CAPÍTULO L.

Viaje a la Arcadia.

Algunos días después de la conversación referida, nos despedimos de

Damonax con mutuo sentimiento, y tomamos el camino de la Arcadia.

Vimos lo primero a Belina, plaza fuerte, y atravesando el valle por

donde se va desde esta ciudad a Megalópolis, llegamos a esta capital,

distante de Lacedemonia trescientos cuarenta estadios (once leguas y

cuarto). Durante nuestro viaje, nos recreamos viendo por ambos lados el

curso ya de torrentes impetuosos que sonaban con estrépito, y ya de las

aguas del Eurotas, del Tiunte y del Alfeo.

Ocupa la Arcadia el centro del Peloponeso, y elevándose por encima

de las regiones que la cercan, está erizada de montes, algunos de

ellos de altura prodigiosa, casi todos poblados de bestias monteses y

cubiertos de bosques. Las campiñas cortadas por muchas partes de ríos

y de arroyos, producen en general trigo y otros granos en abundancia.

En ella son los pastos excelentes, en particular para los asnos y los

caballos, por cuya razón son muy estimados.

Los arcadios se creen hijos de la tierra porque siempre han habitado

el mismo país y jamás han sufrido el yugo extranjero. Son aficionados

a la poesía, al canto, la danza y las fiestas; humanos, benéficos,

hospitalarios, pacientes en los trabajos y obstinados en sus empresas,

con desprecio de los obstáculos y los peligros. Han peleado muchas

veces con buen éxito y siempre con gloria.

Sometidos antiguamente a reyes, por último se dividieron en muchas

repúblicas. Mantinea y Tegea son cabezas de esta confederación, que

sería muy temible si reuniese sus fuerzas, porque el país es muy

poblado; pero la envidia del poder mantiene continuamente la división

en los estados grandes y pequeños.

Cuando entramos en Megalópolis, hacía cerca de quince años nada más que

había sido fundada esta ciudad por Epaminondas, y quedamos admirados

tanto de la extensión de su recinto como de la altura de sus murallas,

flanqueadas de torres; de modo que causaba ya celos a Lacedemonia, lo

cual advertí en una conversación que tuve con el rey Arquidamo, quien

algunos años después atacó a esta colonia naciente, y por último ajustó

un tratado con ella.

Determinamos dar una vuelta por la Arcadia, cuyo país ofrece una

continuación de cuadros amenos y variados en que la naturaleza ha

desplegado la grandeza y fecundidad de sus ideas, reuniéndolas

negligentemente, sin atender a las diferencias de géneros. La mano

potente que fundó sobre bases eternas tantos peñascos áridos y

enormes se divirtió en dibujar a su pie o en sus intervalos praderas

encantadoras, asilo de la frescura y del reposo: por todas partes se

ven sitios pintorescos, contrastes imprevistos y efectos admirables.

¡Oh, cuántas veces, habiendo llegado a la cumbre de un soberbio monte,

hemos visto serpentear el rayo por debajo de nosotros! ¡Cuántas

también, parados en la región de las nubes, vimos de improviso la luz

del día convertirse en una claridad tenebrosa, ofreciendo a nuestra

vista un espectáculo tan hermoso como terrible! Aquellos torrentes

de vapor que pasaban rápidamente por delante de nuestros ojos y se

precipitaban en profundos valles, aquellos torrentes de agua que caían

bramando al fondo de los abismos, aquellas grandes masas de montes que,

entre las nieblas espesas de que estábamos rodeados, parecían teñidas

de negro, los fúnebres cantos de las aves y el susurro lamentable

de los vientos y de los árboles; todo, todo ofrecía el aspecto del

infierno de Empédocles; y presentaba aquel océano de aire blanquecino,

que impele y rechaza las almas delincuentes, ya atravesando las

llanuras de los aires, y ya por en medio de los globos sembrados en el

espacio.

Salimos de Megalópolis, y habiendo pasado el Alfeo, fuimos a Licosura

al pie del monte Liceo, por otro nombre Olimpo. Este país está lleno

de bosques y poblado de animales monteses. Por la noche nos hablaron

nuestros huéspedes de su ciudad, que es la más antigua del mundo; de su

monte, donde fue criado Zeus, del templo y de las fiestas de este dios.

