Discurso pronunciado por el Dr. Alfredo L.
Palacios, en el teatro Colón de Buenos Aires,
con motivo del homenaje al poeta.
Cuando un gran poeta se va, el corazón del pueblo sufre desgarramientos
dolorosos. Es que los poetas son sacerdotes del misterio y del infinito
que penetran en lo más hondo de las cosas y nos revelan la belleza. En
pugna con los ritos consagrados y la estrechez del dogma que asfixia,
tienen la amplitud del profeta.
Son los poseedores del entusiasmo y de la esperanza, de la esperanza,
que, no obstante tener alas, se quedó entre nosotros, porque amaba a
los hombres. Esperar es amar, dijo Guyau, el poeta filósofo, y amar es
saber esperar al lado de los que sufren.
El poeta es vidente, y por eso conduce y libera los pueblos; canta sus
glorias, sus dolores y sus misteriosos anhelos de ascensión.
Cuenta Plutarco que los vencedores de los atenienses ante Siracusa
perdonaban la vida a todos cuantos podían repetirles los versos de
Eurípides...
Y muchos siglos después, cuando la barbarie turca dió un zarpazo a
Grecia, el divino Homero, el rudo y genial Esquilo, Sófocles, Píndaro,
desde las profundidades de la historia, armaron caballero de la
libertad a Byron.
Entre los hombres, los que están más altos son los poetas. Menester es
que así sea, porque ellos son los vigías y marcan el derrotero...
Si miramos hacia Bélgica, desgarrada, aparece Verhaeren como si no
hubiera muerto y que, cual un profeta que anuncia y guía le dice al
hombre:
Sube más alto, más alto:
Todo el goce está en el vuelo.
En la sagrada Francia, Rostand, que espiritualiza la vida, dando así
lo que no pueden dar los fusiles y los cañones: la abnegación y la
capacidad de sacrificio.
En Italia, D'Annunzio; en Inglaterra, Rudyard Kipling, que exaltan la
nacionalidad.
En Portugal, Guerra Junqueiro, vehemente y agresivo con los poderosos y
manso con los pequeños. «Mejor es abajar el espíritu con los humildes
que partir despojos con los soberbios», dice el sabio hebreo.
En el Norte de América, de donde llega un ruido ensordecedor de
máquinas, Walt Whitman, el hijo de Manhattan, bardo de la democracia
que canta el himno de la expansión y del orgullo, y que no se
desvanecerá--él lo dijo--como el círculo de fuego que un niño traza en
la noche con un tizón ardiente.
En el Sur de América, donde crecen los cachorros del noble león
hispano, Rubén Darío, admirable artífice, que innova la forma poética,
libertador del arte, del ritmo y de la rima, que va hacia el porvenir,
«siempre bajo el divino imperio de la música, música de las ideas,
música del verbo». Rubén Darío, que en «Prosas profanas» permanece
ajeno a la vida, a la solidaridad social, al grito de pasión que se
escapa del alma de los torturados y que sólo ama la serenidad, la línea
impecable, el refinamiento en la expresión, pero que evoluciona para
ser más humano, en «Cantos de vida y esperanza,» donde dice:
La torre de marfil tentó mi anhelo.
Quise encerrarme dentro de mí mismo
Y tuve hambre de espacio y sed de cielo
Desde las sombras de mi propio abismo.
Y frente a Rubén Darío, Almafuerte, el cantor del hombre.
Las suaves transiciones de un estado de alma a otro no las expresa su
verso, que gusta de la antítesis violenta. Una delicada nota musical,
el perfume de una flor, un matiz tenue de sentimiento no hacen vibrar
su lira; su voz es la voz de la tempestad. Penetra en el alma de
sus hermanos y los conmueve varonilmente, canta las ansiedades, las
tristezas, los dolores; plantea los grandes problemas humanos con
una sed infinita de justicia; muestra la necesidad de sobrepasar la
naturaleza visible; se encara con Dios, dialoga con él y le increpa.
Sale de su egoísmo para vivir la vida de todos.
Y marcha impulsado por un hondo sentimiento metafísico que no
destruirán las religiones agonizantes. Sintetiza en su alma todas las
tristezas, todos los anhelos, agitando el mundo con sus imprecaciones,
con sus blasfemias, y, lejos de detenerse, aniquilado por la
desesperación del pesimismo, avanza siempre, levantando en alto una luz
que no se apaga, porque le alienta la esperanza.
