DE LA DIANA DE GEORGE DE MONTEMAYOR

Baxaua de las montañas de Leon el

oluidado Sireno, á quien amor, la

fortuna, el tiempo, tratauan de manera,

que del menor mal que en tan triste

uida padescía, no se esperaua menos que

perdella. Ya no lloraua el desuenturado

pastor el mal que la ausencia le

prometia, ni los temores de oluido le

importunauan, porque vía cumplidas las

prophecías de su recelo, tan en perjuyzio

suyo, que ya no tenía más infortunios con

que amenazalle. Pues llegando el pastor

a los verdes y deleitosos prados, que

el caudaloso rio Ezla con sus aguas va

regando, le vino a la memoria el gran

contentamiento de que en algun tiempo

allí gozado auia: siendo tan señor de

su libertad, como entonces subjecto a

quien sin causa lo tenía sepultado en

las tinieblas de su oluido. Consideraua

aquel dichoso tiempo que por aquellos

prados, y hermosa ribera apascentaua su

ganado, poniendo los ojos en solo el

interesse que de traelle bien apascentado

se le seguía, y las horas que le sobrauan

gastaua el pastor en solo gozar del

suaue olor de las doradas flores, al

tiempo que la primauera, con las alegres

nueuas del uerano, se esparze por el

uniuerso; tomando a uezes su rabel,

que muy polido en un çurron siempre

traíaces una çampoña, al son de la qual

componía los dulces versos con que de

las pastoras de toda aquella comarca

era loado. No se metia el pastor en la

consideracion de los malos, o buenos

successos de la fortuna, ni en la mudança

y uariacion de los tiempos; no le passaua

por el pensamiento la diligencia, y

codicias del ambicioso cortesano, ni

la confiança y presuncion de la Diana

celebrada por solo el uoto y parescer de

sus apassionados: tampoco le daua pena

la hinchaçon, y descuydo del orgulloso

priuado. En el campo se crió, en el campo

apascentaua su ganado, y ansi no salian

del campo sus pensamientos, hasta que

el crudo amor tomó aquella possession

de su libertad, que él suele tomar de

los que más libres se imaginan. Venia

pues el triste Sireno los ojos hechos

fuentes, el rostro mudado, y el coraçon

tan hecho a sufrir desuenturas, que si la

fortuna le quisiera dar algun contento

fuera menester buscar otro coraçon nueuo

para recebille. El uestido era de un

sayal tan aspero como su uentura, un

cayado en la mano, un çurron del brazo

yzquierdo colgando. Arrimose al pie

de un haya, començo a tender sus ojos

por la hermosa ribera, hasta que llegó

con ellos al lugar donde primero auia

uisto la hermosura, gracia, honestidad

de la pastora Diana, aquella en quien

naturaleza sumó todas las perfeciones,

que por muchas partes auia repartido. Lo

que su coraçon sintio imaginelo aquel que

en algun tiempo se halló metido entre

memorias tristes. No pudo el desuenturado

pastor poner silencio á las lagrimas,

ni escusar los sospiros que del alma le

salian. Y boluiendo los ojos al cielo,

començo a dezir desta manera: ¡Ay,

memoria mia! enemiga de mi descanso, no

os ocuparades mejor en hazer me oluidar

desgustos presentes, que en ponerme

delante los ojos contentos passados? ¿Qué

dezis, memoria? Que en este prado vi á mi

señora Diana. Que en el comence a sentir

lo que no acabaré de llorar. Que junto a

aquella clara fuente, cercada de altos

y verdes sauces, con muchas lagrimas

algunas vezes me juraua, que no auia cosa

en la vida, ni noluntad de padres, ni

persuasion de hermanos, ni importunidad

de parientes que de su pensamiento

le[1211] apartasse. Y que quando esto

dezia, salian por aquellos hermosos ojos

vnas lagrimas, como orientales perlas,

que parescian testigos de lo que en

el coraçon le quedaua, mandandome só

pena de ser tenido por hombre de baxo

entendimiento, que creyesse lo que tantas

vezes me dezia. Pues espera vn poco,

memoria, ya que me aueis puesto delante

los fundamentos de mi desuentura (que

tales fueron ellos, pues el bien que

entonces passé, fué principio del mal que

ahora padezco) no se os oluiden, para

templar me este descontento, de poner me

delante los ojos vno a vno, los trabajos,

los desassossiegos, los temores, los

recelos, las sospechas, los celos, las

desconfianças, que aun en el mejor

estado no dexan al que verdaderamente

ama. ¡Ay, memoria, memoria, destruydora

de mi descanso! ¡quan cierto está

responder me, qu'el mayor trabajo que

en estas consideraciones se passaua,

era muy pequeño, en comparacion del

contentamiento que a trueque dél recebia;

Vos, memoria, teneis mucha razon, y lo

peor dello es tenella tan grande. Y

estando en esto, sacó del seno un papel,

donde tenia embueltos vnos cordones de

seda verde y cabellos[1212] y poniéndolos

sobre la verde yerua, con muchas

lagrimas sacó su rabel, no tan loçano

como lo traía al tiempo que de Diana

era fauorescido, y començo a cantar lo

siguiente:

¡Cabellos, quanta mudança

he visto despues que os vi

y quan mal paresce ahí

esta color de esperança!

Bien pensaua yo cabe ellos

(aunque con algun temor)

que no fuera otro pastor

digno de verse cabe ellos.

¡Ay, cabellos, quantos dias

la mi Diana miraua,

si os traya, ó si os dexaua,

y otras cien mil niñerias!

Y quantas vezes llorando

¡ay!, lagrimas engañosas,

pedia celos, de cosas

de que yo estaua burlando.

Los ojos que me matauan,

dezid, dorados cabellos,

¿que culpa tuue en creellos,

pues ellos me assegurauan?

¿No vistes vos que algun dia,

mil lagrimas derramaua

hasta que yo le juraua,

que sus palabras creya?

¿Quien vió tanta hermosura

en tan mudable subjecto?

y en amador tan perfecto,

quien vio tanta desuentura?

Oh, cabellos ¿no os correys,

por venir de ado venistes,

viendo me como me vistes

en uerme como me veys?

Sobre el arena sentada

de aquel rio la ui yo

do con el dedo escriuió:

antes muerta, que mudada.

Mira el amor lo que ordena,

que os uiene hazer creer

cosas dichas por mujer,

y escritas en el arena.

No acabara tan presto Sireno el triste

canto, si las lagrimas no le fueran a

la mano, tal estaua como aquel a quien

fortuna tenia atajados todos los caminos

de su remedio. Dexó caer su rabel, toma

los dorados cabellos, bueluelos a su

lugar, diziendo: ¡Ay, prendas de la más

hermosa, y desleal pastora, que humanos

ojos pudieron ver! Quan a vuestro saluo

me aueis engañado. ¡Ay, que no puedo

dexar de veros, estando todo mi mal en

aueros visto! Y quando del çurron sacó la

mano, acaso topó con una carta, que en

tiempo de su prosperidad Diana le auia

embiado; y como lo vio, con vn ardiente

sospiro que del alma le salia, dixo: ¡Ay,

carta, carta, abrasada te vea, por mano

de quien mejor lo pueda hazer que yo,

pues jamas en cosa mia pude hazer lo que

quisiesse; malhaya quien ahora te leyere!

Mas ¿quien podra hazerlo? Y descogiendola

vio que dezia:

Orígenes de la novela, Tomo II · 第 244 / 605 题