HERNANDO BONAVIDA, CIUDADANO VALENCIANO

_Al lector._

Ovidio á su Corynna celebraba

con los sabrosos versos que escribía,

dos mil hermosos cantos componía

Propercio que á su Cynthia sublimaba.

Con las dulces canciones que cantaba,

á su Laura Petrarca engrandescía,

y destos cada cual con lo que hacía

al famoso laurel al fin llegaba.

A lauro el Lusitano ha ya llegado

á Diana pintando muy ufana,

mas POLO de otra suerte os la ha pintado:

Aquí veréis una obra sobrehumana,

y cuán bien el laurel POLO ha ganado,

pues Proserpina es la otra, ésta Diana.

LIBRO PRIMERO

DE DIANA ENAMORADA

Después que el apassionado Syreno con la

virtud del poderoso liquor fué de las

manos de Cupido por la sabia Felicia

libertado, obrando Amor sus acostumbradas

hazañas, hirió de nuevo el corazón de

la descuidada DIANA, despertando en

ella los olvidados amores, para que de

un libre estuviesse captiva, y por un

essento viviesse atormentada. Y lo que

mayor pena le dió fué pensar que el

descuido que tuvo de Syreno había sido

ocasión de tal olvido, y era causa del

aborrescimiento. Deste dolor y de otros

muchos estaba tan combatida, que ni el

yugo del matrimonio, ni el freno de la

vergüenza fueron bastantes á detener la

furia de su amor, ni remediar la aspereza

de su tormento, sino que sus lamentables

voces esparciendo, y dolorosas lágrimas

derramando, las duras peñas y fieras

alimañas enternescía. Pues hallándose un

día acaso en la fuente de los alisos,

en el tiempo del estío, á la hora que

el sol se acercaba al medio día, y

acordándose del contento que allí en

compañía del amado Syreno muchas veces

había recebido, cotejando los deleites

del tiempo passado con las fatigas del

presente; y conosciendo la culpa que

ella en su tormento tenía, concibió su

corazón tan angustiada tristeza, y vino

su alma en tan peligroso desmayo, que

pensó que entonces la deseada muerte

diera fin á sus trabajos. Pero después

que el ánimo cobró algún tanto su vigor,

fué tan grande la fuerza de su passión,

y el ímpetu, con que amor reinaba en

sus entrañas, que le forzó publicar su

tormento á las simples avecillas, que de

los floridos ramos la escuchaban, á los

verdes árboles, que de su congoja paresce

que se dolían, y á la clara fuente, que

el ruido de sus cristalinas aguas con el

son de sus cantares acordaba. Y assí con

una suave zampoña cantó desta manera:

Mi sufrimiento cansado

del mal importuno y fiero,

á tal extremo ha llegado,

que publicar mi cuidado

me es el remedio postrero.

Siéntase el bravo dolor,

y trabajosa agonía

de la que muere de amor,

y olvidada de un pastor

que de olvidado moría.

¡Ay, que el mal que ha consumido

la alma que apenas sostengo,

nasce del passado olvido,

y la culpa que he tenido

causó la pena que tengo!

Y de gran dolor reviento,

viendo que al que agora quiero,

le di entonces tal tormento,

que sintió lo que yo siento

y murió como yo muero.

Y cuando de mi crüeza

se acuerda mi corazón,

le causa mayor tristeza

el pesar de mi tibieza,

que el dolor de mi passión.

Porque si mi desamor

no tuviera culpa alguna

en el presente dolor,

diera quejas del Amor

é inculpara la Fortuna.

Mas mi corazón esquivo

tiene culpa más notable,

pues no vió de muy altivo,

que Amor era vengativo

y la Fortuna mudable.

Pero nunca hizo venganza

Amor, que de tantas suertes

deshiciese una esperanza,

ni Fortuna hizo mudanza

de una vida á tantas muertes.

¡Ay, Syreno, cuán vengado

estás en mi desventura,

pues después que me has dejado,

no hay remedio á mi cuidado,

ni consuelo á mi tristura!

Que según solías verme

desdeñosa en solo verte,

tanto huelgas de ofenderme,

que ni tú podrás quererme,

ni yo dejar de quererte.

Véote andar tan essento,

que no te ruego, pastor,

remedies el mal que siento,

mas que engañes mi tormento

con un fingido favor.

Y aunque mis males pensando,

no pretendas remediallos,

vuelve tus ojos, mirando

los míos, que están llorando,

pues tú no quieres mirallos.

Mira mi mucho quebranto,

y mi poca confianza

para tener entre tanto

no compassión de mi llanto,

mas placer de tu venganza.

Que aunque no podré ablandarte,

ni para excusar mi muerte

serán mis lágrimas parte,

quiero morir por amarte

y no vivir sin quererte.

No diera fin tan presto la enamorada

Diana á su deleitosa música, si de

una pastora, que tras unos jarales la

había escuchado, no fuera de improviso

estorbada. Porque viendo la pastora,

detuvo la suave voz, rompiendo el hilo

de su canto, y haciendo obra en ella

la natural vergüenza, le pesó muy de

veras que su canción fuesse escuchada,

ni su pena conoscida, mayormente

viendo aquella pastora ser extranjera,

y por aquellas partes nunca vista.

Mas ella, que de lejos la suavissima

voz oyendo, á escuchar tan delicada

melodía secretamente se había llegado,

entendiendo la causa del doloroso canto,

hizo de su extremadíssima hermosura

tan improvisa y alegre muestra, como

suele hacer la nocturna luna, que con

sus lumbrosos rayos vence y traspassa

la espessura de los escuros ñublados.

Y viendo que Diana había quedado algo

turbada con su vista, con gesto muy

alegre le dijo estas palabras:--Hermosa

pastora, grande perjuicio hice al

contento que tenía con oirte, en venir

tan sin propósito á estorbarte. Pero la

culpa desto la tiene el deseo que tengo

de conoscerte, y voluntad de dar algún

alivio al mal de que tan dolorosamente

te lamentas; al cual, aunque dicen que

es excusado buscalle consuelo, con

voluntad libre y razón desapassionada se

le puede dar suficientemente remedio.

No dissimules conmigo tu pena, ni te

pese que sepa tu nombre y tu tormento,

que no haré por esso menos cuenta de

tu perfición, ni juzgaré por menor tu

merescimiento.

