mío, marido de esta señora, y autor de esa maldita comedia que han
echado hoy. Hemos ido á verla; cuando llegamos estaban ya en el
segundo acto. Allí había una tempestad, y luégo un consejo de guerra,
y luégo un baile, y después un entierro... En fin, ello es que al
cabo de esta tremolina salía la dama con un chiquillo de la mano, y
ella y el chico rabiaban de hambre; el muchacho decía: Madre, déme
usted pan; y la madre invocaba á Demogorgón y al Cancerbero. Al
llegar nosotros se empezaba este lance de madre é hijo... El patio
estaba tremendo. ¡Qué oleadas! ¡qué toser! ¡qué estornudos! ¡qué
bostezar! ¡qué ruido confuso por todas partes!... Pues señor, como
digo, salió la dama, y apenas hubo dicho que no había comido en seis
días, y apenas el chico empezó á pedirla pan, y ella á decirle que
no le tenía, cuando para servir á ustedes, la gente (que á la cuenta
estaba ya hostigada de la tempestad, del consejo de guerra, del
baile y del entierro) comenzó de nuevo á alborotarse. El ruido se
aumenta; suenan bramidos por un lado y otro, y empieza tal descarga
de palmadas huecas, y tal golpeo en los bancos y barandillas, que no
parecía sino que toda la casa se venía al suelo. Corrieron el telón;
abrieron las puertas; salió renegando toda la gente; á mi hermana se
la oprimió el corazón, de manera que... En fin, ya está mejor, que es
lo principal. Aquello no ha sido ni oído ni visto: en un instante,
entrar en el palco y suceder lo que acabo de contar, todo ha sido
á un tiempo. ¡Válgame Dios! ¡En lo que han venido á parar tantos
proyectos! Bien decía yo que era imposible que... (_Siéntase junto á
doña Agustina._)
D. ELEUTERIO.--¡Y que no ha de haber justicia para esto! Don
Hermógenes, amigo don Hermógenes, usted bien sabe lo que es la pieza;
informe usted á estos señores... Tome usted. (_Saca la comedia, y se
la da á don Hermógenes._) Léales usted todo el segundo acto, y que
me digan si una mujer que no ha comido en seis días tiene razón de
morirse, y si es mal parecido que un chico de cuatro años pida pan á
su madre. Lea usted, lea usted, y que me digan si hay conciencia ni
ley de Dios para haberme asesinado de esta manera.
D. HERMÓGENES.--Yo, por ahora, amigo don Eleuterio, no puedo
encargarme de la lectura del drama. (_Deja la comedia sobre una mesa.
Pipí la toma, se sienta en un silla distante, y lee con particular
atención y complacencia._) Estoy de priesa. Nos veremos otro día, y...
D. ELEUTERIO.--¿Se va usted?
D.ª MARIQUITA.--¿Nos deja usted así?
D. HERMÓGENES.--Si en algo pudiera contribuir con mi presencia al
alivio de ustedes, no me movería de aquí; pero...
D.ª MARIQUITA.--No se vaya usted.
D. HERMÓGENES.--Me es muy doloroso asistir á tan acerbo espectáculo.
Tengo que hacer. En cuánto á la comedia, nada hay que decir: murió,
y es imposible que resucite; bien que ahora estoy escribiendo una
apología del teatro, y la citaré con elogio. Diré que hay otras
peores; diré que si no guarda reglas ni conexión, consiste en que el
autor era un grande hombre; callaré sus defectos...
D. ELEUTERIO.--¿Qué defectos?
D. HERMÓGENES.--Algunos que tiene.
D. PEDRO.--Pues no decía usted eso poco tiempo há.
D. HERMÓGENES.--Fué para animarle.
D. PEDRO.--Y para engañarle y perderle. Si usted conocía que era
mala, ¿por qué no se lo dijo? ¿Por qué, en vez de aconsejarle que
desistiera de escribir chapucerías, ponderaba usted el ingenio del
autor, y le persuadía que era excelente una obra tan ridícula y
despreciable?
D. HERMÓGENES.--Porque el señor carece de criterio y sindéresis para
comprender la solidez de mis raciocinios, si por ellos intentara
persuadirle que la comedia es mala.
D.ª AGUSTINA.--¿Conque es mala?
