mesmo, no dejando en la nave su

arco y aljaba, que más que cualesquier

tesoros estimaba. Polydoro abrazándose

con su padre, quiso con él saltar en

el batel como nosotros; mas el piloto

de la nave y un otro marinero fueron

los primeros á saltar, y al tiempo que

Polydoro con el viejo Eugerio quiso salir

de la nave, viniendo por la parte diestra

una borrasca, apartó tanto el batel de la

nave, que los tristes hubieron de quedar

en ella, y de allí á poco rato no la

vimos, ni sabemos della, sino que tengo

por cierto que por las crueles ondas fué

tragada, ó dando al través en la costa

de España, miserablemente fué perdida.

Quedando, pues, Alcida, Clenarda y yo

en el pequeño esquife, guiados con la

industria del piloto y de otro marinero,

anduvimos errando por espacio de un día

y de una noche, aguardando de punto en

punto la muerte, sin esperanza de remedio

y sin saber la parte donde estábamos.

Pero en la mañana siguiente nos hallamos

muy cerca de la tierra, y dimos al través

en ella. Los dos marineros, que muy

diestros eran en nadar, no sólo salieron

á nado á la deseada tierra, pero nos

sacaron á todos, llevándonos á seguro

salvamiento. Después que estuvimos fuera

de las aguas, amarraron los marineros el

batel á la ribera, y reconosciendo la

tierra donde habiamos llegado, hallaron

que era la isla Formentera, y quedaron

muy espantados de las muchas millas que

en tan poco tiempo habiamos corrido.

Mas ellos tenían tan larga y cierta

experiencia de las maravillas que suelen

hacer las bravas tempestades, que no se

espantaron mucho del discurso de nuestra

navegación. Hallámonos seguros de la

Fortuna, pero tan tristes de la pérdida

de Eugerio y Polydoro, tan mal tratados

del trabajo y tan fatigados de hambre,

que no teníamos forma de alegrarnos de la

cobrada vida.

Dejo agora de contarte los llantos y

extremos de Alcida y Clenarda por haber

perdido el padre y hermano, por passar

adelante la historia del desdichado

sucesso que me acontesció en esta

solitaria isla; porque después que en

ella fuí librado de la crueldad de la

Fortuna, me fué el Amor tan enemigo,

que paresció pesarle de ver mi vida

libre de la tempestad, y quiso que al

tiempo que por más seguro me tuviesse,

entonces con nueva y más grave pena

fuesse atormentado. Hirió el maligno Amor

el corazón del piloto, que Bartofano se

decía, y le hizo tan enamorado de la

hermosura de Clenarda, su hermana de

Alcida, que por salir con su intento

olvidó la ley de amicicia y fidelidad,

imaginando y efectuando una extraña

traición. Y fué assí, que después de las

lágrimas y lamentos que las dos hermanas

hicieron, acontesció que Alcida, cansada

de la passada fatiga, se recostó sobre

la arena, y vencida del importuno sueño

se durmió. Estando en esto le dije yo al

piloto: Bartofano amigo, si no buscamos

qué comer, ó por nuestra desdicha no

lo hallamos, podemos hacer cuenta que

no habernos salvado la vida, sino que

habernos mudado manera de muerte. Por

esso querría, si te place, que tú y tu

compañero fuéssedes al primer lugar

que en la isla se os ofresciere para

buscar qué comer. Respondió BARTOFANO:

Harto hizo la Fortuna, señor Marcelio,

en llevarnos á tierra, aunque sea

despoblada. Desengáñate de hallar qué

comer aquí, porque la tierra es desierta

y de gentes no habitada. Mas yo diré

un remedio para que no perezcamos de

hambre. ¿Ves aquella isleta que está de

frente, cerca de donde estamos? Allí hay

gran abundancia de venados, conejos,

liebres y otra caza, tanto que van por

ella grandes rebaños de silvestres

animales. Allí también hay una ermita,

cuyo ermitaño tiene ordinariamente harina

y pan. Mi parescer es que Clenarda, cuya

destreza en tirar arco te es manifiesta,

passe con el batel á la isla para matar

alguna caza, pues el arco y flechas no

le faltan, que mi compañero y yo la

llevaremos allá; y tú, Marcelio, queda

en compañía de Alcida, que será posible

que antes que se despierte volvamos con

abundancia de fresca y sabrosa provisión.

