Baxaua de las montañas de Leon el
oluidado Sireno, á quien amor, la
fortuna, el tiempo, tratauan de manera,
que del menor mal que en tan triste
uida padescía, no se esperaua menos que
perdella. Ya no lloraua el desuenturado
pastor el mal que la ausencia le
prometia, ni los temores de oluido le
importunauan, porque vía cumplidas las
prophecías de su recelo, tan en perjuyzio
suyo, que ya no tenía más infortunios con
que amenazalle. Pues llegando el pastor
a los verdes y deleitosos prados, que
el caudaloso rio Ezla con sus aguas va
regando, le vino a la memoria el gran
contentamiento de que en algun tiempo
allí gozado auia: siendo tan señor de
su libertad, como entonces subjecto a
quien sin causa lo tenía sepultado en
las tinieblas de su oluido. Consideraua
aquel dichoso tiempo que por aquellos
prados, y hermosa ribera apascentaua su
ganado, poniendo los ojos en solo el
interesse que de traelle bien apascentado
se le seguía, y las horas que le sobrauan
gastaua el pastor en solo gozar del
suaue olor de las doradas flores, al
tiempo que la primauera, con las alegres
nueuas del uerano, se esparze por el
uniuerso; tomando a uezes su rabel,
que muy polido en un çurron siempre
traíaces una çampoña, al son de la qual
componía los dulces versos con que de
las pastoras de toda aquella comarca
era loado. No se metia el pastor en la
consideracion de los malos, o buenos
successos de la fortuna, ni en la mudança
y uariacion de los tiempos; no le passaua
por el pensamiento la diligencia, y
codicias del ambicioso cortesano, ni
la confiança y presuncion de la Diana
celebrada por solo el uoto y parescer de
sus apassionados: tampoco le daua pena
la hinchaçon, y descuydo del orgulloso
priuado. En el campo se crió, en el campo
apascentaua su ganado, y ansi no salian
del campo sus pensamientos, hasta que
el crudo amor tomó aquella possession
de su libertad, que él suele tomar de
los que más libres se imaginan. Venia
pues el triste Sireno los ojos hechos
fuentes, el rostro mudado, y el coraçon
tan hecho a sufrir desuenturas, que si la
fortuna le quisiera dar algun contento
fuera menester buscar otro coraçon nueuo
para recebille. El uestido era de un
sayal tan aspero como su uentura, un
cayado en la mano, un çurron del brazo
yzquierdo colgando. Arrimose al pie
de un haya, començo a tender sus ojos
por la hermosa ribera, hasta que llegó
con ellos al lugar donde primero auia
uisto la hermosura, gracia, honestidad
de la pastora Diana, aquella en quien
naturaleza sumó todas las perfeciones,
que por muchas partes auia repartido. Lo
que su coraçon sintio imaginelo aquel que
en algun tiempo se halló metido entre
memorias tristes. No pudo el desuenturado
pastor poner silencio á las lagrimas,
ni escusar los sospiros que del alma le
salian. Y boluiendo los ojos al cielo,
començo a dezir desta manera: ¡Ay,
memoria mia! enemiga de mi descanso, no
os ocuparades mejor en hazer me oluidar
desgustos presentes, que en ponerme
delante los ojos contentos passados? ¿Qué
dezis, memoria? Que en este prado vi á mi
señora Diana. Que en el comence a sentir
lo que no acabaré de llorar. Que junto a
aquella clara fuente, cercada de altos
y verdes sauces, con muchas lagrimas
algunas vezes me juraua, que no auia cosa
en la vida, ni noluntad de padres, ni
persuasion de hermanos, ni importunidad
de parientes que de su pensamiento
le[1211] apartasse. Y que quando esto
dezia, salian por aquellos hermosos ojos
vnas lagrimas, como orientales perlas,
que parescian testigos de lo que en
el coraçon le quedaua, mandandome só
pena de ser tenido por hombre de baxo
entendimiento, que creyesse lo que tantas
vezes me dezia. Pues espera vn poco,
memoria, ya que me aueis puesto delante
los fundamentos de mi desuentura (que
tales fueron ellos, pues el bien que
entonces passé, fué principio del mal que
ahora padezco) no se os oluiden, para
templar me este descontento, de poner me
delante los ojos vno a vno, los trabajos,
los desassossiegos, los temores, los
recelos, las sospechas, los celos, las
desconfianças, que aun en el mejor
estado no dexan al que verdaderamente
ama. ¡Ay, memoria, memoria, destruydora
de mi descanso! ¡quan cierto está
responder me, qu'el mayor trabajo que
en estas consideraciones se passaua,
era muy pequeño, en comparacion del
contentamiento que a trueque dél recebia;
Vos, memoria, teneis mucha razon, y lo
peor dello es tenella tan grande. Y
estando en esto, sacó del seno un papel,
donde tenia embueltos vnos cordones de
seda verde y cabellos[1212] y poniéndolos
sobre la verde yerua, con muchas
lagrimas sacó su rabel, no tan loçano
como lo traía al tiempo que de Diana
era fauorescido, y començo a cantar lo
siguiente:
¡Cabellos, quanta mudança
he visto despues que os vi
y quan mal paresce ahí
esta color de esperança!
Bien pensaua yo cabe ellos
(aunque con algun temor)
que no fuera otro pastor
digno de verse cabe ellos.
¡Ay, cabellos, quantos dias
la mi Diana miraua,
si os traya, ó si os dexaua,
y otras cien mil niñerias!
Y quantas vezes llorando
¡ay!, lagrimas engañosas,
pedia celos, de cosas
de que yo estaua burlando.
Los ojos que me matauan,
dezid, dorados cabellos,
¿que culpa tuue en creellos,
pues ellos me assegurauan?
¿No vistes vos que algun dia,
mil lagrimas derramaua
hasta que yo le juraua,
que sus palabras creya?
¿Quien vió tanta hermosura
en tan mudable subjecto?
y en amador tan perfecto,
quien vio tanta desuentura?
Oh, cabellos ¿no os correys,
por venir de ado venistes,
viendo me como me vistes
en uerme como me veys?
Sobre el arena sentada
de aquel rio la ui yo
do con el dedo escriuió:
antes muerta, que mudada.
Mira el amor lo que ordena,
que os uiene hazer creer
cosas dichas por mujer,
y escritas en el arena.
No acabara tan presto Sireno el triste
canto, si las lagrimas no le fueran a
la mano, tal estaua como aquel a quien
fortuna tenia atajados todos los caminos
de su remedio. Dexó caer su rabel, toma
los dorados cabellos, bueluelos a su
lugar, diziendo: ¡Ay, prendas de la más
hermosa, y desleal pastora, que humanos
ojos pudieron ver! Quan a vuestro saluo
me aueis engañado. ¡Ay, que no puedo
dexar de veros, estando todo mi mal en
aueros visto! Y quando del çurron sacó la
mano, acaso topó con una carta, que en
tiempo de su prosperidad Diana le auia
embiado; y como lo vio, con vn ardiente
sospiro que del alma le salia, dixo: ¡Ay,
carta, carta, abrasada te vea, por mano
de quien mejor lo pueda hazer que yo,
pues jamas en cosa mia pude hazer lo que
quisiesse; malhaya quien ahora te leyere!
Mas ¿quien podra hazerlo? Y descogiendola
vio que dezia: