Produced by Chuck Greif and the Online Distributed
Proofreading Team at https://www.pgdp.net
HISTORIA DE TERUEL.
por
DON COSME BLASCO,
CATEDRATICO.
TERUEL.
Imprenta de J. Alpuente.--Año 1870.
_Es propiedad de su autor._
ÍNDICE.
PRIMERA PARTE.
Cap. I. Teruel la antigua.--Punto que ocupaba.--Sus primeros
pobladores.--Diferentes nombres que ha recibido.--Su
demolición.--Desgracia de sus habitantes.--El río
Guadi-Albiar.--Villa-Vieja.
II. La moderna ciudad de Teruel.--Los árabes.--Su conquista por el rey
de Aragón.--Opiniones sobre su población.--El Toro y la estrella de las
armas de Teruel.--Cual es la opinión mas verosímil.
III. Importancia de la nueva ciudad de Teruel.--Servicios prestados al
rey por el caballero D. Pascual Sanchez Muñoz.--Resultado de la primera
expedición a Valencia.--Conquista de esta ciudad.--Los Muñoces y
Marcillas.
IV. Continúan los célebres bandos de Teruel.--El rey D. Pedro IV concede
a Teruel el título de ciudad.--Guerras entre D. Pedro de Aragón y D.
Pedro de Castilla.--Las Comunidades.--Las Córtes celebradas en la
Iglesia de Santa María.--El Juez de Teruel D. Francisco Villanueva.--Los
reyes católicos en Teruel.
V. Comunidad de Teruel.--Teruel en 1591 y 1592.
VI. Teruel desde el reinado de Felipe II, hasta la conclusión de la
guerra civil.--Noticias de diversas épocas.[27]
VII. Los Amantes de Teruel.
VIII. Los esqueletos de los Amantes de Teruel.
IX. Los Obispos de Teruel.
X. Los Obispos de Teruel. (Conclusión.)
XI. Hijos notables de Teruel.
SEGUNDA PARTE.
Cap. I. Situación de la moderna ciudad de Teruel.--Sus barrios.--El
escuche del Molino nuevo.--Los ríos, puentes, vega, ermitas y demás
alrededores de Teruel.
II. Aspecto esterior e interior de Teruel.--La puerta de San
Salvador.--La de la Anda-quilla.--La de la Traición.--El auto de fe.--El
Acueducto de Teruel.
III. Las Calles, las Plazas, las Fuentes y los Algibes de Teruel.
IV. La antigua Iglesia de Santa María de Media-Villa, ahora la
Catedral.--S. Pedro.--S. Martín.
V. Las Iglesias de S. Juan, S. Andrés, San Salvador, Santiago, y San
Miguel.--Los conventos y los ex-conventos de Teruel.
VI. Continuación de los ex-conventos.--El Seminario.--La Sala Capitular.
VII. El Hospital.--La Casa provincial de Beneficencia.--La Casa de la
Comunidad.--Las Casas Consistoriales de Teruel.
VIII. La instrucción pública en Teruel.--El periodismo.--El Casino
turolense.--El Teatro.--La plaza de Toros.--El Cementerio.--El Torreon
de Anibeles.--La Torre Lombardera.--La Muralla de Teruel.
IX. Calidad y circunstancias del terreno de Teruel.--Paseos y medios de
comunicación con otras poblaciones.--Correos.--Fondas.--Producciones del
país--Artes e industria.--Comercio.--Ferias y mercados de Teruel.--Las
armas y títulos de esta ciudad.
_Capítulo adicional._ El barranco de las Calaveras.
AL
Excmo. Ayuntamiento Constitucional
DE LA MUY NOBLE, FIDELISIMA, HEROICA, VENCEDORA Y EXCELENTISIMA
CIUDAD DE TERUEL.
EXCMO. SEÑOR.
_Nacido en el hermoso suelo aragonés, cuna del valor y de la lealtad, he
admirado siempre las glorias de las tres provincias que constituyen este
antiguo reino, de inmortal memoria._
_Un deseo vehemente de que el noble y generoso pueblo turolense, de
quien V. E. es dignísimo representante, tuviera un libro que guardase
las glorias de sus mayores; ha sido el único móvil que he tenido para
escribir la_ Historia de Teruel, _humilde obra que hoy, lleno mi corazón
de indecible gozo, tengo el distinguido honor de dedicar a V. E._
_Si tiene a bien aceptarla y ponerla bajo su égida, será para mi el
mayor galardon que V. E. puede concederme._
Excmo. Sr.
Cosme Blasco.
_Omnia mutantur naturæ lege creata:
Nec se cognoscunt terre vertentibus annis._
Manilio.
HISTORIA DE TERUEL.
PRIMERA PARTE.
Capitula primero.
_Teruel la antigua._--_Punto que ocupaba._--_Sus primeros
pobladores._--_Diferentes nombres que ha recibido._--_Su
demolición._--_Desgracia de sus habitantes._--_El rio
Guadi-Alviar._--_Villa-vieja._
No es nuestro propósito escribir una historia completa de la Ciudad de
Teruel, proponémonos sólo dar a conocer algunos apuntes tomados de los
libros que hemos visto[1], y que por cierto no se ocupan mucho de
nuestro asunto; y de los datos que nos han suministrado varias personas
de las mas ancianas de la población.
Como obra humana, como obra de un jóven, de esperar es que contenga
alguna que otra inexactitud; pero no dudamos que de todo seremos
dispensados, siquiera sea por nuestra confesión franca y sincera, y lo
que es más, por nuestro buen deseo de publicar las invidiables,
preclaras e imperecederas glorias de Aragón, país para nosotros tan
querido, país que al ojear una tras otra las páginas de su historia,
llénase de noble orgullo nuestro corazón.
¡Dichosos aquellos hombres, que escapados por fortuna de la general
esclavitud, echaron sobre las cumbres del Uruel la primera raíz de aquel
árbol que fragante y pomposo, había de extender su sombra hasta los
cristalinos mares de Sicilia y Constantinopla!
¡Preciosa tradición que repite en su murmullo el torrente al
precipitarse de lo alto de las nevadas montañas!
¡Magnífica epopeya que parece relatarnos el viento que gime por entre
los jarales del Pirineo!
Teruel la antigua, llamada _Turba_ o _Túrbula_, que, según el P. Traggia
contaria de setenta a ochenta vecinos, se hallaba situada en el lugar
que hoy ocupa el ex-convento de Capuchinos, que se encuentra como a un
cuarto de hora del punto en que hoy está la ciudad, frente al puente
llamado del Cubo y a la izquierda de la carretera de Zaragoza, yendo de
esta capital a la que es objeto de las presentes líneas.
