Copyright 1921 by Miguel de Unamuno.
Imprenta de Juan Pueyo. Luna, 29. Teléf. 14-30.--Madrid.
_PROLOGO_
(_QUE PUEDE SALTAR EL LECTOR DE NOVELAS_)
«TENÍA _uno (hermano) casi de mi edad, que era el que yo más quería,
aunque a todos tenía gran amor y ellos a mí; juntábamonos entrambos a
leer vidas de santos... Espantábanos mucho el decir en lo que leíamos
que pena y gloria eran para siempre. Acaecíanos estar muchos ratos
tratando desto, y gustábamos de decir muchas veces para siempre,
siempre, siempre. En pronunciar esto mucho rato era el Señor servido, me
quedase en esta niñez imprimido el camino de la verdad. De que vi que
era imposible ir adonde me matasen por Dios, ordenábamos ser ermitaños,
y en una huerta que había en casa procurábamos, como podíamos, hacer
ermitas poniendo unas pedrecillas, que luego se nos caían, y ansí no
hallábamos remedio en nada para nuestro deseo; que ahora me pone
devoción ver cómo me daba Dios tan presto lo que yo perdí por mi
culpa._»
* * * * *
«_Acuérdome que cuando murió mi madre quedé yo de edad de doce años,
poco menos; como yo comencé a entender lo que había perdido, afligida
fuíme a una imagen de Nuestra Señora y supliquela fuese mi madre con
muchas lágrimas. Paréceme que aunque se hizo con simpleza, que me ha
valido, pues conocidamente he hallado a esta Virgen Soberana en cuanto
me he encomendado a ella, y, en fin, me ha tornado a sí._»
_(Del capítulo I de la Vida de la Santa Madre Teresa de Jesús, que
escribió ella misma por mandado de su confesor.)_
«_Sea (Dios) alabado por siempre, que tanta merced ha hecho a vuestra
merced, pues le ha dado mujer, con quien pueda tener mucho descanso. Sea
mucho de enhorabuena, que harto consuelo es para mí pensar que le tiene.
A la señora doña María beso siempre las manos muchas veces; aquí tiene
una capellana y muchas. Harto quisiéramos poderla gozar; mas si había
de ser con los trabajos que por acá hay, más quiero que tenga allá
sosiego, que verla acá padecer._»
(_De una carta que desde Avila, a 15 de diciembre de 1581, dirigió
la Santa Madre, y Tía, Teresa de Jesús, a su sobrino don Lorenzo de
Cepeda, que estaba en Indias, en el Perú, donde se casó con doña
María de Hinojosa, que es la señora doña María de que se habla en
ella_)
_En el capítulo II de la misma susomentada Vida, dice la Santa Madre
Teresa de Jesús que era moza «aficionada a leer libros de
caballerías»--los suyos lo son, a lo divino--y en uno de los sonetos, de
nuestro Rosario de ellos, la hemos llamado_
_Quijotesa_
_a lo divino, que dejó asentada_
_nuestra España inmoral, cuya es la empresa:_
_sólo existe lo eterno; ¡Dios o nada!_
_Lo que acaso alguien crea que diferencia a Santa Teresa de Don Quijote,
es que éste, el Caballero--y tío, tío de su inmortal sobrina--se puso en
ridículo y fué el ludibrio y juguete de padres y madres, de zánganos y
de reinas; pero ¿es que Santa Teresa escapó al ridículo? ¿Es que no se
burlaron de ella? ¿Es que no se estima hoy por muchos quijotesco, o sea
ridículo, su instituto, y aventurera, de caballería andante, su obra y
su vida?_
_No crea el lector, por lo que precede, que el relato que se sigue y va
a leer es, en modo alguno, un comentario a la vida de la Santa española.
¡No, nada de esto! Ni pensábamos en Teresa de Jesús al emprenderlo y
desarrollarlo; ni en Don Quijote. Ha sido después de haberlo terminado,
cuando aun para nuestro ánimo, que lo concibió, resultó una novedad este
parangón, cuando hemos descubierto las raíces de este relato novelesco.
