--No os hagáis ilusiones y preparaos, que ahora viene lo bueno--decía a
todos aquellos entusiastas, que, admirados de su sereno valor, le
miraban con respeto--. Yo me engaño pocas veces en asuntos de esta
clase, y tengo la seguridad de que si han cesado de hacer fuego, es
porque se preparan a atacarnos por varios puntos a la vez.
Y Alvarez, a quien todos obedecían, colocó una parte de los defensores
en la barricada que cerraba la entrada de la calle del León, donde hasta
entonces sólo habían estado dos centinelas.
Ya no alumbraba el sol, y comenzaba uno de esos lentos y claros
crepúsculos del verano.
Alvarez, seguido de Perico, se trasladó a la tercera barricada, que era
la que cerraba la calle de Atocha por la parte del Prado, y que, por ser
la más grande y tener los sublevados escasos materiales para su
construcción, resultaba la más difícil de defender.
El capitán, teniendo al lado a su asistente, exploraba con la vista
aquel hermoso trozo de calle, con sus edificios cerrados y sus dos filas
de árboles con las ramas desgajadas por las balas perdidas que hasta
ellos habían llegado.
Algunas casas de aquella parte, a pesar de que aún no había llegado
hasta allí el combate, tenían en sus puertas y persianas visibles
huellas del fuego enemigo; pero el palacio de Enriqueta, desviado un
poco del otro lado de la calle, no había sufrido ningún desperfecto.
Esto alegraba a Alvarez, para el cual el choque de una bala en aquellas
paredes, tras las cuales se ocultaba el ser querido, hubiera sido tan
sensible como si la hubiera recibido él mismo.
Para aquel hombre, calenturiento por la lucha, agitado por las terribles
escenas de las que había sido actor, y que surtía desordenadas por las
circunstancias sus facultades mentales, el vasto y aristocrático
edificio, cerrado y silencioso, era como la imagen, de Enriqueta, que,
muda y melancólica, estaba allí para recibirle en sus brazos, si moría.
Un hombre vino a turbar la soledad que reinaba en la calle.
Era un caballero obeso, que caminaba pegado a la pared, por la acera de
enfrente a la casa de Enriqueta, y que, al llegar ante el aristocrático
edificio, miró con terror a la barricada, y, por fin, como quien cede a
una fuerza superior, atravesó a saltos la calle, yendo a llamar en la
gran puerta, con repetidos golpes de aldabón, al mismo tiempo que
gritaba algunas palabras y daba patadas en el postigo, para decidir a
los de dentro a que abriesen.
Alvarez y su asistente se miraron con sorpresa, y en sus ojos leyóse el
mismo pensamiento.
Habían conocido a aquel hombre que tan angustiosamente llamaba: era
Quirós.
XII
El último día de Quirós
Después de cenar, a la salida del Casino, en un gabinete reservado del
café de Fornos, don Joaquín Quirós acompañó a su casa a Lolita Pérez,
una muchacha andaluza, algo averiada, pero muy graciosa, que durante el
invierno servía de figuranta en el Real y en el verano se quedaba en
Madrid o iba a San Sebastián, según la situación financiera, y en todo
tiempo se dedicaba a buscar un protector, porque, según ella, a una
artista le era imposible prosperar sin tener un arrimo.
Había estado de francachela con dos amigos de Quirós, acompañados
también de otras prójimas de la misma clase, y disuelta la reunión a más
de las tres de la madrugada, el diputado, como hombre de orden, fuese
con su querida a casa, mientras que las otras dos parejas, trastornadas
por el "champagne", cantando y besuqueándose en medio de la calle de
Alcalá, dirigíanse hacia el Retiro, pausadamente, para ver amanecer y
tomar un vaso de leche.
La figuranta vivía en la calle de Hortaleza, en un segundo piso,
ricamente amueblado a expensas de Quirós, quien dejaba tragarse a la
graciosa andaluza gran parte de los fondos destinados al periódico.
Aquel aventurero a quien la obesidad había quitado algo de su antigua
travesura, gustaba de ser acariciado, mimado y engañado como un pachá,
por aquella odalisca de guardarropía.