A nuestro humilde juicio y conformes con el de personas competentes que
han estudiado el terreno, ocupaba la antigua población principalmente
una gran parte del sitio en que hoy se extiende el Barrio de las Cuevas,
barrio que viene a terminar por casi detrás de la actual Casa provincial
de Beneficencia, y designado con aquel nombre por las muchas cuevas que
hay, y por los restos de otras que en su tiempo serían tal vez ocupadas
por los moros.
Créese por algunos, que los primeros pobladores de la primitiva ciudad
fueron los fenicios, y que el nombre de esta era _Turba_, palabra que
deriban unos de _Turba oppidum_, latino; otros de _Turba-lium_, griego,
pueblo turba, compuesto de este nombre y de leos, pueblo: no falta quien
como el erudito D. Miguel Cortés le haga venir también del hebreo _Thor_
y _bat_, que significa lo que _Domus tauri_: admisible hasta cierto
punto parece esta esplicación, si atendemos a que la voz _bat_, o _bet_,
se halla en la composición de muchos nombres de nuestra primitiva
nomenclatura geográfica, que lejos de repugnar a la explicación hebraica
de Cortés, podría citarse aun en su corroboración: lo mismo sucede con
la voz _Thor_, pues, aunque por diversidad de aplicaciones, parece menos
segura su razón o su significado, todos los objetos, cuyos nombres la
ofrecen, tienen la esencial circunstancia de la fortaleza y el toro, que
parece símbolo de esta, pudo tener por nombre lo que no era mas que
adjetivo para los demás objetos. Aun se confirma esto con las medallas
celtíberas que se han hallado en los contornos de Teruel, «en las que se
ve el buey arrodillado, en ademán de recibir las divinas influencias de
la diosa Venus, representada en el lucero, con caracteres celtíberos en
el exergo, que a lo que podemos congeturar, quieren decir: _Santo Dios
Toro_.» (Cortés.)
Otros, en su afán de acumular nombres, vengan o no al caso, se acomoden
o no a la historia y geografía; la aplican los de _Tintania_,
_Turupia_, y _Tiar-Julia_, y hasta el de _Turdeto_ o _Turbeto_,
suponiendo haberla fundado los turdetanos que los cartaginenses enviaron
de la Bética o Andalucía, para oponerlos a Sagunto confederada de los
romanos: el mismo poco caso que hacemos de estas palabras, hacémoslo
extensivo a la de _Terulium_, que Don Juan de la Serna trae en su
diccionario geográfico.
En lengua fenicia se llamó _Thorbat_ o _Thorbet_; _Turba_ en la
celtíbera y _Túrbula_ en la latina: con este último nombre la designa
Tolomeo.
Esta ciudad, tanto por su situación en territorio que fue de los
celtíberos, como por la alusión de los nombres, es indudablemente la
famoso _Turba_ o _Túrbula_ de la España primitiva: sus habitantes los
turditanos, turboletas o turbuletas, cuya capital fue _Turba_,
estuvieron en guerra con los de Sagunto por cuestión de límites: es
consiguiente que aquellos, no solo no se opondrían a la ruina de la
desgraciada ciudad, sino que serían los primeros en acometerla al frente
de su poderoso auxiliar el ejército de los cartagineses, de quienes
_Turba_ fue constante aliada.
Cuando los saguntinos pidieron condiciones honrosas para evitar la total
ruina que llegaron a mirar de cerca, una de las que se les impuso fue la
restitución de los territorios que tenían usurpados a los turbuletas.
Estos vieron por fin colmados sus deseos con la destrucción de Sagunto,
heroica ciudad digna de mejor suerte, y entraron en posesión de los
territorios cuestionados, mientras aquellos de sus enemigos que habían
sobrevivido a los horrores de tan terrible guerra, eran vendidos por
esclavos.
Condición tan desgraciada, poco haría temer ya a los turboletas o
turbuletas de la rivalidad saguntina, mayormente en vista de lo que
había valido a esta asolada ciudad la decantada amistad romana, y que su
destructor Aníbal tramontaba los Pirineos y los Alpes en ademán de
llevar igual suerte sobre la misma Roma.
Pero.... eran otros los decretos del destino. Tres años después los
Escipiones, victoriosos de los ejércitos cartagineses por toda la España
citerior, libertan del cautiverio a los desgraciados saguntinos, les
restituyen sus ruinas, y sus campos y aldeas quedaron tributarios de sus
antiguos émulos.
Tolomeo hace mención del río _Pallantia_ (Turia), que en tiempo de Festo
Avieno se llamó _Canus flumen_ o río blanco, con cuyo nombre le hallaron
los árabes, y le llamaron _Guadi-Albiar_, que quiere decir también río
blanco: el nombre primitivo de este río, fue _Turia_, derivado de
_Tur-iar_, esto es, río de Turba.
Tiempos después de ser destruida la antigua _Turba_, se edificó en la
parte mas llana del mismo sitio una ermita dedicada a N.ª S.ª de la
Cabeza, ermita que, cuando el convento de Capuchinos se quitó del punto
que hoy ocupa el paseo del Obalo, y se trasladó a donde estaba _Turba_,
quedó encerrada en una Iglesia mayor, obra que tuvo lugar por los años
1797: desde la fundación de dicha ermita, se celebra en ella por la
Pascua de Resurrección una fiesta a la Virgen de la Cabeza; muchos
vecinos de Teruel y sus barrios acuden a allí en animada romería, y raro
es el que, además de otras viandas, no lleva una tortilla: de esta
antigua costumbre viene el que la clase humilde del pueblo de Teruel
llame a aquella Pascua, «la de las tortillas.»
Junto a dicha Iglesia, hay un edificio bastante espacioso, reedificado
en parte y arreglado todo por disposición del Obispo (hoy difunto) D.
Francisco de Paula Gimenez, en el año 1867, y ocupado por los Paules
desde este año hasta el mes de Octubre de 1868.
Muy cerca también de la misma Iglesia hay una fábrica de bayetas y otros
efectos, y algunas casas de mediano aspecto donde viven los que trabajan
en el establecimiento: los Teruelanos distinguen este sitio con el
nombre de _Villavieja_, sin duda por haber estado allí la antigua
_Turba_.
Capítulo II.
