Aquí en el nacional traje

Madrid de su antigua usanza,

Esperó á su nueva Reina,

Vestida de blanco y nácar;

Y para significar

De sus afectos las ánsias

Con que liberal quisiera

Poner el mundo á sus plantas,

Ya que no la puso el mundo,

Puso, por lo ménos, tantas

Significaciones dél,

Que en este arco y los que faltan

Representó de sus cuatro

Partes las coronas várias

Que en él amante la ofrece

Quien la mereció monarca;

Y así esta parte fué Europa,

Como principal estancia,

Donde sus imperios tienen

Las demas por tributarias.

EUGENIA.

Querer pintar que en él vimos

En casi vivas estatuas

A Castilla y á Leon,

Por los reinos; Alemania

Por la cuna, y por la fe

De la religion á Italia,

Sin otras muchas señales,

Imposible es ya, pues basta

Que en este arco y los demas

Apelemos á la estampa,

Cuando lo expliquen sus letras

Latinas y castellanas.

CLARA.

Solo por mayor diremos

Que á las cuatro dilatadas

Partes del mundo, en quien tuvo

Dominio el planeta de Austria,

Correspondieron los cuatro

Elementos, siendo en claras

Significaciones, doctos

Reversos de sus fachadas:

Y así á Europa se dió el aire,

Por ser en quien más templadas

Sus influencias se gozan

Dulces, süaves y blandas.

EUGENIA.

Y como del aire es

El águila remontada

Emperatriz, cuyo nido

Favorable aspira el aura,

El águila coronó

Este elemento, adornada

De jeroglíficos que

Todos del aire se sacan.

CLARA.

A esta puerta pues, la Villa

(La ceremonia acabada

Del besamano) empezó

(Haciendo al compas la salva,

No sólo de los clarines,

Las trompetas y las cajas,

Sino de la voz del pueblo,

Que es la más sonora salva)

A caminar con el palio,

Con tanto aplauso, con tanta

Majestad, que no se vió

En términos de vasalla

Nadie con más causa humilde,

Ni soberbia con más causa.

EUGENIA.

De aquí pues á la carrera

De San Jerónimo pasa,

Donde no ménos vistoso

La recibió el triunfo de Austria.

CLARA.

De sesenta y dos coronas

Que en la India rinden á España

Feudo, los bultos de algunas

Significaron las ánsias

De servir su buena Reina

Con dones y empresas cuantas

Mide este imperio al Oriente,

Donde su poder alcanza.

EUGENIA.

Y como Asia es la mayor

Parte del mundo, que abraza

Gánges, Nilo, Eufrates, Tígris,

Señora de tierras tantas,

Fué su elemento la tierra,

En quien se vió coronada

La melena del leon,

Como su mayor monarca.

CLARA.

Llegó pues el Sol, del Sol

A la Puerta, en cuya estancia

África en el triunfal arco,

A vista suya se planta.

Y así, todas sus pinturas

Fueron las fuerzas y plazas

Que España en África goza,

Desde que dos reinas santas,

Política una en Madrid,

Victoriosa otra en Granada,

Arrancaron las raíces

Desta venenosa planta.

A África correspondiendo

El fuego, ó por su abrasada

Libia, ó porque ha de ser hoy

La Puerta del Sol su estancia,

El sol, planeta de fuego,

Entre pirámides altas

Se vió colocado, bien

Como exaltado en su casa.

EUGENIA.

Siguióse la Platería,

De tal manera adornada,

Que sólo un arte tan noble

Así pudiera ilustrarla;

Pues casi desde este arco

Se corrieron dos barandas

De bichas y de columnas,

Que empezándose desde altas

Pirámides, prosiguieron,

Hasta que en otras rematan,

Poblando sus corredores,

Por una y por otra banda,

Aparadores cubiertos

De diamantes, oro y plata.

CLARA.

La América en otro arco

A Santa María estaba,

En cuyo templo el fiel culto

El _Te Deum laudamus_ canta

Fueron divinas empresas

Cuantas dió el agua á sus aras,

Siendo perennes milagros

Manzanares y Jarama.

EUGENIA.

