novio no es muy de tu gusto... ¡Y qué fuera de tiempo me recomendabas
al tal sobrinito! ¿Sabes tú lo enfadado que estoy con él?
SIMÓN.--¿Pues qué ha hecho?
D. DIEGO.--Una de las suyas... Y hasta pocos días há no lo he
sabido. El año pasado, ya lo viste, estuvo dos meses en Madrid... Y
me costó mucho dinero la tal visita... En fin, es mi sobrino, bien
dado está; pero voy al asunto. Llegó el caso de irse á Zaragoza á su
regimiento... Ya te acuerdas de que á muy pocos días de haber salido
de Madrid recibí la noticia de su llegada.
SIMÓN.--Sí, señor.
D. DIEGO.--Y que siguió escribiéndome, aunque algo perezoso, siempre
con la data de Zaragoza.
SIMÓN.--Así es la verdad.
D. DIEGO.--Pues el pícaro no estaba allí cuando me escribía las tales
cartas.
SIMÓN.--¿Qué dice usted?
D. DIEGO.--Sí, señor. El día 3 de julio salió de mi casa, y á fines
de setiembre aún no había llegado á sus pabellones... ¿No te parece
que para ir por la posta hizo muy buena diligencia?
SIMÓN.--Tal vez se pondría malo en el camino, y por no darle á usted
pesadumbre...
D. DIEGO.--Nada de eso. Amores del señor oficial, y devaneos que le
traen loco... Por ahí en esas ciudades puede que... ¿Quién sabe? Si
encuentra un par de ojos negros, ya es hombre perdido... ¡No permita
Dios que me le engañe alguna bribona de estas que truecan el honor
por el matrimonio!
SIMÓN.--¡Oh! no hay que temer... Y si tropieza con alguna fullera de
amor, buenas cartas ha de tener para que le engañe.
D. DIEGO.--Me parece que están ahí... Sí. Busca al mayoral, y dile
que venga, para quedar de acuerdo en la hora á que deberemos salir
mañana.
SIMÓN.--Bien está.
D. DIEGO.--Ya te he dicho que no quiero que esto se trasluzca, ni...
¿Estamos?
SIMÓN.--No haya miedo que á nadie lo cuente.
(_Simón se va por la puerta del foro. Salen por la misma las tres
mujeres con mantillas y basquiñas. Rita deja un pañuelo atado sobre
la mesa, y recoge las mantillas y las dobla._)
ESCENA II.
DOÑA IRENE, DOÑA FRANCISCA, RITA, DON DIEGO.
D.ª FRANCISCA.--Ya estamos acá.
D.ª IRENE.--¡Ay, qué escalera!
D. DIEGO.--Muy bien venidas, señoras.
D.ª IRENE.--¿Conque usted, á lo que parece, no ha salido?
(_Se sientan doña Irene y don Diego._)
D. DIEGO.--No, señora. Luégo más tarde daré una vueltecilla por
ahí... He leído un rato. Traté de dormir, pero en esta posada no se
duerme.
D.ª FRANCISCA.--Es verdad que no... ¡Y qué mosquitos! Mala peste en
ellos. Anoche no me dejaron parar... Pero mire usted, mire usted
(_Desata el pañuelo y manifiesta algunas cosas de las que indica el
diálogo_), cuántas cosillas traigo. Rosarios de nácar, cruces de
ciprés, la regla de San Benito, una pililla de cristal... mire usted
qué bonita, y dos corazones de talco... ¡Qué sé yo cuánto viene
aquí!... ¡Ay, y una campanilla de barro bendito para los truenos!...
¡Tantas cosas!
D.ª IRENE.--Chucherías que la han dado las madres. Locas estaban con
ella.
D.ª FRANCISCA.--¡Cómo me quieren todas! ¡y mi tía, mi pobre tía
lloraba tanto!... Es ya muy viejecita.
D.ª IRENE.--Ha sentido mucho no conocer á usted.
D.ª FRANCISCA.--Sí, es verdad. Decía, ¿por qué no ha venido aquel
señor?
D.ª IRENE.--El padre capellán y el rector de los Verdes nos han
venido acompañando hasta la puerta.
D.ª FRANCISCA.--Toma (_Vuelve á atar el pañuelo y se le da á Rita,
la cual se va con él y con las mantillas al cuarto de doña Irene_),
guárdamelo todo allí, en la excusabaraja. Mira, llévalo así de las
puntas... ¡Válgate Dios! ¿Eh? ¡Ya se ha roto la santa Gertrudis de
alcorza!