Nos fué oculto su más hondo sentido al emprenderlo. No hemos visto sino
después, al hacer sobre él examen de conciencia de autor, sus raíces
teresianas y quijotescas. Que son una misma raíz._
_¿Es acaso éste un libro de caballerías? Como el lector quiera
tomarlo... Tal vez a alguno pueda parecerle una novela agiográfica, de
vida de santos. Es, de todos modos, una novela, podemos asegurarlo._
_No se nos ocurrió a nosotros, sino que fué cosa de un amigo, francés
por más señas, el notar que la inspiración--¡perdón!--de nuestra
nivola_ Niebla _era de la misma raíz que la de_ La vida es sueño, _de
Calderón. Mas en este otro caso ha sido cosa nuestra el descubrir,
después de concluída esta novela que tienes a la vista, lector, sus
raíces quijotescas y teresianas. Lo que no quiere decir ¡claro está! que
lo que aquí se cuenta no haya podido pasar fuera de España._
* * * * *
_Antes de terminar este Prólogo queremos hacer otra observación, que le
podrá parecer a alguien quizás sutileza de lingüista y filólogo, y no lo
es sino de psicología. Aunque ¿es la psicología algo más que lingüística
y filología?_
_La observación es que así como tenemos la palabra_ paternal _y_
paternidad, _que derivan de_ pater, _padre, y_ maternal _y_ maternidad,
_de_ mater, _madre, y no es lo mismo, ni mucho menos, lo paternal y lo
maternal, ni la paternidad y la maternidad, es extraño que junto a_
fraternal _y_ fraternidad, _de_ frater, _hermano, no tengamos_ sororal
_y_ sororidad, _de_ soror, _hermana. En latín hay_ sororius, a, um, _lo
de la hermana, y el verbo_ sororiare, _crecer por igual y juntamente._
_Se nos dirá que la_ sororidad _equivaldría a la_ fraternidad, _mas no
lo creemos así. Como si en latín tuviese la hija un apelativo de raíz
distinta que el de hijo, valdría la pena de distinguir entre las dos
filialidades._
Sororidad _fué la de la admirable Antígona, esta santa del paganismo
helénico, la hija de Edipo, que sufrió martirio por amor a su hermano
Polinices, y por confesar su fe de que las leyes eternas de la
conciencia, las que rigen en el eterno mundo de los muertos, en el mundo
de la inmortalidad, no son las que forjan los déspotas y tiranos de la
tierra, como era Creonte._
_Cuando en la tragedia sofocleana Creonte le acusa a su sobrina Antígona
de haber faltado a la ley, al mandato regio, rindiendo servicio fúnebre
a su hermano, el fratricida, hay entre aquéllos este duelo de palabras:_
«A.--_No es nada feo honrar a los de la misma entraña..._
»Cr.--_¿No era de tu sangre también el que murió contra él?_
»A.--_De la misma, por madre y padre..._
»Cr.--_¿Y cómo rindes a éste un honor impío?_
»A.--_No diría eso el muerto..._
»Cr.--_Pero es que le honras igual que al impío..._
»A.--_No murió su siervo, sino su hermano..._
»Cr.--_Asolando esta tierra, y el otro defendiéndola..._
»A.--_El otro mundo, sin embargo, gusta de igualdad ante la ley..._
»Cr.--_¿Cómo ha de ser igual para el vil que para el noble?_
»A.--_Quién sabe si estas máximas son santas allí abajo..._»
(_Antígona_, versos 511-521.)
* * * * *
_¿Es que acaso lo que a Antígona le permitió descubrir esa ley eterna,
apareciendo a los ojos de los ciudadanos de Tebas y de Creonte, su tío,
como una anarquista, no fué el que era, por terrible decreto del Hado,
hermana carnal de su propio padre, Edipo? Con el que había ejercido
oficio de_ sororidad _también._
_El acto_ sororio _de Antígona dando tierra al cadáver insepulto de su
hermano y librándolo así del furor regio de su tío Creonte, parecióle a
éste un acto de anarquista. «¡No hay mal mayor que el de la
anarquía!»--declaraba el tirano--._ (Antígona, _verso 672_.)
