Ella, la chusma dolorida, que gime, ve

que las flores no son del que riega

sino del dichoso señor que las planta

Y entonces el poeta que sabe que un perfume inefable, un fulgor de

aurora y una música sublime esparcen las vidas más bajas, y que del

fondo, de lo más hondo, surgen las altiveces más altas, extiende su

manto sobre la chusma querida, maldiciendo a los poderosos, como los

profetas de Israel.

Ese amor inmenso a los pobres que inflamaba el corazón de los profetas,

impregnó toda la doctrina de Jesús. Almafuerte tenía más que una

«gota de Cristo». Se le parecía en su afán de levantar al caído; en

su espíritu de rebeldía y en su odio a los fariseos, «generación de

víboras, sepulcros blanqueados».

El poeta fué un cristiano sin dogma que repudió todas las Iglesias.

El Gran profeta Anónimo, más de 500 años antes de Jesús, había dicho

que los pueblos no tienen más que un Dios, cuyo templo es el Universo y

a quien debía honrársele con la justicia. Jesús, junto al pozo, dijo a

la Samaritana, que le daba de beber: «creéme, mujer, ha llegado la hora

de no adorar a Dios, ni en esta montaña--era el monte Garizim--ni en

Jerusalén, sino allí donde se adora al padre en espíritu y en verdad.»

El sacerdote apegado a la rutina que todo lo reduce a fórmulas

tradicionales, ligado al santuario, viene directamente del rito y

entre sus antepasados está el hechicero. Ha tenido siempre en la

historia por rival y a veces por adversario, según lo expresa Guyau, al

Profeta desde Buda hasta Isaías y Jesús; el Profeta es con frecuencia

revolucionario; el sacerdote es esencialmente conservador, el uno

representa la innovación el otro la costumbre.

«El Misionero» que es un profeta, «cual un Moisés altísimo y tonante;»

que es Jesús hombre que «no puso a su bondad ninguna linde,» que fué

más allá que el de Asís, llamando hermano al vicio, el Misionero

sintetizó todos los dolores, pero también todas las esperanzas de los

que sufren. Es la negación del sacerdote, hijo del rito.

No es el abate perfumado de heliotropo de sus rudas Evangélicas que

expresan una filosofía áspera pero vibrante de bondad; no es el abate

que baja del púlpito cruzando como un César, sudoroso entre sus

encajes, por el aristocrático auditorio cuya emoción artística él ha

producido y cuya admiración él ha conquistado. No, las manos finas y

olorosas y expresivas del abate

«Que no hicieron en la vida

Más que cruces en el aire.»

El Misionero tiene las manos callosas de las almas de combate a las que

el poeta canta en sus «Milongas Clásicas,» las manos dolorosas «como

vendas empapadas en el pus de las heridas.» Le llena de amor lo vil y

lo caído, y ciego de bondad, enloquecido de evangelización, hace como

el apóstol que penetra en los tugurios para salir de ellos, torturado

de dudas cubierto de maldiciones y carcomido de remordimientos.

La presión secular exprimiendo la entraña de la chusma sacó de ese

barro de sangre una flor. Así surgió para el Poeta, Jesús,

«gemebunda torcaz animosa

que al prófugo crimen le tiende las alas».

con lo que el Poeta expresa el inmensurable, el infinito amor por los

desgraciados. El judío de Nazareth que realizaría la gran esperanza de

su pueblo, Jesús presentido por el rudo Esquilo en su Prometeo y por

el dulce Virgilio en sus Églogas, después de vagar por las montañas,

respirando un aire de libertad e impregnándose del espíritu de los

patriarcas y los profetas, fué a Jerusalén; su corazón se oprimió en

el Templo viendo la fastuosidad. Se apartó entonces de las murallas y

fué donde moraban los pobres, los miserables; bajó a las cavernas, a

la fuente de Siloé. Allí se arrastraban los leprosos y los enfermos

cubiertos de llagas. El hebreo se sintió hermano de los desgraciados;

su labio besó todas las úlceras, resumió su alma los dolores de todos,

maldijo a los poderosos y sintió ansias de derrumbar el Templo.

El Poeta que también besó todas las llagas, que puso una caricia hasta

en el reptil, enceguecido por su inmenso amor, tiene más que una «gota

de Cristo.»

