XII

AL fin Gertrudis no pudo con su soledad y decidió llevar su congoja al

padre Alvarez, su confesor, pero no su director espiritual. Porque esta

mujer había rehuído siempre ser dirigida, y menos por un hombre. Sus

normas de conducta moral, sus convicciones y creencias religiosas se las

había formado ella con lo que oía a su alrededor y con lo que leía, pero

las interpretaba a su modo. Su pobre tío, don Primitivo, el sacerdote

ingenuo que las había criado a las dos hermanas y les enseñó el

catecismo de la doctrina cristiana explicado según _el Mazo_, sintió

siempre un profundo respeto por la inteligencia de su sobrina Tula, a la

que admiraba. «Si te hicieses monja--solía decirle--llegarías a ser otra

Santa Teresa... Qué cosas se te ocurren, hija...» Y otras veces: «Me

parece que eso que dices, Tulilla, huele un poco a herejía; ¡hum! No lo

sé... no lo sé... porque no es posible que te inspire herejías el ángel

de tu guarda, pero eso me suena así como a... qué sé yo...» Y ella le

contestaba riendo: «Sí, tío, son tonterías que se me ocurren, y ya que

dice usted que huele a herejía no lo volveré a pensar.» Pero ¿quién pone

barreras al pensamiento?

Gertrudis se sintió siempre sola. Es decir, sola para que la ayudaran,

porque para ayudar ella a los otros no, no estaba sola. Era como una

huérfana cargada de hijos. Ella sería el báculo de todos los que la

rodearan; pero si sus piernas flaquearan, si su cabeza no le mantuviese

firme en su sendero, si su corazón empezaba a bambolear y enflaquecer,

¿quién la sostendría a ella? ¿quién sería su báculo? Porque ella, tan

henchida del sentimiento, de la pasión mejor, de la maternidad, no

sentía la filialidad. «¿No es esto orgullo?»--se preguntaba.

No pudo al fin con esta soledad y decidió llevar a su confesor, al padre

Alvarez, su congoja. Y le contó la declaración y proposición de Ramiro,

y hasta lo que les había dicho a los niños de que no le llamasen a ella

todavía madre, y las razones que tenía para mantener la pureza de aquel

hogar y cómo no quería entregarse a hombre alguno, sino reservarse para

mejor consagrarse a los hijos de Rosa.

--Pero lo de su cuñado lo encuentro muy natural--arguyó el buen padre de

almas.

--Es que no se trata ahora de mi cuñado, padre, sino de mí; y no creo

que haya acudido a usted también en busca de alianza...

--¡No, no, hija, no!

--Como dicen que en los confesonarios se confeccionan bodas y que

ustedes, los padres, se dedican a casamenteros...

--Yo lo único que digo ahora, hija, es que es muy natural que su cuñado,

viudo y joven y fuerte, quiera volver a casarse, y más natural, y hasta

santo, que busque otra madre para sus hijos...

--¿Otra? ¡Ya la tiene!

--Sí; pero... y si ésta se va...

--¿Irme? ¿Yo? Estoy tan obligada a esos niños como estaría su madre de

carne y sangre si viviese...

--Y luego eso da que hablar...

--De lo que hablen, padre, ya le he dicho que nada se me da...

--¿Y si lo hiciese precisamente por eso, porque hablen? Examínese y mire

si no entra en ello un deseo de afrontar las preocupaciones ajenas, de

desafiar la opinión pública...

--Y si así fuese, ¿qué?

--Que eso sí que es pecaminoso. Y después de todo, la cuestión es

otra...

--¿Cuál es la cuestión?

--La cuestión es si usted le quiere o no. Esta es la cuestión. ¿Le

quiere usted, sí o no?

--¡Para marido... no!

--¿Pero le rechaza?

--¡Rechazarle... no!

--Si cuando se dirigió a su hermana, la difunta, se hubiera dirigido a

usted...

--¡Padre! ¡Padre!--y su voz gemía.

--Sí, por ahí hay que verlo...

--¡Padre; que eso no es pecado...!

--Pero ahora se trata de dirección espiritual, de tomar consejo... Y sí,

es pecado, es acaso pecado... Tal vez hay aquí unos viejos celos...

--¡Padre!

--Hay que ahondar en ello. Acaso no le ha perdonado aún...

--Le he dicho, padre, que le quiero; pero no para marido. Le quiero

como a un hermano, como a un más que hermano, como al padre de mis

hijos, porque éstos, sus hijos, lo son míos de lo más dentro mío, de

todo mi corazón; pero para marido no. Yo no puedo ocupar en su cama el

sitio que ocupó mi hermana... Y sobre todo, yo no quiero, no debo darles

madrasta a mis hijos...