En su alma se desborda la pasión. Hay gritos de dolor y de ira, en los
que no ven belleza, por incomprensión, los artistas que sólo aman lo
límpido, lo sereno...
Era bello Jesús cuando seducía a las gentes, predicando a orillas
del lago de Capharnaum; había una gran serenidad en su alma, una
gran dulzura en sus ojos, y la blanca túnica de los esenios caía en
graciosos pliegues sobre su cuerpo delicado que parecía hecho de
azucenas.
Pero era más hermoso el Hombre de Galilea cuando entró, lleno de
violencia, en el Templo, con el fuego de los profetas en la pupila,
la cabellera suelta, en desorden la túnica agitada por un viento de
pasión, y empuñando el látigo echó fuera a todos los que vendían y
compraban en el Templo, diciéndoles: «Escrito está: mi casa, casa de
oración será llamada, mas vosotros cueva de ladrones la habéis hecho».
Almafuerte no es el buen monje artífice de la frase dannunziana; es
el gran espíritu de amplitud humana y generosa, que no puede entender
a Teófilo Gautier cuando éste, colocándose en el mirador del arte,
encuentra preferible una magnífica pantera a un hombre.
Nuestro poeta, para quien la belleza no está sólo en la apariencia, y
que la busca al escrutar las almas, como contestando al artista, nos
dice en un admirable soneto que, si en vez de las estúpidas panteras,
encerrasen en la frágil jaula dos flacos mocetones, no permanecerían
en el pajar sin esperanza, sino que pensativos, graves,
No como el tigre sanguinario y maula,
Escrutarían palmo a palmo su jaula
Buscando las rendijas, no las llaves.
Sólo siente el Hombre, el espíritu del Hombre; ni admira ni ama
la naturaleza, que carece de voluntad y de amor y que permanece
indiferente ante las lágrimas de los humanos. El rayo va sin
pensamiento; los mundos giran sin dolor y todo esto lo expresa en
versos lapidarios, donde la idea se ha transformado en sentimiento.
Ve pasar el Universo, y sus maravillas, los astros, la luz, las flores,
todo le deja inconmovible, y dice:
Yo no siento más vida que la del hombre.
Ni Wagner ni Rossini me dicen nada.
Pero si por acaso gime un gemido
¡Me traspasa las carnes como una espada!
Toda su sensibilidad es para el dolor de los hombres, y por eso llega
en su incomprensión musical a la más absoluta indiferencia escuchando
el canto de la forja de «Siegfried» o la novena sinfonía de Beethoven,
tan impregnada de sentimiento, y donde hay también como en los versos
del poeta, un gran anhelo de ascensión.
¿Qué importa que el preludio del tercer acto de «Tristán e Isolda»
exprese admirablemente el dolor universal, si el poeta no puede sentir
la música, porque no hay espacio en su alma sino para las lágrimas de
los hombres?
Ni Wagner, ni Rossini, ni Beethoven le dicen nada, pero ¡el gemido del
hombre! ¡ah! ¡si gime un gemido, entonces le traspasará las carnes como
una espada!
Nadie amó a los hombres, después de Jesús y el de Asís, como Almafuerte.
Zarathustra, viviendo en la soledad, observó que sus sentimientos
variaban y que necesitaba manos que se alargaran hacia él. Quiso dar y
repartir; era una copa que se desbordaba. Díjole al anciano del bosque:
«Amo a los hombres», y llevó su fuego a los valles. Sólo encontró un
cadáver, y después de sepultarlo, resolvió no volver hablar al pueblo
nunca; quiso unirse a los creadores, a los que cosechan y se regocijan;
su canto fué para los solitarios.
Nietzsche, pensador del grupo stirneano, anunciaba que la especie
humana debe ser superada; que vendrá el Superhombre. También el Poeta,
en sus versos de bronce, cuando dice:
La perfección en sí del cuadrumano
Tal vez hubiese suprimido al hombre.
El que vendrá después, el Prometido,
Sólo será un cerebro con dos alas.