En la «Sombra de la Patria,» llegan hasta él los gemidos de todos

y estallan sobre su corazón como si sobre una rama soplaran sin

cesar todos los vientos de la tierra, como si sobre una sola espalda

gravitara toda la fuerza de los orbes

«Como todo el dolor del universo

que en una sola vida se agolpara

como toda la sombra de los siglos

en una sola mente refugiada.»

He ahí el apóstol. Todo el dolor humano sintetizado en su alma

generosa. He ahí la «gota de Cristo.»

Pero no es sólo poderoso en palabras el Poeta.

Es poderoso en obras y en eso también sigue a Jesús. Su vida y sus

ideas marchan de perfecto acuerdo. No bastaría con hablar, pues es

cierto aquello de que la verdad no tiene realce hasta que no se

convierte en sentimiento y no resplandece sino cuando se realiza en el

mundo como hecho.

Almafuerte vivió en la miseria y él mismo nos cuenta que los botines

con que por primera vez fué a la escuela le fueron entregados por una

sociedad de beneficencia. Había renunciado a las glorias del mundo

«Para sembrar, también, abecedario

Donde mismo se siembran los trigales.»

Y allá, en el colegio de Trenque-Lauquen, cuya aula era un rancho de

adobe, dejaba que los niños fueren a él.

Un día, uno de los pequeñuelos enfermó gravemente y el poeta le cuidaba

como a un hijo. Cuando el enfermito falleció, Almafuerte vendió su cama

para poder comprar el ataúd de pino.

Hacía frío; entonces, y el cantor de «El Misionero» se acostaba en una

tarima y se abrigaba con la bandera nacional de la escuela...

Hace apenas cinco años, Alberto De Diego, a quien me ligaba una amistad

fraternal y en cuya tumba lloré copiosamente junto al poeta, llegó a

mi estudio y conmovido me extendió una carta que había recibido de

Almafuerte y que nadie conoce. Aquél que cargara sobre sus espaldas las

miserias de todos, se moría de hambre, allá lejos, olvidado del mundo.

«Ahí le mando esos versos para que los negocie--decía el poeta al joven

amigo--pero hágame el favor de moverse, porque es muy posible que en

la semana entrante no veamos en mi casa la cara de Dios, mis hijos y

yo. No creo que sea usted de los que entienden que yo debo vivir de

langosta como vivía Juan el Bautista en el desierto. Hasta hace dos o

tres años yo pensaba lo mismo; después compliqué mi vida, la humanicé,

la hice menos egoísta, echándome otras obligaciones más positivamente

beneficiosas para el país, que que la de andar haciendo versos y hoy me

veo precisado a reconocer que no sólo de langostas vive el hombre y el

hijo del hombre.»

Y luego, con una insistencia dolorosa le dice a De Diego: «Ponga sus

propios dolores bajo de cualquier ladrillo y entréguese por dos o tres

horas a esta negociación. No le pido más; pero se lo pido como quien

tuviera derechos adquiridos, esto es, con la mayor vehemencia. Vuelvo

a decir; insisto; no le pido más que esto; consígame cuarenta pesos

y remítamelos en seguida. Otra vez: no le pido más que eso; usted me

entiende y no ha de permitirse ofenderse.»

Y termina el poeta, que es soberano en sus sueños pero que como Jesús

no tenía dónde reclinar su cabeza con estas palabras que ponen de

relieve la gran estatura moral de Almafuerte:

«Dirá usted que ya es mucho hablar de dinero. Pero, hijo mío, ¿quiere

usted que salga a rejuntar macachines a las quintas con mis tres niños?

¿No ve que ni tiempo les quedaría para ir a la escuela y no sabe que en

esta estación del año no hay macachines? Por otra parte, yo no doy al

dinero los infames empleos que le dan otros y puedo hablar de él todo

el santo día sin ensuciarme la boca.»

Hasta aquí la parte dolorosa de esta página íntima.

