_Como siendo Pitágoras fue transformado
en Dionisio rey de Sicilia y lo que
por mal gobernar se sucede._
GALLO.--Despues sucedi en el cuerpo de
Dionisio rey de Secilia.
MICILLO.--¿Fueste tú aquel que tuvo por
nombre Dionisio el tirano?
GALLO.--No ese, mas su hijo el mayor.
MICILLO.--Pues di la verdad, que tambien
fueste algo cruel y aun si digo mas no
mintiré; tú ¿no mataste á tus hermanos
y parientes poco á poco porque temías
que te habian de privar del reino? bien
sé que sino te llamaron el tirano fué
porque en el nombre difirieses de tu
padre; basta que te llamaron siracusano
por las crueldades que heciste en los
siracusanos; dime la verdad, que ya no
tienes que perder.
GALLO.--No te negaré algo de lo que pasó
desde mi niñez, porque veas el mal reinar
á qué estado me vino á traer. Yo fue
el mayor entre los hijos de mi padre y
como el reinado se adquirió por tirania
no sucedimos los hijos herederos, sino
trabajabamos ganar la gente del pueblo
que nos habia de favorescer, y ansi yo
procuré quanto á lo primero haber á pesar
de mis hermanos los tesoros de mi padre,
con los cuales como liberal distribuí
por los soldados y gente de armas, que
habia mucho tiempo que mi padre los
tenia por pagar, y despues por atraer
el pueblo á mi favor solté tres mil
varones que mi padre tenia en la carcer
muy miserablemente atados porque no le
querian acudir con sus rentas y haciendas
para aumentar sus tesoros y solteles el
tributo por tres años á ellos y á todo el
pueblo. Mas despues que fue elegido de
los ciudadanos y comarcanos, ¡oh Micillo!
vergüenza tengo de te lo decir.
MICILLO.--Dimelo, no tengas vergüenza de
lo contar á un tan amigo y compañero tuyo
como yo.
GALLO.--Comence luego de siguir la
tirania y porque tenia sospecha de
mis hermanos yo los degolle y despues
los quemé á ellos y á mis parientes
y aquellos mayores de la ciudad, que
fueron mas de mill, y despues dobléles
el tributo fingiendo guerras con las
cercanas provincias y grandes prestamos;
mi intencion era aumentar tesoros para
defender mi misera vida; deleitabame
mucho en cortar cabezas de los mayores
y en robar haciendas de los menores;
hacia traer ante mí aquellas riquezas;
deleitabame en verlas; en fin, todo
este mi deleite se me convertio en gran
trabajo y pesar, porque como el pueblo
se agraviase con estas sinrazones,
conspiraron contra mi y por defenderme
retrajeme á la fortaleza con algunos que
me quisieron seguir. Ya estando allí
cercado, yo aun quisiese usar de crueldad
porque inviandome embajadores de paz los
prendí y los maté y plugo á Dios que por
mi maldad fue echado por fuerza de allí y
fueme acoger con los lucrenses, que era
una ciudad sujeta á Siracusa, y ellos me
rescibieron muy bien como no sabian que
yo iba huyendo; yo como hombre habituado
á las pasadas costumbres comence á
robar entrellos (_sic_) lucrenses las
haciendas de los ricos, tomando las
mujeres hermosas á sus maridos y sacando
las encerradas doncellas que estaban
consagradas á los templos, y robaba los
templos de todos los aparejos de oro y
plata que habia para los sacreficios, y
con estas obras vinieronse los lucrenses
á enojar de mi; ¡oh omnipotente Dios! y
qué trabajo tenía en conservarme en la
vida; ¡cuán temeroso estaba de morir!
ni osaba beber en vaso, ni aun comer ni
dormir, porque en lo uno y en lo otro
temia que me habian de matar; ¿qué más
quieres, sino que te doy mi fe que con
un carbon ardiendo me cortaba la barba
por no me fiar de la mano y navaja del
barbero, y trabajé por enseñar el oficio
de barbero, á unas dos hijas que yo
tenia, porque me quemaba con el carbon
que no lo podia ya sufrir? Despues que
por seis años pasé estos trabajos, no me
pudiendo sufrir los lucrenses echaronme
por fuerza de la tierra, y sintiendo en
paz á Siracusa volvime para ella, y como
de ahi algunos dias yo volviese á ser
peor me venieron á echar de la tierra
jion (_sic_) e yo desventurado, corrido
y afrentado, sin poderle resistir me
fue[292] en Corintio destruido por me
guarescer; aqui vine á vevir en mucha
miseria demandando á mis amigos y
enemigos por limosna el mantinimiento e
no lo querian dar, á que vine á vevir en
mucha miseria y tanta necesidad que no
tenia una capa con que me defender del
frio; en fin, yo me vi aqui en extrema
miseria, tanto que me vine á enseñar
mochachos á leer y escrebir porque de
aquel salario me pudiese mantener.