Oyendo DIANA estas palabras estuvo un

rato sin responder, teniendo los ojos

empleados en la hermosura de aquella

pastora, y el entendimiento dudoso

sobre qué respondería á sus grandes

ofrescimientos y amorosas palabras; y al

fin respondió de esta manera: Pastora de

nueva y aventajada gentileza, si el gran

contento que de tu vista recibo, y el

descanso que me ofrescen tus palabras,

hallara en mi corazón algún aparejo de

confianza, creo que fueras bastante á

dar algún remedio á mi fatiga, y no

dudara yo de publicarte mi pena. Mas es

mi mal de tal calidad, que en comenzar á

fatigarme, tomo las llaves de mi corazón

y cierro las puertas al remedio. Sabe

que yo me llamo DIANA, por estos campos

harto conoscida; conténtate con saber

mi nombre, y no te cures de saber mi

pena: pues no aprovechará para más de

lastimarte, viendo mi tierna juventud

en tanta fatiga y trabajo. Este es el

engaño, dijo la pastora, de los que

se hacen esclavos del Amor, que en

comenzalle á servir, son tan suyos, que

ni quieren ser libres, ni les paresce

possible tener libertad. Tu mal bien sé

que es amar, según de tu canción entendí,

en la cual enfermedad yo tengo grande

experiencia. He sido muchos años captiva,

y agora me veo libre; anduve ciega, y

agora atino al camino de la verdad; passé

en el mar de amor peligrosas agonías y

tormentos, y agora estoy gozando del

seguro y sosegado puerto; y aunque más

grande sea tu pena, era tan grande la

mía. Y pues para ella tuve remedio, no

despidas de tu casa la esperanza, no

cierres los ojos á la verdad ni los oídos

á mis palabras. Palabras serán, dijo

DIANA, las que gastarán en remediar el

Amor, cuyas obras no tienen remedio con

palabras. Mas con todo querría saber tu

nombre, y la ocasión que hacia nuestros

campos te ha encaminado, y holgaré tanto

en sabello, que suspenderé por un rato mi

comenzado llanto, cosa que importa tanto

para el alivio de mi pena. Mi nombre es

ALCIDA, dijo la pastora, pero lo demás

que me preguntas no me sufre contallo la

compassión que tengo de tu voluntaria

dolencia, sin que primero recibas mis

provechosos, aunque para ti desabridos

remedios. Cualquier consuelo, dijo DIANA,

me será agradable, por venir de tu mano,

con que no sea quitar el amor de mi

corazón: porque no saldrá de allí, sin

llevar consigo á pedazos mis entrañas.

Y aunque pudiesse, no quedaría sin él,

por no dejar de querer al que siendo

olvidado, tomó de mi crueldad tan presta

y sobrada venganza. Dijo entonces ALCIDA:

Mayor confianza me das agora de tu salud,

pues dices que lo que agora quieres, en

otro tiempo lo has aborrescido, porque

ya sabrás el camino del olvido, y ternás

la voluntad vezada al aborrescimiento.

Cuánto más que entre los dos extremos

de amar y aborrescer está el medio,

el cual tú debes elegir. DIANA á esto

replicó: Bien me contenta tu consejo,

pastora, pero no me paresce muy seguro.

Porque si yo de aborrescer he venido á

amar, más fácilmente lo hiciera si mi

voluntad estuviera en medio del amor y

aborrescimiento, pues teniéndome más

cerca, con mayor fuerza me venciera el

poderoso Cupido. A esto respondió ALCIDA:

No hagas tan gran honra á quien tan poco

la meresce, nombrando poderoso al que tan

fácilmente queda vencido, especialmente

de los que eligen el medio que tengo

dicho: porque en él consiste la virtud,

y donde ella está, quedan los corazones

contra el Amor fuertes y constantes. Dijo

entonces DIANA: Crueles, duros, ásperos

y rebeldes dirás mejor, pues pretenden

contradecir á su naturaleza, y resistir

á la invencible fuerza de Cupido. Mas

séanlo cuanto quisieren, que á la fin

no se van alabando de la rebeldía, ni

les aprovecha defenderse con la dureza.

Porque el poder del amor vence la más

segura defensa, y traspassa el más

fuerte impedimento. De cuyas hazañas y

maravillas en este mesmo lugar cantó un

día mi querido Syreno, en el tiempo que

fué para mí tan dulce, como me es agora

amarga su memoria. Y bien me acuerdo de

su canción, y aun de cuantas entonces

cantaba, porque he procurado que no se me

olvidassen, por lo que me importa tener

en la memoria las cosas de Syreno. Mas

esta que trata de las proezas del Amor,

dice:

_Soneto._

Que el poderoso Amor sin vista acierte

del corazón la más interna parte;

que siendo niño venza al fiero Marte,

haciendo que enredado se despierte.

Que sus llamas me hielen de tal suerte,

que un vil temor del alma no se aparte,

que vuele hasta la aérea y summa parte,

y por la tierra y mar se muestre fuerte.

Que esté el que el bravo Amor hiere ó captiva

vivo en el mal, y en la prisión contento,

proezas son que causan grande espanto.

Y el alma, que en mayores penas viva,

si piensa estas hazañas, entretanto

no sentirá el rigor de su tormento.