_La moderna ciudad de Teruel.--Los árabes.--Su conquista por el rey
de Aragón.--Opiniones sobre su población.--El toro y la estrella de
las armas de Teruel.--Cual es la opinión mas verosímil._
Afirma el Sr. Cortés que la fábrica de los muros y torres de Teruel,
sus magníficas puertas de grandes sillares etc., son restos de su
antigüedad romana, pero todo lo que se dice de esta ciudad relativamente
a Cesar es imaginario y así mismo cuanto se quiera aumentar respecto de
la edad de los romanos; pues ni la gran diligencia con que aquel
escritor buscó las antigüedades de Teruel, de la que dio origen al
pueblo de su naturaleza, bastó a proporcionarle otras noticias hasta la
invasión de los árabes, época en que empezamos a encontrar datos,
verdaderos en su mayor parte, sobre la moderna ciudad que nos ocupa.
El Sr. Cean Bermudez, al tratar del origen y nombre de esta, dice que
_parece_ que después que los romanos demolieron la antigua _Turba_ y
vendieron por esclavos a todos sus habitantes, la repararon después los
moros con murallas sobre los cimientos antiguos, entre los que se
encontró una figura de toro, la que con una estrella adoptaron los
vecinos por armas en campo rojo, y dándole otro nuevo nombre de
_Torbél_.
Hasta aquí el Sr. Bermudez, reservemos nuestra opinión para después, y
veamos ahora como explican los manuscritos antiguos y las personas mas
ancianas de la ciudad, la fundación y población de la moderna Teruel.
En el año 1170 el rey D. Alonso II de Aragón venció a los moros de las
riberas de Alfambra y Guadalaviar, y en el siguiente de 1171, según
Zurita, fundó y pobló en las riberas del segundo de estos ríos la ciudad
de Teruel; duró uno y otro hasta el 1177, esto es, seis años, estando en
guerra con los moros que se oponían con gran resistencia a llevar a cabo
la obra, que se inició así:
Conquistando iba dicho rey, el terreno que ocupaban los moros, cuando
llegó frente a un pequeño cerro cubierto en su mayor parte de espeso
bosque y malezas (cerro que hoy ocupa Teruel), y conociendo los
caballeros que componían el principal acompañamiento de D. Alonso, que
aquel sitio era favorable para fortificarse y dejar gente que pudiera
quedar allí para sostener el empuje de los enemigos, caso de tener ellos
que retirarse; o de punto de descanso, caso de seguir avanzando,
determinaron echar los cimientos a una nueva ciudad: ocurrió, que al
dirigirse al bosque, divisaron un toro que apenas les vio, empezó a
mugir fuertemente y a retirarse hacia el interior, observando al propio
tiempo en el firmamento una estrella, que al parecer de los caballeros
seguía la misma dirección que el toro. Creyendo este suceso
providencial, internáronse mas en el bosque, y encontraron casi en la
cumbre del cerro al mismo animal, parado y sin demostrar fiereza alguna,
debajo precisamente de la estrella cuya dirección habían seguido: con
este motivo fundaron allí la nueva ciudad, que pusieron por nombre
_Toro-el_ (el Toro), que por corrupción ha venido a cambiarse en
_Teruel_, y hé aquí porque el toro y la estrella se encuentran en las
armas, escudos, monumentos y demás objetos que se refieren a la ciudad
de que hablamos.
Lo que acabamos de narrar aparece confirmado en el M. S. que se conserva
en la Biblioteca de la Academia de la Historia, Colección del P.
Traggia, t. XIX, confirmación que, escrita con la sencillez primitiva no
exenta de la tosquedad y rudeza propias de la edad media, dice así:
«Según cuentan los viejos, en el tiempo pasado de Teruel ayusso toda la
tierra hera de moros. En aquel tiempo vino el noble señor D. Alfonso por
gracia de Dios rey daragon, compte de Barcelona et marqués de Proenza a
da quel lugar que hera de Santa María de la villa vieja de Teruel con
buena gent et de grant esfuerzo de tener frontera contra los moros. Et
el dito señor Rey tractaba et ordenaba entre sí si pudiese en esta
comarca hacer una villa. Empezó vidiendo que hera muy peligrosa cossa
defer por la grant meltitud de moros q. heran arededor a todas partes;
temiose q. no podrie haver cabo de q. se perderien en casa mucha gent,
por esso hecholo assi en olvido, et la buena gent q. heran allí con el
Rey entendieron la voluntat de el dito Rey.
«Et el gran dubdó, et con gran esfuerzo, digerónle; Señor, dadnos
aquellos fueros, franquezas et libertades q. nos vos demandaremos por
vos et por todos los vuestros et por todos tiempos para nos, et para los
nuestros presentes et advenideros, et nos con ayuda de Dios poblarémos
una villa en esta comarca, por la cual fiamos por Dios que
conquerreremos et ganaremos mas tierra adelante.
«Et el Rey, visto el gran peligro et dificultat dijo q. él no lo queríe,
ni le otorgaba, que grant vergüenza le seríe et menosprecio de comenzar
obra non valedera, et dijoles que si tal cosa querien fer, que la
ficiesen por sí, mas no por él, ni en su nombre, antes los agenaba et
desnaturaba de sí como no vasallos suyos pda. (pérdida o prendida) lux
obra no hubiese cabo, que a él no fuese vergüenza, ni le pudiese seyer
retrahido q. había comenzado tal obra, et que no le había dado cabo. Et
la buena gent con grant esfuerzo digeron que ellos si querían aventurar
a la merced et ayuda de Dios. Et de si dejolos el Rei con grant
horrencia, et encomendolos a Dios, et a la buena gent que aquí fincaron,
amándose como a buenos hermanos et teniéndose buena voluntat los unos a
los otros.
* * *
«En el nombre de Dios pusieron en obra la dicha población et andaron por
todas las otras muelas que están cerca esta villa, et non hubieron tan
buenos señales como en esta muela do es agora la villa de Teruel. Et
los adalides[2] et los mas sabidores de tal fecha subieron a la muela et
allí do es agora la plaza de mana en el alba trobaron un bel toro et
andaba una bella estrella sobre él. E luego que los vido el toro comenzó
a bramar et fuir et luego lo trobaron manso et digeron los adalides que
aquí habían buenas señales por fer la población do aquel toro les
clamaba; et daquel encuentro daquel toro tomaron señal.
«Et por esto facen en la señal toro y estrella.....