D. HERMÓGENES.--Malísima.
D. ELEUTERIO.--¿Qué dice usted?
D.ª AGUSTINA.--Usted se chancea, don Hermógenes; no puede ser otra
cosa.
D. PEDRO.--No, señora, no se chancea: en eso dice la verdad. La
comedia es detestable.
D.ª AGUSTINA.--Poco á poco con eso, caballero; que una cosa es
que el señor lo diga por gana de fiesta, y otra que usted nos lo
venga á repetir de ese modo. Usted será de los eruditos que de todo
blasfeman, y nada les parece bien sino lo que ellos hacen; pero...
D. PEDRO.--Si usted es marido de esa (_Á don Eleuterio_) señora,
hágala usted callar; porque aunque no pueda ofenderme cuánto diga, es
cosa ridícula que se meta á hablar de lo que no entiende.
D.ª AGUSTINA.--¡No entiendo! ¿Quién le ha dicho á usted que?...
D. ELEUTERIO.--Por Dios, Agustina, no te desazones. Ya ves (_Se
levanta colérica, y don Eleuterio la hace sentar_) cómo estás...
¡Válgame Dios, señor! Pero, amigo (_Á don Hermógenes_), no sé qué
pensar de usted.
D. HERMÓGENES.--Pienso usted lo que quiera. Yo pienso de su obra
lo que ha pensado el público; pero soy su amigo de usted, y aunque
vaticiné el éxito infausto que ha tenido, no quise anticiparle una
pesadumbre, porque, como dice Platón y el abate Lampillas...
D. ELEUTERIO.--Digan lo que quieran. Lo que yo digo es que usted me
ha engañado como un chino. Si yo me aconsejaba con usted; si usted
ha visto la obra lance por lance y verso por verso; si usted me ha
exhortado á concluir las otras que tengo manuscritas; si usted me ha
llenado de elogios y de esperanzas; si me ha hecho usted creer que yo
era un grande hombre, ¿cómo me dice usted ahora eso? ¿Cómo ha tenido
usted corazón para exponerme á los silbidos, al palmoteo y á la zumba
de esta tarde?
D. HERMÓGENES.--Usted es pacato y pusilánime en demasía... ¿Por
qué no le anima á usted el ejemplo? ¿No ve usted esos autores que
componen para el teatro, con cuánta imperturbabilidad toleran los
vaivenes de la fortuna? Escriben, los silban, y vuelven á escribir;
vuelven á silbarlos, y vuelven á escribir... ¡Oh, almas grandes, para
quienes los chillidos son arrullos y las maldiciones alabanzas!
D.ª MARIQUITA.--¿Y qué quiere usted (_Levántase_) decir con eso? Ya
no tengo paciencia para callar más. ¿Qué quiere usted decir? ¿Que mi
pobre hermano vuelva otra vez?...
D. HERMÓGENES.--Lo que quiero decir es que estoy de prisa y me voy.
D.ª AGUSTINA.--Vaya usted con Dios, y haga usted cuenta que no
nos ha conocido. ¡Picardía! No sé cómo (_Se levanta muy enojada
encaminándose hacia don Hermógenes, que se va retirando de ella_) no
me tiro á él... Váyase usted.
D. HERMÓGENES.--¡Gente ignorante!
D.ª AGUSTINA.--Váyase usted.
D. ELEUTERIO.--¡Picarón!
D. HERMÓGENES.--¡Canalla infeliz!
ESCENA VIII.
DON ELEUTERIO, DON SERAPIO, DON ANTONIO, DON PEDRO, DOÑA AGUSTINA,
DOÑA MARIQUITA, PIPÍ.
D. ELEUTERIO.--¡Ingrato, embustero! Después (_Se sienta con señales
de abatimiento_) de lo que hemos hecho por él.
D.ª MARIQUITA.--Ya ve usted, hermana, lo que ha venido á resultar. Si
lo dije, si me lo daba el corazón... Mire usted qué hombre; después
de haberme traído en palabras tanto tiempo, y lo que es peor, haber
perdido por él la conveniencia de casarme con el boticario, que á lo
menos es hombre de bien, y no sabe latín ni se mete en citar autores,
como ese bribón... ¡Pobre de mí! Con diez y seis años que tengo, y
todavía estoy sin colocar; por el maldito empeño de ustedes de que me
había de casar con un erudito que supiera mucho... Mire usted lo que
sabe el renegado (Dios me perdone); quitarme mi acomodo, engañar á mi
hermano, perderle, y hartarnos de pesadumbres.