RITA.--No importa; yo me la comeré.
ESCENA III.
DOÑA IRENE, DOÑA FRANCISCA, DON DIEGO.
D.ª FRANCISCA.--¿Nos vamos adentro, mamá, ó nos quedamos aquí?
D.ª IRENE.--Ahora, niña, que quiero descansar un rato.
D. DIEGO.--Hoy se ha dejado sentir el calor en forma.
D.ª IRENE.--¡Y qué fresco tienen aquel locutorio! Está hecho un
cielo... (_Siéntase doña Francisca junto á doña Irene_). Mi hermana
es la que sigue siempre bastante delicadita. Ha padecido mucho este
invierno... Pero vaya, no sabía qué hacerse con su sobrina la buena
señora. Está muy contenta de nuestra elección.
D. DIEGO.--Yo celebro que sea tan á gusto de aquellas personas á
quienes debe usted particulares obligaciones.
D.ª IRENE.--Sí, Trinidad está muy contenta; y en cuanto á
Circuncisión, ya lo ha visto usted. La ha costado mucho despegarse
de ella; pero ha conocido que siendo para su bienestar, es necesario
pasar por todo... Ya se acuerda usted de lo expresiva que estuvo,
y...
D. DIEGO.--Es verdad. Sólo falta que la parte interesada tenga la
misma satisfacción que manifiestan cuantos la quieren bien.
D.ª IRENE.--Es hija obediente, y no se apartará jamás de lo que
determine su madre.
D. DIEGO.--Todo eso es cierto, pero...
D.ª IRENE.--Es de buena sangre, y ha de pensar bien, y ha de proceder
con el honor que la corresponde.
D. DIEGO.--Sí, ya estoy; ¿pero no pudiera sin faltar á su honor ni á
su sangre?...
D.ª FRANCISCA.--¿Me voy, mamá? (_Se levanta y vuelve á sentarse._)
D.ª IRENE.--No pudiera, no, señor. Una niña bien educada, hija de
buenos padres, no puede menos de conducirse en todas ocasiones como
es conveniente y debido. Un vivo retrato es la chica, ahí donde usted
la ve, de su abuela que Dios perdone, doña Jerónima de Peralta... En
casa tengo el cuadro, que le habrá usted visto. Y le hicieron, según
me contaba su merced, para enviárselo á su tío carnal el padre fray
Serapión de San Juan Crisóstomo, electo obispo de Mechoacán.
D. DIEGO.--Ya.
D.ª IRENE.--Y murió en el mar el buen religioso, que fué un quebranto
para toda la familia... Hoy es, y todavía estamos sintiendo su
muerte; particularmente mi primo don Cucufate, regidor perpetuo de
Zamora, no puede oir hablar de su ilustrísima sin deshacerse en
lágrimas.
D.ª FRANCISCA.--Válgate Dios, qué moscas tan...
D.ª IRENE.--Pues murió en olor de santidad.
D. DIEGO.--Eso bueno es.
D.ª IRENE.--Sí, señor; pero como la familia ha venido tan á menos...
¿Qué quiere usted? Donde no hay facultades... Bien que por lo que
puede tronar, ya se le está escribiendo la vida; y ¿quién sabe que el
día de mañana no se imprima con el favor de Dios?
D. DIEGO.--Sí, pues ya se ve. Todo se imprime.
D.ª IRENE.--Lo cierto es que el autor, que es sobrino de mi hermano
político el canónigo de Castrojeriz, no la deja de la mano; y á la
hora de esta lleva ya escritos nueve tomos en folio, que comprenden
los nueve años primeros de la vida del santo obispo.
D. DIEGO.--¿Conque para cada año un tomo?
D.ª IRENE.--Sí, señor, ese plan se ha propuesto.
D. DIEGO.--¿Y de qué edad murió el venerable?
D.ª IRENE.--De ochenta y dos años, tres meses y catorce días.
D.ª FRANCISCA.--¿Me voy, mamá?
D.ª IRENE.--Anda, vete. ¡Válgate Dios, qué prisa tienes!
