¡Válganos Dios y qué endiablado humor tenía don Francisco Chaperón, a
pesar de haber procedido conforme a lo que en él hacía las veces de
conciencia! ¿Pues no llegaba el cinismo de los voluntarios realistas
al incalificable extremo de vituperarle aún, después que tan clara
prueba de severidad y rectitud acababa de dar?... ¡Cuán mal se juzga a
los grandes hombres en su propia patria! Varones eminentes, desvelaos;
consagrad vuestra existencia al servicio de una idea, para que luego la
ingratitud amargue vuestra noble alma... ¡Todo sea por Dios!... ¡Por
vida del Santísimo Sacramento, esto es una gran bribonada!
Todavía vacilaba el don Francisco en perdonar a Cordero, después de
haberlo propuesto en junta general a la Comisión; pero el cortesano
de 1815 añadió a las muchas razones anteriormente expuestas otras de
mucho peso, logrando atraer a su partido y asociar hábilmente a su
trabajo a un hombre cuya opinión era siempre palabra de oro para el
digno presidente de la Comisión. Este hombre era el coronel don Carlos
Garrote. Para seducirle, Bragas no necesitó emplear sutiles argucias.
Bastole decir que Jenara bebía los vientos por sacar de la cárcel a
Sola, aunque en sustitución de ella fuese preciso ahorcar a todos los
Corderos y a todos los Toros de Guisando nacidos y por nacer. No
necesitó otras razones Navarro para sugerir a Chaperón la luminosa idea
siguiente:
—Vea usted cómo voy comprendiendo que la hija de Gil de la Cuadra es
una intrigante. De esta especie de polilla es de la que se debe limpiar
el reino. Apuesto a que es la querida de Seudoquis.
No se habló más del asunto. Aunque decidido a castigar severamente,
Chaperón no había de reconquistar las simpatías perdidas en el Cuerpo
de voluntarios. Hubiéralo llevado con paciencia el hombre-horca,
y casi, casi, estaba dispuesto a consolarse, cuando un suceso
desgraciadísimo para la causa del trono y de la fe católica vino a
complicar la situación, exacerbando hasta el delirio el inhumano celo
del señor brigadier. En la noche del 2 al 3 de septiembre, un preso, el
más importante sin duda de cuantos guardaba en su inmundo vientre la
cárcel de Corte, halló medios de evadirse, y se evadió. No se sabe si
anduvo en ello la virtud del metal, que es llave de corazones y ganzúa
de puertas, o simplemente la destreza, energía y agudeza del preso.
No discutiremos esto: basta consignar el hecho tristísimo (atendiendo
al trono y a la fe católica) de que Seudoquis se escapó. ¿Fue por el
tejado, fue por las alcantarillas, fue por medio de un disfraz? Nadie
lo supo, ni lo sabrá probablemente. En vano don Francisco, corriendo
a la cárcel muy de mañana (pues ni siquiera tuvo tiempo de tomar
chocolate), mandó hacer escrupuloso registro en las buhardillas y
sótanos, y prender a casi todos los calaboceros e interrogar a la
guardia, y amenazar con la horca hasta al mismo santo emblema de la
Divinidad humanada, que tan mascullado estaba siempre en su irreverente
y fiera boca.
A la hora del despacho se encerró con Lobo. Estaba tan fosco, tan
violento, que al verle se sentían vivos deseos de no volver a verle más
en la vida. Para hablarle de indulgencia, se habría necesitado tanto
valor como para acercar la mano a un hierro candente. Chaperón solo se
hubiera ablandado a martillazos.
—¿Está corriente la causa de esa...? Es preciso presentarla sin pérdida
de tiempo al tribunal —dijo a su asesor.
—Ahora mismo la remataré, excelentísimo señor.
—¡Me gusta la calma!... Yo he de ocuparme de todo... No sirven ustedes
para nada... Voy a llamar al primer asno que pase por la calle para
encomendarle todo el trabajo de esta secretaría.