D. ANTONIO.--No se desconsuele usted, señorita, que todo se
compondrá. Usted tiene mérito, y no la faltarán proporciones mucho
mejores que la que ha perdido.
D.ª AGUSTINA.--Es menester que tengas un poco de paciencia, Mariquita.
D. ELEUTERIO.--La paciencia (_Se levanta con viveza_) la necesito yo,
que estoy desesperado de ver lo que me sucede.
D.ª AGUSTINA.--Pero hombre, ¿que no has de reflexionar?...
D. ELEUTERIO.--Calla, mujer; calla, por Dios, que tú también...
D. SERAPIO.--No, señor; el mal ha estado en que nosotros no lo
advertimos con tiempo... Pero yo le aseguro al guarnicionero y á sus
camaradas que si llegamos á pillarlos, solfeo de mojicones como el
que han de llevar no le... La comedia es buena, señor; créame usted á
mí; la comedia es buena. Ahí no ha habido más sino que los de allá se
han unido, y...
D. ELEUTERIO.--Yo ya estoy en que la comedia no es tan mala, y que
hay muchos partidos; pero lo que á mí me...
DON PEDRO.--¿Todavía está usted en esa equivocación?
D. ANTONIO.--Déjele usted. (_Ap. á don Pedro._)
D. PEDRO.--No quiero dejarle; me da compasión... Y sobre todo, es
demasiada necedad, después de lo que ha sucedido, que todavía esté
creyendo el señor que su obra es buena. ¿Por qué ha de serlo? ¿Qué
motivos tiene usted para acertar? ¿Qué ha estudiado usted? ¿Quién
le ha enseñado el arte? ¿Qué modelos se ha propuesto usted para la
imitación? ¿No ve usted que en todas las facultades hay un método
de enseñanza, y unas reglas que seguir y observar; que á ellas
debe acompañar una aplicación constante y laboriosa; y que sin
estas circunstancias, unidas al talento, nunca se formarán grandes
profesores, porque nadie sabe sin aprender? ¿Pues por dónde usted,
que carece de tales requisitos, presume que habrá podido hacer algo
bueno? ¿Qué, no hay más sino meterse á escribir, á salga lo que
salga, y en ocho días zurcir un embrollo, ponerle en malos versos,
darle al teatro, y ya soy autor? Qué, ¿no hay más que escribir
comedias? Si han de ser como la de usted ó como las demás que se la
parecen, poco talento, poco estudio y poco tiempo son necesarios;
pero si han de ser buenas (créame usted), se necesita toda la vida
de un hombre, un ingenio muy sobresaliente, un estudio infatigable,
observación continua, sensibilidad, juicio exquisito: y todavía no
hay seguridad de llegar á la perfección.
D. ELEUTERIO.--Bien está, señor; será todo lo que usted dice; pero
ahora no se trata de eso. Si me desespero y me confundo, es por ver
que todo se me descompone, que he perdido mi tiempo, que la comedia
no vale un cuarto, que he gastado en la impresión lo que no tenía...
D. ANTONIO.--No, la impresión con el tiempo se venderá.
D. PEDRO.--No se venderá, no, señor. El público no compra en la
librería las piezas que silba en el teatro. No se venderá.
D. ELEUTERIO.--Pues, vea usted: no se venderá; y pierdo ese dinero;
y por otra parte... ¡Válgame Dios! Yo, señor, seré lo que ustedes
quieran; seré mal poeta, seré un zopenco; pero soy hombre de bien.
Ese picarón de don Hermógenes me ha estafado cuánto tenía para pagar
sus trampas y sus embrollos; me ha metido en nuevos gastos, y me deja
imposibilitado de cumplir como es regular con los muchos acreedores
que tengo.
D. PEDRO.--Pero ahí no hay más que hacerles una obligación de irlos
pagando poco á poco, según el empleo ó facultad que usted tenga, y
arreglándose á una buena economía.
D.ª AGUSTINA.--¡Qué empleo ni qué facultad, señor! si el pobrecito no
tiene ninguna.
