_Al lector._
Ovidio á su Corynna celebraba
con los sabrosos versos que escribía,
dos mil hermosos cantos componía
Propercio que á su Cynthia sublimaba.
Con las dulces canciones que cantaba,
á su Laura Petrarca engrandescía,
y destos cada cual con lo que hacía
al famoso laurel al fin llegaba.
A lauro el Lusitano ha ya llegado
á Diana pintando muy ufana,
mas POLO de otra suerte os la ha pintado:
Aquí veréis una obra sobrehumana,
y cuán bien el laurel POLO ha ganado,
pues Proserpina es la otra, ésta Diana.
LIBRO PRIMERO
DE DIANA ENAMORADA
Después que el apassionado Syreno con la
virtud del poderoso liquor fué de las
manos de Cupido por la sabia Felicia
libertado, obrando Amor sus acostumbradas
hazañas, hirió de nuevo el corazón de
la descuidada DIANA, despertando en
ella los olvidados amores, para que de
un libre estuviesse captiva, y por un
essento viviesse atormentada. Y lo que
mayor pena le dió fué pensar que el
descuido que tuvo de Syreno había sido
ocasión de tal olvido, y era causa del
aborrescimiento. Deste dolor y de otros
muchos estaba tan combatida, que ni el
yugo del matrimonio, ni el freno de la
vergüenza fueron bastantes á detener la
furia de su amor, ni remediar la aspereza
de su tormento, sino que sus lamentables
voces esparciendo, y dolorosas lágrimas
derramando, las duras peñas y fieras
alimañas enternescía. Pues hallándose un
día acaso en la fuente de los alisos,
en el tiempo del estío, á la hora que
el sol se acercaba al medio día, y
acordándose del contento que allí en
compañía del amado Syreno muchas veces
había recebido, cotejando los deleites
del tiempo passado con las fatigas del
presente; y conosciendo la culpa que
ella en su tormento tenía, concibió su
corazón tan angustiada tristeza, y vino
su alma en tan peligroso desmayo, que
pensó que entonces la deseada muerte
diera fin á sus trabajos. Pero después
que el ánimo cobró algún tanto su vigor,
fué tan grande la fuerza de su passión,
y el ímpetu, con que amor reinaba en
sus entrañas, que le forzó publicar su
tormento á las simples avecillas, que de
los floridos ramos la escuchaban, á los
verdes árboles, que de su congoja paresce
que se dolían, y á la clara fuente, que
el ruido de sus cristalinas aguas con el
son de sus cantares acordaba. Y assí con
una suave zampoña cantó desta manera:
Mi sufrimiento cansado
del mal importuno y fiero,
á tal extremo ha llegado,
que publicar mi cuidado
me es el remedio postrero.
Siéntase el bravo dolor,
y trabajosa agonía
de la que muere de amor,
y olvidada de un pastor
que de olvidado moría.
¡Ay, que el mal que ha consumido
la alma que apenas sostengo,
nasce del passado olvido,
y la culpa que he tenido
causó la pena que tengo!
Y de gran dolor reviento,
viendo que al que agora quiero,
le di entonces tal tormento,
que sintió lo que yo siento
y murió como yo muero.
Y cuando de mi crüeza
se acuerda mi corazón,
le causa mayor tristeza
el pesar de mi tibieza,
que el dolor de mi passión.
Porque si mi desamor
no tuviera culpa alguna
en el presente dolor,
diera quejas del Amor
é inculpara la Fortuna.
Mas mi corazón esquivo
tiene culpa más notable,
pues no vió de muy altivo,
que Amor era vengativo
y la Fortuna mudable.
Pero nunca hizo venganza
Amor, que de tantas suertes
deshiciese una esperanza,
ni Fortuna hizo mudanza
de una vida á tantas muertes.
¡Ay, Syreno, cuán vengado
estás en mi desventura,
pues después que me has dejado,
no hay remedio á mi cuidado,
ni consuelo á mi tristura!
