Comercio de los atenienses.
El puerto del Pireo es muy concurrido no solamente de las naves griegas
sino también de las otras naciones que los griegos llaman bárbaras.
Como el Ática produce poco trigo, está prohibida su exportación, y
aquellos que van lejos a buscarlo no pueden introducirlo en ninguna
otra ciudad sin exponerse a penas rigurosas. Lo traen del Egipto
y la Sicilia, y mucho más de Panticapea y Teodosia, ciudades del
Quersoneso táurico, porque el soberano de este país, señor del Bósforo
cimerio, exime a los buques atenienses del treintavo que exige por la
exportación de este grano.
Traen de Panticapea y de varias partes del Ponto-Euxino maderas de
construcción, esclavos, sal, miel y cera, lana, cueros y pieles de
cabra. De Bizancio y de algunos otros países de la Tracia y de la
Macedonia, pesca salada, madera de carpintería y construcción; de la
Frigia y de Mileto, tapices, mantas y aquellas hermosas lanas de que
fabrican los paños; del mar Egeo, vino y todas las especies de frutos
que producen sus islas; y de la Tracia, la Tesalia, la Frigia y otros
muchos países, un gran número de esclavos.
El aceite es el único género qué Solón permitió trocar por las
mercancías extranjeras; la salida de todas las demás producciones del
Ática está prohibida, y solo pagando crecidos derechos se permite
exportar maderas de construcción, tales como el abeto, el ciprés, el
plátano y otros árboles que se crían en las cercanías de Atenas. Los
habitantes de esta ciudad tienen un gran recurso para su comercio en
las minas de plata, porque, acostumbrados en muchas ciudades a alterar
sus monedas, las de los atenienses, más estimadas que las demás, les
facilitan cambios ventajosos. Por lo común compran vino en las islas
del mar Egeo o en las costas de Tracia. El primor que se nota en las
obras que salen de sus manos hace desear y buscar en todas partes sus
manufacturas. Exportan para países distantes espadas y otras armas,
diferentes paños, camas y otros muebles. Hasta los libros son para
ellos objeto de comercio.
Tienen corresponsales en casi todas las partes, adonde los lleva la
esperanza del lucro. Muchas ciudades de Grecia los eligen por su parte
en Atenas para que cuiden de los intereses de su comercio.
Los atenienses tienen tres clases de moneda. Parece que al principio
acuñaron moneda de plata y después de oro, y hace poco más de un siglo
que hicieron para esto uso del cobre. Las más comunes son de plata,
y ha sido preciso diversificarlas ya para el sueldo poco constante
de las tropas, ya por las liberalidades sucesivamente concedidas al
pueblo, y ya en fin para facilitar más y más el comercio. Excedente
al dracma (3 reales 17 maravedís), compuesto de seis óbolos, hay el
didracma o doble dracma, y la tetradracma o la cuádruple dracma; las
menores son las monedas de cuatro, de tres o de dos óbolos. No pudiendo
facilitar estas últimas el cambio menudo, aunque son de poco valor, se
introdujo la moneda de cobre en tiempo de la guerra del Peloponeso,
y acuñaron monedas que no valían más que la octava parte de un óbolo
(dos maravedís y medio). La mayor moneda de oro pesa dos dracmas y vale
veinte dracmas de plata (67 reales 2 maravedís).
Apenas circulaba el oro en la Grecia cuando yo llegué a ella. Sacábanlo
de la Lidia y de algunos otros países del Asia menor, de la Macedonia,
donde las gentes del campo recogen todos los días las partículas y
fragmentos que las lluvias desprenden de los montes inmediatos a la
isla de Tasos, cuyas minas descubiertas en otros tiempos por los
fenicios, conservan todavía en su seno indicios de las obras inmensas
que emprendió aquel pueblo industrioso. Dos acontecimientos de que yo
fui testigo hicieron más común este metal.
Habiendo sabido Filipo, rey de Macedonia, que había en sus dominios
varias minas explotadas en tiempos antiguos y abandonadas en su tiempo,
hizo excavar las que se habían abierto del monte Pangeo. El éxito
correspondió a sus esperanzas, y este príncipe, que antes no poseía
en oro más que una ampollita que ponía de noche bajo su almohada,
sacaba cada año de aquellos subterráneos más de mil talentos (más de
veinte millones de reales). Por el mismo tiempo robaron los focenses
del tesoro de Delfos las ofrendas de oro que habían enviado al templo
de Apolo los reyes de Lidia. Aumentose en breve la masa de este metal
hasta tal punto que su proporción con la plata no fue ya de uno a
trece, como lo era cien años hace, ni de uno a doce algún tiempo
después, sino únicamente en proporción de uno a diez.