Después de sus entrevistas con la duquesa influyente, ambicioso demonio
con faldas, que conservaba una ternura diplomática en medio de los
transportes de amor, y que entre beso y beso hablaba del estado de la
política y de lo que pensaba la reina, gustábale a Quirós el amor de
aquella muchacha, viva como una ardilla y que con las ajadas mejillas
embadurnadas de polvos y colorete y los ojos pintados de negro, armaba
escándalos fenomenales en los restaurantes, rompía los platos y
pellizcaba a los camareros, y acababa por bailar el zapateado a los
postres, sobre la blanca mesa, todo para volver a recobrar su aspecto de
sencillez y humildad, apenas ponía los pies en la calle.
A Quirós, hipócrita en política y en religión, gustábale
extraordinariamente la falsía de aquella muchacha.
Cogidos del brazo, con paso reposado y todo el aspecto de un matrimonio
honrado y feliz, que se retiraba tarde a casa, aquel par de buenas
piezas llegaron a la calle de Hortaleza y se metieron en su habitación.
Reinaba en la calle la calma propia de las últimas horas de la noche, y
Quirós pensó quedarse allí hasta las siete de la mañana, como lo hacía
otros días, para irse a tal hora a su casa y abrir con su llavín, sin
que la baronesa ni Enriqueta se apercibierais de nada, como venía
ocurriendo hacía mucho tiempo.
Acostáronse en la magnífica cama, capricho de "la niña", que el diputado
había comprado en el principal almacén de muebles de Madrid,
disputándosela a una rica condesa; y transcurridas dos horas, cuando ya
había amanecido y el sol se filtraba por las rendijas de la cercana
ventana, Quirós oyó algo que le hizo saltar de los mullidos colchones.
Era que empezaba la revolución, y que allá lejos, por la parte del
cuartel de San Gil, sonaban las primeras descargas.
El diputado, a pesar de las súplicas vehementes de la andaluza, que por
su "salusita" le pedía que permaneciese quieto, abrió la ventana, para
enterarse de lo que ocurría, y vió la calle ocupada por varios grupos
armados, que, con febril actividad, estaban levantando barricadas.
En aquel mismo momento, unos cuantos artilleros, dando vivas a la
Libertad, colocaban un cañón al extremo de la calle, apuntando a la
Puerta del Sol.
Quirós palideció, experimentando mayor susto que la andaluza, que, por
la Virgen, de la "Soledá", le pedía que cerrara pronto.
Ya estaba en pie la canalla; ya había salido de su cubil el monstruo
revolucionario, aquella hidra que tanto manoseaba en sus discursos,
cuando amenazaba al Gobierno con el diluvio final si no extremaba las
medidas revolucionarias y volvía a España a aquellos felices tiempos en
que todo le arreglaban y dirigían los frailes y jesuítas.
El, que con tan soberano desprecio hablaba desde su asiento en el
Congreso de la canalla revolucionaria; él, que conmovía a las damas
católicas de la tribuna, irguiéndose con audacia sublime a la mitad de
sus discursos, para desafiar las iras de la chusma masónica y avanzada,
enemiga de los reyes y los sacerdotes; ahora que tenía ante sus ojos a
aquel enemigo, tantas veces despreciado cuando lo veía lejos, sentíase
agitado por tal miedo, que se apresuró a seguir los consejos de su
querida, y cerró la ventana.
Tan importante y temible se creía, que llegó a pensar que alguno de
aquellos "andrajosos" podía conocerle y caer en la tentación de subir
hasta allí, para degollarlo a él y a su Lolita, y hacer morcillas con su
sangre. Todo podía, esperarse de gentes sin religión y sin moral.
Temblando de miedo volvió a meterse en la cama, y, oprimido por los
brazos de la andaluza, y sudando con el calor y la angustia, pensó en
aquel suceso, cuya importancia se agrandaba en su imaginación.
La presencia de aquellos artilleros entre los sublevados, hacíale creer
que toda la guarnición de Madrid se había adherido al movimiento, y al
imaginarse la posibilidad de que la revolución triunfase, el diputado
ultramontano estremecíase de horror, viendo ya a las turbas sin freno
armadas de latas de petróleo, y a él buscando un medio para escapar y
refugiarse en el extranjero, como si fuese un terrible personaje sobre
el que iban a descargar las cóleras populares.