Tiene felizmente otra, que conforta el espíritu, Almafuerte, anciano

de setenta años, sufriendo frío y hambre en su casucha de Tolosa, no

obstante tener la convicción de que era de las más puras glorias de

su patria, que él amaba intensamente; Almafuerte no sentía un solo

desfallecimiento en su espíritu, y en esta hermosa carta dirigida a

un joven torturado por depresiones, le dice varonilmente desde lo más

hondo de sus dolores:

«Hágame el favor de sacudir su pesimismo. Es menester comenzar de

nuevo; aprenda de este viejo. Vea cómo marcha por más que gima toda su

miseria humana.»

Valerosa lección de energía. «Es necesario comenzar de nuevo,» dice el

poeta.

Sí; cuando se reconoce que no se ha ahondado bien en el surco, menester

es empuñar de nuevo el arado, con la misma tenacidad, con el mismo

entusiasmo. Toda empresa humana exige el esfuerzo perseverante. Un

camino nuevo no se abre a un solo golpe de piqueta.

El poeta sabe que la brega es dolorosa, pero sabe también que el dolor

es necesario; no produce en él la depresión; es acicate, fuerza sin

la cual no se desplegarían las alas, no se emprendería el vuelo,

la gloriosa ascensión hacia formas siempre mejores. Menester será

reconciliarnos con el dolor, calumniado por los pesimistas; el dolor

advierte, a veces purifica, levanta de lo más hondo y redime.

El día sin dolor sería el estancamiento. Si no hubiera dolor, no habría

piedad, no habría amor.

Alguien ha afirmado equivocadamente que el poeta fué pesimista y citó

en apoyo de sus tesis el «Trémolo.» Ya veremos que no es así.

Almafuerte no se detuvo en la faz sombría del dolor sino por excepción

expresando un estado transitorio de su espíritu. Se queja, impreca,

maldice, blasfema, pero para mejorar el mundo, y teniendo siempre en

vista un ideal, una luz que no se apaga nunca.

No así Leopardi, el gran lírico italiano. Para él la vida no merece

sino desprecio; el progreso es mentira y como combatir sería inútil, se

resigna. Por eso dice en «A se stesso»:

Or poserai per sempre

Stanco mio cor.....

............................

Posa per sempre. Assai

palpitasti. Non val cosa nessuna

i moti tuoi; né di sospiri e degna

la terra. Amaro e noia

la vita, altro mai nulla: e fange e il mondo.

.............................................

Así también en el canto nocturno de un pastor errante, donde el gran

recanatiense expresa su desesperación por todo y su incapacidad para

la acción. Se dirige a la luna y le pregunta cuál es su misión en

los cielos. Surge, contempla los desiertos, pasa y se oculta. ¿Acaso

no sufre el cansancio de volver a seguir tantas veces por los mismos

caminos? ¿No se hastía de mirar siempre los mismos valles que conoce? y

dice triste, dolorosamente, que su vida es semejante a la vida monótona

del pastor, es decir, del poeta que vive sin esperanza y que por eso de

nada le sirve la vida...

Somiglia alla tua vita

la vita del pastore

Sorge in sul primo albore,

move la greggia oltre pel campo, e vede

greggi, fontane ed erbe;

poi stanco si riposa in su la sera

altro mai non ispera.

Dimmi, o luna: a che vale

al pastor la sua vita,

la vostra vita a voi?--dimmi: ove tende

questo vagar mio breve

il tuo corso immortale?

Nuestro gran poeta es el cantor del Hombre, de sus poderosos anhelos

y le exalta y le diviniza. En cambio, Leopardi siente envidia por el

rebaño que descansa tranquilo, que no conoce su esclavitud.

O greggia mia che posi, o te beata

che la miseria tua, credo non sai!

quanta invidia ti porto!

Leopardi es el precursor del pesimismo sistemático de Schopenhauer cuya

filosofía se ha creído encontrar también en los versos de Almafuerte.

Nada más falso.

La vida es esfuerzo, dice el filósofo alemán y el esfuerzo es el dolor;

de ahí que sólo el dolor sea positivo.

Siendo la vida la objetivación de la voluntad, menester es negarse

a querer, necesario es huir del amor que perpetuando la especie,

perpetúa el dolor. Así se entra en el Nirvana que para Schopenhauer

es el aniquilamiento del ser, la cesación de todos los dolores por la

destrucción de la voluntad, pero que para el budhismo esotérico, es

más: es el reposo consciente en la omniscencia.

