Viaje a la Argólida.
Desde Tegea entramos en la Argólida por en medio de altos montes.
Acercándonos al mar vimos el lago de Lerna, mansión en otro tiempo de
aquella hidra monstruosa de que triunfó Heracles, y luego tomamos el
camino de Argos atravesando una pradera amena.
La Argólida fue la cuna de los griegos, pues ella recibió las primeras
colonias extranjeras que fueron a civilizarlos, y fue también el teatro
de la mayor parte de los acontecimientos que ocupan los antiguos anales
de la Grecia. Aquí es donde se presentó Ínaco, que dio su nombre al
río cuyas aguas riegan el territorio de Argos, y aquí vivieron también
Dánao, Hipermnestra, Linceo, Alcmeón, Perseo, Anfitrión, Pélope, Atreo,
Tiestes, Agamenón y otros muchos personajes famosos.
Argos está situada al pie de una colina sobre la cual han construido
la ciudadela. Es una de las ciudades más antiguas de la Grecia. Desde
su origen dio tanto lustre y esplendor que algunas veces pusieron
su nombre a la provincia, al Peloponeso y a la Grecia entera; pero
habiéndose establecido en Micenas la casa de los Pelópidas, esta
ciudad eclipsó la gloria de su rival. Agamenón reinaba en la primera y
Diomedes y Esténelo en la segunda. Algún tiempo después recobró Argos
su esplendor para siempre.
Los argivos son famosos por su valentía, han tenido frecuentes
contiendas con las naciones inmediatas, y nunca han temido medir sus
armas con los lacedemonios, que han solicitado muchas veces su alianza.
Aunque han sido negligentes en las ciencias no por esto han dejado de
cultivar las artes, de modo que han sobresalido entre ellos muchos
músicos y escultores, siendo célebre entre estos últimos Policleto,
que vivía en tiempo de Pericles. Este escultor, excediendo a Fidias,
añadió nuevas bellezas a la naturaleza del hombre; pero ofreciéndonos
la imagen de los dioses, no se elevó a la sublimidad de su rival.
Escogía sus modelos en la juventud o en la infancia, pudiendo decirse
que la vejez espantaba sus manos acostumbradas a representar las
gracias. Consérvase de él una figura en que las proporciones del cuerpo
humano están observadas de tal modo que, por un juicio irrefragable los
artistas mismos, la han llamado la regla, y la estudian cuando tienen
que representar la misma naturaleza en las mismas circunstancias,
porque no se puede imaginar un modelo único para todas las edades,
todos los sexos y todos los caracteres. Si hay alguna vez quien censure
a Policleto, se le puede contestar que si no llegó a la perfección,
a lo menos se acercó bastante. Él mismo parecía que desconfiaba del
éxito de sus obras, pues en un tiempo en que los artistas escribían al
pie de sus obras _fulano la hizo_, se contentó con poner en las suyas
_Policleto la hacía_, como si esperase el juicio del público para
acabarla. Escuchaba el dictamen de todos y sabía apreciarlos. Hizo dos
estatuas sobre un mismo asunto, la una en secreto, sin consultar más
que a su genio y las reglas del arte, y la otra en su taller, a vista
de todo el mundo, corrigiéndola y reformándola a gusto de aquellos que
le daban consejos. Luego que las hubo acabado, las expuso al público.
La primera excitó la admiración y la segunda carcajadas de risa.
Entonces dijo: «Ved aquí vuestra obra y mirad aquí la mía.»
Telesila, que florecía cerca de ciento cincuenta años hace, ilustró a
su patria con sus escritos y la salvó con su valor. La ciudad de Argos
iba a caer en poder de los lacedemonios, y acababa de perder seis mil
hombres, entre los cuales se encontraba la flor de la juventud. En tan
fatal momento, reúne Telesila las mujeres que juzgó más a propósito
para ayudar a su intento; entrégales las armas de que ha despojado
los templos y las casas de los particulares, corre con ellas a las
murallas, y rechaza al enemigo, que temeroso de que le avergüencen con
la victoria o la derrota, tomó el partido de retirarse. Hiciéronse los
más grandes honores a estas guerreras: las que murieron en el combate
fueron enterradas al lado del camino de Argos, y permitiose a las demás
que erigiesen una estatua al dios Ares. La de Telesila fue colocada
sobre una columna en frente del templo de Afrodita, y en lugar de echar
la vista sobre unos libros figurados a sus pies, la fija recreándose
en un casco que tiene en la mano y va a poner en su cabeza. En fin,
para perpetuar la memoria de un acontecimiento tan extraordinario
instituyeron una fiesta anual en que las mujeres van vestidas de
hombres y los hombres de mujeres.