En aquel mismo instante entró Jenara. No podía presentarse en peor
ocasión, porque venía a pedir indulgencia. Nunca había sido tampoco
tan interesante ni tan guapa: sus atractivos naturales se sublimaban
con su generosidad, con el valor de quien intrépidamente penetra en
una caverna de lobos para arrancarles la oveja que ya han empezado a
devorar.
La fiera estaba tan mal dispuesta en aquella nefanda hora, que sin
aguardar a que Jenara se sentase, díjole con voz ahogada:
—Por centésima vez, señora...
Se detuvo, moviendo la cabeza sobre el metálico cuello, cual si este le
estrangulara, impidiendo el fácil curso de las palabras.
—Por centésima vez... —gruñó de nuevo poniéndose rojo.
—Acabemos, hombre de Dios.
—Por centésima vez digo a usted que no puede ser... En bonita
ocasión me coge... Ciertamente que están las cosas a propósito para
perdonar... Seudoquis escapado... Los Cordero en libertad... La
Comisión desacreditada, acosada, vilipendiada, escarnecida... No somos
jueces, somos vinagrillo de mil flores... No sé cómo no entran los
chicos de las calles y nos tiran de la nariz... Me han pintado colgado
de la horca..., y con razón, con mucha razón... Más vale que digan de
una vez: «se acabó el gobierno absoluto; vuelvan los liberales...».
Malditas sean las recomendaciones... Ellos conspiran y nosotros
perdonamos... Con tales farsas pronto tendremos al Cojo de Málaga en
el trono... Seudoquis escapado... ¡La impunidad! Aquí no hay más que
impunidad... Se ahorca por besar el sitio donde estuvo la lápida de la
Constitución, y damos chocolate a los conspiradores... Señora, usted
me toma por un dominguillo... Señora... ¡Seudoquis escapado!... ¡La
impunidad!..., esa malhadada impunidad..., lepra horrible, horrible...
Echaba las palabras a borbotones, interrumpidos a intervalos por
sofocadas toses y gruñidos. Los temblorosos labios parecían el
obstruido caño de una fuente, por donde salía el agua en violentos
chorros con intermitencias de resoplidos de aire. A cada segando se
metía los dedos en el duro cuello de cartón para ensanchárselo y
respirar mejor.
—Tanto enfado me mueve a risa —dijo la dama con burlona sonrisa y
demostrando mucha tranquildad—. Cualquiera que a usted le viese creería
que estoy en presencia del mismo soberano absoluto de estos reinos.
Señor Chaperón, ¿por quién se ha tomado?
—Señora —dijo el brigadier enfrenando su cólera—, usted puede tomarme
por quien quiera; pero esta vez no cedo, no cedo... Ya comprendo la
intriga: me trae usted una cartita de Calomarde... Es inútil, inútil:
no hago caso de recomendaciones. Si Calomarde me manda atender al ruego
de usted, presentaré al punto mi dimisión. De mí no se ríe nadie: soy
responsable de la paz del reino, y si vienen revoluciones, tráigalas
quien quiera, no yo.
—Calomarde no ha querido darme carta de recomendación —manifestó Jenara
sin abandonar su calma.
—Ya lo presumía. Hemos hablado anoche..., hemos convenido en la
necesidad de apretar los tornillos, de apretar mucho los tornillos.
—Calomarde y usted apretarán la hebilla de sus propios corbatines hasta
ahogarse si gustan —dijo ella con malicioso desdén—; pero en las cosas
públicas no harán sino lo que se les mande.
—Señora, permítame usted que no haga caso de sus bromitas. La ocasión
no es a propósito para ello. Tenemos que hacer... ¿Pero qué es eso?
Veo que me trae usted una carta.
—Sí, señor —replicó Jenara alargando un papel—: lea usted.