Parece escucharse al través de los siglos la palabra de Sakia Muni que

llega de la orilla del Ganges: «El mal es la existencia,» o la palabra

del Eclesiastés, el escéptico cuyo espíritu era negación del espíritu

hebraico:

«Mejor es el día de la muerte que el día de nacer.»

Nada tiene de común nuestro poeta con los pesimistas.

Leopardi dice que nada vale el esfuerzo; que la tierra no es digna de

suspiros: «non val cosa nessuna y moti tuoi, né di sospiri é degna la

terra.» El filósofo alemán dice que la esencia de la voluntad es el

esfuerzo y que todo esfuerzo es dolor.

Almafuerte, en cambio cree que el esfuerzo es una necesidad, que el

hombre debe trabajar incesantemente para que venga el Prometido, el que

será un cerebro con alas. Tiene una fe inmensa, y porque sabe que toda

acción humana repercute a través de los siglos, que nada se pierde, que

todo esfuerzo conquista algo y debe ser recompensado, se cuadra frente

a Dios, le acusa de crueldad y le dice magníficamente:

«Aquí estoy, ante ti... ¡Ni un solo gesto!

¡Págame mi dolor!»

Es el optimismo de profeta de Israel, que ve las miserias de los

que sufren y que reclama, por eso, de Jehová, dialogando con él, la

justicia inmensa sobre la tierra; que no se desespera, que va cantando

un himno a la voluntad soberana, que exalta, para levantar el hombre

hasta Dios.

«Yo sé que hay una luz que no se apaga», dice Almafuerte en el

«Trémolo». Eso es la negación del pesimismo. Lo que hay en sus versos,

es el gesto airado del profeta; alguna vez el lamento amargo de Job, y

siempre la rebelión judaica que blasfema y vuelve a Jehová.

«Tengo el corazón hecho una llaga,

Como el cuerpo de Job.»

Y otra vez:

«No hagas, solemne Dios, ni un solo gesto

¡Te acuso de crueldad!»

El libro de Job, citado tan frecuentemente por el poeta, es un libro

filosófico en el cual se plantea el problema que preocupó intensamente

a los judíos. ¿Por qué los buenos sufren si hay un Dios justo? Para

los beni-israel no había castigos ni penas de ultratumba: por eso sus

profetas pedían la justicia, hoy, en seguida y sobre la tierra.

«Ved aquí, dice Job, que clamaré padeciendo violencia y nadie me oirá;

vocearé y no hay quién me haga justicia» (Job, capítulo XIX).

Pero no se resigna; sabe que su esfuerzo vale, y le dice a Dios:

«No me condenes; hazme entender por qué pleiteas conmigo» (Capítulo

X-2) «¿Por qué se esconde tu rostro?» (Capítulo X-24.).

Almafuerte es un optimista, como aquel Isaías que también fué poeta,

que se indignaba contra la injusticia y rugía entonces como un viejo

león, que discutiendo con Jehová concluyó por transformarlo haciéndolo

más bueno.

* * * * *

En la «Sombra de la Patria,» clamaba contra la injusticia y rugía

entonces tan admirablemente los sentimientos humano y nacionalista,

como desmintiendo la afirmación de su crítico que explica

tendenciosamente la evolución del poeta; en la «Sombra de la Patria,»

está palpitando el pensamiento hebraico.

Almafuerte ve pasar la patria con el corazón oprimido.

Sueltos van los cabellos; en guedejas

por el busto de mármol se derraman

como velo de angustias, o sombría

melena de león. Siniestra, pálida,

desencajado el rostro...

Así la sombra de Italia aparece en el alma dolorida de Leopardi, donde

no hay esperanza, que es soberana en el espíritu de nuestro poeta. Así

la sombra de Italia: lívida, suelta también la cabellera y arrancado el

velo:

Sí che sparte le chiome e senza velo

siede in terra negletta e sconsolata

nascondendo la faccia

tra le ginocchia e piange.

Así Israel «regada en llanto por haber torcido sus caminos,» pasa por

el alma ardiente de Jeremías. (Capítulo IV, V 21).

Almafuerte ve cruzar la patria llena de dolor; le parece que se

arrastran gloriosas banderas y entonces airado se dirige a Dios,

llamándolo siempre Jehová. Jehová no era ya el Dios patriarcal de las

tribus semitas, nómadas, era el Dios nacional, el Dios «del pueblo

elegido.»