_¿Anarquía? ¿Civilización?_
_Antígona, la anarquista según su tío, el tirano Creonte, modelo de
virilidad, pero no de humanidad; Antígona, hermana de su padre Edipo y,
por lo tanto, tía de su hermano Polinices, representa acaso la
domesticidad religiosa, la religión doméstica, la del hogar, frente a la
civilidad política y tiránica, a la tiranía civil, y acaso también la
domesticación frente a la civilización. ¿Aunque es posible civilizarse
sin haberse domesticado antes? ¿Caben civilidad y civilización donde no
tienen como cimientos domesticidad y domesticación?_
_Hablamos de_ patrias _y sobre ellas de_ fraternidad _universal, pero no
es una sutileza lingüística el sostener que no pueden prosperar sino
sobre_ matrias _y_ sororidad. _Y habrá barbarie de guerras devastadoras,
y otros estragos, mientras sean los zánganos, que revolotean en torno de
la reina para fecundarla y devorar la miel que no hicieron, los que
rijan las colmenas._
_¿Guerras? El primer acto guerrero fué, según lo que llamamos Historia
Sagrada, la de la Biblia, el asesinato de Abel por su hermano Caín. Fué
una muerte fraternal, entre hermanos, el primer acto de fraternidad. Y
dice el Génesis que fué Caín, el fratricida, el que primero edificó una
ciudad, a la que llamó del nombre de su hijo--habido en una
hermana--Henoc._ (_Gén. IV, 17._) _Y en aquella ciudad,_ polis, _debió
empezar la vida civil, política, la civilidad y la civilización. Obra,
como se ve, del fratricida. Y cuando, siglos más tarde, nuestro Lucano,
español, llamó a las guerras entre César y Pompeyo_ plusquam civilia,
_más que civiles--lo dice en el primer verso de su_ Pharsalia--_quiere
decir_ fraternales. _Las guerras más que civiles son las fraternales._
_Aristóteles le llamó al hombre_ zoon politicon, _esto es, animal civil
o ciudadano--no político, que esto es no traducir--animal que tiende a
vivir en ciudades, en mazorcas de casas estadizas, arraigadas en tierra
por cimientos, y ése es el hombre y, sobre todo, el varón. Animal civil,
urbano, fraternal y... fratricida. Pero ese animal civil, ¿no ha de
depurarse por acción doméstica? Y el hogar, el verdadero hogar, ¿no ha
de encontrarse lo mismo en la tienda del pastor errante que se planta al
azar de los caminos? Y Antígona acompañó a su padre, ciego y errante,
por los senderos del desierto, hasta que desapareció en Colono. ¡Pobre
civilidad fraternal, cainita, si no hubiera la domesticidad sororia!..._
_Va, pues, el fundamento de la civilidad, la domesticidad, de mano en
mano de hermanas, de tías. O de esposas de espíritu, castísimas, como
aquella Abisag, la sunamita de que se nos habla en el capítulo I del
libro I de los Reyes, aquella doncella que le llevaron al viejo rey
David, ya cercano a su muerte, para que le mantuviese en la puesta de su
vida, abrigándole y calentándole en la cama mientras dormía. Y Abisag le
sacrificó su maternidad, permaneció virgen por él--pues David no la
conoció--y fué causa de que más luego Salomón, el hijo del pecado de
David con la adúltera Betsabé, hiciese matar a Adonías, su hermanastro,
hijo de David y de Hagit, porque pretendió para mujer a Abisag, la
última reina con David, pensando así heredar a éste su reino._
_Pero a esta Abisag y a su suerte y a su sentido pensamos dedicar todo
un libro que no será precisamente una novela. Ni una_ nivola.