Pero Nietzsche se aparta del pueblo y crea una moral para el hombre
fuerte, para el amo. Ya Juan Gaspar Smith, que parte del principio de
que la humanidad está basada en el egoísmo y cuya filosofía malsana se
ha pretendido erróneamente encontrar en la obra de nuestro poeta, decía
que no hay otra alternativa que vencer o ser vencido. El vencedor será
el amo, el vencido será el esclavo; el uno gozará de la soberanía y de
los derechos del señor; el otro cumplirá lleno de respeto sus deberes
de súbdito.
Ahí la negación del pensamiento de Almafuerte. Ni Max Stirner, ni
Nietzsche. El poeta es hermano de Jesús y de los «vigías de Israel» y
por eso lejos de fulminar a los débiles, les ama. Sabe que ser débil no
puede constituir una tara, sino en las regiones subalternas de la fauna
inferior.
En «El Misionero» llama hacia sí a los caídos, a la recua inmensa, hija
del llanto, a la canalla vil y le dice:
«¡Sólo quiero saber que soy tu hermano!»
Y la ama profunda, sinceramente, aun sabiendo que son hechas por ella
las más hondas heridas de su alma; tiene los brazos abiertos como para
un abrazo inmenso. Este Zarathustra que también baja de la montaña,
llevando su fuego a los valles, esta copa que se desborda, no se
aparta de los hombres para entonar su canto a los solitarios.
Tiene más fe; es una voluntad más soberana y así le dice a su chusma,
entregándose todo entero.
«Pise sobre mi cuerpo, no perdone,
Toda la sociedad, pise y apriete;
No habrá de conseguir que le respete
Ni logrará jamás que te abandone.»
El poeta es de filiación judaica; viene directamente de la Biblia y
toda su obra está impregnada del espíritu de Israel.
El pueblo judío fué el primero en escuchar la reclamación de los
pobres. Nos dice Renán que Grecia fundadora del humanismo racional y
progresivo, tuvo un claro en el círculo de su actividad intelectual y
moral: despreció a los humildes. Israel suplió ese defecto del espíritu
helénico. Los profetas proclamaron la justicia social y el amor a los
pobres.
Jesús fué el último de los profetas. El socialismo es de origen
hebraico.
Los profetas claman constantemente, defendiendo a los pobres; dialogan
con Dios, le imprecan, exigen la justicia inmediata sobre la tierra;
no quieren tolerar iniquidades contra los débiles, porque el semita
no cree, hasta los Macabeos, como cree el ario, en las recompensas
y castigos de ultratumba. Por eso eran vibrantes, fuertes. De ahí el
código inspirado por Jeremías socialista teocrático, donde se desborda
la justicia, la piedad y el amor por el pobre y la ira contra el
poderoso.
Éste es el enemigo a quien los profetas maldicen; él despoja a los
humildes y se aparta de Jehová.
Isaías lanza el anatema contra los príncipes prevaricadores y
compañeros de ladrones que no oyen a juicio al huérfano, ni llega a
ellos la causa de la viuda. (Cap. I, vers. 23).
No con menos pasión, Almafuerte baja a la miseria, al dolor, hasta al
vicio, buscando a sus hermanos y maldiciendo a los poderosos.
«La Inmortal» es el canto a su chusma, a la «sudorosa chusma sagrada»
de la que surgen las fuerzas de la historia y para quien él quiere
justicia como los profetas.
Almafuerte desciende hasta lo más profundo; cuando más llagas ve, más
ama. Es un sacerdote del amor, de la infinita misericordia, y vuelve de
los abismos de la miseria,
«Como surgen los rudos poceros,
Ungidos en greda, del pozo que cavan.»
La compasión baja al dolor, blanca y perfumada, y retorna a la luz
sucia y llena de taras. El Misionero dijo con verdad que el que quiere
conservarse puro, «muchas veces tendrá que no ser bueno».
Canta a la heroica labor cotidiana de la chusma, oprimida por leyes y
por prejuicios y por eso llena de rencores; que ve los días felices de
los poderosos y que porque tiene pasión y ansias,
«Con su gran maldición de sedienta
Maldice hasta mismo su vaso de agua»;
y que porque tiene noción de lo justo
«su disfraz de Catón la sulfura
y enloda y escupe su clámide blanca»;
y que porque vive Jesús en su alma
«ni respeto ni amor le despiertan
sus burlas de sabio, sus cruces de plata.»