Injusto amante, que pones
En la fuerza de tus sañas
La fuerza de tus amores;
Aunque tirano te vengues,
Por lo ménos no blasones,
Que sin tirarle Amor flechas
Le coronó de favores:
Flechas le tiró el Amor,
Temida deidad de Jove,
Tanto, que porque tus celos
Su mayor triunfo no borren,
Vivirá á su ruego eterno,
Aunque ahora en él y en mí notes
Las venas con poca sangre,
Los ojos con mucha noche. _(Cae sin aliento.)_
TODAS.
Con la fuerza del dolor
Cayó desmayada sobre
Las rosas, y sus espinas
Van violando sus colores...
* * * * *
_La parte superior del teatro será de cielo: vese un sol que se va
poniendo, y al mismo tiempo sale una estrella: el_ AMOR _está en lo
alto, y_ VÉNUS Y ADÓNIS _van subiendo, cada uno á su lado._
AMOR.
Porque vean que no en vano,
Cuando en púrpura se tornen,
Le halló en el campo aquella
Vida y muerte de los hombres,
Júpiter, pues, conmovido
O indignado de que goce
Sin los imperios de un alma
Los de una vida tu nombre,
Desa derramada sangre
Quiere que una flor se forme,
Y que de aquella se vistan
Roja púrpura las flores,
Para que en tierra y en cielo
Estrella y flor se coloquen:
A cuya causa, subiendo
Donde entrambos se coronen,
Verás que desde este dia,
Con la nueva luz de Adónis,
Sale la estrella de Vénus
Al tiempo que el sol se pone.
TODOS.
El horror de la tragedia
A vuestra vista se esconde,
Viendo que ya todo es dichas.
MARTE.
No es todo sino rigores,
Al ver que á triunfos de Amor
Otra vez mis celos tornen,
Supuesto que Flor y Estrella
Ascienden Vénus y Adónis,
Al tiempo que se ve el sol _(Suben.)_
Entre pardos arreboles,
Y la enemiga del dia
Su negro manto descoge.
VÉNUS.
Pues porque mejor lo digas,
Los dulces acentos oye...
ADÓNIS.
Con que nos aclama á un tiempo
La música de dos orbes.
TODOS.
_A pesar de los celos_
_Sus triunfos logre_
_El Amor, colocados_
_Vénus y Adónis:_
_Y reciban ufanas_
_Y eternas gocen_
_Las estrellas su estrella,_
_Su flor las flores._
BELONA.
A cuyo aplauso festivo
Fin á su fábula pone
_La púrpura de la rosa,_
Volviendo á decir las voces...
TODOS.
_A pesar de los celos_
_Sus triunfos logre_
_El Amor, colocados_
_Vénus y Adónis:_
_Y reciban ufanas_
_Y eternas gocen_
_Las estrellas su estrella,_
_Su flor las flores._
_(Iguálanse con el Amor, escóndense los tres y el sol, queda la
estrella, y dase fin.)_
AUTOS SACRAMENTALES.
LA CENA DEL REY BALTASAR.
PERSONAS.
EL REY BALTASAR.
IDOLATRÍA, _dama_.
VANIDAD, _dama_.
DANIEL, _viejo_.
PENSAMIENTO.
MUERTE.
UNA ESTATUA, _á caballo_.
MÚSICOS.
_Jardin magnífico del palacio de Baltasar, con un cenador y un muro al
fondo._
ESCENA PRIMERA.
_Sale_ EL PENSAMIENTO, _vestido de loco, de muchos colores_, Y DANIEL,
_tras él, deteniéndole._
DANIEL.
Espera.
PENSAM.
¿Qué he de esperar?
DANIEL.
Advierte.
PENSAM.
¿Qué he de advertir?
DANIEL.
Óyeme.
PENSAM.
No quiero oir.
DANIEL.
Mira.
PENSAM.
No quiero mirar.
DANIEL.