El día siguiente subimos a la cumbre del monte Liceo, y presenciamos

unos juegos celebrados en honor del dios Pan, cerca de un templo y un

bosquecillo que le están dedicados.

Los arcadios son muy adictos al culto de esta divinidad, a la cual

representan en sus monedas. Este dios persigue en la caza a los

animales dañinos a las mieses, se complace en andar errante por las

montañas, cuida desde allí de los numerosos rebaños esparcidos por la

llanura y, tocando el instrumento de siete cañas inventado por él, hace

resonar sus ecos por los valles cercanos.

Pan gozaba en otro tiempo de más brillante fortuna. Predecía lo futuro

en uno de sus templos, donde mantienen una lámpara que arde noche y

día. Los arcadios afirman todavía que distribuye a los mortales en vida

las penas y recompensas que merecen. Le ponen, como los egipcios, en la

jerarquía de las primeras divinidades, y el nombre que le dan parece

significar que extiende su imperio sobre toda sustancia material.

Fuimos a Figalia, que se descubre a lo lejos sobre una roca muy

escarpada; vimos el monte Elaio, donde se ve una gruta que sirvió de

asilo a Deméter, desconsolada por la pérdida de su hija Perséfone, y

el monte Cotilio, en el cual hay un lugar con un templo de los más

hermosos del Peloponeso dedicado a Apolo; luego pasamos el Alfeo, a

corta distancia de Trapezunte, y fuimos a dormir en Gortina, cuyas

campiñas fertiliza un río del mismo nombre.

Los poetas han celebrado las frescuras de las aguas del Cidno en

Cilicia, y del Melas en Panfilia, pero aún eran más dignas de tales

elogios las del Gortinio; jamás las hielan los fríos más rigurosos,

ni nunca alteran su temperatura los calores más ardientes. Ya se bañe

uno en ellas o ya las beba, siempre aprovechan y causan sensaciones

deliciosas.

Además de aquella frescura que hace singulares las aguas de la Arcadia,

las del Ladón, que atravesamos al día siguiente, son tan transparentes

y tan puras que no las hay más bellas en la tierra. Junto a sus

márgenes, a que hacen sombra los altos y frondosos álamos, vimos a

las jóvenes de aquellas cercanías danzando alrededor de un laurel en

el cual acababan de colgar guirnaldas de flores. La joven Clitia,

acompañándose con su lira, cantaba los amores de Dafne, hija de Ladón y

de Leucipa, hija del rey de Pisa.

Subimos por la orilla del Ladón, y volviendo a la izquierda tomamos

el camino de Psófide. Esta ciudad una de las más antiguas del

Peloponeso, está situada en los confines de la Arcadia y de la Élide.

En ella fijaron nuestra atención dos objetos dignos de notarse. Vimos

allí el sepulcro de aquel Alcmeón que, obedeciendo las órdenes de su

hermano Anfiarao, mató a su madre Erífile, y, habiendo sido perseguido

mucho tiempo por las Furias, terminó el desdichado su vida agitado

horriblemente. Al lado de su sepulcro, cuyos únicos adornos son unos

cipreses de extraordinaria altura, nos enseñaron una reducida posesión

y una cabaña donde vivió algunos siglos hace un ciudadano pobre y

virtuoso llamado Aglao; sin temores ni deseos, ignorado de los hombres

e ignorante de lo que entre ellos pasaba, cultivaba sus tierrecillas,

cuyos límites no extendió jamás; había llegado a una extrema vejez

cuando ocurrió que unos embajadores del poderoso rey de Lidia, Giges o

Creso, fueron encargados de preguntar al oráculo de Delfos si existía

en alguna parte de la tierra un mortal más feliz que aquel príncipe, a

lo cual respondió la Pitia: «Aglao de Psófide».