Transcurrió una media hora, que a Quirós le pareció un siglo, entregado,
como estaba, a tan terroríficos pensamientos, y, de pronto, retumbó la
calle con una horrorosa descarga, que hizo temblar al diputado y
prorrumpir a la andaluza en una serie interminable de invocaciones a
todas las vírgenes conocidas.
Comenzaba el ataque de las barricadas, y ninguno de los dos se atrevía a
moverse de la cama, como si temiesen que una bala llegase y tuvieran a
la sábana que los cubría como un blindaje impenetrable.
Estrechamente abrazados, con las cabezas escondidas bajo las almohadas y
temblando a cada descarga, pasaron las dos largas horas de la mañana,
que en aquella parte de Madrid fueron de continua lucha.
A medio día cesó el combate; los insurrectos se desbandaron y las tropas
del Gobierno ocuparon las barricadas de aquel distrito.
Quirós, a pesar del pavor que le dominaba, comprendió lo que ocurría, y
cuando, después de vestirse y de tomar grandes precauciones, se asomó
tímidamente a la ventana, respiró ruidosamente al ver en la calle los
rojos pantalones de la Infantería.
Se había salvado la causa del orden, la revolución estaba agonizante y
el diputado se sintió convertido en otro hombre.
Recobró su habitual insolencia, avergonzóse al pensar que había tenido
miedo, se demostró a sí mismo que era una locura el creer en la
posibilidad del triunfo de la revolución y que forzosamente había de
salir siempre victorioso el Gobierno y, ansioso por gozar tan consolador
espectáculo, se despidió de Lolita y salió a la calle.
Pensaba él que a su prestigio de hombre político convenía que le viesen
en las calles cuando aún estaba reciente la lucha, pues esto sería
motivo para que al día siguiente hablase la Prensa de él, pintándolo
como un hombre de acción, que, aunque no estaba conforme con la marcha
del Gobierno, sabía acudir al puesto de honor cuando estaban en peligro
la Monarquía y el orden.
Las angustias y temblores que había experimentado en casa de su querida,
eran detalles sin importancia, que quedarían en el tintero.
Discutiendo con los jefes de los destacamentos que ocupaban las calles,
rogando a unos y dándose a conocer a otros, llegó hasta la Puerta del
Sol, y tuvo buen cuidado en hacerse visible ante varios generales que
estaban reunidos en el portal del Ministerio de la Gobernación, y a los
cuales conocía, relatándoles proezas aisladas que él había llevado a
cabo en varios puntos, y no teniendo el honor de que ninguno de ellos
escuchase sus sandeces y mentiras.
La insurrección continuaba aún en el más apartado extremo de los barrios
del Norte, y Quirós, entretenido en presenciar las disposiciones
militares, y deseoso de que le vieran los generales y los altos
políticos que continuamente llegaban al Ministerio de la Gobernación,
permaneció en la Puerta del Sol hasta bien entrada la tarde.
Hasta entonces, la excitación producida por el espectáculo
revolucionario y la magnífica cena de la madrugada anterior, le habían
sostenido, no dejándole sentir necesidad alguna; pero a tal hora comenzó
a experimentar desfallecimiento y deseó verse en su casa, en su lujoso
comedor, y ante una mesa bien servida. Además, el cansancio producido
por una moche en vela, aturdía a aquel hombre, a quien una obesidad cada
vez más creciente había hecho egoísta, y que no podía permanecer
tranquilo así que le faltaba alguna de sus habituales comodidades.
Sintió el deseo de verse cuanto antes en su casa, y únicamente le detuvo
la idea de que su distrito era el último refugio de la insurrección, y
que allí todavía estaban los revolucionarios dispuestos a resistir al
Gobierno.
Pero tan vehemente era la ansiedad que sentía por verse en su domicilio,
que casi estaba dispuesto a arrostrar los peligros que podía correr al
atravesar la última zona de la insurrección.
Además, según los informes que le daban, los revolucionarios sólo
ocupaban la plaza de Antón Martín, dejando libre la calle de Atocha,
hasta el Prado, y él, bajando hasta la plaza de las Cortes y siguiendo
la calle de San Agustín y la Costanilla de los Desamparados podía llegar
casi al frente de su casa, sin tener que atravesar ninguna barricada.
