Y de pronto observó Gertrudis que su cuñado era otro hombre, que celaba
algún secreto, que andaba caviloso y desconfiado, que salía mucho de
casa. Pero aquellas más largas ausencias del hogar no le engañaron. El
secreto estaba en él, en el hogar. Y a fuerza de paciente astucia logró
sorprender miradas de conocimiento íntimo entre Ramiro y la criada de
servicio.
Era Manuela una hospiciana de diez y nueve años, enfermiza y pálida, de
un brillo febril en los ojos, de maneras sumisas y mansas, de muy pocas
palabras, triste casi siempre. A ella, a Gertrudis, ante quien sin saber
por qué temblaba, llamábale «señora». Ramiro quiso hacer que le llamase
«señorita».
--No, llámame así, señora; nada de señorita...
En general parecía como que la criada le temiera, como avergonzada o
amedrentada en su presencia. Y a los niños los evitaba y apenas si les
dirigía la palabra. Ellos, por su parte, sentían una indiferencia,
rayana en despego, hacia la Manuela. Y hasta alguna vez se burlaban de
ella, por ciertas sus maneras de hablar, lo que la ponía de grana. «Lo
extraño es--pensaba Gertrudis--que a pesar de todo no quiera irse...
tiene algo de gata esta mozuela.» Hasta que se percató de lo que podría
haber escondido.
Un día logró sorprender a la pobre muchacha cuando salía del cuarto de
Ramiro, del señorito--porque a éste sí que le llamaba así--toda
encendida y jadeante. Cruzáronse las miradas y la criada rindió la suya.
Pero llegó otro en que el niño, Ramirín, se fué a su tía y le dijo:
--Dime, mamá Tula, ¿es Manuela también hermana nuestra?
--Ya te tengo dicho que todos los hombres y mujeres somos hermanos.
--Sí, pero como nosotros, los que vivimos juntos...
--No, porque aunque vive aquí ésta no es su casa...
--¿Y cuál es su casa?
--¿Su casa? No lo quieras saber. ¿Y por qué preguntas eso?
--Porque le he visto a papá que la estaba besando...
Aquella noche, luego que hubieron acostado a los niños, dijo Gertrudis a
Ramiro:
--Tenemos que hablar.
--Pero si aun faltan ocho meses...
--¿Ocho meses?
--¿No hace cuatro que me diste un año de plazo?
--No se trata de eso, hombre, sino de algo más serio.
A Ramiro se le paró el corazón y se puso pálido.
--¿Más serio?
--Más serio, sí. Se trata de tus hijos, de su buena crianza, y se trata
de esa pobre hospiciana, de la que estoy segura que estás abusando.
--Y si así fuese, ¿quién tiene la culpa de eso?
--¿Y aún lo preguntas? ¿Aún querrás también culparme de ello?
--¡Claro que sí!
--Pues bien, Ramiro: se ha acabado ya aquello del año; no hay plazo
ninguno; no puede ser, no puede ser. Y ahora sí que me voy, y, diga lo
que dijere la ley, me llevaré a los niños conmigo, es decir, se irán
conmigo.
--¿Pero estás loca, Gertrudis?
--Quien está loco eres tú.
--Pero qué querías...
--Nada, o yo o ella. O me voy o echas a esa criadita de casa.
Siguióse un congojoso silencio.
--No la puedo echar, Gertrudis, no la puedo echar. ¿Adónde se va? ¿Al
Hospicio otra vez?
--A servir a otra casa.
--No la puedo echar, Gertrudis, no la puedo echar--y el hombre rompió a
llorar.
--¡Pobre hombre!--murmuró ella poniéndole la mano sobre la suya--. Me
das pena.
--Ahora, ¿eh?, ¿ahora?
--Sí; me das lástima... Estoy ya dispuesta a todo...
--¡Gertrudis! ¡Tula!
--Pero has dicho que no la puedes echar...
--Es verdad; no la puedo echar--y volvió a abatirse.
--¿Qué, pues?, ¿que no va sola?
--No, no irá sola.
--Los ocho meses del plazo, ¿eh?
--Estoy perdido, Tula, estoy perdido.