—Del señor conde de Balazote, gentilhombre de Su Majestad — dijo el
vestiglo abriendo y leyendo la firma—. ¿Y qué tengo yo que ver con ese
señor?
—Lea usted.
—¡Ah!..., ya... —murmuró Chaperón quedándose estupefacto después de
leer la carta—. El señor gentilhombre me besa la mano...
—¡Ya ve usted qué fino!
—Y me hace saber que Su Majestad me ordena presentarme inmediatamente
en Palacio.
—Para hablar con Su Majestad.
—Quiere decir que Su Majestad desea hablarme...
Chaperón volvió a leer. Después dio dos o tres vueltas sobre su eje.
—Mi sombrero... —dijo demostrando grandísima inquietud—, ¿en dónde está
mi sombrero...? Señora, usted dispense... Lobo, aguárdeme usted...
—Yo aguardo aquí —indicó Jenara.
—Veremos lo que quiere de mí Su Majestad —añadió don Francisco en
estado de extraordinario aturdimiento—. ¿Y mi bastón, en dónde he
puesto yo ese condenado bastón?... ¿Habré traído los guantes?...
Señora, dispense usted que... A los pies de usted... ¿Su Majestad
me espera?... Sí, me esperará, no saldrá hasta que hable conmigo...
¡Y yo no recordaba que la corte había venido ayer de La Granja para
trasladarse a Aranjuez!... Adiós; vuelvo.
Una hora después Chaperón entraba de nuevo en su despacho. Venía, si
así puede decirse, más negro, más tieso, más encendido, más agarrotado
dentro del collarín de cuero. Cruzando sus brazos, se encaró con Jenara
y le dijo:
—Vea usted aquí a un hombre perplejo. Su Majestad me habló, tratándome
con tanta bondad como franqueza; me ha llamado su mejor amigo, y, por
fin, me ha mandado dos cosas de difícil conciliación, a saber: que sea
inexorable y que acceda al ruego de usted.
—Eso es muy sencillo —replicó Jenara con gracia suma—. Eso quiere decir
que sea usted generoso con mi protegida y severo con los demás.
—¡Inexorable, señora, inexorable! —exclamó don Francisco apretando los
dientes y mirando foscamente al suelo.
—Inexorable con todos menos con ella. ¿Hay nada más claro?
—Dije a Su Majestad que se había escapado Seudoquis, y me contestó...
¿Qué creerá usted que me contestó?
—Alguna de sus bromas habituales.
—Que había hecho perfectamente en escaparse, si se lo habían consentido.
—Eso es hablar como Salomón.
—Veremos cómo salgo yo de este aprieto. Tengo que contentar al rey, a
usted, a los voluntarios realistas, a Calomarde; tengo que contentar a
todo el mundo, siendo al mismo tiempo generoso e inexorable, benigno y
severo.
Chaperón se llevó las manos a la cabeza expresando el gran conflicto en
que se veía su inteligencia.
—¡Qué lástima que soltáramos a ese Cordero!... —dijo después de
meditar—. Pero agua pasada no mueve molino; veamos lo que se puede
hacer. Formemos nuestro plan... Atención, Lobo. Lo primero y principal
es complacer a la señora doña Jenara... ¿Qué filtros ha dado usted
a nuestro soberano para tenerle tan propicio?... Atención, Lobo. Lo
primero es poner en libertad a esa joven... Escriba usted... _por no
resultar nada contra ella_.
Jenara aprobó con un agraciado signo de cabeza.
—Ahora pasemos a la segunda parte. Esta prueba de benevolencia no
quiere decir que erijamos la impunidad en sistema. Al contrario, si
la inocencia es respetada..., porque esa joven será inocente..., si
la inocencia es respetada, el delito no puede quedar sin castigo...