Muy bien nos paresció á Clenarda y á mí

el consejo de Bartofano, no cayendo en

la alevosía que tenía fabricada. Mas

nunca quiso Clenarda passar á la isleta

sin mi compañía, porque no osaba fiarse

en los marineros. Y aunque yo me excusé

de ir con ella, diciendo que no era bien

dejar á Alcida sola y durmiendo en tan

solitaria tierra, me respondió que, pues

el espacio de mar era muy poco, la caza

de la isla mucha y el mar algún tanto

tranquilo, porque en estar nosotros en

tierra había mostrado amansarse, podíamos

ir, cazar y volver antes que Alcida,

que muchas noches había que no había

dormido, se despertasse. En fin; tantas

razones me hizo que, olvidado de lo que

más me convenía, sin más pensar en ello,

determiné acompañada, de lo cual le pesó

harto á Bartofano, porque no quería sino

á Clenarda sola, para mejor efectuar su

engaño. Mas no le faltó al traidor forma

para poner por obra la alevosía: porque

dejada Alcida durmiendo, metidos todos

en el esquife, nos echamos á la mar, y

antes de llegar á la isleta, estando yo

descuidado y sin armas, porque todas las

había dejado en la nave, cuando salté de

ella por salvar la vida, fuí de los dos

marineros assaltado, y sin poderme valer,

preso y maniatado.

Clenarda, viendo la traición, quiso de

dolor echarse en el mar; mas por el

piloto fué detenida antes; apartándola

á una parte del esquife, en secreto le

dijo: No tomes pena de lo hecho, hermosa

dama, y sossiega tu corazón, que todo

se hace por tu servicio. Has de saber,

señora, que éste Marcelio, cuando

llegamos á la isla desierta, me habló

secretamente y me rogó que te aconsejase

que passasses para cazar á la isla, y

cuando estuviéssemos en mar, encaminasse

la proa hacia Levante, señalándome que

estaba enamorado de ti y quería dejar

en la isla á tu hermana, por gozar de

ti á su placer y sin impedimento. Y

aquel no querer acompañarte era por

dissimulación y por encubrir su maldad.

Mas yo, que veo el valor de tu hermosura,

por no perjudicar á tu merescimiento,

en el punto que había de hacerte la

traición, he determinado serte leal y he

atado á Marcelio, como has visto, con

determinación de dejarle ansí á la ribera

de una isla que cerca de aquí está y

volver después contigo adonde dejamos á

Alcida. Esta razón te doy de lo hecho;

mira tú agora lo que determinas.

Oyendo esto Clenarda, creyó muy de veras

la mentira del traidor, y túvome una ira

mortal, y fué contenta que yo fuesse

llevado donde Bartofano dijo. Mirábame

con un gesto airado, y de rabia no podía

hablarme palabra, sino que en lo íntimo

de su corazón se gozaba de la venganza

que de mí se había de tomar, sin nunca

advertir el engaño que se le hacía.

Conoscí yo en Clenarda que no le pesaba

de mi prisión, y ansí le dije: ¿Qué es

esto, hermana? ¿tan poca pena te paresce

la mía y la tuya que tan presto hicieron

fin tus llantos? ¿Quizá tienes confianza

de verme presto libre para tomar venganza

de estos traidores? Ella entonces, brava

como leona, me dijo que mi prisión era

porque había pretendido dejar á Alcida y

llevarme á ella, y lo demás que el otro

le había falsamente recitado. Oyendo

esto sentí más dolor que nunca, y ya

que no pude poner las manos en aquellos

malvados, los traté con injuriosas

palabras; y á ella le di tal razón, que

conosció ser aquella una grande traición,

nascida del amor de Bartofano. Hizo

Clenarda tan gran lamento, cuando cayó

en la cuenta del engaño, que las duras

piedras ablandara; mas no enternesció

aquellos duros corazones.