Este plan, que acababa de aconsejarle un oficial de Estado Mayor,
conocedor de la topografía de la insurrección, parecíale a Quirós muy
acertado; pero todavía dudaba, pensando en la posibilidad de ser
alcanzado por una bala perdida o de tropezar con algún aislado grupo de
revolucionarios, que, reconociéndole, hiciesen con él una herejía.
Pronto le sacó de su incertidumbre el movimiento que se notó en la
Puerta del Sol. Las tropas, que habían descansado ya de la refriega en
el norte de la capital, se disponían a emprender la marcha hacia el sur,
para batir los últimos baluartes de los insurrectos.
Según las noticias que llegaban, ya habían comenzado el fuego en dichos
puntos, y los revolucionarios presentaban tal resistencia, que era muy
posible que la lucha se formalizase de un modo terrible, prolongándose
hasta la noche.
Quirós, que comenzaba a experimentar un creciente aturdimiento, sólo
sabia pensar en la necesidad de llegar a su casa cuanto antes, y, sin
darse cuenta exacta de lo que hacia, salió de la Puerta del Sol,
siguiendo el itinerario que le había marcado su amigo, el oficial de
Estado Mayor.
Mientras andaba instintivamente, pensaba en la conveniencia del acto
audaz que realizaba, marchando hacia el punto donde estaba en pie la
insurrección, y donde los hombres se exterminaban.
Pero... había que ser atrevido y llegar a casa antes que, avanzando
todas las tropas sobre el sur de Madrid, cortasen las comunicaciones y
se viera él obligado a pasar la noche al raso.
Cuando Quirós llegó a la calle de San Agustín sonaron las primeras
descargas de la tropa, que atacaba la barricada de la plaza de Antón
Martín, y se detuvo horrorizado al escuchar tan terrible estruendo.
Refugiado en el quicio de una puerta, como si temiese que hasta allí
llegase el plomo del combate, permaneció Quirós todo el tiempo que duró
la lucha, hasta que, por fin, al restablecerse el silencio, se decidió a
salir de aquel escondite.
Ya no tenía duda alguna. Aquella calma demostraba que la insurrección
había sido vencida, y que las fuerzas del Gobierno ocupaban victoriosas
las posiciones del enemigo.
Bajó corriendo la Costanilla de los Desamparados y entró en la calle de
Atocha.
¡Ah!... ¡Por fin! Allí estaba su casa, aquella casa tan deseada durante
todo el día.
Pero la calma que reinaba en la calle le produjo inmenso pavor. No veía
los rojos pantalones de la tropa, que eran garantía de seguridad para
él, y, en cambio, ante sus recelosas miradas, aparecía la barricada en
pie, y, sobre ella, dos hombres, en los que no se fijó, a causa de la
precipitación pavorosa que le embargaba.
La convicción de que los insurrectos estaban aún triunfantes, a poca
distancia de él, y que podían enviarle un balazo a guisa de saludo, dió
fuerzas a sus temblorosas piernas para pasar rápidamente de una acera a
otra, y agarrando el aldabón de su casa, dió furiosos golpes en la
puerta.
¡Cuánto tardaban en abrir! ¡Y el terrible enemigo allí, a su vista, y
pudendo hacer fuego sobre él, que estaba por completo al descubierto!
Esto aumentaba su miedo, y hacía que golpease con sus pies la puerta, al
mismo tiempo que, mirando arriba, a los cerrados balcones, gritaba con
angustia:
--¡Enriqueta!... ¡Abre, Enriqueta!...
Si Quirós hubiese sabido quiénes eran aquellos dos hombres que le
miraban desde lo alto de la barricada, de seguro que el pavor le hubiese
hecho caer al suelo. Alvarez y su criado le habían reconocido
instantáneamente, y así ge lo dieron a entender con la mirada que
cambiaron.
El capitán, a la vista de aquel cobarde enemigo, sintió que una oleada
de furor invadía su cerebro, e inmediatamente fué a saltar desde lo alto
de la barricada, para correr al encuentro de Quirós; pero en el mismo
instante sus oídos se ensordecieron con una detonación que estalló junto
a ellos, y sintió un ligero zumbido en el espacio, al mismo tiempo que
veía pasar ante sus ojos una nubecilla de humo.