Sucede en Argos lo que en todas las ciudades de la Grecia, donde son
comunes los monumentos de las artes, pero muy raras las obras maestras.
Entre estas últimas, bastará nombrar muchas estatuas de Policleto y de
Praxíteles.
Vimos con sumo interés que llamaron nuestra atención, entre muchos
objetos, un grupo representando a Perilao de Argos en actitud de
dar muerte al espartano Otríadas. Los lacedemonios y los argivos se
disputaban la posesión de la ciudad de Tirea, y convinieron en nombrar
de una y otra parte trescientos guerreros, cuyo combate decidiría la
disputa. Murieron todos excepto dos argivos que creyéndose seguros
de la victoria, llevaron la noticia a los magistrados de Argos. En
tanto respiraba Otríadas todavía, a pesar de sus heridas mortales,
tuvo bastante fuerza para levantar un trofeo en el campo de batalla
y, después de haber escrito con su sangre estas pocas palabras: _los
lacedemonios vencedores de los argivos_, se dio la muerte por no
sobrevivir a sus compañeros.
A cuarenta estadios de Argos (más de cinco cuartos de legua) está el
templo de Hera, que es uno de los mas célebres de la Grecia, común
en otro tiempo a esta ciudad y a Micenas. Se halla construido al pie
del monte Eubea, a las márgenes de un riachuelo, y da indicios de los
progresos de las artes; tanto que perpetuará la memoria del arquitecto
Eupolemo, así como de Policleto, cuyo cincel la ha enriquecido con
muchas obras, entre otras la de una estatua de Hera casi colosal. Este
templo está servido desde su fundación por una sacerdotisa que debe,
entre otras cosas, abstenerse de comer ciertos peces. La erigen en vida
una estatua, y después de su muerte graban en ella su nombre y la
duración de su sacerdocio.
Mientras celebraban la fiesta de la diosa, nos contaron la historia
de una sacerdotisa llamada Cídipe que fue deudora de su gloria a sus
hijos. Esta solemnidad, a la cual concurren infinitas gentes, es digna
de admiración en particular por una pompa magnífica que va desde Argos
hasta el templo de Hera; preceden la marcha cien bueyes adornados con
guirnaldas, los cuales se sacrifican y distribuyen a los asistentes,
y protege la procesión un cuerpo de jóvenes argivos, vestidos con
armaduras refulgentes, las cuales dejan por respeto al pie del altar;
cierra la marcha la sacerdotisa, llevada en un carro tirado de dos
bueyes cuya blancura iguala a su belleza. Sucedió pues que en tiempo
de Cídipe, habiendo desfilado la procesión y no llegando los bueyes
que debían tirar del carro, asieron de él Cléobis y Bitón, y llevaron
a su madre en triunfo por espacio de cuarenta estadios (cerca de legua
y media), por la llanura y hasta la mitad del monte donde estaba
situado el templo. Llegó Cídipe entre aclamaciones y aplausos, y en los
arrebatos de su gozo suplicó a la diosa que concediese a sus hijos la
mayor dicha. Fueron oídos sus votos, según dicen, y apoderándose de
ellos un dulce sueño en el templo mismo, pasaron tranquilamente de la
vida a la muerte. Los argivos enviaron a Delfos las estatuas de estos
dos generosos hijos, y en un templo de la Argólida he visto un grupo
que los representa asidos al carro de su madre.