MICILLO.--Mas antes yo he oido decir
que lo hacias por ejercitar tu crueldad
castigando los mochachos con continas
disciplinas, y eras tan extremadamente
cruel que dicen de ti que en Siracusa
una bieja de muy grandisima edad rogaba
á los dioses continuamente por ti que
te dejasen vivir por muchos años, y
preguntando porqué lo hacia, pues toda
la cibdad blasfemaba de ti, respondio
que habia visto en su vida larga muchos
señores tiranos en aquella ciudad y que
de contino sucedia otro tirano peor y
que rogaba á los dioses que tú vivieses
mucho, porque si acaso habia de suceder
otro tan malo y más peor, que á todos
mandaria quemar juntamente con Siracusa.
GALLO.--¡Oh Micillo! todo me lo has de
decir, que no callarás algo; bien has
visto el trabajo que tienen los hombres
en el mundo en el reinar y regir mal las
provincias tiranizando los subditos;
mira el pago que los dioses me dieron
por mi mal vivir; y si piensas que más
descanso y contento tiene un buen rey
que con tranquilidad y quietud gobierna
su reino, engañaste de verdad, porque
visto he que viven sin algun deleite ni
placer; piensa desde los primeros justos
gobernadores de Atenas é de toda Asia,
Europa, Africa y hallarás que no hay
mayor dolor en la vida de los hombres
quel regir y gobernar. Si no, preguntalo
á Asalon (Solon) el cual decía que
tanto cuanto más trabajaba por ser buen
gobernador de su republica tanto y más
trabajo y mal añadia; pero si consideras
tú cuán gran carga echa acuestas el que
de republica tiene cuidado y aquel que
bien ha de regir las cosas, piensa que
no tiene de pensar en otra cosa en todos
los dias de su vida, sin nunca tener
lugar para pensar un momento en su propio
y privado bien, con cuánta solicitud
procura que se guarden y esten en su
vigor y fuerza las leyes quel fundó y no
firmó; con cuánto cuidado trabaja que los
oficiales de su republica sean justos, no
robadores, no coecheros ni sosacadores
de las haciendas de los míseros de
ciudadanos y qué continua congoja tiene,
considerando que'stá puesto sobre el
pueblo por propio ojo de todos con el
cual todos se han de gobernar, como
piloto de un gran navio en cuyo descuido
está la perdicion de toda la mercaderia y
junto en el flete del navio va, y tienen
gran cuidado en ver que si en el menor
pecado ó vicio incurre, á todo el pueblo
lleva de si; de otra parte le combate
su mucha libertad y su mando y señorio
para usar del deleite de la lujuria, del
robar para adquirir tesoros, vendiendo
synos (_sic_) preturas y gobiernos para
personas tiranas que le destruyan los
vasallos é suditos, lo cual huye el
buen principe posponiendo cualquiera
interese; ¿pues qué soberano trabajo
es sufrir los adúlteros y lisonjeros
que por servirles le cantan moviendo al
buen rey con loores que claramente ves
que en si mismo no los hay; pues, ¿qué
afrenta rescibe cuando le canta en sus
versos: hice escaramuzas notables, si
nunca entró en batalla ni pelea, y cuando
le procura importunar trayendo á la
memoria la genología de sus antecesores,
de cuya gloria, él como buen rey no se
quiere preciar, sino de su propia virtud?