¿Quién respondió dese modo
Nunca á quien le preguntó?
PENSAM.
Yo, que sólo tengo yo
Desvergüenza para todo.
DANIEL.
¿Quién eres?
PENSAM.
Cuando esto ignores,
Vengo á ser yo el ofendido.
¿No te lo dice el vestido
Ajironado á colores,
Que, como el camaleon,
No se conoce cuál es
La principal causa? Pues
Oye mi difinicion.
Yo, de solos atributos
Que mi sér inmortal pide,
Soy una luz que divide
A los hombres de los brutos.
Soy el primero crisol
En que toca la fortuna,
Más mudable que la luna
Y más ligero que el sol.
No tengo fijo lugar
Donde morir y nacer,
Y ando siempre, sin saber
Dónde tengo de parar.
La adversa suerte ó la altiva
Siempre á su lado me ve;
No hay hombre en quien yo no esté,
Ni mujer en quien no viva.
Soy en el rey el desvelo
De su reino y de su estado;
Soy en el que es su privado
La vigilancia y el celo;
Soy en el reo la justicia,
La culpa en el delincuente,
Virtud en el pretendiente,
Y en el próvido malicia;
En la dama la hermosura,
En el galan el favor,
En el soldado el valor,
En el tahur la ventura,
En el avaro riqueza,
En el mísero agonía,
En el alegre alegría,
Y en el triste soy tristeza;
Y, en fin, inquieto y violento,
Por donde quiera que voy
Soy todo y nada, pues soy
El humano Pensamiento.
Mira si bien me describe
Variedad tan singular,
Pues quien vive sin pensar
No puede decir que vive.
Esto es si en comun me fundo;
Mas hoy en particular
Soy el del rey Baltasar,
Que no cabe en todo el mundo.
Andar de loco vestido
No es porque á solas lo soy,
Sino que en público estoy
A la prudencia rendido;
Pues ningun loco se hallara
Que más incurable fuera,
Si ejecutara y dijera
Un hombre cuanto pensara;
Y así lo parecen pocos,
Siéndolo cuantos encuentro,
Porque, vistos hácia dentro,
Todos somos locos,
Los unos y los otros.
Y en fin, siendo loco yo,
No me he querido parar
A hablarte á tí, por mirar
Que no es compatible, no,
Que estemos juntos los dos;
Que será una lid cruel,
Porque, si tú eres Daniel
(Que es decir _Juicio de Dios_),
Mal ajustarse procura
Hoy nuestra conversacion,
Si somos, en conclusion,
Tú juicio, y yo locura.
DANIEL.
Bien podemos hoy un poco
Hablar los dos con acuerdo,
Tú subiéndote á ser cuerdo,
Sin bajarme yo á ser loco;
Que aunque es tanta la distancia
De acciones locas y cuerdas,
Tomando el punto á dos cuerdas,
Hacen una consonancia.
PENSAM.
Responderte á todo intento,
Y es consecuencia perfeta,
Que lo que alcanza un profeta
Se lo diga el Pensamiento.
DANIEL.
Díme, ¿de qué es el placer
Que ahora vuelas celebrando?
PENSAM.
De la boda estoy pensando,
Que hoy Babilonia ha de ver,
El aplauso superior.
DANIEL.
Pues, ¿quién, dí, se ha de casar?
PENSAM.
Nuestro rey Baltasar,
De Nabucodonosor
Hijo, en todo descendiente.
DANIEL.
¿Quién es la novia feliz?
PENSAM.
La gallarda emperatriz
De los reinos del Oriente,
Cuna donde nace el dia.
DANIEL.
¿Ella es idólatra?
PENSAM.
¡Pues!
Y tan idólatra es,
Que es la misma Idolatría.
DANIEL.
¿Él no estaba ya casado
Con la humana Vanidad
De su imperio y majestad?
PENSAM.
Su ley licencia le ha dado
De dos mujeres, y áun mil;
Y aunque Vanidad tenía,
Vanidad é Idolatría
Le hacen soberbio y gentil;
Juicio de Dios, ó Daniel,
Que todo es uno; que así
Lo dice el texto.
DANIEL.
¡Ay de mí!
PENSAM.
¿Habiais de casar con él,
Que tanto lo sentís vos?
(_Ap._ Mal en decírselo hice.)
DANIEL.
¡Ay de tí, reino infelice!
¡Ay de tí, pueblo de Dios!
PENSAM.
Si va á decir la verdad,
Vos estais ahora pensando
Que él celebra bodas, cuando
Llorais en cautividad
Vosotros; y es el dolor
De que esta boda no sea
Con la Sinagoga hebrea,
Por quedar libres, y por...
Pero la música suena; _(Suenan chirimías.)_
Presto á otra cosa pasé.
Miéntras Babilonia ve
Qué recibimiento ordena
A su reina, que los dos
Nos retiremos nos dice.
DANIEL.
¡Ay de tí, reino infelice!
¡Ay de tí, pueblo de Dios! _(Retíranse.)_
ESCENA II.
DANIEL, EL PENSAMIENTO, _retraidos.—Tocan chirimías, y salen_
BALTASAR Y LA VANIDAD, _y por otra parte_ LA IDOLATRÍA, _bizarra_, Y
ACOMPAÑAMIENTO.
BALTAS.
Corónese tu frente
De los hermosos rayos del Oriente,
Si ya la pompa suya
No es poca luz para diadema tuya,
Gentil Idolatría,
Reina en mi imperio y en el alma mia.
En hora feliz vengas
A la gran Babilonia, donde tengas
En mi augusta grandeza
Dosel debido á tu imperial belleza,
Rindiéndose á tus plantas
Cuantas estatuas, cuantas
Imágenes y bultos
Dan holocaustos, fabrican cultos
A tu aliento bizarro,
En oro, en plata, en bronce, en piedra, en barro.
IDOLAT.
Baltasar generoso,
Gran rey de Babilonia poderoso,
Cuyo sagrado nombre,
Porque al olvido, porque al tiempo asombre,
El hebreo sentido
Le traduce _tesoro_, que escondido
Está; la Idolatría,
Emperatriz de la mansion del dia
Y reina del Oriente,
Donde jóven el sol resplandeciente
Más admirado estuvo,
De quien la admiracion principio tuvo,
Hoy á tu imperio viene
Por el derecho que á tus aras tiene;
Pues desde que en abismos sepultado,
Del gran diluvio el mundo salió á nado,
Fué este imperio el primero
Que introdujo, político y severo,
Dando y quitando leyes,
La humana Idolatría de los reyes,
Y la divina luégo
De los dioses en lámparas de fuego.
Nembroth hable adorado,
Y Moloc, en hogueras colocado,
Pues los dos merecieron este extremo,
Nembroth por rey, Moloc por Dios supremo,
De donde se siguieron
Tantos ídolos, cuantos hoy se unieron
A estas bodas propicios,
Pues las ven, en confusos sacrificios,
Treinta mil dioses bárbaros que adoro
En barro, en piedra, en bronce, en plata, en oro.
PENSAM.
_(Aparte á Daniel.)_
Aquesta sí que es vida:
Haya treinta mil dioses, á quien pida
Un hombre, en fin, lo que se le ofreciere,
Porque éste otorgue lo que aquél no diere;
Y no tú, que importuno
Tienes harto con uno,
Que de oillo me espanto.
¿Y un solo Dios puede acudir á tanto
Como tiene que hacer?
DANIEL.
_(Aparte al Pensamiento.)_ Cuando lo sea
En más su mano universal se emplea.
BALTAS.
Habla á la hermosa Vanidad, que ha sido
Mi esposa; y pues las dos habeis nacido
De un concepto, á las dos unir procura
Mi ambicion. ¡Qué belleza! ¡Qué hermosura!
_(Mirando á las dos, y él en medio.)_
IDOLAT.
Dáme, soberbia Vanidad, los brazos.
VANIDAD.
Eternos han de ser tan dulces lazos.
IDOLAT.
Envidia la beldad tuya me diera,
Si lo divino que envidiar tuviera.
VANIDAD.
Celos tu luz me diera, por los cielos;
Pero la Vanidad no tiene celos.
BALTAS.
_(Ap.)_ Un dia me amanece en otro dia,
Y entre la Vanidad é Idolatría,
La más hermosa, el alma temerosa
Duda; porque cualquiera es más hermosa,
Cuando con el aplauso lisonjero
Rey me apellido y Dios me considero.
IDOLAT.
¿De qué te has suspendido?
VANIDAD.
¿De qué te has divertido?
BALTAS.
Tu gran beldad ¡oh Idolatría! me admira;
Tu voz ¡oh Vanidad! dulce me inspira,
Y así, porque divierta mi tristeza,
_(A las dos.)_
Movido de tu aliento y tu belleza,
Hoy á las dos pretendo
Desvanecer y enamorar, haciendo
La Idolatría alarde de mis glorias,
Cuando la Vanidad de mis victorias.
De aquel soberbio Nabuco,
A cuyo valor y á cuya
Majestad obedecieron
Hado, poder y fortuna;
De aquel rayo de Caldea,
Que, desde la esfera suya
Flechado, Jerusalen
Llora su abrasada injuria;
De aquel que á cautividad
Redujo la sangre justa
De Israel, transmigracion
Que hoy en Babilonia dura;
De aquel que robó del templo
Vasos y riquezas sumas,
Despojo sagrado ya
De mi majestad augusta;
De aquel, en fin, que á los campos
Pació la esmeralda bruta,
Medio hombre, medio fiera,
Monstruo de vello y de pluma,
Hijo soy, deidades bellas;
Y porque le sostituya,
Como en el reino, en la fama,
Como en la fama, en la furia,
Los altos dioses que adoro
De tal condicion me ilustran,
Que no dudo que en mi pecho
O se repita ó se infunda
Su espíritu, y que heredada
El alma, tambien se infunda
En mi cuerpo, si es que dos
Pudieron vivir con una.
No el sér, pues, rey soberano
De cuanto el Tígris circunda,
De cuanto el Eufrates baña
Y de cuanto el sol alumbra
Por tantas provincias, que
A sólo verlas madruga
(Porque no se cumpla el dia
Sin que la tarea se cumpla),
La sed de tanta ambicion
O satisface ó apura;
Y sólo me desvanece,
Sea valor ó sea locura,
Tener sobre aquestos montes
Jurisdiccion absoluta,
Porque éstos son de Senar
Aquella campaña ruda
Que entre la tierra y el cielo
Vió tan estupenda lucha,
Cuando los hombres osados,
Con valor y sin cordura,
Armaron contra los dioses
Fábricas que al sol encumbran.
Y para que sepas tú,
Vanidad, de cuánto triunfas,
Y cuánto tú, Idolatría,
Vienes á mandar, escucha:
Estaba el mundo gozando
En tranquila edad segura
La pompa de su armonía,
La paz de su compostura,
Considerando entre sí
Que de una masa confusa
(Que ha llamado la Poesía
Cáos, y nada la Escritura)
Salió á ver la faz serena
De esta azul campaña pura
Del cielo, desenvolviendo,
Con lid rigurosa y dura,
De las luces y las sombras
La vanidad con que se aunan,
De la tierra y de las aguas
El nudo con que anudan,
Dividiendo y apartando
Las cosas, que cada una
Son un mucho de por sí,
Y eran nada todas juntas.
Consideraba que halló
La tierra, que ántes inculta
É informe estuvo, cubierta
De flores que la dibujan;
El vago viento poblado
De las aves que le cruzan;
El agua hermosa habitada
De los peces que la surcan;
Y el fuego con estas dos
Antorchas, el sol y luna,
Lámparas del dia y la noche,
Ya solar, y ya nocturna;
Que se halló, en fin, con el hombre,
Que es de las bellas criaturas
Que Dios, por mayor milagro,
Hizo á semejanza suya.
Con esta hermosura vano,
No hay ley á que le reduzca:
¡Tan antiguo es en el mundo
El ser vana la hermosura!
Vano y hermoso, en efecto,
Eterna mansion se juzga,
Sin parecerle que haya,
Por castigo de sus culpas,
Guardado un universal
Diluvio que le destruya;
Y con esta confianza,
En solo vicios se ocupan
Los hombres, mal poseidos
De la soberbia y la gula,
De la envidia y la avaricia,
Ira, pereza y lujuria.
Enojados, pues, los dioses,
A quien nada hay que se encubra,
Trataron de deshacer
El mundo, como á su hechura.
No á diluvios, pues, de rayos
Se vió la cólera suya
Fiada, á incendios sí de agua,
Porque la majestad suma
Tal vez con nieve fulmina,
Y tal vez con fuego inunda.
Cubrióse el cielo de nubes
Densas, opacas y turbias;
Que como estaba enojado,
Por no revocar la justa
Sentencia, no quiso ver
De su venganza sañuda
Su mismo rigor; y así,
Entre tinieblas se oculta,
Entre nubes se enmaraña,
Porque áun Dios, con ser Dios, busca,
Para mostrar su rigor,
Ocasion, si no disculpa.
El principio fué un rocío
De los que á la aurora enjuga
Con cendales de oro el sol;
Luego una apacible lluvia
De las que á la tierra dan
El riego con que se pula;
Luego fueron lanzas de agua,
Que nubes y montes juntan,
Teniendo el cuento en los montes,
Cuando en las nubes las puntas;
Luego fueron desatados
Arroyos; creció la furia;
Luego fueron rios; luégo
Mares de mares. ¡Oh suma
Sabiduría, tú sabes
Los castigos que procuras!
Bebiendo sin sed el orbe,
Hecho balsas y lagunas,
Padeció tormento de agua
Por bocas y por roturas;
Los bostezos de la tierra,
Que por entre abiertas grutas
Suspiran, cerrado ya
En prision ciega y oscura
Tuvieron al aire; y él,
Que por dónde salir busca,
Brama encerrado, y al fiero
Latido que dentro pulsa,
Las montañas se estremecen
Y los peñascos caducan.
Aqueste freno de arena,
Que pára á raya la furia
De ese marino caballo,
Siempre argentado de espuma,
Le soltó todas las riendas,
Y él, desbocado, procura,
Corriendo alentado siempre,
No parar cobarde nunca.
Las fieras, desalojadas
De sus estancias incultas,
Ya en las regiones del aire,
No es mucho que se presuman
Aves; las aves, nadando,
No es mucho que se introduzcan
A ser peces; y los peces,
Viviendo las espeluncas,
No es mucho que piensen ser
Fieras, porque se confundan
Las especies; de manera
Que en la deshecha fortuna,
Entre dos aguas (que así
Se dice que está el que duda),
El pez, el bruto y el ave
Discurren, sin que discurran,
Dónde tiene su mansion
La piel, la escama y la pluma.
Ya al último parasismo
El mundo se desahucia,
Y en fragmentos desatados
Se parte y se descoyunta;
Y como aquel que se ahoga,
A brazo partido lucha
Con las ondas, y ellas hacen
Que aquí salga, allí se hunda;
Así el mundo, agonizando,
Entre sus ánsias se ayuda.
Aquí un edificio postra,
Allí descubre una punta,
Hasta que rendido ya
Entre lástimas y angustias,
De cuarenta codos de agua
No hay parte que no se cubra,
Siendo á su inmenso cadáver
Todo el mar pequeña tumba.
Cuarenta auroras á mal
Echó el sol, porque se enlutan
Las nubes y luz, á exequias
Desta máquina difunta.
Sólo aquella primer nave,
A todo embate segura,
Elevada sobre el agua,
A todas partes fluctúa,
Tan vecina á las estrellas,
Y á los luceros tan junta,
Que fué alguno su farol,
Y su linterna fué alguna.
En ésta, pues, las reliquias
Del mundo salvó la industria
De Noé, depositando
Todas sus especies juntas;
Hasta que el mar reducido
A la obediencia que jura,
Se vió otra vez, y otra vez
La tierra pálida y mustia,
Desmelenada la greña,
Llena de grietas y arrugas,
La faz de la luz apénas
Tocada, pero no enjuta,
Asomó entre ovas y lamas
La disforme catadura,
Y en retórico silencio,
Agradecida, saluda
Del arco de paz la seña,
Pajiza, leonada y rubia.
Segundo Adan de los hombres,
Con generacion segunda,
El mundo volvió á poblar
De animales y criaturas.
Nembroth, hijo de Canaan,
Que las maldiciones suyas
Heredó (estirpe, en efecto,
Aborrecida y injusta),
Las provincias de Caldea
Con sus familias ocupa
Y sus hijos, cada uno
De tan disforme estatura,
Que era un monte organizado
De miembros y de medulas.
Estos, pues, viendo que un arca
Al mundo salvó, procuran
Con fábrica más heroica
Con máquina más segura,
Hacer contra los enojos
Del cielo una fuerza, cuya
Majestad en los diluvios
Los guarde y los restituya.
Ya para la excelsa torre
Montes sobre montes juntan.
Y la cerviz de la tierra,
De tan pesada coyunda
Oprimida, la hacen que
Tanta pesadumbre sufra,
Bien que con el peso gima,
Bien que con la carga cruja.
Crece la máquina, y crece
La admiracion, que la ayuda
A ser dos veces mayor,
Pues no hay gentes que no acudan
A su edificio, hasta ver
Que la inmensa torre suba
A ser támbico pilar,
A ser dórica columna,
Embarazo de los vientos
Y lisonja de la luna.
Ya con la empinada frente
La esfera abolla cerúlea,
Y con el cuerpo en el aire,
Tanto estorba como abulta;
Pero en medio desta pompa,
Deste aplauso, esta ventura,
La cortó el cielo los pasos,
Porque el mirar le disgusta
Escalar de sus esferas
La sagrada arquitectura;
Y porque no por asalto
Ganarle el hombre presuma,
Quiere que en los que la labran
Tal variedad se introduzca
De lenguas, que nadie entienda
Aun lo mismo que articula.
Suenan en todos á un tiempo
Destempladas y confusas
Voces, que el sentido humano
Hasta entónces no oyó nunca.
Ni este sabe lo que dice,
Ni aquel sabe lo que escucha;
Porque desta suerte el órden,
O se pierda, ó se confunda.
Setenta y dos lenguas fueron
Las que los hombres pronuncian
En un instante, que tantas
Quiere el cielo que se infundan.
En setenta y dos idiomas
Repetido se divulga
El eco, y desesperados
Los hombres ya, sin que arguyan
La causa, huyen de sí mismos,
Si hay álguien que de sí huya.
Cesa el asalto, porque
No quede memoria alguna
De tan glorioso edificio,
De fábrica tan augusta.
Preñada nube á este tiempo,
Para que más le confunda,
Hace herida, que su vientre
Humo exhale y fuego escupa,
Siendo de su atrevimiento
Ella misma sepultura,
Haciendo de sus ruïnas
Pira, monumento y urna.
Yo, pues, viendo que mi pecho
La fama á Nembroth le hurta,
Creo que quedar entónces
Tantas cenizas caducas,
Fué porque yo la acabase,
Pues en mí á un tiempo se juntan
Vanidad y Idolatría,
Con que á tantos rayos luzca.