Considera tú agora que el pequeño batel

por las espaciosas ondas caminando largo

trecho con gran velocidad habría corrido,

cuando la desdichada Alcida despertándose

sola se vido, y desamparada volvió los

ojos al mar y no vido el esquife; buscó

gran parte de la ribera, y no halló

persona. Puedes pensar, pastora, lo que

debió sentir en este punto. Imagina las

lágrimas que derramó, piensa agora los

extremos que hizo, considera las veces

que quiso echarse en el mar y contempla

las veces que repitió mi nombre. Mas

ya estábamos tan lejos, que no oíamos

sus voces, sino que vimos que con una

toca blanca, dando vueltas en el aire

con ella, nos incitaba para la vuelta.

Mas no lo consintió la traición de

Bartofano. Antes con gran presteza

caminando, llegamos á la isla de Ibiza,

donde desembarcamos, y á mí me dejaron

en la ribera amarrado á una anchora que

en tierra estaba. Acudieron allí algunos

marineros conoscidos de Bartofano, y

tales como él, y por más que Clenarda les

encomendó su honestidad, no aprovechó

para que mirassen por ella, sino que

dieron al traidor suficiente provisión, y

con ella se volvió á embarcar en compañía

de Clenarda, que á su pesar hubo de

seguille, y después acá nunca más los he

visto, ni sabido dellos.

Quedé yo allí hambriento y atado de pies

y manos. Pero lo que más me atormentaba,

era la necessidad y pena de Alcida, que

en la Formentera sola quedaba, que la

mía luego fué remediada. Porque á mis

voces vinieron muchos marineros, que

siendo más piadosos y hombres de bien

que los otros, me dieron qué comiesse.

E importunados por mí, armaron un

bergantín, donde puestas algunas viandas

y armas se embarcaron en mi compañía, y

no passó mucho tiempo que el velocíssimo

navío llegó á la Formentera, donde Alcida

había quedado. Mas por mucho que en ella

busqué y di voces, no la pude hallar ni

descubrir. Pensé que se había echado en

el mar desesperada ó de las silvestres

fieras había sido comida. Mas buscando y

escudriñando los llanos, riberas, peñas,

cuevas y los más secretos rincones de la

isla, en un pedazo de peña hecho á manera

de padrón hallé unas letras escriptas con

punta de acerado cuchillo, que decían:

_Soneto._

Arenoso, desierto y seco prado,

tú, que escuchaste el son de mi lamento,

hinchado mar, mudable y fiero viento,

con mis suspiros tristes alterado.

Duro peñasco, en do escripto y pintado

perpetuamente queda mi tormento,

dad cierta relación de lo que siento,

pues que Marcelio sola me ha dejado.

Llevó mi hermana, á mí puso en olvido,

y pues su fe, su vela y mi esperanza

al viento encomendó, sedme testigos,

Que más no quiero amar hombre nascido,

por no entrar en un mar do no hay bonanza,

ni pelear con tantos enemigos.

No quiero encarescerte, pastora, la

herida que yo sentí en el alma cuando

leí las letras, conosciendo por ellas

que por ajena alevosía y por los malos

sucessos de Fortuna quedaba desamado,

porque quiero dejarla á tu discreción.

Pero no queriendo vida rodeada de tantos

trabajos, quise con una espada traspassar

el miserable pecho, y assí lo hiciera

si de aquellos marineros con obras y

palabras no fuera estorbado. Volviéronme

casi muerto en el bergantín, y

condescendiendo con mis importunaciones,

me llevaron por sus jornadas camino de

Italia, hasta que me desembarcaron en el

puerto de Gayeta, del reino de Nápoles,

donde preguntando á cuantos hallaba por

Alcida, y dando las señas della, vine á

ser informado por unos pastores que había

llegado allí con una nave española, que

passando por la Formentera, hallándola

sola, la recogió, y que por esconderse de

mí se había puesto en hábito de pastora.

