NOTAS:

[1266] _Le_ en la edición de Milán.

[1267] _Afición_ en la edición de Milán.

[1268] M., _Si yo no estuviese firme_.

[1269] _Ambas_, por errata patente, en la edición de Milán y en otras.

LIBRO SEPTIMO

DE LA DIANA DE GEORGE DE MONTEMAYOR

Despues que Felismena vuo puesto fin en

las differençias de la pastora Amarilida

y el pastor Filemon, y lo dexó con

proposito de jamas hazer el vno cosa de

que otro tuuiese occasion de quexarse,

despedida dellos, se fue por el valle

abaxo por el qual anduuo muchos dias,

sin hallar nueua que algun contento le

diesse, y como todauia lleuaua esperança

en las palabras de la sábia Feliçia, no

dexaua de passalle por el pensamiento,

que despues de tantos trabajos se auia

de cansar la fortuna de perseguilla. Y

estas ymaginaçiones la sustentauan en

la grauissima pena de su desseo. Pues

yendo vna mañana por en medio de vn

bosque, al salir de vna assomada que

por ençima de vna alta sierra paresçia,

vio delante si vn verde y amenissimo

campo, de tanta grandeza, que con la

vista no se le podia alcançar el cabo,

el qual doze millas adelante, yua a

fenesçer en la falda de vnas montañas,

que quasi no se paresçian: por medio

del deleytoso campo corria vn caudaloso

rio, el qual hazia vna muy graçiosa

ribera, en muchas partes poblada de

salzes, y verdes alisos, y otros diuersos

arboles: y en otras dexaua descubiertas

las cristalinas aguas recogiendose a

vna parte vn grande y espaçioso arenal

que de lexos más adornaua la hermosa

ribera. Las mieses que por todo el campo

paresçian sembradas, muy çerca estauan

de dar el desseado fruto, y a esta causa

con la fertilidad de la tierra estauan

muy cresçidos, y meneados de vn templado

viento hazian vnos verdes, claros, y

obscuros, cosa que a los ojos daua muy

gran contento. De ancho tenía bien el

deleytoso y apazible prado tres millas en

partes, y en otras poco más, y en ninguna

auia menos desto. Pues baxando la hermosa

pastora por su camino abaxo, vino a dar

en vn bosque muy grande de verdes alisos,

y azebuches assaz poblado, por enmedio

muchas casas tan sumptuosamente labradas,

que en gran admiraçion le pusieron. Y

de subito fue a dar con los ojos en vna

muy hermosa çiudad, que desde lo alto de

vna sierra que de frente estaua, con sus

hermosos edifiçios, venia hasta tocar

con el muro en el caudaloso rio que por

medio del campo passaua. Por ençima del

qual estaua la más sumptuosa y admirable

puente, que en el vniuerso se podia

hallar. Las casas y edifiçios de aquella

çiudad insigne eran tan altos, y con tan

gran artifiçio labrados, que paresçia

auer la industria humana mostrado su

poder. Entre ellos auia muchas torres y

piramides, que de altos se leuantauan a

las nuues. Los tenplos eran muchos, y

muy sumptuosos, las casas fuertes, los

superbos muros, los brauos baluartes,

dauan gran lustre a la grande y antigua

poblaçion, la qual desde alli se diuisaba

toda. La pastora quedó admirada de ver lo

que delante los ojos tenía, y de hallarse

tan çerca de poblado, que era la cosa que

con gran cuydado huya[1270]. Y con todo

esso se assento vn poco a la sombra de vn

oliuo, y mirando muy particularmente, lo

que aueys oydo, viendo aquella populosa

çiudad, le vino a la memoria la gran

Soldina su patria y naturaleza, de

adonde los amores de don Felis la trayan

desterrada: lo qual fue ocasion para no

poder passar sin lagrimas, porque la

memoria del bien perdido, pocas vezes

dexa de dar ocasion a ellas. Dexado pues