D. PEDRO.--¿Ninguna?
D. ELEUTERIO.--No, señor. Yo estuve en esa lotería de ahí arriba;
después me puse á servir á un caballero indiano, pero se murió; lo
dejé todo, y me metí á escribir comedias, porque ese don Hermógenes
me engatusó y...
D.ª MARIQUITA.--¡Maldito sea él!
D. ELEUTERIO.--Y si fuera decir estoy solo, anda con Dios; pero
casado, y con una hermana, y con aquellas criaturas...
D. ANTONIO.--¿Cuántas tiene usted?
D. ELEUTERIO.--Cuatro, señor; que el mayorcito no pasa de cinco años.
D. PEDRO.--¿Hijos tiene? (_Ap. con ternura_ ¡Qué lástima!)
D. ELEUTERIO.--Pues si no fuera por eso...
D. PEDRO.--(_Ap._ ¡Infeliz!) Yo, amigo, ignoraba que del éxito de la
obra de usted pendiera la suerte de esa pobre familia. Yo también he
tenido hijos. Ya no los tengo, pero sé lo que es el corazón de un
padre. Dígame usted: ¿sabe usted contar? ¿escribe usted bien?
D. ELEUTERIO.--Sí, señor, lo que es así cosa de cuentas, me parece
que sé bastante. En casa de mi amo... porque yo, señor, he sido
paje... allí, como digo, no había más mayordomo que yo. Yo era el
que gobernaba la casa; como, ya se ve, estos señores no entienden de
eso. Y siempre me porté como todo el mundo sabe. Eso sí, lo que es
honradez y... ¡vaya! Ninguno ha tenido que...
D. PEDRO.--Lo creo muy bien.
D. ELEUTERIO.--En cuanto á escribir, yo aprendí en los Escolapios, y
luégo me he soltado bastante, y sé alguna cosa de ortografía... Aquí
tengo... Vea usted... (_Saca papel y se le da á don Pedro._) Ello
está escrito algo de prisa, porque esta es una tonadilla que se había
de cantar mañana... ¡Ay Dios mío!
D. PEDRO.--Me gusta la letra, me gusta.
D. ELEUTERIO.--Sí, señor, tiene su introduccioncita, luégo entran las
coplillas satíricas con su estribillo, y concluye con las...
D. PEDRO.--No hablo de eso, hombre, no hablo de eso. Quiero decir que
la forma de la letra es muy buena. La tonadilla ya se conoce que es
prima hermana de la comedia.
D. ELEUTERIO.--Ya.
D. PEDRO.--Es menester que se deje usted de esas tonterías.
(_Volviéndole el papel._)
D. ELEUTERIO.--Ya lo veo, señor; pero si me parece que el enemigo...
D. PEDRO.--Es menester olvidar absolutamente esos devaneos; esta es
una condición precisa que exijo de usted. Yo soy rico, muy rico, y no
acompaño con lágrimas estériles las desgracias de mis semejantes. La
mala fortuna á que le han reducido á usted sus desvaríos necesita,
más que consuelos y reflexiones, socorros efectivos y prontos. Mañana
quedarán pagadas por mí todas las deudas que usted tenga.
D. ELEUTERIO.--Señor, ¿qué dice usted?
D.ª AGUSTINA.--¿De veras, señor? ¡Válgame Dios!
D.ª MARIQUITA.--¿De veras?
D. PEDRO.--Quiero hacer más. Yo tengo bastantes haciendas cerca de
Madrid; acabo de colocar á un mozo de mérito, que entendía en el
gobierno de ellas. Usted, si quiere, podrá irse instruyendo al lado
de mi mayordomo, que es hombre honradísimo; y desde luégo puede usted
contar con una fortuna proporcionada á sus necesidades. Esta señora
deberá contribuir por su parte á hacer feliz el nuevo destino que á
usted le propongo. Si cuida de su casa, si cría bien á sus hijos, si
desempeña como debe los oficios de esposa y madre, conocerá que sabe
cuánto hay que saber, y cuánto conviene á una mujer de su estado y
sus obligaciones. Usted, señorita, no ha perdido nada en no casarse
con el pedantón de don Hermógenes; porque, según se ha visto, es un
malvado que la hubiera hecho infeliz; y si usted disimula un poco las
ganas que tiene de casarse, no dudo que hallará muy presto un hombre
de bien que la quiera. En una palabra, yo haré en favor de ustedes
todo el bien que pueda; no hay que dudarlo. Además, yo tengo muy
buenos amigos en la corte, y... créanme ustedes, soy algo áspero en
mi carácter, pero tengo el corazón muy compasivo.