«Et luego con gran traballo comenzaron a fer los muros de la villa, no
solament con agua et con tierra et con piedra, mas aun con sangre, por
que los unos lanzaban los muros et los otros defendienlos et combatiense
con los moros. Et de primero ficieron un antipecho con que se
defendiesen, et fendo aquel et lidiando con los moros, murien los homes
cada día sobre los fundamientos de los adarves, volviendo hi lur sangre,
sobre la qual sangre multiplicaban los adarves.»
Sentadas estas opiniones, diremos que, a nuestro humilde juicio,
pudieron muy bien los moros construir gran parte de los cimientos de la
nueva ciudad y alguno que otro edificio y destruir a su huida lo poco o
mucho que pudieran, aprovechando después los caballeros del Rey D.
Alonso aquellas ruinas para elevar y fortificar las murallas, y levantar
nuevos edificios.
Capítulo III.
_Importancia de la nueva ciudad de Teruel.--Servicios prestados al
Rey por el caballero D. Pascual Sanchez Muñoz.--Resultado de la
primera expedición a Valencia.--Conquista de esta ciudad.--Los
Muñoces y Marcillas._
Dio el Rey el feudo y honor de Teruel, como se usaba entonces a un rico
hombre de Aragón, llamado D. Berenguer de Estenza, y señaló a los
caballeros[3] que la poblaron, para su régimen y gobierno, el fuero
antiguo que el Rey D. Sancho el Mayor y anteriormente los Condes Fernan
Gonzalez y García Fernandez habían dado a los habitantes de Sepúlveda.
Desde los primeros años de la repoblación adquiere suma importancia el
naciente puesto avanzado de Teruel; allí se preparan todas las
expediciones que hacen los caballeros cristianos al reino de Valencia;
secreto presentimiento les está diciendo que no tardará en derrumbarse
el poderío musulmán por aquella parte de España; que pronto caerá
Valencia en sus manos, y allá van a Teruel cuantos quieren enriquecerse
con el botín de la victoria.
El año 1225, mandó el Rey despachar cartas de llamamiento a los ricos
hombres que tenían las villas y lugares, para que se reuniesen en Teruel
con sus correspondientes mesnadas; el Rey trataba de entrar en el Reino
de Valencia y apoderarse de algún lugar muy principal, para cuya empresa
le sirvió con espléndidos donativos Don Pascual Sanchez Muñoz, que había
sido privado del Rey D. Pedro III y pertenecía a las mejores y mas
principales familias que se establecieron en Teruel, habiendo ofrecido
dar el Rey para aquella guerra, el dinero que fuese necesario, y
encargándose además de facilitar a la gente de armas, los víveres que se
necesitaran para el consumo de tres semanas.
Esta primera expedición no tuvo resultado, por culpa de D. Pedro Ahones,
magnate poderoso que arrastró a los ricos hombres a la confederación y
liga que se hizo en Alagon; con este motivo el Rey se volvió a Teruel,
partió para Zaragoza, y dada orden para prender a Ahones, este al huir,
fue matado de una lanzada.
A principios del año 1232, supo el mismo Rey que los del concejo de
Teruel se habían apoderado de Ares, lugar fuerte en los confines del
reino de Valencia, y casi al mismo tiempo le llegaron mensajeros con la
noticia de que Morella se había rendido a D. Blasco de Alagon, oriundo
de la villa de Sallent, valle de Tena en el Alto-Aragón; en vista de
esto, marchó a Teruel, y allí recibió el homenage que le tributó
Zeit-Abu-Zeyt[4], emir destronado de Valencia, de serle fiel valedor y
amigo en la proyectada conquista, llevada a cabo en 1238.
En 1322 empezaron los célebres bandos de Teruel entre las dos familias
rivales de Muñoces y Marcillas, que durante mucho tiempo se disputaron
la supremacia del gobierno de la ciudad. Zurita cuenta que fue allá un
hijo de Alfonso IV para apaciguarlos. Tan encrespados estaban los ánimos
que un día en presencia del infante vinieron a las manos estando en su
mismo palacio, y solo pudo dominar por entonces aquellas turbulencias,
desterrando a Juan Sanchez Duran, verdadero promovedor, por cuatro años
fuera del reino.
Capítulo IV.
_Continúan los célebres bandos de Teruel.--El Rey D. Pedro IV,
concede a Teruel el título de ciudad.--Guerras entre D. Pedro de
Aragón y D. Pedro de Castilla--Las Comunidades--Las Córtes
celebradas en la Iglesia de Santa María.--El Juez de Teruel D.
Francisco Villanueva.--Los Reyes Católicos en Teruel._
Algún tiempo después del en que hemos dejado la narración de los sucesos
de Teruel volvieron a renacer las rivalidades entre las familias Muñoces
y Marcillas, pues en los Anales de la ciudad háblase de muchas muertes y
heridas en 1356; de haber sido quemado vivo en la plaza del Mercado de
Teruel, Ramiro, hijo de Ferránt-Sanchez Muñoz, en 1366; y de otra
refriega que hubo en la plaza en 1461, durante las fiestas que se
hicieron para obsequiar a los infantes de Aragón que habían ido a la
ciudad.
El año 1348, año de triste recuerdo en la historia de Aragón por la
peste desoladora que afligió el reino, las Córtes que se celebraban en
Zaragoza, hubo necesidad de trasladarlas a Teruel que ya estaba libre
de la epidemia.
Durante la estancia del rey D. Pedro IV, recibió Teruel el título de
ciudad y por disposición del mismo monarca fueron restauradas sus
puertas y murallas que ya se encontraban en ruinoso estado: los
teruelanos, agradecidos por la predilección que manifestaba el Rey a su
ciudad, diéronle repetidas muestras de lealtad auxiliándole en la guerra
de la Unión, y en 1347, tomaron parte en la batalla de Játiva, en la
cual murió su jefe Pedro Muñoz.
Mucho sufrió Teruel, durante las guerras que hubo entre D. Pedro de
Aragón y D. Pedro de Castilla, guerras que causaron innumerables daños
en varios pueblos, sobre todo en los que están situados en la zona
comprendida entre Daroca (en la carretera de Zaragoza) y Sarrion (en la
de Valencia): muchas aldeas fueron quemadas, y otras en el partido de
Teruel quedaron despobladas; entre ellas Alcamin, Alcarria de Bellestar,
Cañada de García Lopez, Castellon de Cabras, Gazapos, Cuevas de Rocin,
Gallél, Hornos, Malezas, Piedra del Salz, Vallidau, Fuentes de Garcia y
Villar de Menga.