la hermosa pastora aquel lugar, y la

çiudad a mano derecha, se fue su passo a

passo por vna senda que junto al río yua,

hazia la parte, donde sus cristallinas

aguas con vn manso y agradable ruydo, se

yban a meter en el mar Oçeano. Y auiendo

caminado seys millas por la graçiosa

ribera adelante, vio dos pastoras, que

al pie de vn roble a la orilla del rio

passauan la fiesta: las quales aunque

en la hermosura tuuiessen vna razonable

mediania, en la graçia y donayre auia vn

estremo grandissimo: el color del rostro

moreno, y graçioso: los cabellos no muy

ruuios, los ojos negros: gentil ayre y

graçioso en el mirar: sobre las cabeças

tenian sendas guirnaldas de verde yedra,

por entre las hojas entretexidas muchas

rosas y flores. La manera del vestido

le paresçio differente del que hasta

entonçes auia visto. Pues leuantandose

la vna con grande priessa a echar vna

manada de ouejas, de vn linar adonde se

auian entrado, y la otra llegado a dar

a beuer a vn rebaño de cabras al claro

rio se boluieron a la sombra del vmbroso

fresno. Felismena que entre vnos juncales

muy altos se auia metido, tan çerca de

las pastoras, que pudiesse oyr lo que

entre ellas passaua, sintio que la lengua

era Portuguesa, y entendio que el reyno

en que estaua, era Lusitania, porque la

una de las pastoras dezia con graçia muy

estremada en su misma lengua a la otra,

tomandose de las manos: Ay Duarda, quan

poca razon tienes de no querer a quien

te quiere más que a si: quánto mejor te

estaria, no traer mal a vn pensamiento

tan occupado en tus cosas. Pesame que

a tan hermosa pastora la falte piedad,

para quien en tanta neçesidad está della.

La otra, que algo más libre paresçia,

con çierto desden, y vn dar de mano,

(cosa muy natural de personas libres),

respondia: ¿quieres que te diga, Armia?

si yo me fiare otra uez de quien tan mal

me pagó el amor que le tuue, no terná

él la culpa del mal que a mi desseo me

sucçediere. No me pongas delante los ojos

seruiçios que esse pastor algun tiempo

me aya hecho, ni me digas ninguna razon

de las que él se da para mouerme, porque

ya passó el tiempo en que sus razones le

ualian. Él me prometio de casarse comigo,

y se casó con otra. ¿Qué quiere aora? ¿o

qué me pide esse enemigo de mi descanso?

¿dize que pues su muger es finada, que

me case con él? No querra Dios que yo a

mí misma me haga tan gran engaño: dexalo

estar, Armia, dexalo: que si él a mi me

dessea tanto como dize, esse desseo me

dara uengança dél. La otra le explicaua

con palabras muy blandas, juntando su

rostro con el de la essenta Duarda, con

muy estrechos abrazos: ay pastora, y

cómo te está bien todo quanto dizes;

nunca desseé ser hombre, sino aora para

quererte más que a mí. Mas dime, Duarda

¿porqué has tú de querer, que Danteo

biua tan triste vida? El dize que la

razon con que dél te quexas, essa misma

tiene para su disculpa. Porque antes de

que se casasse, estando contigo vn dia

junto al soto de Fremoselle te dixo:

Duarda, mi padre quiere casarme, ¿qué te

paresçe que haga? y que tú respondiste

muy sacudidamente: ¿Cómo, Danteo, tan

vieja soy yo o tan grande poder tengo

en ti, que me pidas paresçer y liçençia

para tus casamientos? Bien puedes hazer

lo que tu voluntad y la de tu padre te

obligare, porque lo mismo haré yo: y

que esto fue dicho con vna manera tan

estraña de lo que solia como si nunca

te vuiera passado por el pensamiento

quererle bien. Duarda le respondio:

¿Armia, eso le llamas tú disculpa? Si no

te tuuiera tan conosçida, en este punto

perdia tu discreçion grandissimo credito

comigo. ¿Qué auia yo de responder a vn

pastor que publicaua que no auia cosa

en el mundo, en quien sus ojos pussiese

sino en mí?, quanto más, que no es

Danteo tan ignorante que no entendiesse

en el rostro y arte con que yo esso lo

respondi, que no era aquello lo que

yo quesiera respondelle. ¡Qué donayre

tan grande fue toparme el vn dia antes

que esso passasse junto a la fuente, y

dezirme con muchas lagrimas: porqué,

Duarda, eres tan ingrata a lo que te

desseo, que no te quieres casar comigo,

a hurto de tus padres: pues sabes que el

tiempo les ha de curar el enojo que desso

reçibieren? Yo entonçes le respondi:

contentate, Danteo, con que yo soy tuya,

y jamas podré ser de otro, por cosa que

me sucçeda. Y pues yo me contento con la

palabra que de ser mi esposo me as dado,

no quieras que a trueque de esperar un

poco de tiempo más, haga vna cosa que

tan mal nos está; y despedirse él de

mi con estas palabras, y al otro dia

dezirme que su padre le queria casar, y

que le diesse liçençia: y no contento

con esto, casarse dentro de tres dias.

Paresçe te pues, Armia, que es ésta algo

suffiçiente causa, para yo vsar de la

libertad, que con tanto trabajo de mi

pensamiento tengo ganada? Estas cosas

(respondio la otra) façilmente se dizen y

se passan entre personas que se quieren

bien, mas no se han de lleuar por esto

tan a cabo, como las lleuas. Las que se

dizen (Armia) tienes razon, mas las que

se hazen, ya tú lo vees, si llegan al

alma de las que queremos bien. En fin,

Danteo se casó, pesame mucho que se le

lograsse poco tan hermosaa pastora: y

mucho más de ver que no ha vn mes que

la enterró, y ya començan a dar bueltas

sobre él pensamientos nueuos. Armia le

respondia: Matóla Dios: porque en fin

Danteo era tuyo, y no podria ser de otra.

Pues si esso es ansi (respondio Duarda)

que quien es de vna persona, no puede ser

de otra, yo la hora de aora me hallo mia,

y no puedo ser de Danteo. Y dexemos cosa

tan escusada como gastar el tiempo en

esto. Mejor será que se gaste en cantar

vna cançion, y luego las dos en su misma

lengua, con mucha gracia, començaron a

cantar lo siguiente:

Os tempos se mudarão

a vida se acabará:

mas a fe sempre estara,

onde meus olhos estão.

Os dias, y os momentos,

as horas, con suas mudanças,

inmigas son desperanças,

y amigas de pensamentos:

os pensamentos estão

a esperança acabará,

a fe, me não deixará

por honrra do coraçon.

He causa de muytos danos

duuidosa confiança

que a vida sen esperança

ja não teme desenganos,

os tempos se vem e vão,

a vida se acabará,

mas a fe não quererá,

hazer me esta semrazão.

Acabada esta cançion, Felismena salio del

lugar a donde estaua escondida y se llegó

adonde las pastoras estauan, las quales

espantadas de su graçia y hermosura, se

llegaron a ella, y la reçibieron con

muy estrechos abraços, preguntandole

de que tierra era y de adonde uenia. A

lo qual la hermosa Felismena no sabia

responder, mas antes con muchas lagrimas

les preguntaua, qué tierra era aquella

en que morauan. Porque de la suya

la lengua daua testimonio ser de la

prouinçia de Vandalia, y que por çierta

desdicha uenia desterrada de su tierra.