Dice el poeta:

«¿Dónde estás Jehová, dónde te ocultas?

¡Qué! ¿no vuelves tus ojos y la salvas?»

¿Por qué mira caer sobre el pueblo todos los apetitos que carcomen

su entraña y no lanza el rayo de su enojo, no descarga su brazo

justiciero, no obscurece su cielo y no para sus mundos atónitos, si

menester es salvar a su pueblo?

Y agrega:

«¿Oyes la voz de «tu poeta» y callas?

La voz de tu poeta que te clama

La voz de tu poeta que te adora.»

Almafuerte dice: «Tu pueblo,» dirigiéndose a Jehová y en las «Milongas

clásicas,» donde canta con hermoso optimismo a nuestra patria,

hablándole de nobles ideales, termina con esta estrofa:

«Y Dios al verte dormido

Sobre todo tu progreso

Te dé la paz con su beso.

Como a su «pueblo elegido.»

Almafuerte dice también «tu poeta.» Carlyle afirma que «vate» en

lenguas antiguas quiere decir «poeta y profeta.» Si alguien todavía

dudara que nuestro gran Almafuerte viene de los libros hebraicos, oiga

a los «vigías de Israel.»

Así habla Isaías en los capítulos LXIII, v. 15 y 17 y LXIV, v. 11:

«¿Dónde está tu celo y tu fortaleza, Jehová? ¿Han amenguado acaso? ¿Por

qué, oh Jehová, nos has hecho errar tus caminos? ¿Por qué endureciste

nuestro corazón? ¡Vuélvete por tu pueblo, por las tribus de tu heredad!

La casa de nuestro santuario y de nuestra gloria fué destruida: ¿por

qué te detienes? ¿por qué «callas» y nos afliges de esta manera?»

Y así, Jeremías, en el capítulo XIV, versículo 19, preguntando a Jehová

por qué no salva a su pueblo:

«¿Has abandonado a Judá? ¿Aborrece tu alma a Sión?»

Almafuerte es un optimista estupendo. De lo más hondo del dolor saca

fuerzas. El dolor mismo es su gran fuerza, su acicate. Por eso, lejos

de desesperarse como Leopardi, después de hablar a Jehová que calla,

sin negarle le abandona y busca los jóvenes que saben de amor heroico

para impulsarlos a la lid, a la pasión, a la venganza, ¡pero antes

les advierte que si callan, si permanecen quietos en una indiferencia

infame deberán arrancarse de los rostros a puñados las mal nacidas

barbas, dejando que sus novias escolten la sombra dolorosa de la patria!

El espíritu de este Profeta nuestro es una fragua, cuyos rojos

resplandores llegan a todas las almas. Quema pero alumbra. Hay allí una

infinita sed de justicia; más que de justicia, de amor y de bondad; un

anhelo soberano de ascensión, una eterna rebeldía; una esperanza que no

se acaba nunca y muchas maldiciones y blasfemias y cóleras santas que

caen como latigazos sobre las espaldas de los poderosos que exprimen y

maltratan a la «sudorosa chusma sagrada.»

Y esta alma atormentada por el dolor, el amor y la esperanza, esta alma

de titán que pelea con Dios por la causa de los hombres; esta gran alma

agitada por todas las pasiones generosas como una selva por todas las

tempestades, sólo tuvo dulces vibraciones para la mujer. Allí está el

«Cantar de cantares», joya cincelada por manos divinas y que también

viene de los libros hebraicos.

Alguna vez, leyendo esos versos, he pensado que el poeta era el

pino solitario de Heine que bajo la nieve soñaba con una lánguida,

melancólica palmera del Oriente muy lejano... pero se ha dicho que en

la lira de Almafuerte faltaba una cuerda, la que hace vibrar la mujer;

que el poeta no sintió la emoción amorosa, que no amó nunca; que en sus

versos de amor no puso la pasión sino el arte.

Lo niego. En la boca de este león, que es bíblico como el otro, también

se ha encontrado la miel.

Hablo de la amada, no de la madre. La madre nunca estuvo más alto que

en los versos del poeta, al extremo de que cuando éste resume toda su

obra y exalta su orgullo hasta el infinito dice:

«Soy el llanto que rueda sobre lo inmundo,

Yo he nacido, sin duda, para ser madre.»