Lo mas recio del empuje castellano lo tuvieron que resistir las
comunidades de Calatayud, Daroca, y especialmente Teruel; y para proveer
en lo que convenía a la defensa del reino, nombró en 1363 Don Pedro IV,
por capitanes de la Comunidad de Teruel (cuya casa se conserba en esta
ciudad), a D. Guillen Ramón de Ceruelo y a un caballero llamado Garcia
Ganosa, entrambos muy valientes y prácticos en las cosas de la guerra, y
dispuso que se derribasen los lugares y fortalezas de aquella comarca,
que no estuvieran en disposición de defenderse y que la gente se
guareciera en los lugares fuertes: nombrose igualmente a D. Pedro, Conde
de Urgel y sobrino del Rey, Capitán general de la Comunidad y ciudad de
Teruel, plaza fuerte que, después de nueve días de sitio, y merced a una
traición fue tomada por los Castellanos en 1364, y estuvo en poder de
estos hasta el 5 de Abril de 1367.
En 1427, estando en Valencia el Rey Alfonso V, mandó convocar Córtes del
reino de Aragón para la ciudad de Teruel, y se reunieren el 19 de
Noviembre del mismo año, celebrándose las primeras sesiones en la
Iglesia de San Martín de Teruel y por disposición del Monarca se
trasladaron luego a la de Santa María de Mediavilla (parte de la
Catedral actual).
Estas Córtes duraron hasta el mes de Abril de 1488, y una de las
cuestiones importantes que en ellas se trataron fue, la unificación
monetaria en toda la corona de Aragón, para cuyo efecto llegaron
comisionados de Barcelona, de Valencia y de Mallorca.
Alfonso V dio algunas disposiciones sobre la integridad de los antiguos
fueros de Teruel, disposiciones que, así como algunos odios personales,
suscitaron la oposición vigorosa de Francisco Villanueva, juez que era
de la ciudad de Teruel en aquel año: no quiso doblegarse al mandato del
Rey, y pagó con la vida su entereza pues murió ahogado en las antiguas
casas consistoriales y arrojado su cuerpo desde el balconaje a la plaza
del Mercado.
Su cadáver fue enterrado en la Iglesia de San Pedro, el día seis de
Diciembre de 1427, y para sustituirle fue nombrado juez de Teruel, D.
Martín de Orihuela.
En 7 de Enero de 1482, los Reyes Católicos que venían de Valencia,
entraron en Teruel acompañados de numeroso séquito, del cual formaban
parte el Cardenal Mendoza, y muchos grandes de Castilla y de Aragón;
fueron recibidos del vecindario con extremado regocijo y grandes
fiestas; juraron los reyes en la Iglesia de Santa María los privilegios
y libertades de la ciudad, recibiendo de esta un donativo de doscientos
florines de oro: Teruel, durante la permanencia de las regias personas,
fue ricamente engalanada con tapices y caprichosos arcos de triunfo, por
las noches estuvo profusamente iluminada, y sus calles pobladas a toda
hora de los habitantes de los pueblos inmediatos, que acudieron a danzar
y cantar ante los reyes católicos, a quienes ofrecieron ricas telas,
exquisitas frutas, buenas maderas de construcción, y minerales de
muchísima estimación.
Dos años después de la llegada de las augustas personas, promoviéronse
en Teruel algunos alborotos con motivo del establecimiento de la
inquisición, en los que peligró la vida del Inquisidor Juan de
Solivella: el 7 de Enero de 1486 se celebró un auto de fe, del que
hablaremos mas adelante.
Capítulo V.
_Comunidad de Teruel.--Teruel en 1591 y 1592._
El origen de la Comunidad de Teruel,[5] se remonta al reinado de D.
Alonso II, que hizo donación a los pobladores de la villa de un estenso
territorio que no abarcaba menos de cien aldeas, número que fue
disminuyendo con el tiempo hasta quedar reducido a noventa que tenía en
los últimos años del siglo pasado: el mismo rey les concedió los fueros
de Sepúlveda o de Estremadura, que diferían bastante de los generales de
Aragón.
Durante los dos primeros siglos después de la reconquista, conservose
intacta la supremacia de Teruel sobre las aldeas, pero a medida que
estas fueron aumentado su riqueza y su vecindario, quisieron
naturalmente intervenir de una manera mas eficaz y directa en la
administración de justicia, y de aquí las prolongadas contiendas que
empezaron a mediados del siglo XV, y no terminaron hasta el reinado de
Cárlos II.
Ciento cincuenta años antes de la época citada, esto es, por el año
1300, ya se habían separado las aldeas de la villa, en lo tocante a los
asuntos puramente administrativos, formando su concejo independiente al
que se llamaba el Común de las aldeas, sin que para evitar esta
separación bastara la influencia del mismo Rey de Navarra, lugarteniente
del Reino que en 1450 fue a Teruel; al fin terminó todo en 1601, pues se
deslindaron por el Rey los derechos de cada parte.
El mecanismo de la organización y gobierno de la Comunidad de Teruel,
era el siguiente: de conformidad con los fueros de Sepúlveda, había en
la ciudad de Teruel un juez universal para todos los pueblos de la
Comunidad y alcaldes que conocían de las causas civiles y criminales: de
las decisiones del juez de Teruel, parece que no se admitía apelación en
la Audiencia del Reino, pudiendo hacerse solo por el recurso llamado de
Perorencia: según el fuero se nombraban los jueces por suerte, pero
desde 1444 fueron nombrados por los reyes.
Los pastos, maderas y leñas de los montes y dehesas de la Comunidad,
eran de uso común para todos los pueblos que la componían, pero el pago
de décimas y de los impuestos reales, así como todo lo que se refiere a
la jurisdicción local, era propio y esclusivo de los Concejos de las
aldeas, que obraban en esto con completa independencia de la Comunidad:
esta comunión de intereses no se limitaba únicamente al goce y
aprovechamiento de los términos, sino que se estendía a los servicios
que de tropas y dinero se hacían a los reyes, y como quiera que desde
tiempo inmemorial hubiese querellas sobre la cantidad con que debían
contribuir la villa y respectivamente las aldeas, se declaró por varias
sentencias, que las últimas contribuyesen con tres partes, y la primera
con lo restante, o sea una cuarta parte, cuya jurisprudencia estuvo en
uso hasta que se establecieron las leyes de Castilla.