--¿Madrasta?

--Sí, madrastra. Si yo me caso con él, con el padre de los hijos de mi

corazón, les daré madrasta a éstos, y más si llego a tener hijos de

carne y de sangre con él. Esto, ahora ya... ¡nunca!

--Ahora ya...

--Sí, ahora que ya tengo a los de mi corazón... mis hijos...

--Pero piense en él, en su cuñado, en su situación...

--¿Que piense...?

--¡Sí! ¿Y no tiene compasión de él?

--Sí que la tengo. Y por eso le ayudo y le sostengo. Es como otro hijo

mío.

--Le ayuda... le sostiene...

--Sí, le ayudo y le sostengo a ser padre...

--A ser padre... a ser padre... Pero él es un hombre...

--¡Y yo una mujer!

--Es débil...

--¿Soy yo fuerte?

--Más de lo debido.

--¿Más de lo debido? ¿Y lo de la mujer fuerte?

--Es que esa fortaleza, hija mía, puede alguna vez ser dureza, ser

crueldad. Y es dura con él, muy dura. ¿Que no le quiere como a marido?

¡Y qué importa! Ni hace falta eso para casarse con un hombre. Muchas

veces tiene que casarse una mujer con un hombre por compasión, por no

dejarle solo, por salvarle, por salvar su alma...

--Pero si no le dejo solo...

--Sí, sí, le deja solo. Y creo que me comprende sin que se lo explique

más claro...

--Sí, sí que se lo comprendo, pero no quiero comprenderlo. No está solo.

¡Quien está sola soy yo! Sola... sola... siempre sola...

--Pero ya sabe aquello de «más vale casarse que abrasarse...»

--Pero si no me abraso...

--¿No se queja de su soledad?

--No es soledad de abrasarse; no es esa soledad a que usted, padre,

alude. No, no es esa. No me abraso...

--¿Y si se abrasa él...?

--Que se refresque en el cuidado y amor de sus hijos...

--Bueno, pero ya me entiende...

--Demasiado.

--Y por si no, le diré más claro aún que su cuñado corre peligro, y que

si cae en él, le cabrá culpa...

--¿A mí?

--¡Claro está!

--No lo veo tan claro... Como no soy hombre...

--Me dijo que uno de sus temores de casarse con su cuñado era el de

tener hijos con él, ¿no es así?

--Sí, así es. Si tuviéramos hijos llegaría yo a ser, quieras o no,

madrasta de los que me dejó mi hermana...

--Pero el matrimonio no se instituyó sólo para hacer hijos...

--Para casar y dar gracia a los casados y que críen hijos para el

cielo.

--Dar gracia a los casados... ¿Lo entiende?

--Apenas...

--Que vivan en gracia, libres de pecado...

--Ahora lo entiendo menos...

--Bueno, pues que es un remedio contra la sensualidad.

--¿Cómo? ¿Qué es eso? ¿Qué?

--¿Pero por qué se pone así...? ¿Por qué se altera...?

--¿Qué es el remedio contra la sensualidad? ¿El matrimonio o la mujer?

--Los dos... La mujer... y... y el hombre.

--¡Pues, no, padre, no, no y no! Yo no puedo ser remedio contra nada.

¿Qué es eso de considerarme remedio? ¡Y remedio... contra eso! No, me

estimo en más...

--Pero si es que...

--No, ya no sirve. Yo, si él no tuviera ya hijos de mi hermana, acaso me

habría casado con él para tenerlos... para tenerlos de él... pero,

¿remedio? ¿Y a eso? ¿Yo remedio? ¡No!

--Y si antes de haber solicitado a su hermana la hubiera solicitado...

--¿A mí? ¿Antes? ¿Cuando nos conoció? No hablemos ya más, padre, que no

podemos entendernos, pues veo que hablamos lenguas diferentes. Ni yo sé

la de usted ni usted sabe la mía.

Y dicho esto, se levantó de junto al confesonario. Le costaba andar: tan

doloridas le habían quedado del arrodillamiento las rodillas. Y a la vez

le dolían las articulaciones del alma y sentía su soledad más hondamente

que nunca. «¡No, no me entiende--se decía--, no me entiende; hombre al

fin! ¿Pero me entiendo yo misma? ¿Es que me entiendo? ¿Le quiero o no le

quiero? ¿No es soberbia esto? ¿No es la triste pasión solitaria del

armiño que por no mancharse no se echa a nado en un lodazal a salvar a

su compañero...? No lo sé... no lo sé...»

La Tía Tula (Novela) · 第 13 / 26 题