Atienda usted, Lobo... Esta conspiración no quedará impune de ningún
modo. Soledad Gil de la Cuadra es inocente, inocentísima, ¿no hemos
convenido en eso? Sí; ahora bien: sus cómplices, o mejor dicho, los que
aparecen en este negocio de las cartas que se repartieron... No, no hay
que tomarlo por ese lado de las cartas. Lobo, quite usted de la causa
todo lo relativo a cartas. Veamos el cómplice.
—Patricio Sarmiento...
—¿Ese hombre está en su sano juicio?
—Permítame vuecencia —dijo Lobo— que le manifieste... El hablar de la
imbecilidad de ese hombre me parece... Si vuecencia, excelentísimo
señor, me permite expresarme con franqueza...
—Hable usted pronto.
—Pues diré que eso de la imbecilidad de Sarmiento me parece una
inocentada.
—Eso es: una inocentada —repitió Jenara.
—Pues qué, ¿no constan en la causa hechos mil que acreditan su buen
juicio? Se le encontró entre sus papeles un paquete de cartas sobre la
organización de la Comunería, y consta que fue uno de los que más parte
tuvieron en el asesinato de Vinuesa.
—¿Hay pruebas, hay testigos?
—Diez pliegos están llenos de las declaraciones de innumerables
personas honradas que han asegurado haberle visto entrar, martillo en
mano, en la cárcel de la Corona.
—Admirable. Adelante.
—Después ha fingido hallarse demente para poder insultar a Su Majestad,
para burlarse de la religión y apostrofar a los defensores del trono.
—¡Se ha fingido demente!
—Está probado, probadísimo, excelentísimo señor.
Chaperón dudaba, hay que hacerle ese honor. La _monera_ de que antes
hablamos se agitaba inquieta y alborotada entre el cieno, haciendo
esfuerzos por mostrarse.
—Pero esas pruebas de que se fingía demente... —murmuró—. ¿Hay dictamen
facultativo?
Jenara no veía con gusto aquella discusión, y guardaba silencio.
—¿Qué dice el artículo 7.º del decreto del 20 de este mes? —preguntó
Lobo con extraordinario calor.
—_Que la fuerza de las pruebas en favor o en contra del acusado se
dejan a la prudencia e imparcialidad de los jueces_. Bien: admitamos
que la ficción de demencia es cosa corriente. No hay más que hablar.
—¿Qué dice el artículo 11 del mismo decreto?
—_Que se castigue con el último suplicio a los que griten «Viva
la Constitución, mueran los serviles, mueran los tiranos, viva la
libertad...»_. ¡Ah!, aquí no puede haber quebraderos de cabeza. Según
este artículo, Sarmiento debía haber sido ahorcado cien veces... Pero
la imbecilidad, la locura, o como quiera llamarse a esa su semejanza
con los graciosos de teatro...
—¿Qué dice el artículo 6.º del mismo decreto? —preguntó de nuevo Lobo
con tanto entusiasmo, que sin duda se creía la imagen misma de la
jurisprudencia.
—Dice que _la embriaguez no es obstáculo para incurrir en la pena_.
—¿Y qué es la embriaguez más que una locura pasajera?... ¿Qué es
la locura más que una embriaguez permanente? Consulte vuecencia,
excelentísimo señor, todos los autores, y verá cómo concuerdan con
mi parecer. Vuecencia podrá fallar lo que quiera; pero de la causa
resulta, claro como la luz del día, que la muchacha y los ángeles
del cielo rivalizan en inocencia, y que el Sarmiento es reo convicto
del asesinato de Vinuesa, de propagación de ideas subversivas, del
establecimiento de la Comunería, de predicación en sitios públicos
contra la única soberanía, que es la del rey; de connivencia con los
emigrados, etc., etc.
—¡Oh!, señor don Francisco —dijo la dama con generoso arranque—. Si
quiere usted merecer un laurel eterno y la bendición de Dios, perdone
usted también a ese pobre viejo.
—Señora, poquito a poco —repuso el funcionario poniéndose muy serio—.