D.ª MARIQUITA.--¡Qué bondad!
(_Don Eleuterio, su mujer y su hermana quieren arrodillarse á los
piés de don Pedro; él lo estorba y los abraza cariñosamente._)
D. ELEUTERIO.--¡Qué generoso!
D. PEDRO.--Esto es ser justo. El que socorre la pobreza, evitando á
un infeliz la desesperación y los delitos, cumple con su obligación;
no hace más.
D. ELEUTERIO.--Yo no sé cómo he de pagar á usted tantos beneficios.
D. PEDRO.--Si usted me los agradece, ya me los paga.
D. ELEUTERIO.--Perdone usted, señor, las locuras que he dicho y el
mal modo...
D.ª AGUSTINA.--Hemos sido muy imprudentes.
D. PEDRO.--No hablemos de eso.
D. ANTONIO.--¡Ah, don Pedro, qué lección me ha dado usted esta tarde!
D. PEDRO.--Usted se burla. Cualquiera hubiera hecho lo mismo en
iguales circunstancias.
D. ANTONIO.--Su carácter de usted me confunde.
D. PEDRO.--¿Eh? los genios serán diferentes; pero somos muy amigos.
¿No es verdad?
D. ANTONIO.--¿Quién no querrá ser amigo de usted?
D. SERAPIO.--Vaya, vaya; yo estoy loco de contento.
D. PEDRO.--Más lo estoy yo; porque no hay placer comparable al que
resulta de una acción virtuosa. Recoja usted esa comedia (_Al ver la
comedia que está leyendo Pipí_); no se quede por ahí perdida, y sirva
de pasatiempo á la gente burlona que llegue á verla.
D. ELEUTERIO.--¡Mal haya la comedia (_Arrebata la comedia de manos
de Pipí, y la hace pedazos_), amén, y mi docilidad y mi tontería!
Mañana, así que amanezca, hago una hoguera con todo cuánto tengo
impreso y manuscrito, y no ha de quedar en mi casa un verso.
D.ª MARIQUITA.--Yo encenderé la pajuela.
D.ª AGUSTINA.--Y yo aventaré las cenizas.
D. PEDRO.--Así debe ser. Usted, amigo, ha vivido engañado; su amor
propio, la necesidad, el ejemplo y la falta de instrucción le
han hecho escribir disparates. El público le ha dado á usted una
lección muy dura, pero muy útil, puesto que por ella se reconoce y
se enmienda. ¡Ojalá los que hoy tiranizan y corrompen el teatro por
el maldito furor de ser autores, ya que desatinan como usted, le
imitaran en desengañarse!
EL SÍ DE LAS NIÑAS
COMEDIA EN TRES ACTOS, EN PROSA, ESTRENADA EN 1806
PERSONAS
DON DIEGO.
DON CARLOS.
DOÑA IRENE.
DOÑA FRANCISCA.
RITA.
SIMÓN.
CALAMOCHA.
_La escena es en una posada de Alcalá de Henares._
El teatro representa una sala de paso con cuatro puertas de
habitaciones para huéspedes, numeradas todas. Una más grande
en el foro, con escalera que conduce al piso bajo de la casa.
Ventana de antepecho á un lado. Una mesa en medio, con banco,
sillas, etc.
_La acción empieza á las siete de la tarde, y acaba á las cinco de la
mañana siguiente._
[Ilustración]
ACTO I.
ESCENA PRIMERA.
DON DIEGO, SIMÓN.
(_Sale don Diego de su cuarto. Simón, que está sentado en una silla,
se levanta._)
D. DIEGO.--¿No han venido todavía?
SIMÓN.--No, señor.
D. DIEGO.--Despacio la han tomado por cierto.
SIMÓN.--Como su tía la quiere tanto, según parece, y no la ha visto
desde que la llevaron á Guadalajara...