Salimos para Tirinto, distante de Argos cerca de cincuenta estadios
(más de legua y media). En esta antigua ciudad no quedan más que
murallas de más de veinte pies de grueso y de altura proporcionada,
construidas de peñas enormes amontonadas unas sobre otras; y, a causa
de no haberlas labrado, tuvieron que rellenar con piedras pequeñas los
vacíos que quedaban entre peña y peña. Estas murallas duran muchos
siglos hace, y quizás causarán admiración durante millares de siglos
todavía. El mismo trabajo se observa en los antiguos monumentos de
Argólida, y particularmente en los muros medio derribados de Micenas
y en las grandes excavaciones que vimos cerca del puerto de Nauplia,
situado a corta distancia de Tirinto.
Atribuyen todas estas obras a los cíclopes, creyendo que las
construcciones, digámoslo así, gigantescas no podían ser obra de
otros, sino de gigantes hijos del cielo y de la tierra, encargados
de forjar los rayos de Zeus. Sin duda no se había observado que los
hombres desde los tiempos más remotos, construyéndose sus moradas,
pensaron más en la solidez que en la elegancia, y se valieron de medios
poderosos para dar más larga duración a unos trabajos indispensables.
Así es que excavaban en los peñascos espaciosas cavernas para
refugiarse a ellas en vida, o que allí los depositasen cuando muriesen:
desprendían peñascos de los montes y cercaban con ellos sus moradas,
siendo esto el efecto de la fuerza y el triunfo de los obstáculos.
Trabajaban entonces con arreglo al plan de la naturaleza, que nada hace
que no sea sencillo, necesario y duradero.
Mientras nos referían en Tirinto que los argivos, fatigados con largas
guerras, habían destruido esta ciudad y algunas otras, Filotas nos
contó una historia que había sabido referente a los tirintios. Este
pueblo se había acostumbrado a burlarse de todo, de manera que no podía
ya tratar sin reírse aun de los asuntos más serios. Cansados ya de
su ligereza, se dirigieron al oráculo de Delfos, el cual les aseguró
que curarían de su achaque si después de sacrificar a Poseidón un
toro podían echarle al mar sin reírse. Era sabido que la restricción
impuesta no permitiría acabar con seriedad tal prueba, mas no obstante
se reunieron en la playa, alejaron de allí los muchachos y, queriendo
apartar a uno que se había mezclado entre los grandes, exclamó este:
«¿Qué, tenéis miedo de que yo me trague el toro?». Al oír estas
palabras soltaron todos la risa, y persuadidos de que su enfermedad era
incurable, se sometieron al rigor de su destino.
Salimos de Tirinto y habiendo visto a Hermíone y Trecén costeamos el
mar y llegamos a Epidauro, situada en el centro de un golfo, enfrente
de la isla de Egina. Extramuros de esta ciudad y a distancia de
cuarenta estadios (más de cinco cuartos de legua), están el templo y
el bosque sagrado de Asclepio, adonde van los enfermos de todas partes
a buscar la salud. Allí hay un consejo compuesto de ciento ochenta
ciudadanos encargado de la administración de este reducido país. Nada
se sabe de cierto acerca de la vida de Asclepio, y este es el motivo de
que se digan tantas cosas. Ciertas tradiciones parece que dan algunas
luces de la verdad, y nos presentan un hilo que seguimos por un momento
sin empeñarnos en rodeos.
El maestro de Aquiles, el sabio Quirón, había adquirido algunos
conocimientos sobre las virtudes de los simples, y otras mayores
acerca de las fracturas y dislocaciones, las cuales transmitió a sus
descendientes que aún existen en Tesalia y que en todo tiempo se han
dedicado generosamente a cuidar de los enfermos. Parece que Asclepio
fue su discípulo, y que habiendo llegado a ser el depositario de sus
secretos, los comunicó a sus hijos Macaón y Podalirio, que después de
su muerte reinaron en una ciudad pequeña de Tesalia. Durante el sitio
de Troya se distinguieron por su valor en los combates y su habilidad
en curar a los heridos. Macaón perdió la vida bajo los muros de Troya y
sus cenizas fueron trasladadas al Peloponeso por el cuidado de Néstor.