Pues si tú me das aliento
Con que al imperio suba,
Si tú me aplacas los dioses,
Si tú, Vanidad, me ayudas,
Si tú, Idolatría, me amparas,
¿Quién duda, decid, quién duda
Que atrevido, y no postrado,
Tan grande promesa cumpla?
Y así quiero que las dos
Reineis en mi pecho juntas:
Idólatra á tu belleza,
Y vano con tu hermosura,
Sacrificando á tus dioses,
Mereciendo tus fortunas,
Adorando tus altares,
Logrando tus aventuras,
En láminas de oro y plata,
Que caracteres esculpan,
Vivirá mi nombre eterno
A las edades futuras.
IDOLAT.
A tus piés verás que estoy
Siempre firme y siempre amante.
VANIDAD.
Siempre, Baltasar, constante
Luz de tus discursos soy.
IDOLAT.
Y si á los dioses te igualas,
Yo por dios te haré adorar.
VANIDAD.
Yo, porque puedas volar
Daré á tu ambicion mis alas.
IDOLAT.
Sobre la deidad más suma
Coronaré tu arrebol.
VANIDAD.
Yo, para subir al sol,
Te haré una escala de pluma.
IDOLAT.
Estatuas te labraré,
Que repitan tu persona.
VANIDAD.
Yo al laurel de tu corona
Más hojas añadiré.
BALTAS.
Dadme las manos las dos;
¿Quién de tan dulces abrazos
Podrá las redes y lazos
Romper?
DANIEL.
¡La mano de Dios! _(Adelantándose.)_
BALTAS.
¿Quién tan atrevido aquí
A mis voces respondió?
PENSAM.
Yo no he sido.
BALTAS.
Pues ¿quién?
DANIEL.
Yo.
BALTAS.
Pues, hebreo, ¿cómo así
Os atreveis vos, que fuisteis
En Jerusalen cautivo?
¿Vos, que humilde y fugitivo
En Babilonia vivisteis...
Vos, mísero y pobre, vos,
Así me turbais? ¿Así?
¿Quién ya libraros de mí
Podrá? _(Va á sacar la daga.)_
DANIEL.
La mano de Dios.
BALTAS.
¡Tanto puede una voz, tanto,
Que de oirla me retiro!
De mi paciencia me admiro;
De mi cólera me espanto.
Enigma somos los dos;
Cuando tu muerte pretende
Mi furor, ¿quién te defiende,
Daniel?
DANIEL.
La mano de Dios.
PENSAM.
¡Lo que en la mano porfía!
VANIDAD.
_(A Baltasar.)_ Déjale; que su humildad
Desluce mi vanidad.
IDOLAT.
Y su fe mi idolatría.
BALTAS.
Vida tienes por las dos.—
Y que viva me conviene,
Porque vea que no tiene
Fuerza la mano de Dios.
_(Vase con la Vanidad y la Idolatría.)_
ESCENA III.
DANIEL, EL PENSAMIENTO.
PENSAM.
De buena os habeis librado,
Y yo estimo la leccion,
Pues en cualquiera ocasion
En que me vea apretado,
Sé cómo me he de librar,
Pues sin qué ni para qué,
«La mano de Dios» diré,
Y á todos haré temblar;
Y pues de mano los dos
Solamente nos ganamos,
Mano á mano nos partamos:
Id á la mano de Dios. _(Vase.)_
ESCENA IV.
DANIEL; _luégo_ LA MUERTE.
DANIEL.
¿Quién sufrirá tus inmensas
Injurias, Autor del dia?
Vanidad y Idolatría
Solicitan tus ofensas.
¿Quién podrá, quién (de mi fe
En esta justa esperanza),
Tomar por vos la venganza
Deste agravio?
_(Sale la Muerte con espada y daga, de galan, con un manto lleno de
muertes.)_
MUERTE.
Yo podré.
DANIEL.