_Y ahora el lector que ha leído este prólogo--que no es necesario para
inteligencia en lo que sigue--puede pasar a hacer conocimiento con la
tía Tula, que si supo de Santa Teresa y de Don Quijote, acaso no supo ni
de Antígona la griega ni de Abisag la israelita._
_En mi novela_ Abel Sánchez _intenté escarbar en ciertos sótanos y
escondrijos del corazón, en ciertas catacumbas del alma, adonde no
gustan descender los más de los mortales. Creen que en esas catacumbas
hay muertos, a los que lo mejor es no visitar, y esos muertos, sin
embargo, nos gobiernan. Es la herencia de Caín. Y aquí, en esta novela,
he intentado escarbar en otros sótanos y escondrijos. Y como no ha
faltado quien me haya dicho que aquello era inhumano, no faltará quien
me lo diga, aunque en otro sentido, de esto. Aquello pareció a alguien
inhumano por viril, por fraternal; esto lo parecerá acaso por femenil,
por sororio. Sin que quepa negar que el varón hereda femenidad de su
madre y la mujer virilidad de su padre. ¿O es que el zángano no tiene
algo de abeja y la abeja algo de zángano? O hay, si se quiere,_ abejos
_y_ zánganas.
_Y nada más, que no debo hacer una novela sobre otra novela._
_En Salamanca, ciudad, en el día de los Desposorios de Nuestra
Señora del año de gracia milésimo novecentésimo y vigésimo._
I
ERA a Rosa y no a su hermana Gertrudis, que siempre salía de casa con
ella, a quien ceñían aquellas ansiosas miradas que les enderezaba
Ramiro. O por lo menos, así lo creían ambos, Ramiro y Rosa, al atraerse
el uno al otro.
Formaban las dos hermanas, siempre juntas, aunque no por eso unidas
siempre, una pareja al parecer indisoluble, y como un solo valor. Era la
hermosura espléndida y algún tanto provocativa de Rosa, flor de carne
que se abría a flor del cielo a toda luz y todo viento, la que llevaba
de primera vez las miradas a la pareja; pero eran luego los ojos tenaces
de Gertrudis los que sujetaban a los ojos que se habían fijado en ellos
y los que a la par les ponían raya. Hubo quien al verlas pasar preparó
algún chicoleo un poco más subido de tono; mas tuvo que contenerse al
tropezar con el reproche de aquellos ojos de Gertrudis, que hablaban
mudamente de seriedad. «Con esta pareja no se juega», parecía decir con
sus miradas silenciosas.
Y bien miradas y de cerca aún despertaba más Gertrudis el ansia de goce.
Mientras su hermana Rosa abría espléndidamente a todo viento y toda luz
la flor de su encarnadura, ella era como un cofre cerrado y sellado en
que se adivina un tesoro de ternuras y delicias secretas.
Pero Ramiro, que llevaba el alma toda a flor de los ojos, no creyó ver
más que a Rosa, y a Rosa se dirigió desde luego.
--Sabes que me ha escrito--le dijo ésta a su hermana.
--Sí, vi la carta.
--¿Cómo? ¿que la viste? ¿es que me espías?
--¿Podía dejar de haberla visto? No, yo no espío nunca, ya lo sabes, y
has dicho eso no más que por decirlo...
--Tienes razón, Tula, perdónamelo.
--Sí, una vez más, porque tú eres así. Yo no espío, pero tampoco oculto
nunca nada. Vi la carta.
--Ya lo sé; ya lo sé...
--He visto la carta y la esperaba.
--Y bien, ¿qué te parece de Ramiro?
--No le conozco.
--Pero no hace falta conocer a un hombre para decir lo que le parece a
una de él.
--A mí, sí.
--Pero lo que se ve, lo que está a la vista...
--Ni de eso puedo juzgar sin conocerle.
--¿Es que no tienes ojos en la cara?
--Acaso no los tenga así...; ya sabes que soy corta de vista.
--¡Pretextos! Pues mira, chica, es un guapo mozo.
--Así parece.
--Y simpático.
--Con que te lo sea a ti, basta.
--¿Pero es que crees que le he dicho ya que sí?
--Sé que se lo dirás al cabo, y basta.
--No importa; hay que hacerle esperar y hasta rabiar un poco...
--¿Para qué?
--Hay que hacerse valer.
--Así no te haces valer, Rosa; y ese coqueteo es cosa muy fea.
--De modo que tú...
--A mí no se me ha dirigido.
--¿Y si se hubiera dirigido a ti?
--No sirve preguntar cosas sin sustancia.
--Pero tú, si a ti se te dirige, ¿qué le habrías contestado?
--Yo no he dicho que me parece un guapo mozo y que es simpático, y por
eso me habría puesto a estudiarle...
--Y entretanto si iba a otra...