En la Plaza de Palacio

Animados en dos basas,

Que de Himeneo y Mercurio

Sostenian las estatuas,

Dos triunfales carros ví,

De cuya fábrica rara

Fué la significacion,

Si es que me atrevo á explicarla,

Que Mercurio, de los dioses

Embajador, su jornada

A la vista de Palacio

Feneció; y así, acabada

La fatiga del camino,

A Himeneo se la encarga,

Porque uno su culto empiece

Donde otro su culto acaba.

CLARA.

Con este acompañamiento,

Al compas de voces várias,

Que del esposo y la esposa

Decian las alabanzas...

EUGENIA.

En un bruto que parece

Que sabía que llevaba

Todo un cielo sobre sí,

Segun la noble arrogancia

Con que obedecia soberbio

Al impulso que le manda,

Llegó nuestra invicta Reina

A las puertas de su alcázar.

D. ALON.

Tal la relacion ha sido,

Que aunque el no verlo da enojos,

El deseo de los ojos

Se suple con el oído.

D. TORIB.

No á mí, que aquese deseo

Nunca tuve.

D. ALON.

¿Por qué no?

D. TORIB.

Como esas bodas ví yo.

D. ALON.

¿Dónde?

D. TORIB.

En Cángas de Tineo,

Cuando los concejos todos

Se juntan para llevar

Las novias á otro lugar,

Entonando varios modos

De bailes y de cantares,

Que es una fiesta bien rara.

Si de alguno me acordara,

Se os quitaran mis pesares.

D. ALON.

Dejad locuras, por Dios.—

Brígida, á alumbrarme ven,

Que ya recogerme es bien.

_(Vanse Don Alonso y Brígida.)_

ESCENA XV.

CLARA, EUGENIA, DON TORIBIO.

CLARA.

¿Por qué no os recogeis vos?

D. TORIB.

Porque para recogerme,

Falta salir de un cuidado.

CLARA.

¿Qué cuidado?

D. TORIB.

No he cenado;

Y tras esto, otro ha de hacerme

Perder el juicio.

CLARA.

¿Qué es?

D. TORIB.

Vos dijisteis que habia en mí

Más en que vengaros.

CLARA.

Sí.

D. TORIB.

Decidme la causa pues.

CLARA.

_(Ap. á él.)_ La causa es que á Eugenia, á quien

(_Ap._ Dél asegurarme quiero

Para la ocasion que espero.)

Vos decís que quereis bien,

A otro favoreció.

D. TORIB.

¡Ay cielos!

CLARA.

Si averiguarlo quereis,

Bien fácilmente podeis...

D. TORIB.

Si esto oyeran mis abuelos,

¿Qué dijeran?

CLARA.

Pues estando

Un rato en ese balcon,

Oireis la conversacion

Que tiene en la calle, hablando

Con un hombre por la reja

De su cuarto.

D. TORIB.

¿Cómo qué?

En el balcon me estaré,

Si acaso el dolor me deja,

Sin chistar, de penas lleno.

_(Disimuladamente abre un balcon, métese en él y cierra.)_

CLARA.

(_Ap._ Ya éste no me estorbará,

Pues cerrado se estará

Toda la noche al sereno.)

Eugenia. (_Ap._ Bueno será

Engañarla.)

ESCENA XVI.

CLARA, EUGENIA.

EUGENIA.

¿Qué me quieres?

CLARA.

Avisarte cuánto eres

Infeliz.

EUGENIA.

¿En qué?

CLARA.

En que está

Mi padre tan sospechoso

(Pues no sé qué, que ha pasado,

Mari-Nuño le ha contado

Acerca de que celoso

Uno y otro amante tuyo

Hoy á esta puerta riñeron),

Que sus sospechas le hicieron

Desvelar, segun arguyo,

Que no se acuesta. Por Dios,

Que si tienes que temer,

Me lo digas, para hacer

Como hermana.

EUGENIA.

Si á los dos

En el coche y en la reja

Viste que los despedí,

Y que no ha quedado en mí

Ni áun el ruido de la queja,

¿Qué más de mi parte puedo

Haber hecho, ni saber

Puedo ahora qué he de hacer?

CLARA.

Yo sí.

EUGENIA.

¿Qué es?

CLARA.

Perder el miedo,

Puesto que inocente estás,

Y cerrada en mi aposento,

Desvelar tu pensamiento;

Que yo, desvelando más

Tu inocencia, allá entraré,

Diciendo que estás dormida,

Y mostrándome ofendida

A su enojo, le diré

Muy bien dicho que no tiene

Razon, si en sospechar da

De quien tan segura está.

EUGENIA.

Mi vida, hermana, previene

Tu amistad; y porque más

De mí asegurarse quiera,

Ciérrame tú por defuera. _(Entrase.)_

CLARA.

¿Eso habia de hacer? _(Cierra.)_ Ya estás

Conmigo en campaña, Amor.

Aquesta es la vez primera

Que te ví el rostro: no quiera

Vencer tan presto el rigor

De tus iras.—¡Mari-Nuño!

ESCENA XVII.

MARI-NUÑO; _despues_, DON FÉLIX.—CLARA; DON TORIBIO, _encerrado en un

balcon_.

CLARA.

¿Dónde está aquel caballero?

MARI-NU.

En mi aposento, señora,

Rato há que oculto le tengo,

Miéntras que la relacion

A todos tenía suspensos.

CLARA.

Esto por Eugenia hago.

MARI-NU.

Por eso yo te obedezco.

CLARA.

Díle que salga á esta cuadra.

MARI-NU.

Voy. _(Vase, y sale Don Félix.)_

D. FÉLIX.

Aunque rendido vengo

A serviros, es mayor

Mi pena que el rendimiento.

CLARA.

¿De qué?

D. FÉLIX.

De ver que mi aviso

Ni vuestra cordura han hecho

El efecto que esperamos,

Sino tan contrario efecto,

Que los dos conmigo hoy

A vuestra puerta riñeron;

Y saliendo vuestro padre

Y vuestro primo á este tiempo,

Queriendo acudir á todo,

A nada acudí, supuesto

Que ni á uno ni otro alcanzar

Pude; y estoy con recelo

De que se hayan encontrado,

Puesto que ninguno ha vuelto,

Siendo ambos huéspedes mios.

Y aunque por ellos lo siento,

Lo siento por vos con más

Ventajas, pues si os confieso

Una verdad, me debeis

Vos mayor fineza que ellos.

CLARA.

¿Yo mayor fineza?

D. FÉLIX.

Sí.

CLARA.

¿Cómo?

D. FÉLIX.

Perdonad, os ruego,

Porque no puedo decirlo,

Aunque ya dicho lo tengo.

CLARA.

¡Dicho lo teneis, y no

Podeis decirlo! No entiendo

Tan nuevo enigma.

D. FÉLIX.

Yo sí.

CLARA.

Declaráos más.

D. FÉLIX.

No puedo,

Que si el sentimiento es

Por ser mis amigos, cierto

Será, por ser mis amigos,

El callar mi sentimiento. _(Ruido dentro.)_

ESCENA XVIII.

DON JUAN, _y despues_ MARI-NUÑO.—DICHOS.

D. JUAN.

_(Dentro.)_ ¡Válgame el cielo!

D. FÉLIX.

¿Qué voces

Son las que estamos oyendo?

CLARA.

En el jardin fué. _(Sale Mari-Nuño.)_

MARI-NU.

¡Señora!

CLARA.

¿Qué hay Mari-Nuño? ¿Qué es eso?

MARI-NU.

Por las tapias del jardin

Se ha arrojado un hombre dentro,

A cuyo ruido, tu padre

Baja ya de su aposento.

CLARA.

¡Triste de mí! ¿Qué he de hacer,

Si os ven aquí?

D. FÉLIX.

Buen remedio:

Yo por aqueste balcon

Saldré á la calle primero

Que me vea.

CLARA.

No le abrais.

D. FÉLIX.

¿No es mejor?

_(Abre un balcon, y halla á Don Toribio.)_

D. TORIB.

Esténse quedos,

No hagan ruido, que ya el hombre

A la reja llega, y quiero

Oir lo que habla.

D. FÉLIX.

Hombre, ¿quién eres?

D. TORIB.

¿Quién os mete á vos en eso?

¿Métome yo en quién sois vos?

Agradecedme que tengo

Que hacer aquí, que si no,

A fe que habia de saberlo.

_(Enciérrase en el balcon.)_

D. FÉLIX.

¿Quién vió tan extraño lance?

MARI-NU.

Ya en el jardin se oye estruendo.

CLARA.

Apartémonos de aquí.

_(Abren la puerta por donde se retiró Eugenia, y vanse por ella Clara y

Mari-Nuño; Don Félix se esconde, como Don Toribio, en otro balcon.)_

ESCENA XIX.

DON PEDRO.—DON FÉLIX Y DON TORIBIO, _ocultos_.

D. PED.

Viendo mis rabiosos celos

Que abriendo la puerta entró

Mi enemigo hasta aquí dentro

Sin poderlo yo estorbar,

Que llegar no pude á tiempo,

Por las tapias del jardin

A entrar me atreví resuelto

A vengar... Pero ¡qué miro!

Que es su padre, vive el cielo,

Y brioso, con otro hombre

Riñendo sale á este puesto.

ESCENA XX.

_Sale_ DON ALONSO _riñendo con_ DON JUAN.—DON PEDRO; DON FÉLIX,

_oculto_; DON TORIBIO, _en el balcon_.

D. ALON.

Al esfuerzo de mi brazo,

De mis iras al aliento.

Pues me han hecho dos agravios

Tu voz y tu atrevimiento,

Los dos vengaré... ¡Ay de mí!

Que van mis penas creciendo,

Pues cuando pensé de uno,

Dos de quien vengarme tengo.

D. FÉLIX.

_(Saliendo del balcon donde estaba escondido.)_

Tened la espada, Don Juan.

Don Alonso, detenéos.

D. JUAN.

Mira si traidor amigo

Eres, pues aquí te encuentro.

D. FÉLIX.

Oid, sabreis que enemigo

No soy, ni suyo, ni vuestro.

D. ALON.

¡Dentro de mi casa dos

Enemigos!

D. FÉLIX.

Detenéos.

D. PED.

(_Ap._ Aunque estorbar aquí deba

De Don Alonso el empeño,

Primero venganza pide

Lo rabioso de mis celos.)

Si por aquese balcon

_(A Don Félix, que se ha quedado delante del balcon donde está Don

Toribio.)_

Te pasó el atrevimiento

De aquesa ingrata á mis ojos,

En tí he de vengar primero

Los celos con que te busco.

Baja abajo, ó vive el cielo

Que esta pistola...

D. TORIB.

_(Saliendo del balcon.)_ ¿Pistola?

Hombre del diablo, está quedo,

Que no es eso lo que yo

Te dije. Pero ¡qué veo!

¿Qué es esto, tio?

D. ALON.

A mi lado

Os poned.

D. PED.

_(Ap.)_ Pues que le abrieron

La ventana, llegaré

A matarle; que no temo,

Ya que estoy muerto á su dicha,

Quedar á sus manos muerto.

D. JUAN.

Traidor, tras tí... Mas ¿qué miro?

¿Por la ventana resuelto

Así os entrais?

D. PED.

¿Qué os admira?

Si tanto ruido me ha puesto

En obligacion de entrar

A saber lo que es.

D. ALON.

Suspenso

En repetidos agravios,

No sé á cuál he de ir primero.

D. FÉLIX.

Tenéos, señor Don Alonso,

Que trances de honor, el cuerdo

Los venga con su prudencia

Antes que con el acero:

Y si me escuchais, no dudo

Quedeis honrado y contento.

D. ALON.

Uno entró por mi jardin,

Otro por mi reja; pero

Vos que aquí dentro os hallais,

¿Por dónde entrasteis primero?

Que haciéndome el mismo agravio,

Me venís á dar consejo.

D. TORIB.

Entraria por la escala,

Que escala habia para ello.

D. FÉLIX.

Yo soy tan interesado

En este lance, que pienso

Que vine á serviros más

A todos, que no á ofenderos,

Pues fué á excusarle; mas ya

Que conseguirlo no puedo

De una manera, de otra

Lo intentaré: estadme atentos.

Doña Eugenia me ha tenido

En aqueste cuarto, á efecto

De estorbar entre los dos...

ESCENA XXI.

EUGENIA, CLARA.—DICHOS.

EUGENIA.

_(Dentro.)_ ¿Qué escucho? Dejar no puedo

De salir, al oir mi nombre.

CLARA.

_(Dentro.)_ Tente, no salgas.

_(Salen Clara y Eugenia.)_

EUGENIA.

Sí quiero,

Que ya me importa saber

Qué es aqueste fingimiento.

¡Yo te he tenido (¿qué dices,

Hombre?) en mi cuarto! _(A Don Félix.)_

D. FÉLIX.

Tenéos,

Que yo Doña Eugenia he dicho,

No vos. _(Señala á Clara.)_

D. ALON.

¿Cómo, cómo es eso?

¿Luego tú eras la que un hombre

Escondido tenías dentro?

EUGENIA.

¿Luego tú con nombre mio,

Clara, la traicion has hecho?

D. TORIB.

¿Luego tú por eso á mí

Me tenías al sereno,

Hecho avestruz del amor?

LOS TRES.

¿Qué es esto, ingrata? ¿Qué es esto?

CLARA.

Esto es que por estorbar

De Eugenia yo los empeños,

No pude estorbar el mio;—

Y pues que sois caballero, _(A Don Félix.)_

No en el riesgo me dejeis,

Cuando á otra sacais del riesgo.

D. FÉLIX.

¿Qué es dejaros? Con mil vidas

Habeis de ver que os defiendo;

Pues no amando la que es dama

De mis amigos, bien puedo.

D. JUAN.

Pues supuesto que ya quedan

Desvanecidos mis celos,

Yo os ayudaré.

D. PED.

Yo y todo.

D. ALON.

¿Hay tan grande atrevimiento?

D. TORIB.

¡Quién tuviera aquí un lanzon

De tres que en mi casa tengo!

D. ALON.

A mis ojos y en mi casa,

Nadie á mis hijas (¡ay cielos!)

Defenderá que no sea

Su esposo.

D. FÉLIX.

Si basta eso,

Yo lo soy suyo.

CLARA.

Y yo suya.

D. ALON.

¿Quién creyera que en el hierro

Mayor, fuera quien cayera

La mesurada más presto?

D. TORIB.

¿Quién no lo creyera? pues

Siempre en el mundo lo vemos,

Que las aguas mansas son

De las que hay que fiar ménos,

Y tienen mayor peligro

Porque sin duda por eso,

_Guárdate del agua mansa_

Dijo un antiguo proverbio.

EUGENIA.

Pues yo, señor, á tus plantas

Humildemente te ruego

Me des estado á tu gusto;

Que yo con mi primo quiero

Irme á la montaña, donde

Te asegure por lo ménos

De que nunca delincuentes

Fueron mis esparcimientos.

D. TORIB.

¿A la montaña? Eso no,

Porque allá llevar no quiero

Ni fílis ni guardainfantes:

Y así, con mi alforja al cuello,

Donde está mi ejecutoria,

Habeis de ver que me vuelvo

Sin casar.

D. ALON.

Ni yo tampoco;

Que no tengo de dar dueño

Tan bruto á una hija mia

A quien más atencion debo,

Sino darla á quien su madre

La habia dado en casamiento,

Y esperando mi licencia,

Se quedó hasta ahora suspenso.

D. JUAN.

A vuestras plantas humilde

Os digo que soy el mesmo,

Pues soy Don Juan de Mendoza.

D. ALON.

Con esto es del mal el ménos.

D. PED.

Pues quedo sin esperanza

De mi amor, lograrla intento

En pedir que perdoneis

De nuestras faltas los yerros.

D. TORIB.

Porque con la moraleja

Del _Agua mansa_ y su ejemplo,

Dando principio á serviros,

Fin á la comedia demos.

ZARZUELAS.

EL LAUREL DE APOLO.

PERSONAS.

APOLO, _de cazador_.

CUPIDO, _de pastor_.

SILVIO, _pastor galan_.

CÉFALO, _pastor galan_.

LAURO, _pastor_.

ANTEO, _pastor_.

DAFNE, _ninfa_.

LIBIA, _ninfa_.

FLORA, _labradora_.

BATA, _villana_.

RÚSTICO, _villano gracioso_.

_Seis ninfas marinas_, músicas.

_Música._

_Coro de amor._

_Coro de olvido._

_Villanos._

_Zagales._

_Zagalas._

La accion pasa en Tesalia.

JORNADA PRIMERA.

_Campo y bosques á la orilla del Peneo._

ESCENA PRIMERA.

VILLANOS, DAFNE, CÉFALO, SILVIO.

VILLANOS.

_(Dentro.)_ Huid, pastores, huid,

Que anda en el monte la fiera.

DAFNE.

_(Dentro.)_ ¿No hay quien me socorra?

¿No hay quien me defienda?

CÉFALO.

_(Dentro.)_ Sí, miéntras yo viva.

SILVIO.

_(Dentro.)_ Sí, mientras yo muera.

_(Salen Silvio y Céfalo, pastores galanes, trayendo entre los dos

desmayada á Dafne, vestida en traje de ninfa bizarra.)_

DAFNE.

¡Ay de mí, infelice!

CÉFALO.

Ya nada hay que temas:

Cóbrate y anima.

SILVIO.

Descansa y alienta.

DAFNE.

¿Cómo podré, si he llegado

A ver que me han socorrido,

Silvio, á quien he aborrecido,

Y Céfalo, á quien he amado?

Y no habiendo uno estimado

Mi amor, y otro sí, mi fiero

Desden dudó cuál primero

Lugar en mi riesgo adquiere,

Quien logra lo que me quiere,

O paga lo que le quiero.

Y así, habré de suspender

Las gracias, hasta apurar

Qué accion es más singular,

Obligar ó agradecer:

Y pues hoy no habeis de ver,

Vos favor, ni desden vos,

Confórmeos el ciego dios;

Que aunque me hallo agradecida,

Es poca alhaja una vida

Para partida con dos.

CÉFALO.

Yo, hermosa Dafne, nací

Más al estudio inclinado

Que al amor; y habiendo hallado

En ese siempre turquí

Libro azul, en que aprendí

Del docto maestro del dia

Judiciaria astrología,

Que habia de venir á ser

La beldad de una mujer

Su destruicion y la mia,

Negué una y otra deidad

De Amor y Vénus, y sólo

En las cátedras de Apolo

Mantuve mi libertad.

Dígalo tu voluntad,

Pues el dia que llegué

A verme dichoso, en fe

No de mi merecimiento,

Sino en fe del cumplimiento

De mi opuesto hado, dejé

La patria con tan vil traza,

Como el huir mi desdicha

Desde luégo de una dicha,

De miedo de una amenaza.

Viendo, pues, cuánto embaraza

La ausencia al amor, volví

Creyendo que ya habria en tí

Hecho su efecto veloz:

A donde siendo tu voz

La primer cosa que oí,

A socorrerte llegué.

Y aunque hasta aquí hablé grosero,

Desde aquí perder no quiero

El mérito que gané;

Que si agradecido fué

Mi afecto, y amante ha sido

El de Silvio, yo he vencido;

Pues si puede el más constante

Ser noble sin ser amante,

No sin ser agradecido.

SILVIO.

Yo más ciencias no aprendí

Que el arte de amar: si fué

El mejor libro, no sé;

Pero presumo que sí;

Que si lo fué para tí

Del sol el claro arrebol,

El sol de Dafne crisol

Fué de mi fe: ella dirá

Si de ciencia á ciencia va

Lo que va de sol á sol.

Si tú ántes de sucedido,

Hallaste que habia de ser

Tu peligro una mujer,

Yo hallé que ya lo habia sido;

Y si, buscando un olvido,

Tú te ausentaste, yo fiel

Acudo á un rigor cruel:

¿Quién, pues, morirá mejor?

¿Tú por huir de un temor,

O yo por volver á él?

Haber á tiempo llegado

Que la hayamos socorrido

Los dos, es haber querido

Ponerse una vez el hado

De parte del desdichado,

En quien con el desden crece

El amor; que el que se ofrece

Amado á cualquier fatiga,

Satisface; mas no obliga:

Cumple; pero no merece.

Y aunque para la cuestion

Basta la razon que he dado;

Habiendo Dafne tomado

Plazo á la satisfaccion,

No quiero tener razon,

Sino darme por vencido;

Y así, que suspenda pido

A quien las gracias previene;

Que, áun en tenerla, no tiene

Razon un aborrecido.

Y para atajar la duda,

La he de preguntar (dejando

Al tiempo, que él sabe cuando

Con el desengaño acuda),

¿Qué ocasion helada y muda,

Despues que las voces dió,

En la falda la dejó

Del monte donde la hallamos?

CÉFALO.

Dices bien.—Dafne, sepamos

Qué fué tu peligro.

DAFNE.

Yo

Os lo diré, agradecida

A la dilacion, pues basta

Que reconozca la deuda,

Miéntras no sé á quién pagarla.

Ya sabeis... (Pero es forzoso

Que de noticias me valga,

Que nunca por muchas sobran,

Y tal vez por una faltan)

Que este enmarañado monte,

Que en Tesalia, nuestra patria,

Es verde coluna, en quien

Del cielo el eje descansa,

Albergue fué de Fiton,

Aquel mágico, que en várias

Diabólicas ciencias diestro,

Quitó á los dioses la sacra

Adoracion de sus doctos

Simulacros, pues que en claras

Voces habló en esqueletos

Mejor que ellos en estatuas.

Oráculo pues de todas

Las gentes destas montañas,

Ya no eran Apolo y Vénus

Sus auxiliares, con tanta

Desestimacion, que habiendo

En esas dos cumbres altas

Dos templos suyos, apénas

Vimos por edades largas

En sus piadosos umbrales

Ni áun huella de humana planta,

Porque á la lóbrega gruta

De Fiton era á quien daban

La fe y el voto, teniendo

Sus respuestas por más sábias.

Viendo pues las dos deidades

Ya sus antorchas sin llama,

Sus altares sin ofrenda,

Y sin víctimas sus aras,

Ofendidas dispusieron,

En religiosa venganza,

Que Peneo, padre mio,

En cuyas ondas de plata

Me abortó marina ninfa,

Embrion de fuego y agua,

Rompiese el márgen, talando

Con obedecida saña

Las bárbaras poblaciones

De todas estas comarcas:

En cuya undosa avenida

Todos del monte se amparan,

Haciendo de sus peñascos,

De sus troncos y sus ramas

Contra pólvora de nieve

Rebellines de esmeralda.

Los sacerdotes de Apolo,

Y de Vénus las sagradas

Sacerdotisas, en vez

De dar abrigo á sus ánsias

Les intimaron sentencia

De muerte: con que cerradas

Las puertas de entrambos templos,

Reconocieron ser causa

De su estrago la ojeriza

De los dioses; y trocada

La estimacion de Fiton

En ira, en cólera y rabia,

En su mal vivo cadáver

Ensangrentaron las armas.

(¿Qué deja al enojo el que

Por el desenojo mata?)

Templó el homicidio el ceño,

Reducida la amenaza

De la inundacion al coto

De las márgenes que hoy guarda;

Pero apénas el peligro

Cesó, cuando en vez de gracias,

Dieron á los cielos quejas,

Lamentando más la falta

Del mago Fiton, que no

La culpa que fué la causa:

Con que enojados segunda

Vez los dioses, la pasada

Ruina trocaron en otra,

Para cuya cruel, extraña

Ira os prevengo, ya que

Si hasta aquí supisteis, haya

Novedad desde aquí, oyendo

Lo que en vuestra ausencia pasa.

El monte que zozobrado

Bajel fué, y de la resaca

A los embates quedó

Mal enjuto de las claras

Luces del sol, y no bien

Oreado de las auras,

En corrompidos vapores

De ovas, légamos y lamas,

Se pobló de inmundos monstruos

Desde la cumbre á la falda,

Entre cuyas venenosas

Especies, la más tirana,

Más horrorosa, más fiera,

Más terrible y más infausta,

Fué una escamada serpiente,

Que abrigándose en la estancia

De la cueva de Fiton,

Motivó á las siempre vagas

Supersticiones del vulgo,

Ser de su cadáver alma.