A principios del siglo XIV, cada pueblo de la Comunidad tenía su concejo
particular que lo regía en el orden político, económico y contencioso,
con subordinación a los jueces de Teruel: con delegación de todas las
aldeas se formaba una junta general, presidida por el procurador
general, y a la cual asistían seis regidores llamados de _sexma_, a
causa de estar todo el territorio dividido en seis trozos o partes,
compuesto cada uno de doce o trece pueblos: existía además otra junta
llamada _Pliega general_, compuesta del Procurador general, regidores de
sexma, y un jurado y prohombre de cada pueblo, ascendiendo a ciento
cincuenta el número total de miembros, y a cuyo cargo estaba la
determinación de los asuntos mas arduos de la comunidad.
Los jueces de Teruel fueron nombrados por elección popular, hasta que
Don Fernando el Católico, bajo pretesto de que aquellos funcionarios no
tenían fuerza para dominar los bandos y discordias que había en la
ciudad, y entre esta y las aldeas, decidió que en lo sucesivo fueran de
nombramiento real. Cárlos V. siguiendo la tradición de sus abuelos, así
en Aragón como en los antiguos reinos de la monarquía, envió a Teruel,
entre otros a Juan Perez de Escanilla, que murió en una conmoción
popular que había salido a sosegar; viniendo después por orden de
Felipe II D. Matías de Moncayo, Señor de Ráfales, que aparece en la
historia con el nuevo dictado de presidente de Teruel.
Los de esta ciudad favorecían las pretensiones de D. Pedro Fernandez de
Heredia al priorato de Alfambra, (pueblo inmediato a Teruel), del cual
querían desposeer al Comendador Bou que le tenía en secuestro; y siendo
contrario a este intento el presidente Moncayo, hallándose en una junta
celebrada en Rubielos (villa de la provincia), los jurados de Teruel
quisieron escluirle de ella, presentándole al efecto una _Firma_ o
decreto de la Córte del Justicia de Aragón.
Sabedor de esto Felipe II decidió que Moncayo sostuviera su autoridad y
que no permitiera la invasión y el intento de los de Teruel, y en 30 de
Junio de 1562, le mandó que procediese contra los jurados de Teruel y
demás que le hubiesen presentado las firmas, como infractores del fuero
promulgado por Pedro IV, en virtud del cual estaba prohibido a la ciudad
y comunidad de Teruel recurrir al Justicia de Aragón por vía de firmas y
manifestaciones.
Reacios los firmantes, tomó el rey una resolución definitiva: comisionó
al Duque de Segorbe para que fuese a Teruel con dos mil soldados y
defendiese su autoridad, si con la fuerza fuere atacada: entró el Duque
en la ciudad medio en son de guerra, y para mas seguridad y mayor
significación del encargo que llevaba, mandó reedificar un antiguo
castillo[6] que estaba casi derruido y puso en él fuerza bastante para
defenderlo.
No se intimidaron los turolenses con la presencia del Duque y de sus
soldados; antes por el contrario, se querellaron por conducto de su juez
ordinario y alcaldes, a la Córte del Justicia y obtuvieron firmas y
provisiones de aquel tribunal: mandó el Duque proceder contra aquellos
funcionarios, y estos, lejos de ausentarse, y dando pruebas de un valor
cívico, muy común entonces, se estuvieron quietos en sus casas, y el
Duque los mandó poner presos en el castillo, sin que por ello
desfalleciese el ánimo de aquellos dignos ciudadanos. Nueve años duró
su prisión, y bien se alcanza que si resultaran culpables, no perdiera
la ocasión de castigarles el inexorable Felipe II; pero salieron libres
en 1580 por mandamiento del mismo rey.
Bien merece, que consignemos en este lugar, los nombres de tan ilustres
patricios, que fueron: Pedro de la Capilla, juez ordinario; Bernardino
de la Mata, alcalde; Miguel Juan y Francisco Malo, individuos de
familias distinguidas; Gerónimo Dolz, asesor del juez de Teruel, y
Gerónimo de la Mata, síndico; de los cuales, el último, fue muy versado
en las leyes y privilegios de la comunidad, y los teruelanos le
comisionaron, juntamente con el doctor Gil Garnier, para que fuese a la
córte de Felipe II a informar y reclamar lo que mas conviniera en el
asunto que se debatía: con tal obgeto escribió y presentó al rey y al
Supremo Consejo de Aragón un tratado en forma de memorial, en que se
daba noticia de las leyes de la Comunidad, de su uso, y de los sucesos
desde el año 1570 hasta el 1579, y del temperamento que daban de si
estos mismos sucesos.
La lucha entre los poderes locales y el poder central, fue por aquellos
tiempos en estremo porfiada, especialmente en Aragón, y sobre todo en la
ciudad de Teruel, y aunque las Córtes de Monzon celebradas en 1585
decidieron que las ciudades y comunidades de Albarracin y Teruel podían
acudir al Justicia como todos los aragoneses, pero que no podían hacerlo
en los casos en que se lo prohibiese algún fuero o ley particular: esta
sentencia no dejó satisfechos ni a los partidarios de la autoridad real
ni a los defensores de los fueros: cada cual la interpretaba a su modo
cuando era menester aplicarla, y en tal estado las cosas, llegaron las
alteraciones y sublevación de Zaragoza, de los años 1591 y 1592.
El desenlace de tales hechos fue, en Zaragoza la decapitación del
Justicia mayor D. Juan de Lanuza, y algún tiempo después las de Pedro
Fuertes, Dionisio Perez, Francisco Ayerbe, Don Diego de Heredia y D.
Juan de Lunas; y en Teruel, fueron descuartizadas nueve personas en
castigo de la muerte de los hermanos Novellas[7], que se habían
mostrado propicios a la autoridad real, y que espada en mano, se
defendieron heroicamente.
Capítulo VI.
_Teruel desde el reinado de Felipe II hasta la conclusión de la
guerra civil--Noticias de diversas épocas._
La ciudad, objeto de este libro, no siguió el impulso de Aragón, y
abrazó la causa de Felipe V, manteniendo a sus espensas un batallon de
seiscientos hombres, que hizo la guerra desde 1705 a 1715.
Durante la guerra de la Independencia sufrieron la ciudad y la provincia
las varias alternativas de aquella prolongada lucha, y muchos de sus
habitantes fueron a reforzar, como buenos aragoneses, las huestes de los
zaragozanos en los memorables sitios, y las de otros puntos donde sus
hermanos peligraban, no apartando entre tanto su vista de Teruel, a la
que acudieron a socorrer en el sitio que sufrió de los franceses.