--Es lo más probable.
--Pues así, hija, ya puedes prepararte...
--Sí, a ser tía.
--¿Cómo tía?
--Tía de tus hijos, Rosa.
--¡Eh, qué cosas tienes!--y se le quebró la voz.
--Vamos, Rosita, no te pongas así, y perdóname--le dijo dándole un beso.
--Pero si vuelves...
--¡No, no volveré!
--Y bien, ¿qué le digo?
--¡Dile que sí!
--Pero pensará que soy demasiado fácil...
--¡Entonces dile que no!
--Pero es que...
--Sí, que te parece un guapo mozo y simpático. Dile, pues, que sí y no
andes con más coqueterías, que eso es feo. Dile que sí. Después de todo,
no es fácil que se te presente mejor partido. Ramiro está muy bien, es
hijo solo...
--Yo no he hablado de eso.
--Pero yo hablo de ello, Rosa, y es igual.
--¿Y no dirán, Tula, que tengo ganas de novio?
--Y dirán bien.
--¿Otra vez, Tula?
--Y ciento. Tienes ganas de novio y es natural que las tengas. ¿Para qué
si no te hizo Dios tan guapa?
--¡Guasitas no!
--Ya sabes que yo no me guaseo. Parézcanos bien o mal, nuestra carrera
es el matrimonio o el convento; tú no tienes vocación de monja; Dios te
hizo para el mundo y el hogar... vamos, para madre de familia... No vas
a quedarte a vestir imágenes. Dile, pues, que sí.
--¿Y tú?
--¿Cómo yo?
--Que tú, luego...
--A mí déjame.
Al día siguiente de estas palabras estaban ya en lo que se llaman
relaciones amorosas Rosa y Ramiro.
Lo que empezó a cuajar la soledad de Gertrudis.
Vivían las dos hermanas, huérfanas de padre y madre desde muy niñas, con
un tío materno, sacerdote, que no las mantenía, pues ellas disfrutaban
de un pequeño patrimonio que les permitía sostenerse en la holgura de la
modestia, pero les daba buenos consejos a la hora de comer, en la mesa,
dejándolas, por lo demás, a la guía de su buen natural. Los buenos
consejos eran consejos de libros, los mismos que le servían a don
Primitivo para formar sus escasos sermones.
«Además--se decía a sí mismo con muy buen acierto don Primitivo--¿para
qué me voy a meter en sus inclinaciones y sentimientos íntimos? Lo mejor
es no hablarlas mucho de eso, que se les abre demasiado los ojos.
Aunque... ¿abrirles? ¡Bah! bien abiertos los tienen, sobre todo las
mujeres. Nosotros los hombres no sabemos una palabra de esas cosas. Y
los curas, menos. Todo lo que nos dicen los libros son pataratas. ¡Y
luego, me mete un miedo esa Tulilla...! Delante de ella no me atrevo...
no me atrevo... ¡Tiene unas preguntas la mocita! ¡Y cuando me mira tan
seria, tan seria... con esos ojazos tristes--los de mi hermana, los de
mi madre, Dios las tenga en su santa gloria!--¡Esos ojazos de luto que
se le meten a uno en el corazón...! Muy serios, sí, pero riéndose con el
rabillo. Parecen decirme: «¡no diga usted más bobadas, tío!» ¡El demonio
de la chiquilla! ¡Todavía me acuerdo el día en que se empeñó en ir, con
su hermana, a oirme aquel sermoncete; el rato que pasé, Jesús Santo!
¡Todo se me volvía apartar mis ojos de ella por no cortarme; pero nada,
ella tirando de los míos! Lo mismo, lo mismito me pasaba con su santa
madre, mi hermana, y con mi santa madre, Dios las tenga en su gloria.
Jamás pude predicar a mis anchas delante de ellas, y por eso les tenía
dicho que no fuesen a oirme. Madre iba, pero iba a hurtadillas, sin
decírmelo, y se ponía detrás de la columna, donde yo no le viera, y
luego no me decía nada de mi sermón. Y lo mismo hacía mi hermana. Pero
yo sé lo que ésta pensaba, aunque tan cristiana, lo sé. «¡Bobadas de
hombres!» Y lo mismo piensa esta mocita, estoy de ello seguro. No, no,
¿delante de ella predicar? ¿Yo? ¿Darle consejos? Una vez se le escapó lo
de _¡bobadas de hombres!_ y no dirigiéndose a mí, no, pero yo le
entiendo...»