Hablo de la amada de la cual no siempre se expresa el poeta como en el

«Cantar de cantares», dulce, suavemente.

Cuando nos habla de sus desengaños amorosos, la pasión del autor del

«Misionero», se desborda.

En «Mancha de tinta», donde las sombras se amontonan, donde el poeta

siente la deslealdad, la traición del amigo, del discípulo, que yo sé

cómo desgarra el corazón; donde casi llega a perder la esperanza que

siempre le alienta, al referirse a la mujer infiel dice en un arrebato:

«Llamé, gemí... ¡No salió!

Aullé como loba hambrienta;

¡En sus puertas de caoba

Grabé con sangre su nombre!»

En «Castigo», expresa, así, soberbiamente su venganza:

«Yo te alcé en mis estrofas, sobre todas

hasta rozar los astros:

¡tócale a mi venganza de poeta

dejarte abandonada en el espacio!»

«Cantar de cantares» está inspirado en las deliciosas páginas bíblicas,

y si le falta la voluptuosidad de éstas, puede afirmarse, a pesar de lo

sostenido por algún crítico, que en la poesía de Almafuerte hay algo

más que respeto por la mujer; hay emoción amorosa.

Habla el cantor bíblico y dice:

«Como manada de cabras que se muestran desde el monte de Galaad son tus

cabellos; como un hilo de grana tus labios; como torre de marfil tu

cuello; como dos cabritos mellizos de gama que son apacentados entre

lirios, tus pechos; panal de miel destilan tus labios; ¡oh, hermosa

mía, esposa mía, huerto cerrado, fuente sellada!»

Y Almafuerte canta:

«Como el bíblico poeta,

Como el rey de los proverbios seculares

Que no pasan, que no mueren, ¡yo te canto!»

Y compara, luego, los ojos de su amada con sellos de turquesa; sus

hoyuelos le parecen cicatrices de caricias de dos besos fraternales;

sus orejas, caracoles nacarados de la playa; sus labios, pétalos

de rosa purpurada como sangre; su cuello torrecilla de alabastro

cimbradora; sus pechos bloques de azucena.

Y sigue:

«Florecitas de durazno

que la veste de las auras amontona

bajo el cielo de la tarde--tus mejillas;

tus mejillas

de sedosos, inefables terciopelos,

son las flores que un arcángel amontona

bajo el cielo de tus ojos

por los valles de sonrisas y sonrojos

¡que divide tu severa naricita de matrona!»

En esta estrofa hay una honda emoción amorosa. Aquí yo veo una mujer,

no la mujer en abstracto, ni el «dolce pensiero» de Leopardi emanado

sólo de la idea de mujer.

Almafuerte no fué nunca pesimista, ni sintió ni conoció a los filósofos

que a ese respecto sistematizaron, y cometen un error lamentable por

incomprensión de su obra, los que le creen inspirado en el hosco alemán

para quien la mujer es «la intermediaria del insigne engaño de que es

víctima el hombre».

Para Almafuerte existe una luz que nunca se apaga y que alumbra hasta

en el calvario; es el ideal, fuerza que impulsa a la ascensión, y

alguna vez el poeta confunde ese ideal, esa luz, esa fuerza con la

mujer querida:

«Es la lámpara votiva del santuario

que fulgura dulcemente,

¡que derrama dulcemente, tiernamente,

sus bondades luminosas en la cruz de mi calvario!»

¿Y cómo no había de ser así?

¿Acaso es posible realizar alguna gran obra sin amar a una mujer?

¿Acaso se concibe que el hidalgo aquél que «santificara todos los

caminos con el paso augusto de su austeridad», hubiera defendido a los

débiles y levantado la enseña del ideal, sin su amor a Dulcinea?

Pero dejemos la vida íntima del poeta, que amó--y de eso no hay

duda--porque fué caballero de grandes empresas, y, sabido es, pues lo

dijo Don Quijote a Vivaldo, que tan propio y natural les es a los tales

amar, como al cielo tener estrellas, y que a buen seguro no se habrá

visto historia donde se halle caballero andante sin amores...