D. DIEGO.--Sí. Yo no digo que no la viese; pero con media hora de
visita y cuatro lágrimas, estaba concluído.
SIMÓN.--Ello también ha sido extraña determinación la de estarse
usted dos días enteros sin salir de la posada. Cansa el leer,
cansa el dormir... Y sobre todo cansa la mugre del cuarto, las
sillas desvencijadas, las estampas _del hijo pródigo_, el ruido de
campanillas y cascabeles, y la conversación ronca de carromateros y
patanes, que no permiten un instante de quietud.
D. DIEGO.--Ha sido conveniente el hacerlo así. Aquí me conocen todos,
y no he querido que nadie me vea.
SIMÓN.--Yo no alcanzo la causa de tanto retiro. ¿Pues hay más en esto
que haber acompañado usted á doña Irene hasta Guadalajara, para sacar
del convento á la niña y volvernos con ellas á Madrid?
D. DIEGO.--Sí, hombre, algo más hay de lo que has visto.
SIMÓN.--Adelante.
D. DIEGO.--Algo, algo... Ello tú al cabo lo has de saber, y no puede
tardarse mucho... Mira, Simón, por Dios te encargo que no lo digas...
Tú eres hombre de bien, y me has servido muchos años con fidelidad...
Ya ves que hemos sacado á esa niña del convento y nos la llevamos á
Madrid.
SIMÓN.--Sí, señor.
D. DIEGO.--Pues bien... Pero te vuelvo á encargar que á nadie lo
descubras.
SIMÓN.--Bien está, señor. Jamás he gustado de chismes.
D. DIEGO.--Ya lo sé, por eso quiero fiarme de ti. Yo, la verdad,
nunca había visto á la tal doña Paquita; pero mediante la amistad
con su madre, he tenido frecuentes noticias de ella; he leído muchas
de las cartas que escribía; he visto algunas de su tía la monja, con
quien ha vivido en Guadalajara; en suma, he tenido cuántos informes
pudiera desear acerca de sus inclinaciones y su conducta. Ya he
logrado verla, he procurado observarla en estos pocos días; y á decir
verdad, cuántos elogios hicieron de ella me parecen escasos.
SIMÓN.--Sí por cierto... Es muy linda y...
D. DIEGO.--Es muy linda, muy graciosa, muy humilde... Y sobre
todo, ¡aquel candor, aquella inocencia! Vamos, es de lo que no se
encuentra por ahí... Y talento... sí, señor, mucho talento... Conque,
para acabar de informarte, lo que yo he pensado es...
SIMÓN.--No hay que decírmelo.
D. DIEGO.--¿No? ¿Por qué?
SIMÓN.--Porque ya lo adivino. Y me parece excelente idea.
D. DIEGO.--¿Qué dices?
SIMÓN.--Excelente.
D. DIEGO.--¿Conque al instante has conocido?...
SIMÓN.--¿Pues no es claro?... ¡Vaya!... Dígole á usted que me parece
muy buena boda; buena, buena.
D. DIEGO.--Sí, señor... Yo lo he mirado bien, y lo tengo por cosa muy
acertada.
SIMÓN.--Seguro que sí.
D. DIEGO.--Pero quiero absolutamente que no se sepa, hasta que esté
hecho.
SIMÓN.--Y en eso hace usted bien.
D. DIEGO.--Porque no todos ven las cosas de una manera, y no faltaría
quien murmurase, y dijese que era una locura, y me...
SIMÓN.--¿Locura? ¡Buena locura!... ¿Con una chica como esa, eh?
D. DIEGO.--Pues ya ves tú. Ella es una pobre... Eso sí... Pero
yo no he buscado dinero, que dineros tengo; he buscado modestia,
recogimiento, virtud.
SIMÓN.--Eso es lo principal... Y sobre todo, lo que usted tiene,
¿para quién ha de ser?
D. DIEGO.--Dices bien... ¿Y sabes tú lo que es una mujer aprovechada,
hacendosa, que sepa cuidar de la casa, economizar, estar en todo?...
Siempre lidiando con amas, que si una es mala, otra es peor,
regalonas, entremetidas, habladoras, llenas de histérico, viejas,
feas como demonios... No, señor, vida nueva. Tendré quien me asista
con amor y fidelidad, y viviremos como unos santos... Y deja que
hablen y murmuren y...