--No, la que está perdida es ella, la huérfana, la hospiciana, la sin
amparo.
--Es verdad, es verdad...
--Pero no te aflijas así, Ramiro, que la cosa tiene fácil remedio...
--¿Remedio? ¿Y fácil?--y se atrevió a mirarle a la cara.
--Sí; casarte con ella.
Un rayo que le hubiese herido no le habría dejado más deshecho que esas
palabras sencillas.
--¡Que me case! ¡Que me case con la criada! ¿Que me case con una
hospiciana? ¡Y me lo dices tú!...
--¡Y quién si no había de decírtelo! Yo, la verdadera madre hoy de tus
hijos.
--¿Que les dé madrasta?
--¡No, eso no!, que aquí estoy yo para seguir siendo su madre. Pero que
des padre al que haya de ser tu nuevo hijo, y que le des madre también.
Esa hospiciana tiene derecho a ser madre, tiene ya el deber de serlo,
tiene derecho a su hijo y al padre de su hijo.
--Pero Gertrudis...
--Cásate con ella, te he dicho; y te lo dice Rosa. Sí--y su voz, serena
y pastosa, resonó como una campana--. Rosa, tu mujer, te dice por mi
boca que te cases con la hospiciana. ¡Manuela!
--«¡Señora!»--se oyó como un gemido, y la pobre muchacha, que acurrucada
junto al fogón, en la cocina, había estado oyéndolo todo, no se movió de
su sitio. Volvió a llamarla, y después de otro «¡Señora!», tampoco se
movió.
--Ven acá, o iré a traerte.
--¡Por Dios!--suplicó Ramiro.
La muchacha apareció cubriéndose la llorosa cara con las manos.
--Descubre la cara y míranos.
--¡No, señora, no!
--Sí, míranos. Aquí tienes a tu amo, a Ramiro, que te pide perdón por lo
que de ti ha hecho.
--Perdón, yo, señora, y a usted...
--No, te pide perdón y se casará contigo.
--¡Pero señora!--clamó Manuela a la vez que Ramiro clamaba: «¡Pero
Gertrudis!»
--Lo he dicho, se casará contigo: así lo quiere Rosa. No es posible
dejarte así. Porque tú estás ya... ¿no es eso?
--Creo que sí, señora, pero yo...
--No llores así ni hagas juramentos; sé que no es tuya la culpa...
--Pero se podría arreglar...
--Bien sabe aquí Manuela--dijo Ramiro--que nunca he pensado en
abandonarla... Yo le colocaría...
--Sí, señora, sí; yo me contento...
--No, tú no debes contentarte con eso que ibas a decir. O, mejor, aquí
Ramiro no puede contentarse con eso. Tú te has criado en el Hospicio,
¿no es eso?
--Sí, señora.
--Pues tu hijo no se criará en él. Tiene derecho a tener padre, a su
padre, y le tendrá. Y ahora vete... vete a tu cuarto, y déjanos.
Y cuando quedaron Ramiro y ella a solas:
--Me parece que no dudarás ni un momento...
--¡Pero eso que pretendes es una locura, Gertrudis!
--La locura, peor que locura, la infamia, sería lo que pensabas.
--Consúltalo siquiera con el padre Alvarez.
--No lo necesito. Lo he consultado con Rosa.
--Pero si ella te dijo que no dieses madrasta a sus hijos...
--¿A sus hijos? ¡Y tuyos!
--Bueno, sí, a nuestros hijos...
--Y no les daré madrasta. De ellos, de los nuestros, seguiré siendo yo
la madre, pero del de ésa...
--Nadie le quitará de ser madre...
--Sí, tú si no te casas con ella. Eso no será ser madre...
--Pues ella...
--¿Y qué? ¿Porque ella no ha conocido a la suya pretendes tú que no lo
sea como es debido?
--Pero fíjate en que esta chica...
--Tú eres quien debió fijarse...
--Es una locura... una locura...
--La locura ha sido antes. Y ahora piénsalo, que si no haces lo que
debes el escándalo le daré yo. Lo sabrá todo el mundo.
--¡Gertrudis!
--Cásate con ella, y se acabó.