Las pastoras portuguesas con muchas

lagrimas la consolauan, doliendose de su

destierro, cosa muy natural de aquella

naçion, y mucho más de los habitadores

de aquella prouinçia. Y preguntandoles

Felismena, qué çiudad era aquella que

auia dexado hazia la parte donde el rio,

con sus cristallinas aguas apressurando

su camino, con gran impetu uenia, y que

tambien desseaua saber, qué castillo era

aquel que sobre aquel monte mayor que

todos estaua edificado y otras cosas

semejantes. Y una de aquellas, que Duarda

se llamaua, le respondio, que la çiudad

se llamaua Coymbra, vna de las más

insignes y prinçipales de aquel reyno, y

aun de toda la Europa, ansi por la tierra

comarcana a ella, la qual aquel caudaloso

rio, que Mondego tenía por nombre, con

sus cristalinas aguas regaua. Y que todos

aquellos campos que con gran impetu

yua discurriendo, se llamauan el campo

de Mondego, y el castillo que delante

los ojos tenian, era la luz de nuestra

España. Y que este nombre le conuenia

más que el suyo proprio, pues en medio

de la infidelidad del Mahometico Rey

Marsilio, que tantos años le auia tenido

çercado, se auia sustentado, de manera

que siempre auia salido uençedor, y jamas

uençido, y que el nombre que tenía en

lengua Portuguesa era Montemor o uelho,

adonde la uirtud, el ingenio, ualor, y

esfuerço, auian quedado por tropheo de

las hazañas, que los habitadores dél,

en aquel tiempo auian hecho; y que las

damas que en él auia, y los caualleros

que lo habitauan, floresçian oy en todas

las uirtudes que ymaginar se podian. Y

assi le conto la pastora otras muchas

cosas de la fertilidad de la tierra, de

la antiguedad de los edifiçios, de la

riqueza de los moradores, de la hermosura

y discreçion de los Nimphas y pastores,

que por la comarca del inexpunable

castillo habitauan, cosas que a Felismena

pusieron en gran admiraçion, y rogandole

las pastoras que comiesse (porque no

deuia uenir con poca necessidad dello)

tuuo por bien de acçeptallo. Y en quanto

Felismena comia de lo que las pastoras

le dieron, la vian derramar algunas

lagrimas, de que ellas en estremo se

dolian. Y queriendole pedir la causa,

se lo estoruó la boz de un pastor,

que muy dulçemente al son de un rabel

cantaua, el qual fue luego conosçido de

las dos pastoras, porque aquel era el

pastor Danteo, por quien Armia terçiaua

con la graçiosa Duarda. La qual con

muchas lagrimas, dixo a Felismena:

Hermosa pastora, aunque el manjar es de

pastoras, la comida es de Prinçesa: qué

mal pensaste tú, quando aqui uenias, que

auias de comer con musica! Felismena

entonçes le respondio: No auria en el

mundo (graçiosa pastora) musica más

agradable para mí, que vuestra uista y

conuersaçion, y esto me daria a mí mayor

ocasion para tenerme por Prinçesa, que no

la musica que dezis. Duarda respondio:

Más auia de ualer que yo quien esso

meresçiesse, y más subido de quilate auia

de ser su entendimiento para entendello,

mas lo que fuere parte del desseo,

hallarse ha en mí cumplidamente. Armia

dixo contra Duarda: Ay Duarda, cómo eres

discreta, y quanto más lo serias si no

fuesses cruel. ¿Hay cosa en el mundo

como esta que por no oyr a aquel pastor

que está cantando sus desuenturas, está

metiendo palabras en medio, y occupando

en otra cosa el entendimiento? Felismena

entendiendo quién podia ser el pastor en

las palabras de Armia, las hizo estar

atentas, y oylle, el qual cantaua al son

de su instrumento esta cançion, en su

misma lengua.

Sospiros, minha lembrança

não quer, porque uos não uades

que o mal que fazem saudades

se cure com esperança.

A esperança não me ual,

polla causa en que se tem,

nem promete tanto bem,

quanto a saudade faz mal;

mas amor, desconfiança,

me deron tal qualidade,

que nem me mata saudade,

nem me da uida esperança.

Errarão se se queyxarem

os olhos con que eu olhey,

porque eu não me queyxarey,

en quanto os seus me lembraren,

nem poderá auer mudança,

jamas en minha uontade,

ora me mate saudade,

ora me deyxe esperança.

A la pastora Felismena supieron mejor las

palabras del pastor, que el combite de

las pastoras, por que más le pareçia que

la cançion se auia hecho para quexarse

de su mal, que para lamentar el ageno.

