II

¿PERO qué le pasaba a Ramiro, en relaciones ya, y en relaciones

formales, con Rosa, y poco menos que entrando en la casa? ¿Qué

dilaciones y qué frialdades eran aquéllas?

--Mira, Tula, yo no le entiendo; cada vez le entiendo menos. Parece que

está siempre distraído y como si estuviese pensando en otra cosa--o en

otra persona, ¡quién sabe!--o temiendo que alguien nos vaya a sorprender

de pronto. Y cuando le tiro algún avance y le hablo, así como quien no

quiere la cosa, del fin que deben tener nuestras relaciones, hace como

que no oye y como si estuviera atendiendo a otra...

--Es porque le hablas como quien no quiere la cosa. Háblale como quien

la quiere.

--¡Eso es, y que piense que tengo prisa por casarme!

--¡Pues que lo piense! ¿No es acaso así?

--¿Pero crees tú, Tula, que yo estoy rabiando por casarme?

--¿Le quieres?

--Eso nada tiene que ver...

--¿Le quieres, di?

--Pues mira...

--¡Pues mira, no! ¿le quieres? ¡sí o no!

Rosa bajó la frente con los ojos, arrebolóse toda y llorándole la voz

tartamudeó:

--Tienes unas cosas, Tula; ¡pareces un confesor!

Gertrudis tomó la mano de su hermana, con otra le hizo levantar la

frente, le clavó los ojos en los ojos y le dijo:

--Vivimos solas, hermana...

--¿Y el tío?

--Vivimos solas, te he dicho. Las mujeres vivimos siempre solas. El

pobre tío es un santo, pero un santo de libro, y aunque cura, al fin y

al cabo hombre.

--Pero confiesa...

--Acaso por eso sabe menos. Además, se le olvida. Y así debe ser.

Vivimos solas, te he dicho. Y ahora lo que debes hacer es confesarte

aquí, pero confesarte a ti misma. ¿Le quieres? repito.

La pobre Rosa se echó a llorar.

--¿Le quieres?--sonó la voz implacable.

Y Rosa llegó a fingirse que aquella pregunta, en una voz pastosa y

solemne y que parecía venir de las lontananzas de la vida común de la

pureza, era su propia voz, era acaso la de su madre común.

--Sí, creo que le querré... mucho... mucho...--exclamó en voz baja y

sollozando.

--¡Sí, le querrás mucho y él te querrá más aún!

--¿Y cómo lo sabes?

--Yo sé que te querrá.

--Entonces, ¿por qué está distraído? ¿por qué rehuye el que abordemos lo

del casorio?

--¡Yo le hablaré de eso, Rosa, déjalo de mi cuenta!

--¿Tú?

--¡Yo, sí! ¿Tiene algo de extraño?

--Pero...

--A mí no puede cohibirme el temor que a ti te cohibe.

--Pero dirá que rabio por casarme.

--¡No, no dirá eso! Dirá, si quiere, que es a mí a quien me conviene que

tú te cases para facilitar así el que se me pretenda o para quedarme a

mandar aquí sola; y las dos cosas son, como sabes, dos disparates. Dirá

lo que quiera, pero yo me las arreglaré.

Rosa cayó en brazos de su hermana, que le dijo al oído:

--¿Y luego, tienes que quererle mucho, eh?

--¿Y por qué me dices tú eso, Tula?

--Porque es tu deber.

Y al otro día, al ir Ramiro a visitar a su novia, encontróse con la

otra, con la hermana. Demudósele el semblante y se le vió vacilar. La

seriedad de aquellos serenos ojazos de luto le concentró la sangre toda

en el corazón.

--¿Y Rosa?--preguntó sin oirse.

--Rosa ha salido y soy yo quien tengo ahora que hablarte.

--¿Tú?--dijo con labios que le temblaban.

-¡Sí, yo!

--¡Grave te pones, chica!--y se esforzó en reirse.

--Nací con esa gravedad encima, dicen. El tío asegura que la heredé de

mi madre, su hermana, y de mi abuela, su madre. No lo sé, ni me

importa. Lo que sí sé es que me gustan las cosas sencillas y derechas y

sin engaño.

--¿Por qué lo dices, Tula?

--¿Y por qué rehuyes hablar de vuestro casamiento a mi hermana? Vamos,

dímelo, ¿por qué?

El pobre mozo inclinó la frente arrebolada de vergüenza. Sentíase herido

por un golpe inesperado.

--Tú le pediste relaciones con buen fin, como dicen los inocentes.

--¡Tula!

--¡Nada de Tula! Tú te pusiste con ella en relaciones para hacerla tu

mujer y madre de tus hijos...

--¡Pero qué de prisa vas...!--y volvió a esforzarse a reirse.

--Es que hay que ir de prisa, porque la vida es corta.

--¡La vida es corta! ¡y lo dice a los veintidós años!

--Más corta aún. Pues bien, ¿piensas casarte con Rosa, sí o no?

--¡Pues qué duda cabe!--y al decirlo le temblaba el cuerpo todo.

--Pues si piensas casarte con ella, ¿por qué diferirlo así?

--Somos aún jóvenes...

--¡Mejor!

--Tenemos que probarnos...

--¿Qué, qué es eso? ¿qué es eso de probaros? ¿Crees que la conocerás

mejor dentro de un año? Peor, mucho peor...

--Y si luego...

--¡No pensaste en eso al pedir la entrada aquí!

--Pero, Tula...

--¡Nada de Tula! ¿La quieres, sí o no?

--¿Puedes dudarlo, Tula?

--¡Te he dicho que nada de Tula! ¿La quieres?

--¡Claro que la quiero!

--Pues la querrás más todavía. Será una buena mujer para ti. Haréis un

buen matrimonio.

--Y con tu consejo...

--Nada de consejo. ¡Yo haré una buena tía, y basta!

Ramiro pareció luchar un breve rato consigo mismo y como si buscase

algo, y al cabo, con un gesto de desesperada resolución, exclamó:

--¡Pues bien, Gertrudis, quiero decirte toda la verdad!

--No tienes que decirme más verdad--le atajó severamente--; me has dicho

que quieres a Rosa y que estás resuelto a casarte con ella; todo lo

demás de la verdad es a ella a quien se la tienes que decir luego que os

caséis.

--Pero hay cosas...

--No, no hay cosas que no se deba decir a la mujer...

--¡Pero, Tula!

--Nada de Tula, te he dicho. Si la quieres, a casarte con ella, y si no

la quieres, estás de más en esta casa.

Estas palabras le brotaron de los labios fríos y mientras se le paraba

el corazón. Siguió a ellas un silencio de hielo, y durante él la sangre,

antes represada y ahora suelta, le encendió la cara a la hermana. Y

entonces, en el silencio agorero, podía oírsele el galope trepidante del

corazón.

Al siguiente día se fijaba el de la boda.

La Tía Tula (Novela) · 第 4 / 26 题