Parte no menos activa tomó en la guerra fratricida que llenó de luto a
las familias de España: no queremos recordar hechos que para bien de
unos y otros quisiéramos ver borrados del universal libro de la
Historia; consignemos solo que en los dos bandos diéronse pruebas de
valor y hubo verdaderos héroes; como también hubo distinguidas heroínas
en la provincia de Teruel; tal fue en Montalban _Manuela Cirugeda_, de
veintidos años, hija de la misma villa, que sirvió en el sitio de esta
como el nacional mas denodado, corriendo los puestos de mayor peligro,
hasta del cansancio y las fatigas, se le originó una enfermedad, de que
sanó en la sala de distinguidos del hospital de Zaragoza; tal fue, por
último, la heroína de Monreal del Campo, _Francisca Latorre_, de
cuarenta y un años, que mereció y obtuvo la Cruz de San Fernando por su
heroico comportamiento.
* * * * *
Espuestas ya las noticias anteriores, tomadas en parte de la Crónica
general de España, obra en la que aparece un trabajo sobre la provincia
de Teruel, firmado por el malogrado jóven D. Pedro Pruneda; vamos a dar
otras sueltas que comprenden épocas distintas de la historia que nos
ocupa, aunque sea a trueque de faltar a una relación ordenada.
--La primera casa que se hizo en Teruel fue la que tiene dos arcos en la
plaza del Mercado, propia del Escribano D. Juan Dolz.--En 1222, existían
ya las Comunidades de Teruel y sus villas: mas adelante de la notable
casa de la Comunidad, cuyo frente da a la plaza de la Marquesa, (hoy de
la Libertad).--En 1336 enterraron vivo en Teruel a D. García de la Foz
por haber matado traidoramente a un compañero suyo.--En 1364, día de San
Marcos, fue la toma de Teruel por los Castellanos reinando D. Pedro IV
en Aragón, y D. Pedro el Cruel en Castilla.
--En 1375 fue muy rigoroso el invierno en dicha ciudad, y el miércoles
de ceniza del mismo año a la hora de maitines hubo un fuerte terremoto
que alarmó considerablemente a la población.--En 1379, llovió casi sin
cesar desde el día 26 de Marzo hasta el 10 de Mayo: el trigo llegó a
venderse hasta cinco sueldos[8] la fanega, y el centeno a dos y a
cuatro dineros.--En 1402, hubo tantas mariposas que se comieron casi
todas las hojas de árboles y viñas y fue un año abundantísimo en frutas.
--En 1405, llovió sin cesar en Teruel, tres días, y cubrió el agua toda
la vega, desde la acequia de la Peña, hasta la del baño llamado de Pero
Carmelo, y se llevó todas las paredes de los huertos.--En 1407, nevó
tanto que había en tierra llana mas de ocho palmos de nieve que duró mas
del mes de Marzo.
--En 1413, fue a Teruel, San Vicente Ferrer y estuvo detenido en la
Iglesia de Santiago.--En 1418, D. Francés de Aranda, consejero y elector
de reyes, noble caballero, intrépido soldado, monge fervoroso, alma
templada para los grandes hechos y corazón formado para el bien, para la
conmiseración y para la caridad inagotable; dejó para los pobres, aparte
de otras cosas, una limosna de cincuenta mil sueldos de renta: murió el
mismo Aranda en 1441.
--En 1420, Gil Sanchez Muñoz, hijo de Teruel, fue electo Papa.--En 1428,
se incorporó la ciudad y comunidad de Teruel, a la corona de Aragón por
Don Alfonso V.--En 1430, celebráronse Córtes en la Iglesia de Santa
María de Teruel (ahora la Catedral), en donde está la capilla de N.ª S.ª
de la Salud y la de San Felipe y Santiago.
--En 1421, (registro del notario Don Antonio Ferrer), D. Juan Galvez
Heredia, Don Martín Garcés de Marcilla, y Mosen Juan Fernandez de los
Arcos, fueron herederos de la infortunada Isabel, a la cual y su
desgraciado amante D. Diego, bien merece que les dediquemos uno o mas
capítulos, tomando la relación del hecho, de la tradición, y de algunos
libros entre ellos del notable que escribió D. Esteban Gabarda, Abogado
teruelano, quien con escrituras y otros muchos documentos justificativos
probó la verdad del trágico suceso de que vamos a tratar.
Capítulo VII.
_Los Amantes de Teruel._
Por los escritos que se conservan y por una constante tradición no
interrumpida hasta nuestros días, saben los vecinos y moradores de
Teruel, que a fines del siglo XII existían en esta ciudad las dos
ilustres familias de los Marcillas y Seguras.
La casa solar de estos era la que hoy es cochera de la del Conde de la
Florida y la de aquellos se hallaba al frente ambas familias pues,
vivían en la antigua calle de Ricos-hombres (ahora de los Amantes), en
la que todavía se conservan las casas de otras familias nobles, cuyas
armas están sobre sus puertas.
_D. Juan Diego Martínez de Marcilla_[9] hijo de D. Martín Garcés de
Marcilla y de D.ª Constanza Perez Tizon[10], profesaba desde sus mas
tiernos años amorosa inclinación a _Doña Isabel de Segura_, hija única
de D. Pedro Segura, amen de caballero muy rico: la sensible jóven
correspondía tiernamente a la pasión de D. Diego, quien a la edad de
veintidos años manifestó a su amada, que deseaba tomarla por esposa;
Isabel le contestó que iguales eran sus deseos, pero que tuviera
entendido no lo haría sin que sus padres se lo mandasen: esta prudente
contestación encendió mas en Marcilla la llama de su amor, y buscando
ocasión propicia, hizo entender sus deseos al padre de la enamorada
Isabel.
Este procuró desentenderse del casamiento de su hija con buenas
palabras, diciendo: «que ciertament el era mui bien pagado del jóven, e
que venía bien; non se quejase, e que su padre tenía otros fijos quen
mas non le podía heredar, e quel podía dar a su fija treinta mil
sueldos, e que apres tenía toda su casa, asá que non lo faría[11].
Desengañado Marcilla, y convencido de que la falta de riquezas era el
verdadero obstáculo para conseguir la mano de su adorada Isabel, informó
a esta de la contestación que le había dado su padre, y la persuadió le
concediera un plazo de cinco años, ofreciéndola «ir a treballar por mar
y por tierra en dó hubie dineros.» Colocada Isabel en la amarga
alternativa de renunciar a su pasión o de disgustar a su padre, otorgó a
su amante el plazo que le pedía, y Marcilla partió para la guerra contra
moros, confiado en la fidelidad y constancia de su amada, y decidido a
todo trance en adquirir lo que le faltaba.