D.ª FRANCISCA.--¿Quiere usted (_Se levanta, y después de hacer una
graciosa cortesía á don Diego, da un beso á doña Irene, y se va al
cuarto de ésta_) que le haga una cortesía á la francesa, señor don
Diego?
D. DIEGO.--Sí, hija mía. Á ver.
D.ª FRANCISCA.--Mire usted, así.
D. DIEGO.--¡Graciosa niña! Viva la Paquita, viva.
D.ª FRANCISCA.--Para usted una cortesía, y para mi mamá un beso.
ESCENA IV.
DOÑA IRENE, DON DIEGO.
D.ª IRENE.--Es muy gitana y muy mona, mucho.
D. DIEGO.--Tiene un donaire natural que arrebata.
D.ª IRENE.--¿Qué quiere usted? Criada sin artificio ni embelecos de
mundo, contenta de verse otra vez al lado de su madre, y mucho más de
considerar tan inmediata su colocación, no es maravilla que cuanto
hace y dice sea una gracia, y máxime á los ojos de usted, que tanto
se ha empeñado en favorecerla.
D. DIEGO.--Quisiera sólo que se explicase libremente acerca de
nuestra proyectada unión, y...
D.ª IRENE.--Oiría usted lo mismo que le he dicho ya.
D. DIEGO.--Sí, no lo dudo; pero el saber que la merezco alguna
inclinación, oyéndoselo decir con aquella boquilla tan graciosa que
tiene, sería para mí una satisfacción imponderable.
D.ª IRENE.--No tenga usted sobre ese particular la más leve
desconfianza; pero hágase usted cargo de que á una niña no la es
lícito decir con ingenuidad lo que siente. Mal parecería, señor don
Diego, que una doncella de vergüenza y criada como Dios manda, se
atreviese á decirle á un hombre: yo le quiero á usted.
D. DIEGO.--Bien, si fuese un hombre á quien hallara por casualidad
en la calle y le espetara ese favor de buenas á primeras, cierto que
la doncella haría muy mal; pero á un hombre con quien ha de casarse
dentro de pocos días, ya pudiera decirle alguna cosa que... Además,
que hay ciertos modos de explicarse...
D.ª IRENE.--Conmigo usa de más franqueza. Á cada instante hablamos
de usted, y en todo manifiesta el particular cariño que á usted le
tiene... ¿Con qué juicio hablaba ayer noche después que usted se fué
á recoger? No sé lo que hubiera dado por que hubiese podido oirla.
D. DIEGO.--¿Y qué? ¿Hablaba de mí?
D.ª IRENE.--Y qué bien piensa acerca de lo preferible que es para una
criatura de sus años un marido de cierta edad, experimentado, maduro
y de conducta...
D. DIEGO.--¡Calle! ¿Eso decía?
D.ª IRENE.--No, esto se lo decía yo, y me escuchaba con una atención
como si fuera una mujer de cuarenta años, lo mismo... ¡Buenas cosas
la dije! Y ella, que tiene mucha penetración, aunque me esté mal
el decirlo... ¿Pues no da lástima, señor, el ver cómo se hacen los
matrimonios hoy en el día? Casan á una muchacha de quince años con
un arrapiezo de diez y ocho, á una de diez y siete con otro de
veintidós: ella niña sin juicio ni experiencia, y él niño también
sin asomo de cordura ni conocimiento de lo que es mundo. Pues, señor
(que es lo que yo digo), ¿quién ha de gobernar la casa?, ¿quién ha
de mandar á los criados?, ¿quién ha de enseñar y corregir á los
hijos? Porque sucede también que estos atolondrados de chicos suelen
plagarse de criaturas en un instante, que da compasión.
D. DIEGO.--Cierto que es un dolor el ver rodeados de hijos á muchos
que carecen del talento, de la experiencia y de la virtud que son
necesarias para dirigir su educación.
D.ª IRENE.--Lo que sé decirle á usted es que aún no había cumplido
los diez y nueve cuando me casé de primeras nupcias con mi difunto
don Epifanio, que esté en el cielo. Y era un hombre que, mejorando lo
presente, no es posible hallarle de más respeto, más caballeroso... y
al mismo tiempo más divertido y decidor. Pues, para servir á usted,
ya tenía los cincuenta y seis, muy largos de talle, cuando se casó
conmigo.