Alleganse á esto los odios, las invidias,
las murmuraciones de los menores, de las
guerras, disenciones y desasosiegos de
sus reinos, que todo ha de caer sobre
él y sobre su buena solicitud; pues
allende desto qué trabajos se ofrecen
en las encomiendas de las capitanias y
de los oficios del campo, de oir las
quejas de los miseros labradores que
los soldados les destruyen sus mieses
y viñas y les roban su ganado, que no
basta mantenerlos de balde, mas que les
toman por fuerza las mujeres y hijas y
sin les poder defender de todo esto. ¿Di,
Micillo, el buen rey que sintirá, con
que sosiego podrá dormir, con qué sabor
comer é que felicidad ó deleite piensas
que puede tener? Pues ¿qué te contaré de
los caballeros y escuderos y continos
que comunican en casa del rey y llevan
salarios en el palacio real, á los cuales
como en el mundo no sea cosa más baja ni
más enojosa ni desabrida ni más trabajosa
ni aun más vil quel estado del siervo,
ellos se precian de serlo, con decir que
tratan y conversan con el rey y que le
veen comer y hablar y por esto se tienen
por los primeros; en todos los negocios
y horas con una sola cosa son contentos,
sin tener invidia de alguno, y tratando
ellos la seda y el brocado y las piedras
preciosas menos pueden y curan de todos
los buenos estados del vevir y de la
virtud que engrandece los nobres y este
dejan por otros, diciendo que les sea
cosa muy contraria el saber; en esto solo
se tienen por bienaventurados en poder
llamar amo al rey, en saber saludar á
todos conforme al palacio y que tienen
noticia de los títulos y señores que
andan en la Corte y saben á cuál han de
llamar ilustre, á cuál manifico, á cuál
serenisimo señor; precianse de saber bien
lisonjear, porque esta es la ciencia en
que más se ha de mostrar el hombre del
palacio. Pues si miras toda la manera de
su vivir en qué gastan el tiempo de su
vida, ¡oh qué confusion y qué trabajo y
qué laberintio de eterno dolor! oyémelo
y cree que lo dirá hombre expirimentado
y que todo ha pasado por mi sudor hasta
el medio día porque se fueron acostar
cuando queria amanescer; luego mandan que
esté aparejado un asalariado sacerdote
que muy apriesa sacrefique a Dios junto á
su cama á la hora de medio día y despues
comenzanse á vestir con mucho espacio con
todas las pesadumbres y polidezas del
mundo y a la hora de las vísperas van á
ver si quiere comer el Rey; ¡oh qué hacen
en palacio! dispónense á servir á la
mesa; á la hora que ni entra en sabor ni
en sazon se van ellos á comer frio y mal
guisado y luego á jugar con las rameras
ó acompañar al Rey doquiera que fuere;
venida la hora de la cena tornan al
mismo trabajo y despues que á ellos les
dan de cenar, á la media noche vuelven
al juego y si juega el Rey ó Principe ó
otro cualquiera que sea su señor, estan
alli en pie hasta que harto su apetito
de jugar se quieren ir á dormir cuando
quiere amanescer. Pues las camas y
posadas de la gente de palacio, ¿quién
te las pintará? cada dia la suya y tres ó
cuatro echados en una, unos sobre arcas
é otros sobre cofres tumbados. En cuanto
se debe estimar; ¡oh vida de más que
desesperados! ¡oh Purgatorio de perpetuo
dolor! Pues entre estos anda un género de
hombres malaventurados que no los puedo
callar; su nombre es truanes chucarreros,
los cuales se precian deste nombre y se
llaman ansi y pienso que en los decir
su trabajo no merezco culpa si a[ca]so
no me erré. Estos para ser estimados y
ganar el comer se han de hacer bobos ó
infames para sofrir cualquier afrenta
que les quisieren hacer; precianse de
sucios borrachos y glotones; entre sus
gracias y donaires es descobrir sus
partes vergonzosas y deshonestas á quien
las quiere ver; sin ninguna vergüenza ni
temor nombran muchas cosas sucias las
cuales mueven al hombre á se recoger en
si; sirven de alcahuetes para pervertir á
las muy vergonzosas señoras y doncellas y
casadas y aun muchas veces se desmandan
á tentar las monjas consagradas á Dios.
Su principal oficio es lisonjear al que
tiene presente porque le dé y decir mal
de la gente publicando que nunca le
dio; y en fin de todos dicen mal porque
otra vez tienen aquel ausente. Esta es
su vida, este es su oficio, su trato y
conversacion y para esto, son hábiles y
no para mas; de tal suerte que si les
vedase algun principe esta su manera de
vivir por les rescatar sus ánimas, no
sabrian de qué vivir ni en qué entender,
porque quedarian bobos, necios, ociosos,
holgazanes, inutiles para cualquier uso y
razon, inorantes de algun oficio en que
se podiesen aprovechar, en este género de
vanidad, trabajando hechos pedazos por
los palacios tras los unos y los otros
confusos sin se conoscer y al fin todos
mueren muertes viles é infames; que estos
mismos que les hicieron mercedes los
hacen matar porque en su malaventurado
decir no les trató bien. Dejémoslos,
pues pienso nuestra reprension poco les
aprovechará; solo una cosa ¡oh Micillo!
podemos de aqui concluir; que en la
vida y ejercicio destos necios bobos
malaventurados no hay cosa que tenga
sabor de felicidad, mas gran trabajo y
peligro y desventura para si.
MICILLO.--¡Oh! Euforbio, ¡oh! Pitágoras,
¡oh! Dionisio, que no sé como te
nombre, qué admirables cosas que me has
contado en el trabajo de mandar reinos
y provincias, á tanto que me has hecho
conceder que no hay estado mas quieto
quel mio, pues en los reyes y los que
comunican en el palacio real donde
paresce estar la bienaventuranza está
tanto trabajo y desasosiego de cuerpo y
de ánima que casi no parezcan vivir. Dime
agora porque me place mucho saber mas;
despues que fueste Dionisio ¿qué veniste
á ser?