III

Yo te canto en este día,

para ti de augurios lleno,

la canción del bardo bueno,

del poeta del Dolor:

La canción de los tesoros

todavía insuperables,

superpuros, inefables

de un anciano corazón.

Yo te llamo a tus deberes

de mujer americana,

con los sones de campana

de más ansias de la luz:

Y con voz que por los senos

de tu espíritu prolongo,

yo te intimo, yo te impongo

tu segunda esclavitud.

Yo desciendo a la perpleja

candidez de tu alma informe,

con mi sola, con mi enorme

potestad de creación:

Y adobando y sazonando

tus candores de camelia

de Penélope y Cornelia

las dos almas te doy yo.

Yo te muestro a las miradas

de tus jóvenes hermanos,

cuyos pechos espartanos

fueron muros para ti,

cuyo nombre sin mancilla

tú llevabas hace poco...

¡Yo te yergo bajo el foco

de su gesto emperatriz!

Yo te limpio y te perfumo

con los besos de tu hermana,

cual perfuma una manzana

la manzana que rozó:

Bajo el cetro formidable

de su almita de azucena,

yo sé bien que serás buena,

santa y buena por las dos.

Yo me lanzo a las regiones

del misterio donde moran,

donde ríen, donde lloran

los que nunca serán más:

Y pulsando los abismos

con mis manos como plectros;

yo conozco los plectros,

familiares de tu hogar

Y a la faz de los deleites

que sospechas y no sabes,

de la entrega de las llaves

de tu altivo corazón:

De los planes deliciosos

que proyectas y no nombras,

pongo juntas esas sombras

por testigos de tu honor.

Yo te riego con el llanto

de tu madre cariñosa,

la veraz, la decorosa,

la perfecta gran mujer,--

y en sus bíblicas virtudes

que yo aplaudo, que yo admiro,

como en púrpura de Tiro

yo te envuelvo hasta los pies.

Yo levanto frente a frente

de tu nueva dulce aurora,

la cabeza pensadora

de tu sabio genitor;

Y te forjo deslumbrantes

prodigiosas filigranas,

con la crín de aquellas canas...

¡Misma crín del mismo sol!...

Yo te ciño por coraza

de tu amable inexperiencia,

su criterio, su prudencia,

su dialéctica fugaz:

Y te labro cinto y peplo

de matrona, de patricia,

con su afán de la justicia

con su fresca voluntad...

Y así noble, y así pura,

y así sabia, y así fuerte,

y así dueña de tu suerte

cual un ínclito varón:

Yo el errante, yo el postrero,

yo el sin patria, yo el sin nido,

te presento a tu marido...

¡Tu marido y tu señor!...

Nuevas poesías y evangélicas con un estudio del Dr. Alfredo Palacios · 第 74 / 75 题