D. DIEGO.--Buena edad... No era un niño, pero...
D.ª IRENE.--Pues á eso voy... Ni á mí podía convenirme en aquel
entonces un boquirubio con los cascos á la jineta... No, señor... Y
no es decir tampoco que estuviese achacoso ni quebrantado de salud,
nada de eso. Sanito estaba, gracias á Dios, como una manzana; ni
en su vida conoció otro mal, sino una especie de alferecía que le
amagaba de cuando en cuando. Pero luégo que nos casamos dió en darle
tan á menudo y tan de recio, que á los siete meses me hallé viuda y
encinta de una criatura que nació después, y al cabo y al fin se me
murió de alfombrilla.
D. DIEGO.--¡Oiga!... Mire usted si dejó sucesión el bueno de don
Epifanio.
D.ª IRENE.--Sí, señor, ¿pues por qué no?
D. DIEGO.--Lo digo porque luégo saltan con... Bien que si uno hubiera
de hacer caso... ¿Y fué niño, ó niña?
D.ª IRENE.--Un niño muy hermoso. Como una plata era el angelito.
D. DIEGO.--Cierto que es consuelo tener, así, una criatura, y...
D.ª IRENE.--¡Ay, señor! Dan malos ratos, pero ¿qué importa? Es mucho
gusto, mucho.
D. DIEGO.--Yo lo creo.
D.ª IRENE.--Sí, señor.
D. DIEGO.--Ya se ve que será una delicia, y...
D.ª IRENE.--¡Pues no ha de ser!
D. DIEGO.--Un embeleso el verlos juguetear y reir, y acariciarlos, y
merecer sus fiestecillas inocentes.
D.ª IRENE.--¡Hijos de mi vida! Veintidós he tenido en los tres
matrimonios que llevo hasta ahora, de los cuales sólo esta niña me ha
venido á quedar; pero le aseguro á usted que...
ESCENA V.
SIMÓN, DOÑA IRENE, DON DIEGO.
SIMÓN (_Sale por la puerta del foro_).--Señor, el mayoral está
esperando.
D. DIEGO.--Dile que voy allá... ¡Ah! Tráeme primero el sombrero y el
bastón, quisiera dar una vuelta por el campo. (_Entra Simón al cuarto
de don Diego, saca un sombrero y un bastón, se los da á su amo, y
al fin de la escena se va con él por la puerta del foro._) ¿Conque,
supongo que mañana tempranito saldremos?
D.ª IRENE.--No hay dificultad. Á la hora que á usted le parezca.
D. DIEGO.--Á eso de las seis. ¿Eh?
D.ª IRENE.--Muy bien.
D. DIEGO.--El sol nos da de espaldas... Le diré que venga una media
hora antes.
D.ª IRENE.--Sí, que hay mil chismes que acomodar.
ESCENA VI.
DOÑA IRENE, RITA.
D.ª IRENE.--¡Válgame Dios! ahora que me acuerdo... ¡Rita!... Me le
habrán dejado morir. ¡Rita!
RITA.--Señora.
(_Sacará Rita unas sábanas y almohadas debajo del brazo._)
D.ª IRENE.--¿Qué has hecho del tordo? ¿Le diste de comer?
RITA.--Sí, señora. Más ha comido que un avestruz. Ahí le puse en la
ventana del pasillo.
D.ª IRENE.--¿Hiciste las camas?
RITA.--La de usted ya está. Voy á hacer esotras antes que anochezca,
porque si no, como no hay más alumbrado que el del candil y no tiene
garabato, me veo perdida.
D.ª IRENE.--Y aquella chica ¿qué hace?
RITA.--Está desmenuzando un bizcocho, para dar de cenar á don
Periquito.
D.ª IRENE.--¡Qué pereza tengo de escribir! (_Se levanta y se entra en
su cuarto._) Pero es preciso, que estará con mucho cuidado la pobre
Circuncisión.
RITA.--¡Qué chapucerías! No há dos horas, como quien dice, que
salimos de allá, y ya empiezan á ir y venir correos. ¡Qué poco me
gustan á mí las mujeres gazmoñas y zalameras!
(_Éntrase en el cuarto de doña Francisca._)
ESCENA VII.
CALAMOCHA.
(_Sale por la puerta del foro con unas maletas, látigo y botas; lo
deja todo sobre la mesa y se sienta._)
CALAMOCHA.--¿Conque ha de ser el número tres? Vaya en gracia... Ya,
ya conozco el tal número tres. Colección de bichos más abundante, no
la tiene el gabinete de historia natural. Miedo me da de entrar...