Que según solías verme
desdeñosa en solo verte,
tanto huelgas de ofenderme,
que ni tú podrás quererme,
ni yo dejar de quererte.
Véote andar tan essento,
que no te ruego, pastor,
remedies el mal que siento,
mas que engañes mi tormento
con un fingido favor.
Y aunque mis males pensando,
no pretendas remediallos,
vuelve tus ojos, mirando
los míos, que están llorando,
pues tú no quieres mirallos.
Mira mi mucho quebranto,
y mi poca confianza
para tener entre tanto
no compassión de mi llanto,
mas placer de tu venganza.
Que aunque no podré ablandarte,
ni para excusar mi muerte
serán mis lágrimas parte,
quiero morir por amarte
y no vivir sin quererte.
No diera fin tan presto la enamorada
Diana á su deleitosa música, si de
una pastora, que tras unos jarales la
había escuchado, no fuera de improviso
estorbada. Porque viendo la pastora,
detuvo la suave voz, rompiendo el hilo
de su canto, y haciendo obra en ella
la natural vergüenza, le pesó muy de
veras que su canción fuesse escuchada,
ni su pena conoscida, mayormente
viendo aquella pastora ser extranjera,
y por aquellas partes nunca vista.
Mas ella, que de lejos la suavissima
voz oyendo, á escuchar tan delicada
melodía secretamente se había llegado,
entendiendo la causa del doloroso canto,
hizo de su extremadíssima hermosura
tan improvisa y alegre muestra, como
suele hacer la nocturna luna, que con
sus lumbrosos rayos vence y traspassa
la espessura de los escuros ñublados.
Y viendo que Diana había quedado algo
turbada con su vista, con gesto muy
alegre le dijo estas palabras:--Hermosa
pastora, grande perjuicio hice al
contento que tenía con oirte, en venir
tan sin propósito á estorbarte. Pero la
culpa desto la tiene el deseo que tengo
de conoscerte, y voluntad de dar algún
alivio al mal de que tan dolorosamente
te lamentas; al cual, aunque dicen que
es excusado buscalle consuelo, con
voluntad libre y razón desapassionada se
le puede dar suficientemente remedio.
No dissimules conmigo tu pena, ni te
pese que sepa tu nombre y tu tormento,
que no haré por esso menos cuenta de
tu perfición, ni juzgaré por menor tu
merescimiento.
Oyendo DIANA estas palabras estuvo un
rato sin responder, teniendo los ojos
empleados en la hermosura de aquella
pastora, y el entendimiento dudoso
sobre qué respondería á sus grandes
ofrescimientos y amorosas palabras; y al
fin respondió de esta manera: Pastora de
nueva y aventajada gentileza, si el gran
contento que de tu vista recibo, y el
descanso que me ofrescen tus palabras,
hallara en mi corazón algún aparejo de
confianza, creo que fueras bastante á
dar algún remedio á mi fatiga, y no
dudara yo de publicarte mi pena. Mas es
mi mal de tal calidad, que en comenzar á
fatigarme, tomo las llaves de mi corazón
y cierro las puertas al remedio. Sabe
que yo me llamo DIANA, por estos campos
harto conoscida; conténtate con saber
mi nombre, y no te cures de saber mi
pena: pues no aprovechará para más de
lastimarte, viendo mi tierna juventud
en tanta fatiga y trabajo. Este es el
engaño, dijo la pastora, de los que
se hacen esclavos del Amor, que en
comenzalle á servir, son tan suyos, que
ni quieren ser libres, ni les paresce
possible tener libertad. Tu mal bien sé
que es amar, según de tu canción entendí,
en la cual enfermedad yo tengo grande
experiencia. He sido muchos años captiva,
y agora me veo libre; anduve ciega, y
agora atino al camino de la verdad; passé
en el mar de amor peligrosas agonías y
tormentos, y agora estoy gozando del
seguro y sosegado puerto; y aunque más
grande sea tu pena, era tan grande la
mía. Y pues para ella tuve remedio, no
despidas de tu casa la esperanza, no
cierres los ojos á la verdad ni los oídos
á mis palabras. Palabras serán, dijo
DIANA, las que gastarán en remediar el
Amor, cuyas obras no tienen remedio con
palabras. Mas con todo querría saber tu
nombre, y la ocasión que hacia nuestros
campos te ha encaminado, y holgaré tanto
en sabello, que suspenderé por un rato mi
comenzado llanto, cosa que importa tanto
para el alivio de mi pena. Mi nombre es
ALCIDA, dijo la pastora, pero lo demás
que me preguntas no me sufre contallo la
compassión que tengo de tu voluntaria
dolencia, sin que primero recibas mis
provechosos, aunque para ti desabridos
remedios. Cualquier consuelo, dijo DIANA,
me será agradable, por venir de tu mano,
con que no sea quitar el amor de mi
corazón: porque no saldrá de allí, sin
llevar consigo á pedazos mis entrañas.
