AL fin Gertrudis no pudo con su soledad y decidió llevar su congoja al
padre Alvarez, su confesor, pero no su director espiritual. Porque esta
mujer había rehuído siempre ser dirigida, y menos por un hombre. Sus
normas de conducta moral, sus convicciones y creencias religiosas se las
había formado ella con lo que oía a su alrededor y con lo que leía, pero
las interpretaba a su modo. Su pobre tío, don Primitivo, el sacerdote
ingenuo que las había criado a las dos hermanas y les enseñó el
catecismo de la doctrina cristiana explicado según _el Mazo_, sintió
siempre un profundo respeto por la inteligencia de su sobrina Tula, a la
que admiraba. «Si te hicieses monja--solía decirle--llegarías a ser otra
Santa Teresa... Qué cosas se te ocurren, hija...» Y otras veces: «Me
parece que eso que dices, Tulilla, huele un poco a herejía; ¡hum! No lo
sé... no lo sé... porque no es posible que te inspire herejías el ángel
de tu guarda, pero eso me suena así como a... qué sé yo...» Y ella le
contestaba riendo: «Sí, tío, son tonterías que se me ocurren, y ya que
dice usted que huele a herejía no lo volveré a pensar.» Pero ¿quién pone
barreras al pensamiento?
Gertrudis se sintió siempre sola. Es decir, sola para que la ayudaran,
porque para ayudar ella a los otros no, no estaba sola. Era como una
huérfana cargada de hijos. Ella sería el báculo de todos los que la
rodearan; pero si sus piernas flaquearan, si su cabeza no le mantuviese
firme en su sendero, si su corazón empezaba a bambolear y enflaquecer,
¿quién la sostendría a ella? ¿quién sería su báculo? Porque ella, tan
henchida del sentimiento, de la pasión mejor, de la maternidad, no
sentía la filialidad. «¿No es esto orgullo?»--se preguntaba.
No pudo al fin con esta soledad y decidió llevar a su confesor, al padre
Alvarez, su congoja. Y le contó la declaración y proposición de Ramiro,
y hasta lo que les había dicho a los niños de que no le llamasen a ella
todavía madre, y las razones que tenía para mantener la pureza de aquel
hogar y cómo no quería entregarse a hombre alguno, sino reservarse para
mejor consagrarse a los hijos de Rosa.
--Pero lo de su cuñado lo encuentro muy natural--arguyó el buen padre de
almas.
--Es que no se trata ahora de mi cuñado, padre, sino de mí; y no creo
que haya acudido a usted también en busca de alianza...
--¡No, no, hija, no!
--Como dicen que en los confesonarios se confeccionan bodas y que
ustedes, los padres, se dedican a casamenteros...
--Yo lo único que digo ahora, hija, es que es muy natural que su cuñado,
viudo y joven y fuerte, quiera volver a casarse, y más natural, y hasta
santo, que busque otra madre para sus hijos...
--¿Otra? ¡Ya la tiene!
--Sí; pero... y si ésta se va...
--¿Irme? ¿Yo? Estoy tan obligada a esos niños como estaría su madre de
carne y sangre si viviese...
--Y luego eso da que hablar...
--De lo que hablen, padre, ya le he dicho que nada se me da...
--¿Y si lo hiciese precisamente por eso, porque hablen? Examínese y mire
si no entra en ello un deseo de afrontar las preocupaciones ajenas, de
desafiar la opinión pública...
--Y si así fuese, ¿qué?
--Que eso sí que es pecaminoso. Y después de todo, la cuestión es
otra...
--¿Cuál es la cuestión?
--La cuestión es si usted le quiere o no. Esta es la cuestión. ¿Le
quiere usted, sí o no?
--¡Para marido... no!
--¿Pero le rechaza?
--¡Rechazarle... no!
--Si cuando se dirigió a su hermana, la difunta, se hubiera dirigido a
usted...
--¡Padre! ¡Padre!--y su voz gemía.
--Sí, por ahí hay que verlo...
--¡Padre; que eso no es pecado...!
--Pero ahora se trata de dirección espiritual, de tomar consejo... Y sí,
es pecado, es acaso pecado... Tal vez hay aquí unos viejos celos...
--¡Padre!
--Hay que ahondar en ello. Acaso no le ha perdonado aún...
--Le he dicho, padre, que le quiero; pero no para marido. Le quiero
como a un hermano, como a un más que hermano, como al padre de mis
hijos, porque éstos, sus hijos, lo son míos de lo más dentro mío, de
todo mi corazón; pero para marido no. Yo no puedo ocupar en su cama el
sitio que ocupó mi hermana... Y sobre todo, yo no quiero, no debo darles
madrasta a mis hijos...