Bien encarescidas están, dijo ALCIDA,

las fuerzas del amor; pero más creyera

yo á Syreno, si después de haber

publicado por tan grandes las furias de

las flechas de Cupido, él no hubiesse

hallado reparo contra ellas, y después

de haber encarescido la estrechura de

sus cadenas, él no hubiesse tenido forma

para tener libertad. Y ansí me maravillo

que creas tan de ligero al que con las

obras contradice á las palabras. Porque

harto claro está que semejantes canciones

son maneras de hablar, y sobrados

encarescimientos, con que los enamorados

venden por muy peligrosos sus males, pues

tan ligeramente se vuelven de captivos

libres y vienen de un amor ardiente á un

olvido descuidado. Y si sienten passiones

los enamorados, provienen de su mesma

voluntad, y no del amor: el cual no es

sino una cosa imaginada por los hombres,

que ni está en cielo, ni en tierra, sino

en el corazón del que la quiere. Y si

algún poder tiene, es porque los hombres

mesmos dejan vencerse voluntariamente,

ofresciéndole sus corazones, y poniendo

en sus manos la propia libertad. Mas

porque el Soneto de Syreno no quede sin

respuesta, oye otro que paresce que se

hizo en competencia dél, y oíle yo mucho

tiempo ha en los campos de Sebetho á un

pastor nombrado Aurelio; y si bien me

acuerdo decía así:

_Soneto._

No es ciego Amor, mas yo lo soy, que guío

mi voluntad camino del tormento;

no es niño Amor, mas yo que en un momento

espero y tengo miedo, lloro y río.

Nombrar llamas de Amor es desvarío,

su fuego es el ardiente y vivo intento,

sus alas son mi altivo pensamiento

y la esperanza vana en que me fío.

No tiene Amor cadenas, ni saëtas,

para prender y herir libres y sanos,

que en él no hay más poder del que le damos.

Porque es Amor mentira de poetas,

sueño de locos, ídolo de vanos:

mirad qué negro Dios el que adoramos.

¿Parescete, DIANA, que debe fiarse un

entendimiento como el tuyo en cosas

de aire, y que hay razón para adorar

tan de veras á cosa tan de burlas como

el Dios de Amor? El cual es fingido

por vanos entendimientos, seguido de

deshonestas voluntades, y conservado en

las memorias de los hombres ociosos y

desocupados. Estos son los que le dieron

al Amor el nombre tan celebrado que

por el mundo tiene. Porque viendo que

los hombres por querer bien padescían

tantos males, sobresaltos, temores,

cuidados, recelos, mudanzas y otras

infinitas passiones, acordaron de buscar

alguna causa principal y universal, de

la cual como de una fuente nasciessen

todos estos efectos. Y assí inventaron

el nombre de Amor, llamándole Dios,

porque era de las gentes tan temido y

reverenciado. Y pintáronle de manera

que cuando veen su figura tienen razón

de aborrescer sus obras. Pintáronle

muchacho, porque los hombres en él no

se fíen; ciego, porque no le sigan;

armado, porque le teman; con llamas,

porque no se le lleguen, y con alas,

para que por vano le conozcan. No has de

entender, pastora, que la fuerza que al

Amor los hombres conceden, y el poderío

que le atribuyen, sea ni pueda ser suyo:

antes has de pensar que cuanto más su

poder y valor encarescen, más nuestras

flaquezas y poquedades manifiestan.

Porque decir que el Amor es fuerte, es

decir que nuestra voluntad es floja,

pues permite ser por él tan fácilmente

vencida; decir que el Amor tira con

poderosa furia venenosas y mortales

saetas, es decir que nuestro corazón

es descuidado, pues se ofresce tan

voluntariamente á recebirlas; decir que

el Amor nuestras almas tan estrechamente

captiva, es decir que en nosotras hay

falta de juicio, pues al primer combate

nos rendimos, y aun á veces sin ser

combatidos, damos á nuestro enemigo la

libertad. Y en fin, todas las hazañas

que se cuentan del Amor no son otra cosa

sino nuestras miserias y flojedades.