Y aunque pudiesse, no quedaría sin él,
por no dejar de querer al que siendo
olvidado, tomó de mi crueldad tan presta
y sobrada venganza. Dijo entonces ALCIDA:
Mayor confianza me das agora de tu salud,
pues dices que lo que agora quieres, en
otro tiempo lo has aborrescido, porque
ya sabrás el camino del olvido, y ternás
la voluntad vezada al aborrescimiento.
Cuánto más que entre los dos extremos
de amar y aborrescer está el medio,
el cual tú debes elegir. DIANA á esto
replicó: Bien me contenta tu consejo,
pastora, pero no me paresce muy seguro.
Porque si yo de aborrescer he venido á
amar, más fácilmente lo hiciera si mi
voluntad estuviera en medio del amor y
aborrescimiento, pues teniéndome más
cerca, con mayor fuerza me venciera el
poderoso Cupido. A esto respondió ALCIDA:
No hagas tan gran honra á quien tan poco
la meresce, nombrando poderoso al que tan
fácilmente queda vencido, especialmente
de los que eligen el medio que tengo
dicho: porque en él consiste la virtud,
y donde ella está, quedan los corazones
contra el Amor fuertes y constantes. Dijo
entonces DIANA: Crueles, duros, ásperos
y rebeldes dirás mejor, pues pretenden
contradecir á su naturaleza, y resistir
á la invencible fuerza de Cupido. Mas
séanlo cuanto quisieren, que á la fin
no se van alabando de la rebeldía, ni
les aprovecha defenderse con la dureza.
Porque el poder del amor vence la más
segura defensa, y traspassa el más
fuerte impedimento. De cuyas hazañas y
maravillas en este mesmo lugar cantó un
día mi querido Syreno, en el tiempo que
fué para mí tan dulce, como me es agora
amarga su memoria. Y bien me acuerdo de
su canción, y aun de cuantas entonces
cantaba, porque he procurado que no se me
olvidassen, por lo que me importa tener
en la memoria las cosas de Syreno. Mas
esta que trata de las proezas del Amor,
dice:
_Soneto._
Que el poderoso Amor sin vista acierte
del corazón la más interna parte;
que siendo niño venza al fiero Marte,
haciendo que enredado se despierte.
Que sus llamas me hielen de tal suerte,
que un vil temor del alma no se aparte,
que vuele hasta la aérea y summa parte,
y por la tierra y mar se muestre fuerte.
Que esté el que el bravo Amor hiere ó captiva
vivo en el mal, y en la prisión contento,
proezas son que causan grande espanto.
Y el alma, que en mayores penas viva,
si piensa estas hazañas, entretanto
no sentirá el rigor de su tormento.