Fuerte aprension, ¿qué me quieres,
Que entre fantasmas y sombras,
Me atemorizas y asombras?
Nunca te he visto; ¿quién eres?
MUERTE.
Yo, divino profeta Daniel,
De todo lo nacido soy el fin;
Del pecado y la envidia hijo cruel,
Abortado por áspid de un jardin.
La puerta para el mundo me dió Abel,
Mas quien me abrió la puerta fué Cain,
Donde mi horror introducido ya,
Ministro es de las iras de Jehová.
Del pecado y la envidia, pues, nací,
Porque dos furias en mi pecho estén:
Por la envidia caduca muerte di
A cuantos de la vida la luz ven;
Por el pecado muerte eterna fuí
Del alma, pues que muere ella tambien;
Si de la vida es muerte el espirar,
La muerte, así, del alma es el pecar.
Si _Juicio_, pues, _de Dios_ tu nombre fué,
Y del juicio de Dios rayo fatal
Soy yo, que á mi furor postrar se ve
Vegetable, sensible y racional,
¿Por qué te asombras tú de mí? ¿Por qué
La porcion se estremece en tí mortal?
Cóbrate, pues, y hagamos hoy los dos,
De Dios tú el juicio, y yo el poder de Dios.
Aunque no es mucho que te asombres, no,
Aun cuando fueras Dios, de verme á mí;
Pues cuando él de la flor de Jericó
Clavel naciera en campos de alhelí,
Al mismo Dios le estremeciera yo
La parte humana, y al rendirse á mí,
Turbaran las estrellas su arrebol,
Su faz la luna y su semblante el sol.
Titubeara esa fábrica infeliz,
Y temblara esa forma inferior;
La tierra desmayara su cerviz,
Luchando piedra á piedra y flor á flor;
A media tarde, jóven infeliz,
Espirara el dia el resplandor,
Y la noche su lóbrego capuz
Vistiera por la muerte de la luz.
Mas hoy sólo me toca obedecer,
A tí, Sabiduría, prevenir;
Manda pues; que no tiene que temer
Matar el que no tiene que morir.
Mio es el brazo, tuyo es el poder;
Mio el obrar, si tuyo es el decir;
Harta de vidas sed tan singular,
Que no apagó la cólera del mar.
El más soberbio alcázar, que ambicion,
Si no lisonja, de los vientos es;
El muro más feliz, que oposicion,
Si no defensa, de las bombas es,
Fáciles triunfos de mis manos son,
Despojos son humildes de mis piés.
Si el alcázar y muro he dicho ya,
¿Qué será la cabaña? ¿Qué será?
La hermosura, el ingenio y el poder
A mi voz no se pueden resistir,
De cuantos empezaron á nacer,
Obligacion me hicieron de morir;
Todas están aquí, ¿cuál ha de ser
La que hoy, juicio de Dios, mandas cumplir?
Que el concepto empezado más veloz
No acabará de articular la voz.
Entre aquella vital respiracion
Que desde el corazon al labio hay,
Pararé el movimiento y el accion,
Al artificio que un suspiro tray;
Cadáver de sí mismo el corazon,
Verás, rotos los ejes, cómo cay,
Sepulcro ya la silla en que era rey,
Justo decreto de precisa ley.
Yo abrasaré los campos de Nembroth,
Yo alteraré las gentes de Babel,
Yo infundiré los sueños de Behemot,
Yo verteré las plagas de Israel,
Yo teñiré la viña de Naboé,
Y humillaré la frente á Jezabel,
Yo mancharé las mesas de Absalon
Con la caliente púrpura de Amon;
Yo postraré la majestad de Acab,
Arrastrado en su carro de rubí;
Yo con las torpes hijas de Moab
Profanaré las tiendas de Zambrí;
Yo tiraré los chuzos de Joab;
Y si mayor aplauso fías de mí,
Yo inundaré los campos de Senar
Con la sangre infeliz de Baltasar.
DANIEL.