Desde esta ciudad fuimos a la de Feneo, la cual, aunque es una de

las principales de la Arcadia, nada contiene digno de atención; pero

la llanura inmediata ofreció a nuestra vista uno de los monumentos

más hermosos de la antigüedad. No se puede fijar la época, pero se

ve fácilmente que en los siglos muy remotos, habiéndola sumergido

enteramente los torrentes que bajan de los montes, arrasaron la antigua

Feneo y, para evitar en lo sucesivo semejante desastre, se adoptó el

medio de abrir en el llano un canal de cincuenta estadios de largo

(cerca de una legua y tres cuartos), de treinta pies de hondura y de

ancho proporcionado. Este canal debía recibir las aguas del río Olbio

y las de avenidas de lluvias extraordinarias, llevándolas hasta dos

abismos que aún subsisten al pie de dos montes, bajo los cuales se han

abierto naturalmente unos conductos subterráneos. Suponen que Heracles

fue el autor de estas obras: mas sea lo que quiera, descuidaron

insensiblemente la conservación del canal, y con el tiempo un terremoto

obstruyó los conductos subterráneos que absorbían las aguas de los

campos.

Los habitantes, refugiados en unas alturas, construyeron puentes de

madera para comunicarse, y como quiera que la inundación aumentaba de

día en día, se vieron por último precisados a levantar otros puentes

sobre los primeros.

Algún tiempo después, se abrieron paso las aguas por debajo de tierra

por en medio de los hundimientos que las detenían, y saliendo con

furor de aquellos oscuros retiros, llevaron la consternación a muchas

provincias. El Ladón, este hermoso y pacífico río de que ya he hablado

y que cesó de correr desde la obstrucción de los canales subterráneos,

convertido en torrentes impetuosos, se precipitó en el Alfeo, que

sumergió el territorio de Olimpia.

Desde Feneo fuimos a Cafias, donde nos enseñaron cerca de una fuente

un antiguo plátano que tiene el nombre de Menelao, y contaban que este

príncipe le plantó antes de ir al sitio de Troya. Saliendo de esta

ciudad situada en un monte, tomamos el camino de Orcómeno, que vimos

de paso, y en seguida entramos en uno de los dos caminos que van a

Mantinea.

Esta ciudad, fundada en otro tiempo por los habitantes de cuatro o

cinco aldeas de las inmediaciones, sobresale por su población, sus

riquezas y los monumentos que la adornan; tiene fértiles campos, y

parten de su recinto muchos caminos que se dirigen a las principales

ciudades de la Arcadia. Cuentan que sus habitantes son los primeros que

imaginaron pelear cuerpo a cuerpo; los primeros también que vistieron

militarmente, y que hicieron uso de una especie de armadura que tiene

el nombre de esta ciudad. Siempre se les ha mirado como los más

valientes de la Arcadia.

Yendo de Mantinea a Tegea, teníamos a la derecha el monte Ménalo, y a

la izquierda una gran selva. En la llanura que hay en medio de estas

barreras, se dio hace algunos años aquella célebre batalla en que

Epaminondas ganó la victoria y perdió la vida. Allí mismo le erigieron

dos monumentos, que son un trofeo y un sepulcro cerca el uno del otro,

como si la filosofía les hubiese señalado el puesto.

Dispútanse tres ciudades el débil honor de haber dado a luz el soldado

que dio a Epaminondas el golpe mortal. Los atenienses nombran a Grillo,

hijo de Jenofonte, y han exigido de Eufránor que en uno de sus cuadros

se conformase con esta opinión; según los mantineos lo fue Maquerión,

uno de sus conciudadanos, y según los lacedemonios el espartano

Antícrates.

Tegea solo dista de Mantinea cien estadios (tres leguas y cuarto). Sus

habitantes son famosos por su valentía. En la batalla de Platea, que

dio fin a la gran querella de la Grecia y de la Persia, los tegeatas,

en número de mil quinientos, disputaron a los atenienses el honor de

mandar un ala del ejército de los griegos y no lo consiguieron; pero

mostraron con las acciones más ilustres que eran dignos de ello.

Cada ciudad de la Grecia se pone bajo la protección especial de una

divinidad. Tegea ha escogido a Atenea apellidada Alea, cuyo antiguo

templo fue quemado y reedificado de nuevo bajo el plan y dirección de

Escopas de Paros, el mismo de quien hay tantas y tan célebres estatuas.

Este templo es el más hermoso de cuantos existen en el Peloponeso, y

está servido por una doncella que abdica el sacerdocio cuando llega a

la edad de la pubertad. Vimos también otro templo en el cual solamente

entra el sacerdote una vez al año.

Compendio del viaje del joven Anacarsis a la Grecia (2 de 2) · 第 3 / 84 题