Antes que erigir en sistema la impunidad, cuidado con la impunidad,
¡por vida del...!, presentaré mi dimisión. Bastante ha conseguido usted.
La dama inclinó la cabeza, fijando los ojos en el suelo. Otra vez
suplicó, porque no podía resistir impasible a la infame tarea de
aquellos inicuos polizontes; pero Chaperón se mostró tan celoso de su
reputación, de su papel y de atender a las circunstancias (¡siempre las
circunstancias!), que al fin la intercesora, creyéndose satisfecha con
el triunfo alcanzado, no quiso comprometerlo aspirando a más. Se retiró
contenta y triste al mismo tiempo. Necesitaba ver aquel mismo día a los
demás individuos de la Comisión, pues aunque el presidente lo era todo,
y ellos casi nada, convenía prevenirlos para asegurar mejor la victoria.
Cuando se quedaron solos, Chaperón dijo a su asesor privado:
—Arrégleme usted eso inmediatamente. Extienda usted la sentencia, y
llévela al comandante fiscal para que la firme. Hoy mismo se presentará
al tribunal. Mañana nos reuniremos para sentenciar a la mujer que robó
el almirez de cobre y el vestido viejo de percal. Pasado mañana tocará
sentenciar eso... ¡Oh!, veremos si los compañeros quieren hacerlo
mañana mismo... Quesada me ha recomendado hoy la mayor celeridad en el
despacho y en la ejecución de las sentencias...
Y cabizbajo, añadió:
—Veremos cómo lo toma la Comisión. Yo tengo mis dudas... Mi conciencia
no está completamente tranquila..., pero ¿qué se ha de hacer? Todo
antes que la impunidad.
Y aquel hombre terrible, que era el presidente de derecho del pavoroso
tribunal, y de hecho fiscal, y el tribunal entero; aquel hombre, de
cuya vanidad sanguinaria y brutal ignorancia dependía la vida y la
muerte de miles de infelices, se levantó y se fue a comer.
La Comisión, reunida al día siguiente para fallar la causa de la
mujer que había robado un almirez de cobre y un vestido viejo de
percal, falló también la de Sarmiento. No pecaban de escrupulosos
ni de vacilantes aquellos señores, y siempre sentenciaban de plano
conformándose con el parecer del que era vida y alma del tribunal.
Todas las mañanas, antes de reunirse, oían una misa llamada _de
Espíritu Santo_, sin duda porque era celebrada con irreverente
pretensión de que bajara a iluminarles la tercera persona de la
Santísima Trinidad. Por eso deliberaban tranquila, rápidamente y sin
quebraderos de cabeza. Todos los días, al dar la orden de la plaza
y distribuir las guardias y servicios de tropa, el capitán general
designaba el sacerdote castrense que había de decir la misa _de
Espíritu Santo_. Esto era como la señal de ahorcar.[3]
[3] Véase cualquier número del _Diario de Avisos_, año de
1824.
Al anochecer del día en que fue sentenciada la causa de Sarmiento,
previa la misa correspondiente, el escribano entró en la prisión, y a
la luz de un farolillo que el alguacil sostenía, leyó un papel.
Oyéronle ambos reos con atención profunda. Sarmiento no respiraba. No
había concluido de leer el escribano, cuando don Patricio, enterado de
lo más sustancial, lanzó un grito; poniéndose de rodillas elevó los
brazos, y con entusiasmo que no puede describirse, con delirio sublime,
exclamó:
—¡Gracias, Dios de los justos, Dios de los buenos! ¡Gracias, Dios mío,
por haber oído mis ruegos!... ¡Ella libre, yo mártir, yo dichoso, yo
inmortal, yo santificado por los siglos de los siglos!... Gracias,
Señor... Mi destino se cumple... No podía ser de otra manera. Jueces,
yo os bendigo. Pueblo, mírame en mi trono... Estoy rodeado de luz.