Bien encarescidas están, dijo ALCIDA,
las fuerzas del amor; pero más creyera
yo á Syreno, si después de haber
publicado por tan grandes las furias de
las flechas de Cupido, él no hubiesse
hallado reparo contra ellas, y después
de haber encarescido la estrechura de
sus cadenas, él no hubiesse tenido forma
para tener libertad. Y ansí me maravillo
que creas tan de ligero al que con las
obras contradice á las palabras. Porque
harto claro está que semejantes canciones
son maneras de hablar, y sobrados
encarescimientos, con que los enamorados
venden por muy peligrosos sus males, pues
tan ligeramente se vuelven de captivos
libres y vienen de un amor ardiente á un
olvido descuidado. Y si sienten passiones
los enamorados, provienen de su mesma
voluntad, y no del amor: el cual no es
sino una cosa imaginada por los hombres,
que ni está en cielo, ni en tierra, sino
en el corazón del que la quiere. Y si
algún poder tiene, es porque los hombres
mesmos dejan vencerse voluntariamente,
ofresciéndole sus corazones, y poniendo
en sus manos la propia libertad. Mas
porque el Soneto de Syreno no quede sin
respuesta, oye otro que paresce que se
hizo en competencia dél, y oíle yo mucho
tiempo ha en los campos de Sebetho á un
pastor nombrado Aurelio; y si bien me
acuerdo decía así:
_Soneto._
No es ciego Amor, mas yo lo soy, que guío
mi voluntad camino del tormento;
no es niño Amor, mas yo que en un momento
espero y tengo miedo, lloro y río.
Nombrar llamas de Amor es desvarío,
su fuego es el ardiente y vivo intento,
sus alas son mi altivo pensamiento
y la esperanza vana en que me fío.
No tiene Amor cadenas, ni saëtas,
para prender y herir libres y sanos,
que en él no hay más poder del que le damos.
Porque es Amor mentira de poetas,
sueño de locos, ídolo de vanos:
mirad qué negro Dios el que adoramos.
¿Parescete, DIANA, que debe fiarse un
entendimiento como el tuyo en cosas
de aire, y que hay razón para adorar
tan de veras á cosa tan de burlas como
el Dios de Amor? El cual es fingido
por vanos entendimientos, seguido de
deshonestas voluntades, y conservado en
las memorias de los hombres ociosos y
desocupados. Estos son los que le dieron
al Amor el nombre tan celebrado que
por el mundo tiene. Porque viendo que
los hombres por querer bien padescían
tantos males, sobresaltos, temores,
cuidados, recelos, mudanzas y otras
infinitas passiones, acordaron de buscar
alguna causa principal y universal, de
la cual como de una fuente nasciessen
todos estos efectos. Y assí inventaron
el nombre de Amor, llamándole Dios,
porque era de las gentes tan temido y
reverenciado. Y pintáronle de manera
que cuando veen su figura tienen razón
de aborrescer sus obras. Pintáronle
muchacho, porque los hombres en él no
se fíen; ciego, porque no le sigan;
armado, porque le teman; con llamas,
porque no se le lleguen, y con alas,
para que por vano le conozcan. No has de
entender, pastora, que la fuerza que al
Amor los hombres conceden, y el poderío
que le atribuyen, sea ni pueda ser suyo:
antes has de pensar que cuanto más su
poder y valor encarescen, más nuestras
flaquezas y poquedades manifiestan.
Porque decir que el Amor es fuerte, es
decir que nuestra voluntad es floja,
pues permite ser por él tan fácilmente
vencida; decir que el Amor tira con
poderosa furia venenosas y mortales
saetas, es decir que nuestro corazón
es descuidado, pues se ofresce tan
voluntariamente á recebirlas; decir que
el Amor nuestras almas tan estrechamente
captiva, es decir que en nosotras hay
falta de juicio, pues al primer combate
nos rendimos, y aun á veces sin ser
combatidos, damos á nuestro enemigo la
libertad. Y en fin, todas las hazañas
que se cuentan del Amor no son otra cosa
sino nuestras miserias y flojedades.