Sus hijos, aficionados a la profesión del padre, se establecieron en
aquel país, donde erigieron altares a su abuelo, y los merecieron por
los importantes servicios que hicieron a la humanidad doliente.
El autor de una familia tan respetable llegó a ser en breve el objeto
de la veneración pública. Su promoción a la jerarquía de los dioses
debe ser sin duda posterior al tiempo de Homero, pues no habla de él
sino como de un simple particular, pero en el día le hacen por todas
partes honores divinos. Su culto ha pasado de Epidauro a las demás
ciudades de la Grecia, y aun a climas lejanos. Se extenderá ciertamente
más y más, porque los enfermos imploran siempre con suma confianza la
piedad de una divinidad que estuvo sujeta a sus mismas enfermedades.
El templo del dios está adornado con su estatua, obra de Trasimedes de
Paros, y es de oro y marfil: Asclepio está sentado en un trono con un
perro a sus pies, tiene un palo en una mano, y alarga la otra sobre una
serpiente que está en ademán de enderezarse para tocarle. El artista ha
esculpido en el trono las hazañas de algunos héroes de la Argólida, y
allí se ve a Belerofonte que triunfa de la Quimera y a Perseo cortando
la cabeza a Medusa.
Cerca del edificio hay un salón en el cual pasan las noches los que
van a consultar a Asclepio, después de haber dejado sobre la mesa
santa algunas tortas, frutas y otras ofrendas. Uno de los sacerdotes
les manda que se entreguen al sueño, que guarden profundo silencio, y
que estén atentos a los sueños que el dios va a enviarles; en seguida
apaga las luces, y tiene el cuidado de recoger las ofrendas que hay
encima de la mesa. A poco rato creen los enfermos que oyen la voz de
Asclepio, prescribiéndoles los remedios oportunos para su curación, que
todos son muy conformes a los de otros médicos, y les entera al mismo
tiempo de las prácticas de devoción con que deben asegurar su efecto.
Están consagradas a este dios las culebras en general; ya porque la
mayor parte de ellas tienen propiedades de que hace uso la medicina,
ya por otras razones difíciles de exponer; pero Asclepio parece que
prefiere las que se crían en el territorio de Epidauro, cuyo color es
amarillento, no tienen veneno, son de índole mansa y apacible y gustan
de vivir familiarmente con el hombre. La culebra que mantienen los
sacerdotes en lo interior del templo, se les enrosca algunas veces
alrededor del cuerpo, o se empina sobre la cola para tomar la comida
que le presentan en un plato. Rara vez la dejan salir, y cuando le dan
libertad se pasea con majestad por las calles: su aparición es de feliz
presagio y por tanto excita un entusiasmo general.
Se ven estas culebras domésticas en los otros templos de Asclepio, en
los de Dioniso y de algunas otras divinidades, siendo más comunes en
Pela, capital de la Macedonia, de modo que las mujeres tienen gusto
particular en criarlas. En los calores rigurosos del verano se dan
vueltas con ellas al cuello cual si fuesen un collar, y en sus orgías
les sirven como de adorno o las agitan encima de su cabeza. Cuando
yo estaba en Grecia, se decía que Olimpia, mujer de Filipo, rey de
Macedonia, solía acostar con ella una de estas culebras, y aun añadían
que Zeus había tomado la forma de este animal y que Alejandro era hijo
suyo.
Volvimos a pasar por Argos, y tomamos el camino de Nemea, ciudad
famosa por los juegos que en ella se celebran de tres en tres años en
honor de Zeus; pero ofrecen poco más o menos el mismo interés que los
espectáculos de Olimpia, y por lo mismo omito hablar de ellos. Baste
observar que los argivos los presiden y que únicamente se concede al
vencedor una corona de apio. Nos internamos luego en los montes, y a
quince estadios de la ciudad nuestros guías nos enseñaron con espanto
la caverna donde estaba el león que Heracles mató con su clava. De
allí, habiendo vuelto a Corinto, volvimos a tomar en breve el camino de
Atenas, donde, al punto que llegué, continué mis averiguaciones tanto
en lo relativo a la administración, como acerca de las opiniones y los
diferentes ramos de la literatura.