--¿Madrasta?
--Sí, madrastra. Si yo me caso con él, con el padre de los hijos de mi
corazón, les daré madrasta a éstos, y más si llego a tener hijos de
carne y de sangre con él. Esto, ahora ya... ¡nunca!
--Ahora ya...
--Sí, ahora que ya tengo a los de mi corazón... mis hijos...
--Pero piense en él, en su cuñado, en su situación...
--¿Que piense...?
--¡Sí! ¿Y no tiene compasión de él?
--Sí que la tengo. Y por eso le ayudo y le sostengo. Es como otro hijo
mío.
--Le ayuda... le sostiene...
--Sí, le ayudo y le sostengo a ser padre...
--A ser padre... a ser padre... Pero él es un hombre...
--¡Y yo una mujer!
--Es débil...
--¿Soy yo fuerte?
--Más de lo debido.
--¿Más de lo debido? ¿Y lo de la mujer fuerte?
--Es que esa fortaleza, hija mía, puede alguna vez ser dureza, ser
crueldad. Y es dura con él, muy dura. ¿Que no le quiere como a marido?
¡Y qué importa! Ni hace falta eso para casarse con un hombre. Muchas
veces tiene que casarse una mujer con un hombre por compasión, por no
dejarle solo, por salvarle, por salvar su alma...
--Pero si no le dejo solo...
--Sí, sí, le deja solo. Y creo que me comprende sin que se lo explique
más claro...
--Sí, sí que se lo comprendo, pero no quiero comprenderlo. No está solo.
¡Quien está sola soy yo! Sola... sola... siempre sola...
--Pero ya sabe aquello de «más vale casarse que abrasarse...»
--Pero si no me abraso...
--¿No se queja de su soledad?
--No es soledad de abrasarse; no es esa soledad a que usted, padre,
alude. No, no es esa. No me abraso...
--¿Y si se abrasa él...?
--Que se refresque en el cuidado y amor de sus hijos...
--Bueno, pero ya me entiende...
--Demasiado.
--Y por si no, le diré más claro aún que su cuñado corre peligro, y que
si cae en él, le cabrá culpa...
--¿A mí?
--¡Claro está!
--No lo veo tan claro... Como no soy hombre...
--Me dijo que uno de sus temores de casarse con su cuñado era el de
tener hijos con él, ¿no es así?
--Sí, así es. Si tuviéramos hijos llegaría yo a ser, quieras o no,
madrasta de los que me dejó mi hermana...
--Pero el matrimonio no se instituyó sólo para hacer hijos...
--Para casar y dar gracia a los casados y que críen hijos para el
cielo.
--Dar gracia a los casados... ¿Lo entiende?
--Apenas...
--Que vivan en gracia, libres de pecado...
--Ahora lo entiendo menos...
--Bueno, pues que es un remedio contra la sensualidad.
--¿Cómo? ¿Qué es eso? ¿Qué?
--¿Pero por qué se pone así...? ¿Por qué se altera...?
--¿Qué es el remedio contra la sensualidad? ¿El matrimonio o la mujer?
--Los dos... La mujer... y... y el hombre.
--¡Pues, no, padre, no, no y no! Yo no puedo ser remedio contra nada.
¿Qué es eso de considerarme remedio? ¡Y remedio... contra eso! No, me
estimo en más...
--Pero si es que...
--No, ya no sirve. Yo, si él no tuviera ya hijos de mi hermana, acaso me
habría casado con él para tenerlos... para tenerlos de él... pero,
¿remedio? ¿Y a eso? ¿Yo remedio? ¡No!
--Y si antes de haber solicitado a su hermana la hubiera solicitado...
--¿A mí? ¿Antes? ¿Cuando nos conoció? No hablemos ya más, padre, que no
podemos entendernos, pues veo que hablamos lenguas diferentes. Ni yo sé
la de usted ni usted sabe la mía.
Y dicho esto, se levantó de junto al confesonario. Le costaba andar: tan
doloridas le habían quedado del arrodillamiento las rodillas. Y a la vez
le dolían las articulaciones del alma y sentía su soledad más hondamente
que nunca. «¡No, no me entiende--se decía--, no me entiende; hombre al
fin! ¿Pero me entiendo yo misma? ¿Es que me entiendo? ¿Le quiero o no le
quiero? ¿No es soberbia esto? ¿No es la triste pasión solitaria del
armiño que por no mancharse no se echa a nado en un lodazal a salvar a
su compañero...? No lo sé... no lo sé...»