Y puesto caso que las tales proezas
fuesen suyas, ellas son de tal calidad
que no merescen alabanza. ¿Qué grandeza
es captivar los que no se defienden,
qué braveza acometer los flacos, qué
valentía herir los descuidados, qué
fortaleza matar los rendidos, qué honra
desasossegar los alegres, qué hazaña
perseguir los malaventurados? Por cierto,
hermosa pastora, los que quieren tanto
engrandescer este Cupido, y los que tan
á su costa le sirven, debieran por su
honra dalle otras alabanzas; porque con
todas estas el mejor nombre que gana es
de cobarde en los acometimientos, cruel
en las obras, vano en las intenciones,
liberal de trabajos y escaso de
gualardones. Y aunque todos estos nombres
son infames, peores son los que le dan
sus mesmos aficionados, nombrándole
fuego, furor y muerte; y al amar
llamando arder, destruirse, consumirse y
enloquecerse; y á sí mesmos nombrándose
ciegos, míseros, captivos, furiosos,
consumidos y inflamados. De aquí viene
que todos generalmente dan quejas del
Amor, nombrándole tirano, traidor, duro,
fiero y despiadado. Todos los versos
de los amadores están llenos de dolor,
compuestos con suspiros, borrados con
lágrimas y cantados con agonía. Allí
veréis las sospechas, allí los temores,
allí las desconfianzas, allí los recelos,
allí los cuidados y allí mil géneros de
penas. No se habla allí sino de muertes,
cadenas, flechas, venenos, llamas, y
otras cosas que no sirven sino para dar
tormento, cuando se emplean, y temor,
cuando se nombran. Mal estaba con estos
nombres Herbanio, pastor señalado en la
Andalucía, cuando en la corteza de un
álamo, sirviéndole de pluma un agudo
punzón, delante de mí escribió este
_Soneto._
Quien libre está, no viva descuidado,
que en un instante puede estar captivo,
y el corazón helado y más esquivo
tema de estar en llamas abrasado.
Con la alma del soberbio y elevado
tan áspero es Amor y vengativo,
que quien sin él presume de estar vivo,
por él con muerte queda atormentado.
Amor, que á ser captivo me condenas,
Amor que enciendes fuegos tan mortales,
tú que mi vida afliges y maltratas:
Maldigo dende agora tus cadenas,
tus llamas y tus flechas, con las cuales
me prendes, me consumes y me matas.
Pues venga agora al soneto de tu Syreno
á darme á entender que la imaginación
de las hazañas del Amor basta á vencer
la furia del tormento: porque si las
hazañas son matar, herir, cegar, abrasar,
consumir, captivar y atormentar, no me
hará creer que imaginar cosas de pena
alivie la fatiga, antes ha de dar mayores
fuerzas á la passión, para que siendo
más imaginada, dure más en el corazón,
y con mayor aspereza le atormente. Y si
es verdad lo que cantó Syreno, mucho me
maravillo que él, recibiendo, según dice,
en este pensamiento tan aventajado gusto,
tan fácilmente le haya trocado con tan
cruel olvido como agora tiene, no sólo
de las hazañas de Cupido, pero de tu
hermosura, que no debiera por cosa del
mundo ser olvidada.
Apenas había dicho Alcida de su razón las
últimas palabras, que DIANA, alzando los
ojos, porque estaba con algún recelo,
vió de lejos á su esposo Delio, que
bajaba por la halda de un montecillo,
encaminándose para la fuente de los
alisos, donde ellas estaban. Y ansi,
atajando las razones de Alcida, le dijo:
No más, no más, pastora, que tiempo habrá
después para escuchar lo restante y
para responder á tus flojos y aparentes
argumentos. Cata allá que mi esposo Delio
desciende por aquel collado, y se viene
para nosotras; menester será que, por
dissimular lo que aquí se trataba, al son
de nuestros instrumentos comencemos á
cantar, porque cuando llegue se contente
de nuestro ejercicio. Y ansí, tomando
ALCIDA su cítara y DIANA su zampoña,
cantaron desta manera:
_Rimas provenzales._