SIMÓN.--Pero siendo á gusto de entrambos, ¿qué pueden decir?
D. DIEGO.--No, yo ya sé lo que dirán; pero... Dirán que la boda es
desigual, que no hay proporción en la edad, que...
SIMÓN.--Vamos que no me parece tan notable la diferencia. Siete ú
ocho años, á lo más.
D. DIEGO.--¡Qué, hombre! ¿Qué hablas de siete ú ocho años? Si ella ha
cumplido diez y seis años pocos meses há.
SIMÓN.--Y bien, ¿qué?
D. DIEGO.--Y yo, aunque gracias á Dios estoy robusto y... con todo
eso, mis cincuenta y nueve años no hay quien me los quite.
SIMÓN.--Pero si yo no hablo de eso.
D. DIEGO.--¿Pues de qué hablas?
SIMÓN.--Decía que... Vamos, ó usted no acaba de explicarse, ó yo le
entiendo al revés... En suma, esta doña Paquita ¿con quién se casa?
D. DIEGO.--¿Ahora estamos ahí? Conmigo.
SIMÓN.--¿Con usted?
D. DIEGO.--Conmigo.
SIMÓN.--¡Medrados quedamos!
D. DIEGO.--¿Qué dices?... Vamos, ¿qué?...
SIMÓN.--¡Y pensaba yo haber adivinado!
D. DIEGO.--¿Pues qué creías? ¿Para quién juzgaste que la destinaba yo?
SIMÓN.--Para don Carlos, su sobrino de usted, mozo de talento,
instruído, excelente soldado, amabilísimo por todas sus
circunstancias... Para ese juzgué que se guardaba la tal niña.
D. DIEGO.--Pues no, señor.
SIMÓN.--Pues bien está.
D. DIEGO.--¡Mire usted qué idea! ¡Con el otro la había de ir á
casar!... No, señor, que estudie sus matemáticas.
SIMÓN.--Ya las estudia; ó por mejor decir, ya las enseña.
D. DIEGO.--Que se haga hombre de valor y...
SIMÓN.--¡Valor! ¿Todavía pide usted más valor á un oficial que en la
última guerra, con muy pocos que se atrevieron á seguirle, tomó dos
baterías, clavó los cañones, hizo algunos prisioneros, y volvió al
campo lleno de heridas y cubierto de sangre?... Pues bien satisfecho
quedó usted entonces del valor de su sobrino; y yo le ví á usted más
de cuatro veces llorar de alegría, cuando el rey le premió con el
grado de teniente coronel y una cruz de Alcántara.
D. DIEGO.--Sí, señor, todo es verdad; pero no viene á cuento. Yo soy
el que me caso.
SIMÓN.--Si está usted bien seguro de que ella le quiere, si no la
asusta la diferencia de la edad, si su elección es libre...
D. DIEGO.--¿Pues no ha de serlo?... ¿Y qué sacarían con engañarme?
Ya ves tú la religiosa de Guadalajara si es mujer de juicio; esta
de Alcalá, aunque no la conozco, sé que es una señora de excelentes
prendas; mira tú si doña Irene querrá el bien de su hija; pues todas
ellas me han dado cuantas seguridades puedo apetecer... La criada
que la ha servido en Madrid, y más de cuatro años en el convento,
se hace lenguas de ella; y sobre todo me ha informado de que jamás
observó en esta criatura la más remota inclinación á ninguno de los
pocos hombres que ha podido ver en aquel encierro. Bordar, coser,
leer libros devotos, oir misa, y correr por la huerta detrás de las
mariposas, y echar agua en los agujeros de las hormigas, estas han
sido su ocupación y sus diversiones... ¿Qué dices?
SIMÓN.--Yo nada, señor.
D. DIEGO.--Y no pienses tú que, á pesar de tantas seguridades,
no aprovecho las ocasiones que se presentan para ir ganando su
amistad y su confianza, y lograr que se explique conmigo en absoluta
libertad... Bien que aún hay tiempo... Sólo que aquella doña Irene
siempre la interrumpe, todo se lo habla... Y es muy buena mujer,
buena...
SIMÓN.--En fin, señor, yo desearé que salga como usted apetece.