Durante la ausencia de Marcilla no se descuidó el Padre de Isabel en
procurar a su hija el desvanecimiento de su arraigada pasión, al efecto,
evitó que esta adquiriera noticia alguna de su amante; trató de
halagarla con las ventajas de otro casamiento y aun la hostigó para que
tomase marido; pero Isabel, con filial y respetuosa modestia, diole por
respuesta que las mugeres no se deben casar, sin que primero sepan y
puedan gobernar la casa, y además tenía hecho voto de virginidad hasta
los veinte años.
Su padre, que la amaba tiernamente y que tampoco desconocía la situación
de su hija, quiso complacerla, y se resignó a esperar el plazo que ella
indicaba, tratando al mismo tiempo de evitar que recibiese cartas ni
noticias de su amante.
Llegó el día en que ya habían trascurrido los cinco años, y el padre de
Isabel conoció ser llegado el momento de triunfar de la resistencia de
su hija. Armado de su autoridad, de los halagos y de la persuasión,
«Fija, la dijo: es mi deseo que tomes tu compañía.» Isabel, acosada por
el vencimiento del plazo, ignorando la vida de Marcilla, recelosa de no
haber tenido cartas suyas, y temerosa de oponerse a la voluntad de su
padre, condescendió a la propuesta, y este aprovechando la oportunidad
del rendimiento de su hija, hízola contraer esponsales con D. Pedro
Fernandez de Azagra, heredero del Señorío de Albarracin, y al poco
tiempo se celebraron las bodas.
Holgáronse de ello los padres y deudos de ambas familias, pero la novia
dio en estar de adelante melancólica y pensativa; las galas servíanla de
un torcedor y su trage era un vestido de luto. En el mismo día del
convite de la boda, penetró un page en el aposento de Isabel y la dijo:
que al viejo Marcilla acababan de darle noticia de que su hijo venía muy
rico[12] y con salud, por lo que todos estaban llenos de regocijo. Con
efecto, en aquel mismo día entró Marcilla en Teruel, y en la casa de sus
padres le refirieron que Isabel se había casado con Azagra, hermano del
Señor de Albarracin.
Según antigua tradición, Marcilla fue a Teruel por el camino de San
Cristóbal, y al llegar a los Arcos oyó que daban las once en una torre
de la ciudad, e hincando espuela a su cabalgadura dijo a su escudero:
«Camacho, perdidos somos.»
Marcilla, aunque consternado con la infausta noticia del casamiento de
Isabel, procuró empero cuanto pudo recatar su profunda pesadumbre, para
no ahogar la alegría de sus regocijados padres, y se apercibió cauteloso
para tener con ella una entrevista. Logró entrar disfrazado en la casa
de su amada, la vio bailar en medio de los convidados, y traspasado de
dolor abandonó aquel sitio de tormento y se introdujo en el aposento
arreglado para el tálamo de los novios.
Concluido el festín y despedidos los convidados, se recogieron los
desposados a su cuarto y Marcilla no pudo salir del sitio donde estaba
escondido. El novio Azagra quiso usar del derecho que le concedía el
matrimonio, pero Isabel le rogó y consiguió que se abstuviese por
aquella noche, única que le faltaba para cumplir al cielo cierto voto.
Dormido ya Azagra, salió muy quedo Marcilla, y dominándose cuanto podía
por no ser oído, habló y reconvino brevemente a Isabel; esta procuró
disculparse por haber pasado el plazo, no haber recibido cartas suyas, y
haberla obligado su padre cuando estaba celosa y desdeñada. En el fuego
del amor, en el arrebato de los celos, y en premio de su fe y de sus
servicios, pidió Marcilla a Segura la fineza de un beso, pero esta se lo
negó como esposa fiel y como honrada: Marcilla una y otra vez importunó
a Isabel y una otra vez negose ella.
Luchando entonces el infeliz Marcilla entre el pundonor de caballero, la
delicadeza de cortesano, y el fuego devorador de su pasión y de los
celos, reconvino por última vez a Isabel diciéndola: «¿No consideras
que sino fuera yo tan cortesano, tomara lo que te pido a la fuerza,
matando a tu esposo y mi enemigo? Pero no lo permita el santo cielo, que
no lo quiero yo sino con gusto: hazme pues este bien: bésame que me
muero.»
Dijo, y no consiguiendo que Isabel accediese a su demanda, cayó exánime
a sus pies, despidiéndose con estas palabras: _a Dios, Isabel_.
Luego que esta desgraciada reconoció el rostro de su amante, halló su
frente sin calor, y observó que no respiraba su pecho, se convenció de
la muerte, y prorrumpió en desesperadas voces y lamentos: despertose su
marido y enterado del suceso, para libertarse de los procedimientos de
la justicia y del enojo de los deudos de Marcilla, determinaron llevar
su cadáver a la puerta de la casa de su padre, lo que ejecutaron sin ser
vistos por la cautela con que lo hicieron, y por que, según digimos en
otro lugar, la casa de los Marcillas se hallaba frente a la de los
Seguras.
Al día siguiente, la luz descubrió el infortunio que la noche conservara
oculto: los primeros que pasaron por la calle, reconocieron la
identidad del cadáver de Marcilla y le hallaron cubierto el rostro con
su montante al lado. Noticiáronlo a su padre, quien sobre dicho cadáver
de su hijo, entre deudos y amigos, tributó el justo homenaje de paternal
sentimiento y desahogó su pecho con imprecaciones de venganza.
Tan lamentable caso escitó la piedad de los sensibles teruelanos, y
hasta el mismo esposo de Isabel acudió a la casa de Marcilla para quitar
sospecha, y consolar al afligido padre. Luego que el sentimiento dio
lugar a la reflexión, determinaron enterrar a D. Diego al día siguiente
y prepararon tan triste acto con toda la pompa que se merecía un jóven
tan célebre y distinguido, como funestamente desgraciado.
A la sazón Teruel era plaza de armas en la empresa que el rey D. Jaime
quería hacer contra los moros de Valencia; había diez banderas de
soldados y corporaciones eclesiásticas; componíase su población de
aquellos soldados ilustres y aguerridos que, haciéndose superiores a los
peligros y fatigas de la guerra, habían sabido levantar, según digimos
antes, las murallas y fortalezas de la ciudad, contrarestando los
continuos ataques de numerosos ejércitos moriscos.