¡Ay! ¡ay!... ¡Y qué agujetas! Estas sí que son agujetas... Paciencia,
pobre Calamocha, paciencia... Y gracias á que los caballitos dijeron:
no podemos más, que si no, por esta vez no veía yo el número tres, ni
las plagas de Faraón que tiene dentro... En fin, como los animales
amanezcan vivos, no será poco... Reventados están... (_Canta Rita
desde adentro, Calamocha se levanta desperezándose._) ¡Oiga!...
¿Seguidillitas?... Y no canta mal... Vaya, aventura tenemos... ¡Ay,
qué desvencijado estoy!
ESCENA VIII.
RITA, CALAMOCHA.
RITA.--Mejor es cerrar, no sea que nos alivien de ropa, y...
(_Forcejeando para echar la llave._) Pues cierto que está bien
acondicionada la llave.
CALAMOCHA.--¿Gusta usted de que eche una mano, mi vida?
RITA.--Gracias, mi alma.
CALAMOCHA.--¡Calle!... ¡Rita!
RITA.--¡Calamocha!
CALAMOCHA.--¿Qué hallazgo es este?
RITA.--¿Y tu amo?
CALAMOCHA.--Los dos acabamos de llegar.
RITA.--¿De veras?
CALAMOCHA.--No, que es chanza. Apenas recibió la carta de doña
Paquita, yo no sé adónde fué, ni con quién habló, ni cómo lo
dispuso; sólo sé decirte que aquella tarde salimos de Zaragoza.
Hemos venido como dos centellas por ese camino. Llegamos esta mañana
á Guadalajara, y á las primeras diligencias nos hallamos conque
los pájaros volaron ya. Á caballo otra vez, y vuelta á correr y á
sudar y á dar chasquidos... En suma, molidos los rocines, y nosotros
á medio moler, hemos parado aquí con ánimo de salir mañana... Mi
teniente se ha ido al colegio mayor á ver á un amigo, mientras se
dispone algo que cenar... Esta es la historia.
RITA.--¿Conque le tenemos aquí?
CALAMOCHA.--Y enamorado más que nunca, celoso, amenazando vidas...
Aventurado á quitar el hipo á cuantos le disputen la posesión de su
Currita idolatrada.
RITA.--¿Qué dices?
CALAMOCHA.--Ni más ni menos.
RITA.--¡Qué gusto me das!... Ahora sí se conoce que la tiene amor.
CALAMOCHA.--¿Amor?... ¡Friolera! El moro Gazul fué para él un pelele,
Medoro un zascandil, y Gaiferos un chiquillo de la doctrina.
RITA.--¡Ay, cuando la señorita lo sepa!
CALAMOCHA.--Pero acabemos. ¿Cómo te hallo aquí? ¿Con quién estás?
¿Cuándo llegaste? que...
RITA.--Yo te lo diré. La madre de doña Paquita dió en escribir
cartas y más cartas, diciendo que tenía concertado su casamiento
en Madrid con un caballero rico, honrado, y bien quisto; en suma,
cabal y perfecto, que no había más que apetecer. Acosada la señorita
con tales propuestas, y angustiada incesantemente con los sermones
de aquella bendita monja, se vió en la necesidad de responder que
estaba pronta á todo lo que la mandasen... Pero no te puedo ponderar
cuánto lloró la pobrecita, qué afligida estuvo. Ni quería comer, ni
podía dormir... Y al mismo tiempo era preciso disimular, para que
su tía no sospechara la verdad del caso. Ello es que cuando, pasado
el primer susto, hubo lugar de discurrir escapatorias y arbitrios
no hallamos otro que el de avisar á tu amo; esperando que si era su
cariño tan verdadero y de buena ley como nos había ponderado, no
consentiría que su pobre Paquita pasara á manos de un desconocido, y
se perdiesen para siempre tantas caricias, tantas lágrimas y tantos
suspiros estrellados en las tapias del corral. Apenas partió la carta
á su destino, cata el coche de colleras y el mayoral Gasparet con sus
medias azules, y la madre y el novio que vienen por ella; recogimos á
toda prisa nuestros meriñaques, se atan los cofres, nos despedimos de
aquellas buenas mujeres, y en dos latigazos llegamos antes de ayer á
Alcalá. La detención ha sido para que la señorita visite á otra tía
monja que tiene aquí tan arrugada y tan sorda como la que dejamos
allá. Ya la ha visto, ya la han besado bastante una por una todas las
religiosas, y creo que mañana temprano saldremos. Por esta casualidad
nos...