Un crítico que amaba profundamente al maestro, Más y Pí, respondiendo

quizá a una tendencia de su espíritu, al estudiar la evolución del

poeta, incurrió en el error de sostener que, fracasado el ideal de

patria, surge en Almafuerte el de humanidad, para después llegar al

refugio de su reino interior, donde el escepticismo contamina el alma.

Ya hemos visto cómo en el poeta eran compatibles los conceptos de

patria y humanidad, así como en los profetas, patriotas austeros que a

la vez propagaban un principio de universalidad que fué fecundo en la

historia.

Almafuerte no se decepcionó nunca de la patria. La amó entrañablemente

y quiso que fuera ejemplo para los demás pueblos. Es original que la

refutación a Más y Pí, esté precisamente en un soneto dedicado por el

poeta a su crítico, que hoy reposa en el fondo del mar. Dice así:

«En el crestón de peñas submarinas

en que chocó tu frente soberana

un faro se alzará de luz arcana

como una encarnación de tus doctrinas.

¡Él mostrará las rutas argentinas

A la esperanza humana!»

Ya antes, en «Milongas clásicas», le dice al pueblo que no se amontone

en las ciudades; que recubra la inmensa extensión de la tierra

exuberante. «¡Virgen núbil, que debe encontrar su varón!» Quiere ver

trigales y aldeas desparramados por su patria, donde jamás deberá

faltar, por sobre todas las cosas, un ideal.

La «Sombra de la Patria», lejos de ser un canto de desesperación, es

una llamarada de fe. La escribió en una época política de desorden;

pero él sabía que la juventud era la salvación del pueblo, y por eso la

invoca en versos lapidarios.

El 90 la juventud cumplió con su deber. A su frente estaba junto a un

apóstol de la democracia, la figura noble y caballeresca que preside

esta fiesta. Poco después, el mismo Almafuerte empuñaba un fusil para

combatir contra los malos gobiernos.

Habíamos decidido ser libres por un hermoso acto de voluntad, y

menester era que realizáramos nuestro aprendizaje de libertad. La

evolución política es notoria. De la violencia, que caracterizaba

los comicios, fuimos al fraude; se pasó de las formas violentas y

musculares a las formas astutas e intelectuales. Es la evolución de la

criminalidad en general.

Del fraude a la venalidad después. Esta última así repugnante,

significaba un adelanto. El pueblo sabía ya que su voto valía algo. Era

inmoral, pero era libre.

Y después de la venalidad vino el comicio abierto. Almafuerte, que

nunca se decepcionó; que comienza un soneto diciendo: «No te dés por

vencido, ni aún vencido», no podía abandonar, como equivocadamente

afirmó Más y Pí, su hermoso ideal de patria, que, por otra parte, él

conciliaba perfectamente con los ideales humanos de justicia social--y

así se explica esa hermosa carta que Almafuerte, el ciudadano, me

enviara en 1912 adhiriéndose a mi candidatura a diputado--perdóneseme

esta justificada vanidad--carta que con orgullo he colocado a manera de

prólogo en un libro que se refiere a mi acción parlamentaria.

En esa esquela Almafuerte habla del «auroral despertamiento que

maravillosamente la nueva legislación electoral ha producido».

No mutilemos pues, al poeta. La evolución de su espíritu que señala el

crítico, es falsa. Sus ideales no se apagaron nunca, y jamás se encerró

en su reino interior sin comunicación con el mundo.

Vivió entre los hombres; amó sus dolores y sus miserias; trabajó por la

patria, y en presencia de esta grande colosal conflagración humana, se

puso del lado de la justicia, y cantó a Bélgica mártir, incorporándola

a la pléyade de los torturados, que él amó tanto. Y antes de morir

lanzó su maldición terrible, su anatema, su apóstrofe vibrante, como

un profeta, contra el poderoso que violó la justicia y escarneció el

derecho.

El pueblo reclama la estatua de Almafuerte.

Levantemos el monumento; rodeémosle de flores, y que, como el sepulcro

de Tesco, según nos lo cuenta Plutarco en sus «Vidas paralelas», vayan

a él los miserables, los caídos, los débiles, con la esperanza de

encontrar consuelo.

Nuevas poesías y evangélicas con un estudio del Dr. Alfredo Palacios · 第 29 / 75 题