Y dixo, quando le acabó de oyr. ¡Ay,

pastor, que uerdaderamente paresçe que

aprendiste en mis males, a quexarte de

los tuyos! Desdichada de mí, que no ueo

ni oyo cosa, que no ponga delante la

razon que tengo, de no dessear la uida,

mas no quiera Dios que yo la pierda,

hasta que mis ojos vean la causa de

sus ardientes lagrimas. Armia dixo a

Felismena: Paresçeos (hermosa pastora)

que aquellas palabras meresçen ser oydas,

y que el coraçon de adonde ellas salen

se deue tener en más de lo que esta

pastora lo tiene? No trates, Armia (dixo

Duarda) de sus palabras, trata de sus

obras, que por ellas se ha de juzgar el

pensamiento del que las haze. Si tú te

enamoras de cançiones, y te paresçen

bien sonetos hechos con cuydado de dezir

buenas razones, desengañate que son la

cosa de que yo menos gusto reçibo, y por

la que menos me çertifico, del amor que

se me tiene. Felismena dixo entonçes

fauoresçiendo la razon de Duarda: Mira,

Armia, muchos males se escusarian, y

muy grandes desdichas no uernian en

effecto, si nosotras dexassemos de dar

credito a palabras bien ordenadas, y

razones compuestas de coraçones libres,

porque en ninguna cosa ellos muestran

tanto serlo, como en saber dezir por

orden un mal, que quando es uerdadero,

no ay cosa más fuera della. Desdichada

de mí, que no supe yo aprouecharme deste

consejo. A este tiempo, llegó el pastor

Portugues, donde las pastoras estauan, y

dixo contra Duarda, en su misma lengua:

A pastora, se as lagrimas destes olhos,

y as magoas deste coração, são pouca

parte para abrandar a dureza, com que

sou tratado, não quero de ti mays, senão

que minha conpanhia por estos campos

te não o seja importuna, ne os tristes

uersos que meu mal junto a esta hermosa

ribeira me faz cantar, te den occasião

denfadamento. Passa, hermosa pastora, a

sesta a sombra destes salguyeros, que ho

teu pastor te leuará as cabras a o rio,

y estará a o terreyro do sol, en quanto

ellas nas cristalinas agoas se banharen.

Pentea, hermosa pastora, os teus cabellos

douro iunto a aquella clara fonte donde

uen ho ribeyro que çerca este fremoso

prado, que eu irey en tanto em tanto a

repastar teu gado, y ter y conta com que

as ouelhas não o entren nas searas que

ao longo desta ribeyra estão. Desejo

que não tomes traballho en cousa nenhua,

nen eu descanso em quanto em cousas

tuas não trabalhar. Si isto te paresçe

pouco amor, dize tú en que te poderey

mostrar ho bem que te quero: que nao ha

amor final da pessoa dizer uerdade, en

qualquer cousa que diz, que offreçerse

ha esperiençia dela. La pastora Duarda

entonçes respondio: Danteo, se he uerdade

que ay amor no mundo, eu ho tiue contigo,

e tan grande como tú sabes, jamays nenhun

pastor de quantos apascentão seus gados

pollos campos de Mondego, e beben as

suas claras agoas, alcançou de mí nem

hua so palabra conque tiuesses occasião

de queyxarte de Duarda, nem do amor

que te ella sempre mostrou, a ninguen

tuas lagrimas, e ardentes sospiros mays

magoarão que a mi, ho dia que te meus

olhos não uiam, jamays se leuantauan a

covsa que lhes desse gosto. As uacas que

tú guardauas erão mays que minhas, muytas

mays uezes (reçeosa que as guardas deste

deleytoso campo lhes nam impedissem ho

pasto) me punha eu desde aquelle outeyro,

por uer se pareçião do que minhas ouelhas

erão por mi apasçentadas, nem postas em

parte onde sem sobresalto pasçessen as

eruas desta fermosa ribeyra: isto me

danaua a mí tanto en mostrarme sojeyta,

como a ti em haçerte comfiado. Bem sey

que de minha sogeicão naçeu tua confiança

y de tua confiança hazer o que fizeste.