CALAMOCHA.--Sí. No digas más... Pero... ¿Conque el novio está en la
posada?
RITA.--Ese es su cuarto (_Señalando el cuarto de don Diego, el de
doña Irene y el de doña Francisca_), este el de la madre, y aquel el
nuestro.
CALAMOCHA.--¿Cómo nuestro? ¿Tuyo y mío?
RITA.--No por cierto. Aquí dormiremos esta noche la señorita y yo;
porque ayer metidas las tres en ese de enfrente, ni cabíamos de pié,
ni pudimos dormir un instante, ni respirar siquiera.
CALAMOCHA.--Bien... Adios. (_Recoge los trastos que puso sobre la
mesa, en ademán de irse._)
RITA.--¿Y adónde?
CALAMOCHA.--Yo me entiendo... Pero el novio ¿trae consigo criados,
amigos ó deudos que le quiten la primera zambullida que le amenaza?
RITA.--Un criado viene con él.
CALAMOCHA.--¡Poca cosa!... Mira, dile en caridad que se disponga,
porque está de peligro. Adios.
RITA.--¿Y volverás presto?
CALAMOCHA.--Se supone. Estas cosas piden diligencia, y aunque apenas
puedo moverme, es necesario que mi teniente deje la visita y venga
á cuidar de su hacienda; disponer el entierro de ese hombre, y...
¿Conque ese es nuestro cuarto, eh?
RITA.--Sí. De la señorita y mío.
CALAMOCHA.--¡Bribona!
RITA.--¡Botarate! Adios.
CALAMOCHA.--Adios, aborrecida.
(_Éntrase con los trastos al cuarto de don Carlos._)
ESCENA IX.
DOÑA FRANCISCA, RITA.
RITA.--¡Qué malo es!... Pero... ¡Válgame Dios, don Félix aquí!...
Sí, la quiere, bien se conoce... (_Sale Calamocha del cuarto de don
Carlos, y se va por la puerta del foro._) ¡Oh! por más que digan, los
hay muy finos; y entonces, ¿qué ha de hacer una?... Quererlos: no
tiene remedio, quererlos... Pero ¿qué dirá la señorita cuando le vea,
que está ciega por él? ¡Pobrecita! ¿Pues no sería una lástima que?...
Ella es.
D.ª FRANCISCA, _saliendo_.--¡Ay, Rita!
RITA.--¿Qué es eso? ¿Ha llorado usted?
D.ª FRANCISCA.--¿Pues no he de llorar? Si vieras mi madre... Empeñada
está en que he de querer mucho á ese hombre... Si ella supiera lo que
sabes tú, no me mandaría cosas imposibles... Y que es tan bueno, y
que es rico, y que me irá tan bien con él... Se ha enfadado tanto, y
me ha llamado picarona, inobediente... ¡Pobre de mí! Porque no miento
ni sé fingir, por eso me llaman picarona.
RITA.--Señorita, por Dios, no se aflija usted.
D.ª FRANCISCA.--Ya, como tú no lo has oído... Y dice que don Diego
se queja de que yo no le digo nada... Harto le digo, y bien he
procurado hasta ahora mostrarme contenta delante de él, que no lo
estoy por cierto, y reirme y hablar niñerías... Y todo por dar gusto
á mi madre, que si no... Pero bien sabe la Virgen que no me sale del
corazón.
(_Se va oscureciendo lentamente el teatro._)
RITA.--Vaya, vamos, que no hay motivos todavía para tanta angustia...
¿Quién sabe?... ¿No se acuerda usted ya de aquel día de asueto que
tuvimos el año pasado en la casa de campo del intendente?
D.ª FRANCISCA.--¡Ay! ¿cómo puedo olvidarlo?... Pero, ¿qué me vas á
contar?
RITA.--Quiero decir, que aquel caballero que vimos allí con aquella
cruz verde, tan galán, tan fino...
D.ª FRANCISCA.--¡Qué rodeos!... Don Félix. ¿Y qué?
RITA.--Que nos fué acompañando hasta la ciudad...