Y puesto caso que las tales proezas

fuesen suyas, ellas son de tal calidad

que no merescen alabanza. ¿Qué grandeza

es captivar los que no se defienden,

qué braveza acometer los flacos, qué

valentía herir los descuidados, qué

fortaleza matar los rendidos, qué honra

desasossegar los alegres, qué hazaña

perseguir los malaventurados? Por cierto,

hermosa pastora, los que quieren tanto

engrandescer este Cupido, y los que tan

á su costa le sirven, debieran por su

honra dalle otras alabanzas; porque con

todas estas el mejor nombre que gana es

de cobarde en los acometimientos, cruel

en las obras, vano en las intenciones,

liberal de trabajos y escaso de

gualardones. Y aunque todos estos nombres

son infames, peores son los que le dan

sus mesmos aficionados, nombrándole

fuego, furor y muerte; y al amar

llamando arder, destruirse, consumirse y

enloquecerse; y á sí mesmos nombrándose

ciegos, míseros, captivos, furiosos,

consumidos y inflamados. De aquí viene

que todos generalmente dan quejas del

Amor, nombrándole tirano, traidor, duro,

fiero y despiadado. Todos los versos

de los amadores están llenos de dolor,

compuestos con suspiros, borrados con

lágrimas y cantados con agonía. Allí

veréis las sospechas, allí los temores,

allí las desconfianzas, allí los recelos,

allí los cuidados y allí mil géneros de

penas. No se habla allí sino de muertes,

cadenas, flechas, venenos, llamas, y

otras cosas que no sirven sino para dar

tormento, cuando se emplean, y temor,

cuando se nombran. Mal estaba con estos

nombres Herbanio, pastor señalado en la

Andalucía, cuando en la corteza de un

álamo, sirviéndole de pluma un agudo

punzón, delante de mí escribió este

_Soneto._

Quien libre está, no viva descuidado,

que en un instante puede estar captivo,

y el corazón helado y más esquivo

tema de estar en llamas abrasado.

Con la alma del soberbio y elevado

tan áspero es Amor y vengativo,

que quien sin él presume de estar vivo,

por él con muerte queda atormentado.

Amor, que á ser captivo me condenas,

Amor que enciendes fuegos tan mortales,

tú que mi vida afliges y maltratas:

Maldigo dende agora tus cadenas,

tus llamas y tus flechas, con las cuales

me prendes, me consumes y me matas.

Pues venga agora al soneto de tu Syreno

á darme á entender que la imaginación

de las hazañas del Amor basta á vencer

la furia del tormento: porque si las

hazañas son matar, herir, cegar, abrasar,

consumir, captivar y atormentar, no me

hará creer que imaginar cosas de pena

alivie la fatiga, antes ha de dar mayores

fuerzas á la passión, para que siendo

más imaginada, dure más en el corazón,

y con mayor aspereza le atormente. Y si

es verdad lo que cantó Syreno, mucho me

maravillo que él, recibiendo, según dice,

en este pensamiento tan aventajado gusto,

tan fácilmente le haya trocado con tan

cruel olvido como agora tiene, no sólo

de las hazañas de Cupido, pero de tu

hermosura, que no debiera por cosa del

mundo ser olvidada.

Apenas había dicho Alcida de su razón las

últimas palabras, que DIANA, alzando los

ojos, porque estaba con algún recelo,

vió de lejos á su esposo Delio, que

bajaba por la halda de un montecillo,

encaminándose para la fuente de los

alisos, donde ellas estaban. Y ansi,

atajando las razones de Alcida, le dijo:

No más, no más, pastora, que tiempo habrá

después para escuchar lo restante y

para responder á tus flojos y aparentes

argumentos. Cata allá que mi esposo Delio

desciende por aquel collado, y se viene

para nosotras; menester será que, por

dissimular lo que aquí se trataba, al son

de nuestros instrumentos comencemos á

cantar, porque cuando llegue se contente

de nuestro ejercicio. Y ansí, tomando

ALCIDA su cítara y DIANA su zampoña,

cantaron desta manera:

_Rimas provenzales._

Orígenes de la novela, Tomo II · 第 279 / 605 题