Tu te casaste con Andresa, cuja alma

este en gloria, ¿qué cousa he esta, que

algum tempo não pidi a Deos, antes lhe

pidi uingança dela, y de ti? eu passe y

despoys de uosso casamento, o que tú e

outros muytos saben, quis minha fortuna

que a tua me não desse pena. Deyxa me

goxar de minha liberdade, y não esperes

que comigo poderas ganhar o que por

culpa tua perdeste. Acabando la pastora

la terrible respuesta que aueys oydo, y

queriendo Felismena meterse en medio de

la differençia de los dos, oyeron a una

parte del prado muy gran ruydo, y golpes

como de caualleros que se conbatian: y

todos con muy gran priessa se fueron a

la parte donde se oyan, por uer qué cosa

fuesse. Y uieron en una isleta que el rio

con una buelta hazia, tres caualleros que

con uno solo se combatían: y aunque se

defendia ualientemente, dando a entender

su esfuerço y ualentia, con todo esso

los tres le dauan tanto qué hazer, que

la ponian en neçessidad de aprouecharse

de toda su fuerça. La batalla se hazia a

pie, y los cauallos estauan arrendados a

unos pequeños arboles que alli auia. Y a

este tiempo ya el cauallero solo tenía

uno de los tres tendido en el suelo, de

un golpe de espada, con el qual le acabó

la uida: pero los otros dos, que muy

ualientes eran, le trayan ya tal, que no

se esperaua otra cosa sino la muerte.

La pastora Felismena, que uio aquel

cauallero en tan gran peligro, y que si

no le socorriesse, no podria escapar con

la uida, quiso poner la suya a riesgo

de perdella, por hazer lo que en aquel

caso era obligada, y poniendo una aguda

saeta en su arco, dixo contra uno dellos:

Teneos afuera, caualleros, que no es de

personas que deste nombre se preçian,

aprouecharse de sus enemigos con uentaja

tan conosçida. Y apuntandole a la uista

de la çelada, le acertó con tanta fuerça,

que entrandole por los ojos passó de la

otra parte, de manera que aquel uino

muerto al suelo. Quando el caualllero

solo uio muerto a uno de sus contrarios,

arremetio al terçero con tanto esfuerço,

como si entonçes començara su batalla,

pero Felismena le quitó de trabajo,

poniendo otra flecha en su arco, con la

qual, no parando en las armas, le entró

por debaxo de la tetilla yzquierda, y

le atrauesso el coraçon de manera que

el cauallero lleuó el camino de sus

compañeros. Quando los pastores vieron lo

que Felismena auia hecho, y el cauallero

vio de dos tiros matar dos caualleros tan

valientes, ansi vnos como otros quedaron

en extremo admirados. Pues quitandose el

cauallero el yelmo, y llegandose a ella,

le dixo: Hermosa pastora, con qué podre

yo pagaros tan grande merced, como la que

de vos he reçibido en este dia, si no en

tener conosçida esta deuda para nunca

jamas perdella del pensamiento? Quando

Felismena vio el rostro del cauallero,

y lo conosçio, quedó tan fuera de si,

que de turbada casi no le supo hablar:

mas boluiendo en si, le respondio: Ay

don Felis, que no es ésta la primera

deuda en que tú me estás, y no puedo yo

creer, que ternás della el conosçimiento

que dizes, sino el que de otras muy

majores has tenido. Mira a qué tiempo me

ha traydo mi fortuna y tu desamor, que

quien solia en la çiudad ser seruida de

ti con torneos y iustas, y otras cosas

con que me engañauas (o con que yo me

dexaua engañar) anda aora desterrada de

su tierra y de su libertad, por auer tú

querido vsar de la tuya.