Esa pues ni ave, ni fiera,

Ni pez, siendo así que en agua,

En tierra y aire, pez, fiera

Y ave, corre, vuela y nada;

Sirviéndose para todo,

En el aire de las alas,

En la tierra de los piés,

Y en el mar de las escamas;

Con su anhélito el ambiente

Infesta, siempre que brama;

Y siempre que pace ó bebe,

Con su espuma, ondas y plantas:

Tanto, que apénas hay flor,

Que no sea avenenada

Cicuta, siendo ya en todo

El orbe ponzoña amarga,

Para el abuso de hechizos,

De ilusiones y fantasmas,

La ménos tocada yerba

De los montes de Tesalia.

No en esto solo el estrago

De tanto escándalo pára,

Sino en que, bandido monstruo

De todas estas campañas,

Los errados peregrinos

Y moradores asalta

Hasta que unos y otros sean

De sus presas y sus garras

Sangriento despojo: á cuyo

Terror, viendo cuánto engaña

Peligro que no escarmienta,

Volvió á sus primeras ánsias

El vulgo, reconociendo

Que no hay medios que le valgan,

Que no sean acudir

Con dones, feudos y párias

A los enojados dioses;

Pues cuanto más los agravia

Nuestro error, tanto más nuestro

Rendimiento los aplaca.

Y así, en divididas tropas

De mil festivas escuadras,

Que con varios instrumentos

Himnos á ambos dioses cantan;

Al templo de Apolo hoy suben,

Los hombres por una banda,

Y las mujeres por otra

Al templo de Vénus, para

Que ofrendas y sacrificios

Mejoren sus esperanzas.

Yo, que, al ruido, dejé el coro

De ninfas, y acompañada

De unos rústicos villanos,

Seguir quise las estampas

Del femenil escuadron,

Sentí moverse unas matas;

Y presumiendo que fuera

Alguna pequeña caza

Que llevar al sacrificio,

Seguirla quise y matarla.

Pero apénas la torcida

Senda dejé, y de la aljaba

Al arco puse la flecha,

Cuando entre las verdes jaras

De un ribazo, á quien servian

De entretejida muralla

Sobre dos desnudas peñas

Cuatro mal vestidas zarzas,

El monstruo ví, á cuyo horrible

Asombro volvió la espalda

La amedrentada cuadrilla,

Y yo absortamente helada,

«¿No hay quién me socorra?» juzgo

Que dije, y di desmayada

En tierra, donde no supe

De mí (¡ay infelice!), hasta

Que en los brazos de los dos

Perdí el susto y cobré el habla.

Y pues se deja inferir

Que mañosamente incauta

La fiera, estaba en acecho,

Y al ver tanta gente y armas,

A ocultarse al monte iria,

Con el instinto que alcanza,

Quizá heredado de quien

La dió el nombre, pues la llaman

Todos el monstruo Fiton;

Y pues con su fuga pasa

De un susto en otro la duda

De á quién le debo las gracias;

Por no agraviar á ninguno

(Puesto que mujer que paga

A dos, á ninguno obliga,

Y ántes á entrambos agravia),

Quiero á segunda experiencia

Dejar la duda fiada:

Y así, el que desde hoy (oid)

Por mí una fineza haga,

Será quien de mi socorro

Merezca el triunfo y la palma.

La fineza ha de ser que

Tú, Céfalo, que con tanta

Vanidad no amar blasonas,

Finjas amar; tú, que amas,

Silvio, finjas que aborreces:

De manera que trocadas

Las inclinaciones, vea

Yo en tí rendimientos y ánsias,

En tí olvidos y desdenes;

Que el que con mayor ventaja

Disimulare su afecto,

Y el no afecto suyo traiga

Más desmentido á mis ojos,

Será el que vencido haya

En la cuestion. Y porque

Teatro selecto, tomo 4 de 4 · 第 8 / 19 段