Perico acababa de disparar su fusil, y el diputado, dando un salto
prodigioso, había caído de bruces sobre la acera.
Alvarez quedó estupefacto ante aquel suceso.
Después miró a su asistente, con aire de reconvención, y vió que Perico,
con una calma feroz, volvía a cargar su fusil.
--Perdone usted, mi capitán--dijo el aragonés con calma--. Ese canalla
también tenía cuentas conmigo: no podía yo olvidar lo que hizo con mi
pobre tía. Ahora ya está todo pagado. El tiro ha sido bueno.
Alvarez no se atrevió a decir nada a su asistente, y con un gesto de
resignación, murmuró:
--Así había de ser.
El tiro había sido certero, y el enorme cuerpo de Quirós, tendido, con
el rostro sobre la acera, permanecía inmóvil al pie de un árbol.
Alvarez estuvo contemplándolo durante algunos minutos con estúpida
fijeza, pero pronto le sacó de su abstracción una nutrida descarga, a la
que contestaron con otra los insurrectos.
La barricada era atacada por dos puntos, y las tropas iban a entablar el
ataque decisivo.
XIII
La última escena de la revolución
Reinó durante todo aquel día en el palacio de Baselga la consternación y
la alarma propia de las circunstancias.
Los criados, reunidos en la antecámara, hacían animados comentarios
sobre lo que ocurría en las calles, o se manifestaban dominados por un
cómico terror, y las señoras de la casa estaban en una habitación
apartada, evitando el peligro de alguna bala que atravesase los cerrados
balcones.
La baronesa sufría una terrible agitación nerviosa. El ruido de las
descargas producíala grandes estremecimientos, y su doncella había de
frotarle las sienes con éter, para evitar los desmayos.
Ella, tan animosa siempre que se tratabas en teoría de combatir a la
impía revolución, y que se desataba en denuestos contra los "pícaros
descamisados", había perdido en aquel día todo su valor, y tan grande
era su carencia de fe, que daba ya por seguro el triunfo de la
insurrección, diciendo que Dios, o se había olvidado de España, o quería
hacerla pasar por las más rudas pruebas.
Si la revolución triunfaba, ¿qué iba a ser del desgraciado país,
dominado por la impiedad y el ateísmo?
Estas lamentaciones de la baronesa eran la única distracción de
Enriqueta, que estaba junto a su hermana, en aquella apartada
habitación, con el oído atento para escuchar lo que ocurría en la calle.
Sentía una curiosidad tan grande, que varias veces había querido
dirigirse a las habitaciones que daban al la calle, para ver lo que
ocurría en la cercana plaza; pero las aisladas detonaciones que durante
toda la mañana estuvieron sonando, y el lejano fragor de la lucha
entablada al otro extremo de Madrid, aterrorizaban de tal modo a la
baronesa, que se opuso tenazmente al capricho de su hermana.
Esta no experimentaba inquietud alguna por la ausencia de su esposo.
A pesar de que en un momento de excitación de su amor propio se había
mostrado ofendida por la conducta de Quirós, ahora le era indiferente
la suerte de este hombre. Su pensamiento estaba fijo en Alvarez, que en
aquellos instantes debía estar en verdadero peligro, exponiendo su vida
en defensa de sus ideales.
Agitada por tales pensamientos, pasó Enriqueta casi todo el día al lado
de su hermana o en la habitación donde estaba, al cuidado de la nodriza,
su hija, la pequeña María, que escuchaba con infantil curiosidad el
estrépito de la lejana lucha.
Cuando fué atacada la plaza de Antón Martín, las descargas de fusilería
y el fuego de cañón, hicieron llegar al período álgido el terror que
experimentaban todos los habitantes de aquella casa...
Enriqueta, cuyo carácter desplegaba en los momentos supremos toda la
energía de su padre, era la que mayor serenidad mostraba, y, con varonil
curiosidad, llegó hasta las cerradas habitaciones que daban a la calle,
para escuchar mejor los terribles incidentes de la lucha.
Despreciando los consejos de su servidumbre, que le rogaba no
permaneciera en unas habitaciones donde podían entrar los proyectiles,
se mantuvo en aquella parte de la casa, oyendo las descargas y los vivas
que daban los insurrectos en los momentos en que el fuego se debilitaba.