Si esto no te trae a conosçimiento de lo

que me deues, acuerdate que vn año te

estuue siruiendo de page, en la corte de

la prinçesa Çesarina: y aun de terçero

contra mí misma, sin jamas descubrirte

mi pensamiento, por solo dar remedio

al mal que el tuyo te hazia sentir. O

quantas vezes te alcançé los fauores de

Celia tu señora, a gran costa de mis

lagrimas! Y no lo tengas en mucho, que

quando estas no bastaran, la vida diera

yo a trueque de remediar la mala que tus

amores te dauan. Si no estás saneado de

lo mucho que te he querido, mira las

cosas que la fuerza del amor me ha hecho

hazer. Yo me sali de mi tierra, yo te

vine a seruir, y a dolerme del mal que

suffrias, y a suffrir el agrauio que yo

en esto reçebia: y a trueque de darte

contento, no tenía en nada biuir la más

triste vida que nadie vivio. En trage

de dama te he querido, como nunca nadie

quiso, en habito de page te serui, en la

cosa más contraria a mi descanso, que

se puede ymaginar: y aun aora en trage

de pastora vine a hazerte este pequeño

seruiçio. Ya no me queda más que hazer,

sino es sacrificar la vida a tu desamor,

si te pareçe que deuo hacello, y que tú

no te has de acordar de lo mucho que te

he querido, y quiero: la espada tienes

en la mano, no quieras que otro tome en

mí la vengança de lo que te merezco.

Quando el cauallero oyó las palabras de

Felismena, y conoçio todo lo que dixo,

auer sido ansi: el coraçon se le cubrio,

de ver las sin razones que con ella auia

vsado: de manera, que esto y la mucha

sangre que de las heridas se le yua,

fueron causa de vn subito desmayo cayendo

a los pies de la hermosa Felismena, como

muerto. La qual con la mayor pena que

ymaginarse puede, tomandole la cabeça en

su regaço, con muchas lagrimas que sobre

el rostro de su cauallero destilaua,

començo a dezir: ¿qué es esto, fortuna?

¿es llegado el fin de mi uida, junto con

la del mi don Felis? Ay don Felis, causa

de todo mi mal, si no bastan las muchas

lagrimas que por tu causa he derramado,

y las que sobre tu rostro derramo, para

que bueluas en ti: qué remedio terna

esta desdichada, para que el gozo de

uerte no se le buelua en ocasion de

desesperarse? Ay mi don Felis, despierta

si es sueño el que tienes, aunque no me

espantaria si no lo hiziesses, pues jamas

cosas mias te le hizieron perder. Y en

estas y otras lamentaçiones estaua la

hermosa Felismena, y las otras pastoras

Portuguesas le ayudauan quando por las

piedras que pasauan a la isla, vieron

uenir una hermosa Ninpha, con un uaso de

oro, y otro de plata en las manos, la

qual luego de Felismena fue conosçida, y

le dixo: Ay Dorida, quién auia de ser,

la que a tal tiempo socorriesse a esta

desdichada, sino tú? Llegate acá, hermosa

Nimpha, y uerás puesta la causa de todos

mis trabajos en el mayor que es possible

tenerse. Dorida entonçes le respondio:

Para estos tiempos es el animo, y no

te fatigues, hermosa Felismena, que

el fin de tus trabajos es llegado, y

el prinçipio de tu contentamiento; y

diziendo esto, le echó sobre el rostro

de una odorifera agua, que en el uaso de

plata traya, la qual le hizo boluer en

todo su acuerdo, y le dixo: Cauallero, si

quereys cobrar la vida, y dalla a quien

tan mala, a causa vuestra, la ha passado,

beued del agua deste uaso. Y tomando don

Felis el uaso de oro entre las manos,

beuio gran parte del agua que en él

venía. Y como vuo un poco reposado con

ella, se sintio tan sano de las heridas

que los tres caualleros le auian hecho,

y de la que amor, a causa de la señora

Çelia, le auia dado, que no sentia más

la pena que cada uno dellas le podian

causar que si nunca las uuiera tenido.

Y de tal manera se boluio a renouar el

amor de Felismena, que en ningun tiempo

le paresçio auer estado tan biuo como

entonçes: y sentandose ençima de la verde

yerua, tomó las manos a su pastora, y

besandoselas muchas uezes, dezia: Ay,

Felismena, quán poco haria yo en dar la

uida a trueque de lo que te deuo: que

pues por ti la tengo, muy poco hago en

darte lo que es tuyo. Con qué ojos podra

mirar tu hermosura, el que faltandole

el conosçimiento, de lo que te deuia,

osó ponellos en otra parte? Qué palabras

bastarian para disculparme, de lo que

contra ti he cometido? Desdichado de

mí, si tu condiçion no es en mi fauor,

porque ni bastara satisfaçion, para tan

gran yerro, ni razon, para disculparme

de la grande que tienes de oluidarme?

