La capilla de los reos de muerte, que estaba en el piso bajo y en el
ángulo formado por la calle de la Concepción Jerónima y el callejón del
Verdugo, era el local más decente de la cárcel de Corte. No parecía,
en verdad, decoroso, ni propio de una nación tan empingorotada, que
los reos se prepararan a la muerte mundana y salvación eterna en una
pocilga como los departamentos en que moraban durante la causa. En la
capilla entraban, movidos de curiosidad o compasión, muchos personajes
de viso, señores obispos, consejeros, generales, gentilhombres, y no se
les había de recibir como a cualquier pelagatos. Tomaba sus luces esta
interesante pieza del cercano patio, por la mediación graciosa de una
pequeña sala próxima al cuerpo de guardia; mas como aquellas llegaban
tan debilitadas que apenas permitían distinguir las personas, de aquí
que en los días de capilla se alumbrara esta con la fúnebre claridad
de las velas amarillas encendidas en el altar. Lúgubre cosa era ver
al reo, aquel moribundo sano, aquel vivo de cuerpo presente, en la
antesala de la horca, y oírle hablar con los visitantes y verle comer
junto al altar, todo a la luz de las hachas mortuorias. Generalmente
los condenados, por valientes que sean, toman un tinte cadavérico que
anticipa en ellos la imagen de la descomposición física, asemejándoles
a difuntos que comen, hablan, oyen, miran y lloran, para burlarse de la
vida que abandonaron.
No fue así don Patricio Sarmiento, pues desde que le entraron en la
capilla en la para él felicísima mañana del 4 de septiembre, pareció
que se rejuvenecía, tales eran el contento y la animación que en sus
ojos brillaban. De un rojo insano se tiñeron sus ajadas mejillas, y su
espina dorsal hubo de adquirir una rectitud y esbeltez que recordaban
sus buenos tiempos de Roma y Cartago. Soledad, a quien permitieron
acompañarle todo el tiempo que quisiera, se hallaba en estado de viva
consternación, de tal modo, que ella parecía la condenada y él el
absuelto.
—Querida hija mía —le dijo el anciano cuando juntos entraron en la
capilla—, no desmayes, no muestres dolor, porque soy digno de envidia,
no de lástima. Si yo tengo este fin mío por el más feliz y glorioso
que podría imaginar, ¿a qué te afliges tú? Verdad es que la naturaleza
(cuyos códigos han dispuesto sabiamente los modos de morir) nos ha
infundido instintivamente cierto horror a todas las muertes que no
sean dictadas por ella, o hablando mejor, por Dios; pero eso no va con
nosotros, que tenemos un espíritu valeroso, superior a toda niñería...
Ánimo, hija de mi corazón. Contémplame, y verás que el júbilo no me
cabe en el pecho... Figúrate la alegría del prisionero de guerra que
logra escaparse, y anda y camina, y al fin oye sonar las trompetas de
su ejército... Figúrate el regocijo del desterrado que anda y camina,
y ve al fin la torre de su aldea. Yo estoy viendo ya la torre de mi
aldea, que es el cielo, allí donde moran mi padre, que es Dios, y mi
hijo Lucas, que goza del premio dado a su valor y a su patriotismo.
Bendito sea el primer paso que he dado en esta sala, bendito sea
también el último, bendito el resplandor de esas velas, benditas esas
sagradas imágenes, bendita tú que me acompañas, y esos venerables
sacerdotes que me acompañan también.
Soledad rompió a llorar, aunque hacía esfuerzos para dominarse, y don
Patricio, fijando los ojos en el altar y viendo el hermoso crucifijo
de talla que en él había y la imagen de Nuestra Señora de los Dolores,
experimentó una sensación singular, una especie de recogimiento que por
breve rato le turbó. Acercándose más al altar, dijo con grave acento:
—Señor mío, tu presencia y esos tus ojos que me ven sin mirarme,
recuérdanme que durante algún tiempo he vivido sin pensar en ti todo lo
que debiera. El gran favor que acabas de hacerme me confunde más en tu
presencia. Y tú, Señora y Madre mía, que fuiste mi patrona y abogada
en cien calamidades de mi juventud, no creas que te he olvidado. Por
tu intercesión, sin duda, he conseguido del Eterno Padre este galardón
que ambicionaba. Gracias, Señora; yo demostraré ahora que si mi muerte
ha de ser patriótica y valerosa para que sea fecunda, también ha de ser
cristiana.
Admirados se quedaron de este discurso el padre Alelí y el padre
Salmón, que juntamente con él entraron para prestarle los auxilios
espirituales. Ambos frailes oraban de rodillas. Levantáronse, y tomando
asiento en el banco de iglesia que en uno de los costados había,
invitaron a Sarmiento a ocupar el sillón.
—Yo no daré a vuestras reverencias mucho trabajo —dijo el patriota,
sentándose ceremoniosamente en el sillón—, porque mi espíritu no
necesita de cierta clase de consuelillos mimosos que otras vulgares
almas apetecen en esta ocasión; y en cuanto al auxilio puramente
religioso, yo gusto de la sencillez suma. En ella estriba la grandeza
del dogma.
El padre Alelí y el padre Salmón se miraron sin decir nada.
—Veo a sus reverencias como cortados y confusos delante de mí —añadió
Sarmiento sonriendo con orgullo—. Es natural: yo no soy de lo que se ve
todos los días. Los siglos pasan y pasan sin traer un pájaro como este.
Pero de tiempo en tiempo, Dios favorece a los pueblos dándole uno de
estos faros que alumbran al género humano y le marcan su camino... Si
una vida ejemplar alumbra muy mucho al género humano, más le alumbra
una muerte gloriosa... Me explico perfectamente la admiración de sus
paternidades: yo no nací para que hubiera un hombre más en el mundo;
yo soy de los de encargo, señores. Una vida consagrada a combatir la
tiranía y a enaltecer la libertad; una muerte que viene a aumentar la
ejemplaridad de aquella vida, ofreciendo el espectáculo de una víctima
que expira por su fe y que con su sangre viene a consagrar aquellos
mismos principios santos; esta entereza mía, esta serenidad ante
el suplicio, serenidad y entereza que no son más que la convicción
profunda de mi papel en el mundo, y, por último, la acendrada fe que
tengo en mis ideas, no pertenecen, repito, al orden de cosas que se ven
todos los días...
El padre Alelí abrió la boca para hablar; mas Sarmiento, deteniéndole
con un gesto que revelaba tanta gravedad como cortesía, prosiguió así:
—Permítame vuestra paternidad reverendísima que ante todo haga una
declaración importante, sí, sumamente importante. Yo soy enemigo
del instituto que representan esos frailunos trajes. Faltaría a mi
conciencia si dijese otra cosa; yo aborrezco ahora la institución
como la aborrecí toda mi vida, por creerla altamente perniciosa al
bien público. Ahí están mis discursos para el que quiera conocer
mis argumentos. Pero esto no quita que yo haga distinciones entre
cosas y personas, y así me apresuro a decirles que si a los frailes
en general les detesto, a vuestras paternidades les respeto en su
calidad de sacerdotes, y les agradezco los auxilios que han venido a
prestarme. Además, debo recordar que ayer, hallándome en mi calabozo,
traté groseramente de palabra a uno de los que me escuchan, no sé cuál
era. Estaba mi alma horriblemente enardecida por creerse víctima de
maquinaciones que tendían a desdorarla, y no supe lo que me dije. Los
hombres de mi temple son muy imponentes en su grandiosa ira. Entiéndase
que no quise ofender personalmente al que me oía, sino apostrofar al
género humano en general y a cierto instituto en particular. Si hubo
falta, la confieso y pido perdón de ella.
El padre Alelí, aprovechando el descanso de Sarmiento, tomó la palabra
para decirle que tuviese presente el sitio donde se encontraba, y
rompiese en absoluto con toda idea del mundo para no pensar sino en
Dios; que recordase cuál trance le aguardaba y cuáles eran los mejores
medios para prepararse a él; y, finalmente, que ocupándose tanto de
vanidades, corría peligro de perder su alma. A lo cual don Patricio,
volviéndose en el sillón con mucho aplomo y seriedad, dijo al fraile
que él (don Patricio) sabía muy bien cómo se había de preparar para
el fin no lamentable, sino esplendoroso que le aguardaba, y que
por lo mismo que moría proclamando su ideal divino, pensaba morir
cristianamente, con lo cual aquel había de aparecer más puro, más
brillante y más ejemplar.
Esto decía cuando llegaron los hermanos de la Paz y Caridad, caballeros
muy cumplidos y religiosos que se dedican a servir y acompañar a los
reos de muerte. Eran tres y venían de frac, muy pulcros y atildados,
como si asistieran a una boda. Después que abrazaron uno tras otro
cordialmente a don Patricio, preguntáronle que cuándo quería comer,
porque ellos eran los encargados de servirle, añadiendo que si el reo
tenía preferencias por algún plato, lo designara para servírselo al
momento, aunque fuese de los más costosos.
Sarmiento dijo que pues él no era glotón, trajeran lo que quisiesen,
sin tardar mucho, porque empezaba a sentir apetito. Desde los primeros
instantes los tres cofrades pusieron cara muy compungida, y aun hubo
entre ellos uno que empezó a hacer pucheros, mientras los otros
dos rezaban entre dientes; visto lo cual por Sarmiento, dijo muy
campanudamente que si habían ido allí a gimotear, se volviesen a
sus casas, porque aquella no era mansión de dolor, sino de alegría
y triunfo. No creyendo por esto los hermanos que debían abandonar
su papel oficial, comenzaron a soltar una tras otra las palabrillas
emolientes que eran del caso y que tantas veces habían pronunciado,
_verbi gratia_... «Querido hermano en Cristo, la celestial Jerusalén
abre sus puertas para ti...». «Vas a entrar en la morada de los
justos...». «Ánimo. Más padeció el Redentor del mundo por nosotros».
—Queridos hermanos en Cristo —dijo el reo con cierta jovialidad
delicada—. Agradezco mucho sus consuelos; pero he de advertirles que
no los necesito. Yo me basto y me sobro. Así es que no verán en mí
suspirillos ni congojas... Me gusta que hayan venido, y así podrán
decir a la posteridad cómo estaba Patricio Sarmiento en la capilla, y
qué bien revelaba en su noble actitud y reposado continente (al decir
esto erguía la cabeza, echando el cuerpo hacia atrás) la grandeza de la
idea por la cual dio su sangre.
Pasmados se quedaron los hermanos, así como los frailes, de ver su
serenidad, y le exhortaron de nuevo a que cerrase el entendimiento a
las vanidades del mundo. Sola, de rodillas junto al altar, rezaba en
silencio.