D.ª FRANCISCA.--Y bien... Y luégo volvió, y le ví, por mi desgracia,
muchas veces... mal aconsejada de ti.
RITA.--¿Por qué, señora?... ¿Á quién dimos escándalo? Hasta ahora
nadie lo ha sospechado en el convento. Él no entró jamás por las
puertas, y cuando de noche hablaba con usted, mediaba entre los dos
una distancia tan grande, que usted la maldijo no pocas veces... Pero
esto no es del caso. Lo que voy á decir es, que un amante como aquel
no es posible que se olvide tan presto de su querida Paquita... Mire
usted que todo cuanto hemos leído á hurtadillas en las novelas no
equivale á lo que hemos visto en él... ¿Se acuerda usted de aquellas
tres palmadas que se oían entre once y doce de la noche? ¿de aquella
sonora punteada con tanta delicadeza y expresión?
D.ª FRANCISCA.--¡Ay, Rita! Sí, de todo me acuerdo, y mientras viva
conservaré la memoria... Pero está ausente... y entretenido acaso con
nuevos amores.
RITA.--Eso no lo puedo yo creer.
D.ª FRANCISCA.--Es hombre al fin, y todos ellos...
RITA.--¡Qué bobería! Desengáñese usted, señorita. Con los hombres y
las mujeres sucede lo mismo que con los melones de Añover. Hay de
todo; la dificultad está en saber escogerlos. El que se lleve chasco
en la elección, quéjese de su mala suerte, pero no desacredite
la mercancía... Hay hombres muy embusteros, muy picarones; pero
no es creíble que lo sea el que ha dado pruebas tan repetidas de
perseverancia y amor. Tres meses duró el terrero y la conversación á
oscuras, y en todo aquel tiempo, bien sabe usted que no vimos en él
una acción descompuesta, ni oímos de su boca una palabra indecente ni
atrevida.
D.ª FRANCISCA.--Es verdad. Por eso le quise tanto, por eso le tengo
tan fijo aquí... aquí... (_Señalando el pecho_). ¿Qué habrá dicho al
ver la carta?... ¡Oh! Yo bien sé lo que habrá dicho... ¡Válgate Dios!
Es lástima... Cierto. ¡Pobre Paquita!... Y se acabó... No habrá dicho
más... nada más.
RITA.--No, señora, no ha dicho eso.
D.ª FRANCISCA.--¿Qué sabes tú?
RITA.--Bien lo sé. Apenas haya leído la carta se habrá puesto
en camino, y vendrá volando á consolar á su amiga... Pero...
(_Acercándose á la puerta del cuarto de doña Irene._)
D.ª FRANCISCA.--¿Adónde vas?
RITA.--Quiero ver si...
D.ª FRANCISCA.--Está escribiendo.
RITA.--Pues ya presto habrá de dejarlo, que empieza á anochecer...
Señorita, lo que la he dicho á usted es la verdad pura. Don Félix
está ya en Alcalá.
D.ª FRANCISCA.--¿Qué dices? No me engañes.
RITA.--Aquel es su cuarto... Calamocha acaba de hablar conmigo.
D.ª FRANCISCA.--¿De veras?
RITA.--Sí, señora... Y le ha ido á buscar para...
D.ª FRANCISCA.--¿Conque me quiere?... ¡Ay Rita! Mira tú si hicimos
bien de avisarle... Pero ¿ves qué fineza?... ¿Si vendrá bueno?
¡Correr tantas leguas sólo por verme... porque yo se lo mando!...
¡Qué agradecida le debo estar!... ¡Oh! yo le prometo que no se
quejará de mí. Para siempre agradecimiento y amor.
RITA.--Voy á traer luces. Procuraré detenerme por allá abajo
hasta que vuelvan... Veré lo que dice y qué piensa hacer, porque
hallándonos todos aquí, pudiera haber una de Satanás entre la
madre, la hija, el novio y el amante; y si no ensayamos bien esta
contradanza, nos hemos de perder en ella.
D.ª FRANCISCA.--Dices bien... Pero no; él tiene resolución y talento,
y sabrá determinar lo más conveniente... ¿Y cómo has de avisarme?...
Mira que así que llegue le quiero ver.
RITA.--No hay que dar cuidado. Yo le traeré por acá, y en dándome
aquella tosecilla seca... ¿me entiende usted?
D.ª FRANCISCA.--Sí, bien.