El silencio que se estableció después, y que sólo fué interrumpido por
aclamaciones a la libertad, la dió a entender el triunfo momentáneo de
los revolucionarios.
Ella, impulsada por su educación y las ideas que le habían inculcado,
estremecíase de horror al escuchar los gritos revolucionarios, y, sin
embargo, no podía evitar cierto instintivo movimiento de gozo ante
aquella ventaja que acababa de alcanzar la insurrección.
Era que el amor borraba las preocupaciones de clase, y que había en ella
un poderoso instinto que le anunciaba cómo entre aquellos vencedores
hallábase Esteban Alvarez.
Pensaba Enriqueta en lo raro de aquellos sentimientos que la dominaban,
cuando el aldabón de la calle sonó con ruidosa precipitación,
acompañando a sus golpes furiosas patadas dadas en la puerta.
La joven, señora de Quirós pensó inmediatamente en Esteban, sin que se
la ocurriera imaginar que quien llamaba pudiera ser el aventurero odioso
que a los ojos del mundo era su marido.
--¡Enriqueta!... ¡Abre, Enriqueta!
Así gritaba unja voz que ella no podía conocer, a causa de que el miedo
la desfiguraba, haciéndola temblona e insegura.
Dirigíase ella a un balcón para abrirlo y ver quién llamaba, cuando sonó
un tiro, y el aldabón cesó de tocar.
Enriqueta retrocedió, adivinando el crimen que acababa de perpetrarse;
pero se repuso prontamente, y volvió de nuevo hacia el balcón; pero, en
el mismo instante, el trueno de la fusilería volvió a sonar, más
horroroso que antes.
Imposible asomarse. La barricada era atacada por segunda vez, y el
combate, a juzgar por el estrépito, era más tenaz y empeñado que el
anterior.
Sin saber qué resolución tomar, como un ser imbécil, y oyendo sin
inmutarse el continuo estampido, que, escuchado en el centro de aquella
sala cerrada y oscura, semejaba el fragor de una horrorosa tempestad que
descargaba sobre Madrid, permaneció Enriqueta más de un cuarto de hora,
que fué el tiempo que duró el decisivo combate.
La idea de que aquella voz desfigurada por el miedo, podía ser la de
Alvarez, que en un momento de peligro para su vida no había vacilado en
pedir su auxilio, martirizaba a Enriqueta de tal modo, que, a no ser
porque el instinto de conservación, alarmado ante aquella horrorosa
lucha, aprisionaba sus miembros y la impedía moverse, hubiera corrido a
aquel balcón, para ver quién era el desgraciado que acababa de caer
muerto ante su puerta.
Cuando cesaron las descargas, Enriqueta, como una loca, y cediendo a un
impulso instintivo, corrió al balcón, abrió sus maderas y asomó todo su
busto, sin miedo a un disparo traidor.
En lo alto de la barricada aparecían los rojos pantalones de la tropa, y
algunos hombres del pueblo, con la camiseta rota, sudorosos,
ennegrecidos por la pólvora y en el último paroxismo de furor,
disputaban el terreno palmo a palmo a los vencedores, riñendo a
bayonetazos.
Enriqueta vió el cadáver tendido ante la puerta, y al reconocer a
Quirós, no pudo evitar un grito de dolorosa sorpresa.
El triste fin de aquel miserable borraba todo resentimiento, y le hacía
simpático a las ojos de la mujer que tanto le había despreciado.
Enriqueta, anonadada por aquella emoción terrible, sintió que las
piernas le flaqueaban y se agarró a la balaustrada del balcón, para no
caer.
¿Fue visión o realidad lo que entonces pasó ante sus ojos, anublados por
las sombras del desmayo?
Dos hombres bajaban corriendo la calle. Enriqueta los reconoció: eran
Alvarez y su asistente; pero ajados por la lucha, tiznados por el humo y
con las ropas en desorden.
Los soldados, desde lo alto de la conquistada barricada, hacían fuego
sobre los fugitivos, y el revolucionario capitán, al ver a su amada en
el balcón, se detuvo un instante, para saludarla con un desesperado
ademán de despedida.