Entonces yo, por mejor buscarla, me

vestí también como pastor, rodeando y

escudriñando todo aquel reino, y nunca

hallé rastro della hasta que me dijeron

que huyendo de mí, y sabiendo que tenía

della información, con una nave genovesa

había passado en España. Embarquéme luego

en su seguimiento, y llegué acá á España,

y he buscado la mayor parte della, sin

hallar persona que me diesse nuevas desta

cruel, que con tanta congoja busco. Esta

es, hermosa pastora, la tragedia de mi

vida, esta es la causa de mi muerte, este

es el processo de mis males. Y si en tan

pesado cuento hay alguna prolijidad, la

culpa es tuya, pues para contarle por ti

fuí importunado. Lo que te ruego agora

es que no quieras dar remedio á mi mal,

ni consuelo á mi fatiga, ni estorbar las

lágrimas que con tan justa razón á mi

pena son debidas.

Acabando estas razones comenzó Marcelio

á hacer tan doloroso llanto y suspirar

tan amargamente, que era gran lástima

de vello. Quiso Diana darle nuevas de

su Alcida, porque poco había que en su

compañía estaba, pero por cumplir con la

palabra que había dado de no decillo,

y también porque vió que le había de

atormentar más, dándole noticia de la

que en tal extremo le aborrescía, por

esso no curó de decille más de que se

consolasse y tuviesse mucha confianza,

porque ella esperaba velle antes de mucho

muy contento con la vista de su dama.

Porque si era verdad, como creía, que

iba Alcida entre los pastores y pastoras

de España, no se le podía esconder, y

que ella la haría buscar por las más

extrañas y escondidas partes della.

Mucho le agradesció Marcelio á Diana

tales ofrescimientos, y encargándole

mucho mirasse por su vida, haciendo lo

que ofrescido le había, quiso despedirse

della, diciendo que passados algunos días

pensaba volver allí, para informarse

de lo que habría sabido de Alcida;

pero Diana le detuvo, y le dijo: No

seré yo tan enemiga de mi contento que

consienta que te apartes de mi compañía.

Antes, pues de mi esposo Delio me veo

desamparada, como tú de tu Alcida,

querría, si te place, que comiesses

algunos bocados, porque muestras haberlo

menester, y después desto, pues las

sombras de los árboles se van haciendo

mayores, nos fuéssemos á mi aldea, donde

con el descanso que el continuo dolor

nos permitirá, passaremos la noche, y

luego en la mañana iremos al templo de

la casta Diana, do tiene su assiento la

sabia Felicia, cuya sabiduría dará algun

remedio á nuestra passión. Y porque mejor

puedas gozar de los rústicos tratos

y simples llanezas de los pastores y

pastoras de nuestros campos, será bien

que no mudes el hábito de pastor que

traes, ni des á nadie á entender quién

eres, sino que te nombres, vistas y

trates como pastor.

Marcelio, contento de hacer lo que

Diana dijo, comió alguna vianda que

ella sacó de su zurrón, y mató la sed

con el agua de la fuente, lo que le era

muy necessario, por no haber en todo el

día comido ni reposado, y luego tomaron

el camino de la aldea. Mas poco trecho

habían andado, cuando en un espesso

bosquecillo, que algún tanto apartado

estaba del camino, oyeron resonar voces

de pastores, que al son de sus zampoñas

suavemente cantaban; y como Diana era

muy amiga de música, rogó á Marcelio

que se llegassen allá. Estando ya junto

al bosquecillo, conosció Diana que los

pastores eran Tauriso y Berardo, que por

ella penados andaban, y tenían costumbre

de andar siempre de compañía y cantar en

competencia. Y ansí Diana y Marcelio,

no entrando donde los pastores estaban,

sino puestos tras unos robledales, en

parte donde podían oir la suavidad de la

música, sin ser vistos de los pastores,

escucharon sus cantares. Y ellos, aunque

no sabían que estaba tan cerca la que

era causa de su canto, adevinando cuasi

con los ánimos que su enemiga les estaba

oyendo, requebrando las pastoriles voces,

y haciendo con ellas delicados passos y

diferencias, cantaban desta manera:

Orígenes de la novela, Tomo II · 第 288 / 605 题