Verdad es, que yo quise bien a Çelia

y te oluidé: mas no de manera, que de

la memoria se me passasse tu valor y

hermosura. Y lo bueno es, que no sé a

quién ponga á parte de la culpa que se

me puede attribuyr, porque si quiero

ponella a la poca edad que entonçes

tenía, pues la tuue para quererte, no me

auia de faltar para estar firme en la

fe que te deuia. Si a la hermosura de

Çelia, muy clara está la ventaja que a

ella, y a todas las del mundo tienes. Si

a la mudança de los tiempos, esse auia

de ser el toque donde mi firmeza auia

de mostrar su valor. Si a la traydora

de ausencia, tan poco paresçe bastante

disculpa, pues el desseo de verte, auia

estado ausente de sustentar tu imagen

en mi memoria. Mira, Felismena, quán

confiado estoy en tu bondad y clemençia,

que sin miedo te oso poner delante las

causas que tienes de no perdonarme. Mas

qué haré para que me perdones, o para

que despues de perdonado, crea que estás

satisfecha? Vna cosa me duele más que

quantas en el mundo me pueden dar pena, y

es, ver que puesto caso que el amor que

me has tenido, y tienes, te haga perdonar

tantos yerros, ninguna vez alçaré los

ojos a mirarte que no me lleguen al alma

los agrauios que de mí has recibido. La

pastora Felismena que uio a don Felis

tan arrepentido, y tan buelto a su

primero pensamiento, con muchas lagrimas

le dezia, que ella le perdonaua, pues

no suffria menos el amor que siempre

le auia tenido: y que ansi pensara no

perdonalle, no se vuiera por su causa

puesto a tantos trabajos, y otras cosas

muchas con que don Felis quedó confirmado

en el primer amor. La hermosa Nimpha

Dorida, se llegó al cauallero, y despues

de auer passado entre los dos muchas

palabras y grandes offresçimientos de

parte de la sábia Feliçia, le suplicó,

que él, y la hermosa Felismena se fuessen

con ella al tenplo de la Diana, donde

los quedaua esperando con grandissimo

desseo de verlos. Don Felis lo conçedio:

y despedido de las pastoras Portuguesas

(que en extremo estauan espantadas, de

lo que auian visto) y del affligido

pastor Danteo, tomando los cauallos

de los caualleros muertos, las quales

sobre tomar a Danteo el suyo, le auian

puesto en tanto aprieto, se fueron por su

camino adelante, contando Felismena a don

Felis con muy gran contento lo que auia

passado, despues que no le auia visto,

de lo qual él se espantó estrañamente,

y espeçialmente de la muerte de los

tres saluages, y de la casa de la sábia

Feliçia y suçesso de los pastores y

pastoras, y todo lo más que en este

libro se ha contado. Y no poco espanto

lleuaua don Felis, en ver que su señora

Felismena le vuiesse seruido tantos dias

de page, y que de puro diuertido en el

entendimiento, no la auia conosçido, y

por otra parte, era tanta su alegria, de

verse de su señora bien amado, que no

podia encubrillo. Pues caminando por sus

jornadas, llegaron al templo de Diana,

donde la sábia Feliçia los esperaua,

y ansi mismo los pastores Arsileo, y

Belisa, y Syluano, y Seluagia, que pocos

dias auia que eran alli venidos. Fueron

reçebidos con muy gran contento de todos,

espeçialmente la hermosa Felismena, que

por su bondad, y hermosura de todos

era tenida en gran possession. Alli

fueron todos desposados con las que bien

querian, con gran regoçijo, y fiesta de

todas las Nimphas, y de la sábia Feliçia,

a la qual no ayudó poco Sireno en su

venida, aunque della se le siguio lo

que en la segunda parte deste libro se

contará, juntamente con el sucçesso del

pastor, y pastora Portuguesa, Danteo y

Duarda.

FIN DE LOS SIETE LIBROS DE LA DIANA DE

GEORGE DE MONTEMAYOR

Orígenes de la novela, Tomo II · 第 271 / 605 题