El pobre señor sentía un profundísimo respeto, mezclado de admiración,
por su sobrina Gertrudis. Tenía el sentimiento de que la sabiduría iba
en su linaje por vía femenina, que su madre había sido la providencia
inteligente de la casa en que se crió, que su hermana lo había sido en
la suya, tan breve. Y en cuanto a su otra sobrina, a Rosa, le bastaba
para protección y guía con su hermana. «Pero qué hermosa la ha hecho
Dios, Dios sea alabado--se decía--; esta chica o hace un gran
matrimonio, con quien ella quiera, o no tienen los mozos de hoy ojos en
la cara.»
Y un día fué Gertrudis la que, después que Rosa se levantó de la mesa
fingiendo sentirse algo indispuesta, al quedarse a solas con su tío, le
dijo:
--Tengo que decirle a usted, tío, una cosa muy grave.
--Muy grave..., muy grave...--y el pobre señor se azaró, creyendo
observar que los rabillos de los ojazos tan serios de su sobrina se
reían maliciosamente.
--Sí, muy grave.
--Bueno, pues desembucha, hija, que aquí estamos los dos para tomar un
consejo.
--El caso es que Rosa tiene ya novio.
--¿Y no es más que eso?
--Pero novio formal, ¿eh?, tío.
--Vamos, sí, para que yo los case.
--¡Naturalmente!
--Y a ti, ¿qué te parece de él?
--Aun no ha preguntado usted quién es...
--¿Y qué más da, si yo apenas conozco a nadie? A ti qué te parece de él,
contesta.
--Pues tampoco yo le conozco.
--¿Pero no sabes quién es, tú?
--Sí, sé cómo se llama y de qué familia es y...
--¡Basta! ¿Qué te parece?
--Que es un buen partido para Rosa y que se querrán.
--¿Pero es que no se quieren ya?
--¿Pero cree usted, tío, que pueden empezar queriéndose?
--Pues así dicen, chiquilla, y hasta que eso viene como un rayo...
--Son decires, tío.
--Así será; basta que tú lo digas.
--Ramiro..., Ramiro Cuadrado...
--¿Pero es el hijo de doña Venancia, la viuda? ¡Acabáramos! No hay más
que hablar.
--A Ramiro, tío, se le ha metido Rosa por los ojos y cree estar
enamorado de ella...
--Y lo estará, Tulilla, lo estará...
--Eso digo yo, tío, que lo estará. Porque como es hombre de vergüenza y
de palabra, acabará por cobrar cariño a aquella con la que se ha
comprometido ya. No le creo hombre de volver atrás.
--¿Y ella?
--¿Quién? ¿Mi hermana? A ella le pasará lo mismo.
--Sabes más que San Agustín, hija.
--Esto no se aprende, tío.
--¡Pues que se casen, los bendigo y sanseacabó!
--¡O sanseempezó! Pero hay que casarlos y pronto. Antes que él se
vuelva...
--Pero temes tú que él pueda volverse...
--Yo siempre temo de los hombres, tío.
--¿Y de las mujeres no?
--Esos temores deben quedar para los hombres. Pero sin ánimo de ofender
al sexo... fuerte, ¿no se dice así?, le digo que la constancia, que la
fortaleza está más bien de parte nuestra...
--Si todas fueran como tú, chiquilla, lo creería así, pero...
--¿Pero qué?
--¡Que tú eres excepcional, Tulilla!
--Le he oído a usted más de una vez, tío, que las excepciones confirman
la regla...
--Vamos, que me aturdes... Pues bien, los casaremos, no sea que se
vuelva él... o ella...
Por los ojos de Gertrudis pasó como la sombra de una nube de borrasca, y
si se hubiera podido oir el silencio habríase oído que en las bóvedas de
los sótanos de su alma resonaba como un eco repetido y que va
perdiéndose a lo lejos aquello de «o ella...»